Me pregunto cuántas personas estarán interesadas en leer una historieta titulada "El quiste teratógeno". Imagino que pocas en una primera impresión, y que Black Jack va a pasarlo muy mal para atraer la atención del público español. Espero equivocarme, porque esta colección de deliciosos tomitos que acaba de poner a la venta Glénat constituye, dentro del ámbito de la historieta, lo que de producirse en otros campos de la cultura habría sido saludado por la prensa general como un verdadero acontecimiento: la primera aparición dentro de nuestras fronteras de una obra de quien fue el dios del manga y padre fundador de la historieta moderna japonesa, Osamu Tezuka (1928-1989). Es decir. algo comparable a lo que significaría que a estas alturas se publicara en España por primera vez una novela de Yukio Mishima o que se estrenara en nuestras pantalla una película de Akira Kurosawa. Excepto que Tezuka fue más importante para el manga que Mishima y Kurosawa para la literatura y el cine, respecti-vamente.
Pero como no creo que acudir a semejantes razonamientos sea la mejor manera de popularizar un producto, olvidémonos de argumentaciones historicistas y concentrémonos en el tebeo en sí. ¿Qué es este Black Jack que nos sirve de carta de presentación de Tezuka? Black Jack probablemente sea una de las más populares series del maestro nipón, publicada originalmente en entregas semanales entre 1973 y 1978, hasta sumar un total de 4.000 páginas. Al contrario que la mayoría de los mangas publicados en español, Black Jack se divide en capítulos autoconclusivos de una extensión media (sobre las 20 páginas), y no existe una trama o desarrollo argumental continuado de una entrega a otra. Por el contrario, sigue más bien el esquema de las series televisivas con protagonista fijo que en cada episodio desarrollan una historia completa y cambian de ambientación. Black Jack es el médico protagonista, personaje de rasgos psicológicos escasamente definidos y que por lo general tiende a reaccionar a las dramas y peripecias de los otros, verdaderos motores de la acción. Lo curioso de este médico es que ejerce sin licencia, lo cual no le impide ser el cirujano más extraordinario que jamás haya existido y pasar unas facturas que hacen tragar saliva incluso a los más ricos y poderosos del mundo. O mejor sería decir: especialmente a los más ricos y poderosos. Black Jack es capaz de enfrentarse a cualquier operación y salir bien librado de ella -a menudo impulsado por un viril sentido del honor-, aunque sea haciendo trampa, es decir, buscando una solución para el paciente que no sea exactamente la eliminación de su mal tal y como se esperaba. Las intervenciones son mostradas con una naturalidad casi documental, enfocando órganos y vísceras como si se tratase de un reportaje sanitario, a lo cual sin duda contribuyen los conocimientos de Tezuka y la pasión del autor por el oficio: no en vano tenía la profesión de médico, que nunca ejerció. Sin embargo, Tezuka es demasiado inquieto para plegarse a las limitaciones de un escenario reduccionista.
Las historias de Black Jack no siguen un esquema fijo, ni en cuanto al desarrollo de la acción, ni en cuanto a la ambientación, ni en cuanto a la resolución final de las tramas. Así que la serie no es un interminable desfilar de casos médicos extravagantes a los que el superhéroe quirúrgico responda con las pertinentes hazañas médicas. A menudo nos alejamos de los quirófanos para seguir alguna historia de acción, de crimen o de aventura, y en otras ocasiones el problema médico es sólo uno más de los elementos que se ensamblan en una historia más compleja de lo que se puede resolver con un tratamiento. Eso sí, si de operaciones se trata, en Black Jack se ofrecen las más espeluznantes e imaginativas, de las que el primer tomo da sólo una muestra, pero cuyo repertorio no se agota ahí, ni mucho menos (rizando el rizo, el facultativo de la capa negra llegará incluso a operarse a sí mismo).
