La Diputación de Sevilla inaugura la exposición Una colección original con sus fondos de cómic e ilustración y entrega el I Galardón de Cómic Andrés Martínez de León a Ana Penyas, por su obra En Vela
Escrito por Ángel L. Fernández 22 marzo, 2026
Hay políticas culturales que nacen con vocación de expediente y otras que, a medida que el tiempo pasa, acaban configurando una forma de mirar, y lo que ha hecho la Diputación de Sevilla con el cómic pertenece claramente a esta segunda categoría, no porque se trate de una ocurrencia reciente ni de un gesto oportunista en un momento en que la historieta parece haber alcanzado cierta legitimidad institucional, sino porque es el resultado de una constancia poco frecuente, de una línea de trabajo que comenzó cuando el cómic era todavía un invitado incómodo en los salones de la cultura oficial. Conviene recordar —aunque ahora pueda parecer casi inverosímil— que no hace mucho tiempo el cómic no solo no ocupaba las estanterías de las librerías ni le interesaba los más mínimo a las instituciones públicas, sino que ni siquiera era considerado un objeto cultural digno de ellas. Cuando la Diputación de Sevilla decidió apostar por este medio en los años ochenta, el panorama era, en palabras que no desentonan con la realidad de entonces, un auténtico «erial administrativo y político» frente al cual la institución sevillana actuó como un oasis donde la historieta encontraba no solo acogida, sino reconocimiento.
Esa decisión inesperada y temprana es la que explica muchas cosas de lo que puede verse hoy en la exposición Una colección original: cómic e ilustración en los fondos de arte de la Diputación de Sevilla, inaugurada en la Casa de la Provincia, una muestra que no es simplemente una acumulación de obras ni una exhibición de nombres ilustres, sino, sobre todo, la visualización de una política cultural sostenida durante décadas, cuya continuidad resulta casi una anomalía en un país donde los proyectos culturales suelen estar sometidos a los vaivenes del corto plazo. Por las salas de la Diputación han pasado autores que, vistos en perspectiva, componen una especie de canon posible del cómic contemporáneo: Joss Swarte, Max, El Roto, Santiago Sequeiros, Sonia Pulido, Fernando Vicente, María Medem, Keko o Daniel Torres, entre muchos otros. No se trata de una lista ornamental, sino de la huella de un trabajo sistemático que ha ido construyendo, casi sin hacer ruido, una de las colecciones públicas de cómic más relevantes del país.
Lo interesante es que esa colección no surge de una política de adquisición aislada, sino de un ecosistema más amplio en el que exposiciones, publicaciones y recuperación de autores han ido alimentándose mutuamente. La edición de catálogos, la publicación de obras como Órficas de Max o la recuperación de figuras como Andrés Martínez de León forman parte de una misma lógica: la de entender el cómic como patrimonio cultural, no como mero entretenimiento. La figura de Martínez de León, de hecho, funciona como un hilo subterráneo que conecta pasado y presente. Pionero del cómic en España y creador de personajes como Oselito, su recuperación no es un gesto arqueológico, sino una forma de inscribir la historieta en una tradición cultural más amplia. No se trata de legitimar el cómic por comparación con otras artes, sino de reconocer que siempre estuvo ahí, aunque durante mucho tiempo se le negara un lugar visible.
La exposición actual añade, además, una capa nueva a esa historia: la de las adquisiciones recientes. Obras de María Medem, Ana Penyas, Nuria Tamarit o Laura Pérez se incorporan a una colección que no deja de crecer, señal de que la apuesta no ha quedado congelada en el pasado, sino que sigue activa. Esa mezcla de continuidad y actualización es, probablemente, uno de los aspectos más interesantes del proyecto: no se limita a conservar, sino que también produce presente. En paralelo a la inauguración de la muestra, la entrega del primer galardón Andrés Martínez de León a Ana Penyas por En vela introduce otro elemento clave: el apoyo directo a la creación. No basta con exhibir o coleccionar; es necesario también generar condiciones para que los autores puedan trabajar. En un contexto en el que el cómic sigue siendo, en muchos casos, una actividad precaria, este tipo de iniciativas adquiere un valor que va más allá de lo simbólico.
Y es aquí donde el título del artículo cobra todo su sentido. La idea de esta exposición —y de todo lo que la rodea— es original no tanto por su novedad como por su coherencia. Y es necesaria porque, a pesar de los avances recientes, el cómic sigue ocupando una posición marginal en muchas políticas culturales. Que el Ministerio de Cultura haya incorporado la palabra «cómic» a su estructura es un paso importante, pero no suficiente. A nivel autonómico y local, la historieta continúa siendo, en demasiados casos, una ausencia. Esa ausencia implica la pérdida de oportunidades, la invisibilización de autores y la reducción de la diversidad cultural. También es no percatarse del nivel que alcanza la producción contemporánea, que ha dejado de ser un territorio periférico para convertirse en uno de los espacios más fértiles y complejos de la creación actual, capaz de dialogar con la literatura, el arte contemporáneo o el ensayo sin complejos ni necesidad de legitimación externa.
Frente a esa desatención generalizada, la experiencia de la Diputación de Sevilla adquiere un carácter casi ejemplar. No porque deba ser replicada de manera mimética, sino porque demuestra que es posible construir una política cultural sostenida, coherente y eficaz en torno al cómic. Una política que no se limita a la exhibición puntual, sino que articula colección, edición, reconocimiento y difusión. La itinerancia de exposiciones como Aventureras gráficas o la muestra dedicada a Bone de Jeff Smith refuerza, además, esa dimensión pública del proyecto. No se trata solo de llenar una sala en Sevilla, sino de hacer que estas propuestas circulen por la provincia, que lleguen a públicos diversos y que generen un impacto que vaya más allá del evento puntual. En ese movimiento hay algo más que una estrategia de difusión: hay una concepción de la cultura como servicio.
Quizá por eso, al recorrer Una colección original, lo que se percibe no es solo la calidad de las obras, sino la densidad de la historia que las sostiene. Cada página, cada ilustración, cada trazo forma parte de un relato más amplio, el de una institución que decidió, hace décadas, tomarse en serio el cómic cuando casi nadie lo hacía. Y que, contra todo pronóstico, ha mantenido esa decisión en el tiempo. En un momento en el que la cultura corre el riesgo de convertirse en un catálogo de novedades efímeras, esta exposición propone algo distinto: una mirada a largo plazo, una forma de entender el trabajo cultural como acumulación de sentido. No es poco. Y, desde luego, no es lo habitual.
Revista Mercurio (Jot Down)

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