Siempre es agradable saludar a una vieja amiga. Puede uno hablar de los viejos tiempos, recordar anécdotas, compartir unos cuantos chistes, unas risas... antiguas o nuevas, tanto da. Se le caldean a uno las entrañas, se respira, por una vez, mejor. Reencontrarse con la Bretécher es casi lo mismo. Da gusto comprobar, además, que sigue en plena forma, brillante, afilada como una navaja. Y tan francesa como siempre. Claro que no debería ser una sorpresa para nadie. Al menos, para nadie que sepa quién fue (quién es, aún hoy) Claire Bretécher. Lo que sí constituye una novedad inesperada es la iniciativa de Beta Editorial: nada menos que una colección dedicada exclusivamente a la autora francesa, de la que han aparecido ya dos títulos cuando escribo estas líneas. Y una colección lujosa, además, con un papel excelente, su tapa dura... y una rotulación lamentable que imita, sí, el estilo de la caligrafía original, pero olvida las más elementales reglas de ortografía e ignora olímpicamente cualquier asomo de puntuación. ¿No va ya siendo hora de exigir un mínimo de dignidad y respeto?
Claire Bretécher forma parte de una cierta tradición francesa de historieta satírica que ha dado nombres clave de la BD en las últimas décadas: Lauzier, Reiser, Binet.. Todos tienen en común una extraordinaria sensibilidad para la creación de tipos, la inteligencia de sus observaciones sociológicas, la perdurabilidad de una obra que por su misma naturaleza corre siempre el riesgo de quedar reducida al chiste coyuntural. Como sus compañeros de viaje, Bretécher parece trabajar sus páginas con vitriolo, pero a la vez deja patente su cariño por los personajes, humanizándolos en su colosal patetismo y arrancándonos la sonrisa más tierna cuando menos lo esperamos.
Como Lauzier o Reiser, la autora de El Destino de Mónica renunció desde el primer momento a una espectacularidad gráfica que no haría más que distraer al lector de lo que de verdad importa: el asunto, la peripecia, el diálogo, el torpe teatrillo de vanidades que sus personajes van improvisando a trancas y barrancas. De ahí el plano sostenido, la estilización de los fondos, su ausencia incluso, la aparente monotonía de sus páginas. Y por eso la expresividad, la gestualidad. (Naturalmente, estas cosas no son aplicables únicamente a los humoristas galos. Podrían decirse cosas muy similares de gente como Feiffer, por citar a un norteamericano, o de bestias del calibre de un Oscar, para recurrir a la opción más obvia en nuestro país. Sin embargo, ni Lauzier ni Bretécher tienen parangón fuera de su país, me parece. Quizá es una manera de abordar su trabajo, una forma de hacer, un especial cinismo... A eso me refería, supongo, cuando, al abrir el texto, me congratulaba de lo francesa que seguía nuestra vieja conocida.)
En cuanto a El Destino de Mónica, una vez señalada la imperdonable chapuza de la rotulación, sólo cabe decir que se trata de otra de esas odiseas minúsculas en las que las mujeres de la Bretécher se ven embarcadas sin comerlo ni beberlo, un viaje que nos permite vislumbrar toneladas de cochambre en las orillas de la gran Europa casi confluente, que nos lleva por una Francia tan llena de remiendos y cutrerío que a ratos nos recuerda poderosamente a nuestra propia tierra. El bisturí de la autora, afilado y envenenado, arremete por igual contra burgueses e inmigrantes, deja al descubierto las relaciones de poder más humillantes y los egoísmos privados más desoladores, castiga a los nuevos ecologistas y a los viejos granjeros... no deja, en suma, títere con cabeza. Como en los viejos tiempos. Hay, sin embargo, una cierta desconfianza hacia las nuevas tecnologías que no termina de oler bien, a mi juicio. Se ataca desde demasiados frentes a todo lo que tiene que ver con la fecundación in vitro, la congelación de embriones, etc. Quizá es una falsa impresión. Tal vez me estoy volviendo suspicaz con los años, pero me ha parecido detectar, precisamente ahí, un tufillo reaccionario... No importa, en cualquier caso sería un mal menor en lo que por lo demás constituye una lectura estimulante y agradecida que sólo por el personaje principal, enternecedor en su vano intento de trascender su propia inanidad, ya merece la pena.
El Destino de Mónica, segundo volumen de la Colección Bretécher, supone, al menos, el reencuentro con una autora vital y lúcida. No son características que abunden en el mundillo de la historieta. Sería deseable, insisto, que la editorial se preocupase de subsanar el lamentable descuido de la rotulación: no se pagan 2.000 pesetas para leer cosas del calibre de "voy ha llamar al hospital" (página 17, viñeta 8), o "es cierto la adoro ... ¿vendrá ha hacer los cristales mañana?" (página 20, viñeta 11). Sería deseable, también, que la iniciativa tuviera continuidad: llevamos demasiado tiempo aislados de la obra de gentes como Claire Bretécher. (¿A lo mejor por eso hay tanto advenedizo que insiste en considerarse a sí mismo, contra toda evidencia, humorista?)
francisco naranjo
U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999

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