Además de a la incomprensión generalizada que suele despertar el manga entre los no lectores de manga y la incomprensión generalizada que suele despertar el manga no parecido a Dragon Ball entre los lectores habituales de manga, para ganar al público Black Jack también tendrá que enfrentarse al desconcertante efecto que produce el primer contacto con el grafismo de Tezuka, una especie de versión sencillota y algo descuidada de los dibujos de la Disney de los años 30. Infantil y caricaturesco, lleno de iconografía humorística, la mezcla de este estilo de dibujo con unos contenidos adultos y a menudo incluso crueles y altamente emotivos, resulta chocante para nuestra sensibilidad actual. El lector que se encuentra de buenas a primeras con una viñeta hiperenérgica y grotesca en la que un divertido doctorcillo agita el brazo mientras dice "Tiene fractura craneal, el cuello roto, los pulmones aplastados, el estómago descolgado, y el intestino le ha estallado con evacuación de excrementos..." no sabe muy bien cómo reaccionar. ¿Debe considerar seria y estremecedora una escena representada por tan curioso monigote? Por el contrario, ¿debe reírse y tomarse a la ligera una desgracia tan monumental como la que describe el diálogo? Hace falta algo de tiempo y de voluntad para penetrar en el mundo de Tezuka.
Afortunadamente, la forma de narrar de Tezuka ayuda, ya que resulta mucho mas occidental que la de mangakas más modernos. La historia se desarrolla a un ritmo mucho más accesible para nuestros hábitos de lectura, sin detenciones morosas que alarguen durante páginas un mismo instante, sin recrearse en diferentes aspectos de una misma escena, sin bombardearnos con personajes cuyo rostro y nombre nos resulta imposible recordar sin un esfuerzo deliberado. Black Jack se lee con agilidad, con viveza y con comodidad, el autor sabe aplicar movimiento y variedad incluso a los más áridos pasajes -es curioso como ocasionalmente intercala una página muda que sólo nos muestra un desplazamiento en coche, aparentemente intrascendente, pero que en realidad dinamiza la narración cuando la historia amenaza con quedarse dormida-, y demuestra continuamente que todo su virtuosismo está aplicado, no al dibujo exhibicionista, sino a la narrativa más eficaz. No quiere esto decir que no haya soluciones mejorables, porque Tezuka trabajó casi toda su vida bajo unas exigencias inhumanas y una presión insoportable, de manera que a veces da la sensación de que las prisas han pesado más que el control de calidad, lo cual es perdonable porque cuando uno tiene el inmenso talento narrador de Tezuka, bien puede relajarse y confiar en el desleal instinto para aumentar un poquito el ritmo de producción.
Como Jack Kirby y Hergé, que son en Estados Unidos y Europa las figuras más aproximadas a lo que representa Tezuka en Japón, nuestro autor supo fundar un estilo universal a partir de unos presupuestos industriales de extrema voracidad. Como ellos también, y como cualquier otro artista del entretenimiento masivo que haya llegado a esa estratosfera donde están los modelos a imitar o a destruir, la obra de Tezuka está impregnada de un humanismo creciente, de una reflexión primaria y aglomeradora sobre la condición humana y un posicionamiento activo a favor de la bondad, la solidaridad y la generosidad. Pero Tezuka es más radical que Kirby y que Hergé, llegando a poner la pureza de los ideales por encima del bien personal y a la justicia, siempre, por encima de la ley, que a menudo no sólo es inútil, sino directamente nociva y opresiva. No en vano Black Jack es un auténtico justiciero ilegal, de carácter más bien adusto y maneras brutales, como un ángel que sirviera a una verdad más luminosa que la de los hombres. ", ¿Dónde está el médico?!", la historieta que abre el primer tomo de Black Jack, es un buen ejemplo de los complicados caminos que sigue el autor para conseguir un bien que nos resulta tan extraño y oblicuo que casi podríamos considerarlo intolerable. Quizás la víctima de la historia se encuentre al final de la misma en una situación indudablemente peor que la que tenía al principio, pero no es eso lo que observa o subraya Tezuka, sino la ejecución de un bien que casi podría calificarse de equilibrio cósmico, un bien separado y superior de las mismas personas que se han de beneficiar de él.
El ideario de Tezuka no admitía concesiones, y Black Jack lo demuestra con su intenso revoltijo de emotividad exagerada y gestos grandilocuentes desplegados a lo largo de historias escritas con un puño tan firme y un ritmo tan rápido que a veces extravía un par de pasos. Olvídense de los valores históricos, Black Jack es una lectura continuamente sorprendente para espíritus intrépidos.
Trajano Bermúdez
U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998


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