viernes, 3 de abril de 2026

Los Invisibles: Sin blanca en el cielo y en el infierno Grant Morrison/Steve Yeowell Norma



"Este es el cómic que he querido escribir toda mi vida. Un cómic que va sobre todo: acción, filosofía, paranoia, sexo, magia, biografías, viajes, drogas, religión, ovnis... (...) y cuando llegue al final prometo revelar quién gobierna el mundo, por qué nuestras vidas son como son y qué nos ocurre exactamente al morir." El párrafo anterior está extraído del correo del primer número de la edición americana de The Invisibles y forma parte de una vacilona declaración de intenciones, entre megalómana y guasona, del creador de la serie, el guionista escocés Grant Morrison.

El texto incluía algún revelador apunte autobiográfico (en especial todo lo relativo a sus viajes y al uso y abuso de todo tipo de alucinógenos a los que se había entregado tras abandonar la escritura de la serie Doom Patrol dos años atrás) y dejaba bien a las claras que la serie que por entonces comenzaba a publicarse dentro de la línea Vertigo de DC, allá por 1994, era la obra de su vida, el comic en el que por fin iba a poder convertirse a sí mismo en un personaje de historieta: el líder anarquista King Mob, la actualización años 90 de Gideon Stargrave, un despiadado asesino dandi "polisexual" que había creado en 1978; un tipo vanidoso que a punto de morir se preocupa por saber si tiene el rostro desfigurado porque "no podría aguantar morir feo". No es una exageración, a su manera Los Invisibles es un comic casi tan autobiográfico como los de Crumb o Boldú.

Con sus trabajos para DC Comics (especialmente Animal Man, Arkham Asylum, y la anteriormente citada Doom Patrol) Morrison se había ganado una merecida reputación de tipo rarito e inescrutable, de "guionista con ideas pero poco preocupado por la estructura de sus historias". Rarito o no, lo cierto es que los referentes que maneja Morrison tienen muy poco que ver con los que se traen entre manos la mayor parte de sus "marvelizados" colegas transatlánticos. En sus ficciones se mezclan su afectada pose de aristócrata ambiguo, excéntrico, irónico, decadente y amoral (estamos hablando de un tipo que confiesa haberse pasado varios años "colgado de varias drogas y experimentado todas las perversiones sexuales que se me han ocurrido" y que se declara consciente de la "obligación del escritor de proyectar al menos la ilusión de glamour y sofisticación"), su afición por el ocultismo, la magia del caos y los fenómenos paranormales (para evitar la cancelación prematura de la serie, Morrison les pidió a sus lectores que participaran en un ritual mágico colectivo, que consistía, simplificando mucho, en que se hicieran una paja en la misma fecha mientras recitaban una letanía mística), su pasión por las series de televisión inglesas de espías de los años 60, una sensibilidad pop muy británica, de fan de los Kinks, los Jam y Oasis, aleatorios toques de compromiso político -heredado de sus padres, que habían sido activistas radicales durante los años 60- diluidos en esteticista nihilismo punk, y, por fin, buenas dosis de nostalgia superheroica, innumerables citas cultas, y la autoconsciente, fría, resabida, analítica y a veces cargante relectura de los mecanismos de la ficción de género que otros críticos avispados han calificado como posmoderna. Tebeos "listos" pero divertidos, vaya.



El resultado de semejante amalgama a veces sorprende (en Zenith y en la fascinante e inusual Doom Patrol, por ejemplo), otras conmueve (como en Animal Man, la miniserie inédita en España Sebastian O, y la brillantísima y también inédita miniserie Flex Mentallo, donde Morrison llevó al extremo sus obsesiones revisionistas, escribiendo un tebeo en el que, como explicaba Antonio Trashorras en el U especial n° 1, trazaba "una especie de resumen histórico del tebeo super-heroico") y otras, afortunadamente las menos (Arkham Asylum, The Mistery Play), aburre y hace aguas, tocado de insufrible pedantería, atrapado en un doloroso quiero y no puedo.

