viernes, 29 de mayo de 2026

Adèle Blanc-Sec: El misterio de las profundidades Jacques Tardi Norma



La saga de Adèle Blanc-Sec, que con éste suma ya su octavo álbum, continúa gozando de una enorme popularidad en el país vecino. Gracias a ella, su autor ha podido consolidar una posición privilegiada dentro de la industria, lo cual le ha permitido afrontar con ciertas garantías de éxito otros proyectos más personales y arriesgados. Esta doble faceta de Tardi es, posiblemente, una de las claves de su éxito y su prestigio: ha sabido mantenerse fiel a un público que le sigue pidiendo más de lo mismo y que le da cierta estabilidad comercial, pero al mismo tiempo ha podido desviarse del camino marcado para profundizar en los temas que le obsesionan como autor y plasmarlos en un puñado de obras maestras.

A estas alturas, un nuevo álbum de Adèle Blanc-Sec, para qué nos vamos a engañar, aporta bien poco. Confieso que no me he leído, ni mucho menos, los siete anteriores; confieso, todo sea dicho, que las aventuras de esta señorita (que, por otro lado, no es demasiado simpática ni se esfuerza en disimularlo) siempre me resultaron demasiado complicadas y enrevesadas, y que nunca conseguí enganchar del todo con el particular universo de personajes, bestias y monstruos incluidos, que pueblan sus páginas. Pero eso no impide que reconozca el valor del enorme trabajo de Tardi, su innegable capacidad gráfica, su magnífico poder de ambientación y recreación, y, sobre todo, la enorme coherencia que destila el mundo caótico y singularmente disparatado que nos traza en esta Francia del primer cuarto de siglo. A partir de un enorme despliegue de documentación, Tardi consigue crear un mundo fantástico pegado indisolublemente a la realidad; crea, de hecho, otro mundo real, una especie de mundo paralelo (o de París paralelo, para ser exactos) en el que los monstruos, los sabios locos, las máquinas fantásticas y los artefactos más disparatados campan a sus anchas con total naturalidad. La saga de Adèle comenzó como un homenaje en clave de parodia a la literatura popular del siglo XIX, una especie de cajón de sastre en el que el autor podía permitirse fantasear con todos los mitos del optimismo científico y de la revolución industrial; además de eso, es un homenaje a un París que nunca existió, una visión más de las múltiples desde la que este autor ha retratado a la capital francesa.



Las únicas sorpresas de este nuevo episodio son de carácter estrictamente argumental. Pero es que cuando la sorpresa continua y el enrevesamiento sistemático se convierten en el hilo conductor, ni una cosa ni otra funcionan correctamente. El tono deliberadamente folletinesco y paródico, llevado a extremos casi caricaturescos. hacen que el lector sea incapaz de sorprenderse ante nada porque ya sabe de antemano que todo está permitido y todo puede ocurrir. Por otro lado, el lío de personajes y nombres que aparecen, desaparecen y se mezclan de un álbum a otro es tan grande que, la verdad, haría falta algún croquis explicativo o un árbol genealógico para seguir la lectura sin fatiga. El lector que, como yo, no sea especialmente amigo de las tramas difíciles (máxime cuando se supone que estás ante un tebeo de evasión que no debe complicarte demasiado la existencia), puede buscar, sin embargo, otros motivos de disfrute: el enorme ingenio de Tardi para fabular continuamente nuevos monstruos y artefactos; sus divertidísimos diálogos y un singular sentido del humor, más acentuado en esta ocasión que nunca, que conduce la historia hacia la farsa total; y, por supuesto, como en cualquier obra de este autor, la enorme capacidad de evocación de los paisajes urbanos que nos dibuja.

En definitiva, un tebeo de entretenimiento que, me temo, sólo entretendrá plenamente a los seguidores habituales de la serie. El resto sonreiremos con los puntuales destellos de ingenio de su autor, mientras seguimos esperando la aparición del verdadero genio de Tardi en otras obras más ambiciosas y personales.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999



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