Ahora, aprovechando que el pálido escocés ha cosechado el mayor éxito de su carrera gracias a su estupenda JLA (ver reseña en el número 6 de U), que parece a punto de abandonar para concentrarse en la anunciada adaptación televisiva de Los Invisibles, es un buen momento para publicar una serie que quizá en otras circunstancias hubiera pasado totalmente desapercibida. Los 25 números que se publicaron en los USA de la primera etapa y los diecitantos que ya hemos podido leer de la segunda (que, en un intento desesperado por levantar las ventas, que pasaron de 64.000 a 20.000 ejemplares entre el primer y el sexto número, es algo más asequible que la primera, aunque sólo sea porque tiene más escenas de acción) conforman la expresión más lograda del gran tema alrededor del que gira toda la obra de Morrison y que le emparenta directamente con otro gran apóstol del LSD, el escritor Philip K. Dick, al que llega citar textualmente en algunos diálogos: nada es lo que parece y la realidad es sólo una convención que se resquebraja ante los aterrados ojos de los protagonistas de sus historias.

Aunque el protagonismo de la serie corre a cargo de los diferentes miembros de Los Invisibles, los primeros números que va a publicar Norma se centran en Dane Mac Gowan, un problemático adolescente que posee poderes psíquicos latentes. Dane es reclutado por Los Invisibles, una célula de una organización misteriosa, a medio camino entre un grupo terrorista anarquista y una secta esotérica. El grupo, formado por King Mob, un asesino y maestro del ocultismo, Boy, una experta en artes marciales, Lord Fanny, un chamán travestido y Ragged Robin, una atractiva bruja, ayudan a Dane a escapar del centro de adiestramiento de corte fascistoide en el que ha sido internado después de ser sorprendido quemando su instituto. El centro estaba controlado por los Archons, los enemigos de Los Invisibles, unas monstruosas entidades ultraterrestres de aspecto insectoide que se han infiltrado en todos los gobiernos del mundo y buscan el control total de la humanidad. Dane, al fin y al cabo un Luke Skywalker posmoderno, descubre a continuación que está destinado a jugar un papel de decisiva importancia en el combate final contra los Archons si es capaz de desarrollar correctamente su potencial y encuentra a su Obi Wan Kenobi en Tom O'Bedlam, un brujo vagabundo que le inicia, merced algún pescozón y la ayuda de alguna que otra sustancia alteradora de la percepción, en los misterios de la magia y la razón de ser de Los Invisibles. El primer paso es, por supuesto, aprender a cuestionarse la realidad que le rodea. De nuevo, nada es lo que parece. Al igual que en JLA, el terreno donde mejor parece desenvolverse Morrison es el de las historias apocalípticas, arquetípicas fábulas de dimensiones míticas y desarrollo épico (aquí matizado por un humor negrísimo, que hace soportables incluso los desbarres más descomunales) que enfrentan a un grupo de héroes en contra de fuerzas de infinito poder destructivo.

Alargar el comentario sobre estos primeros números sería revelar demasiados secretos de una serie donde precisamente la gracia está en ir descubriendo qué parte juegan en la trama principal cada uno de los elementos que van apareciendo. Afortunadamente, aunque por un momento parecía que iba a ocurrir como en la televisiva Expediente-X (con la que Los Invisibles guarda alguna similitud, aunque sea sólo por pertenecer al género "conspiraciones secretas gubernamentales destinadas a cambiar el rumbo de la humanidad con extraterrestres de por medio que pueden o no serlo"), donde parece improbable que encajen algún día las piezas del complejo puzzle argumental, por lo leído hasta ahora (y llevamos cuatro años de serie), Morrison ha conseguido evitar caer en aparentes contradicciones e incluso se permite incluir flashbacks y "visiones del futuro" que sólo adquieren sentido 10 ó 15 números más adelante. Aunque pocos le creímos, parece que esta vez Morrison si que conocía las pautas generales que iban a marcar el rumbo posterior de la serie antes de ponerse a escribir. El misterio no se ha resuelto y ya no tengo tan claro que la explicación de la verdadera naturaleza de la guerra secreta en la que combaten Los Invisibles sea cierta, pero, aunque el destino final del viaje fuera algo decepcionante, al menos el viaje en sí está mereciendo la pena. Lo que sí resulta algo triste es que los lectores de la edición española se vayan a quedar sin el correo que contesta con bastante salero y constantes derroches de ingenio el propio Morrison, explicando cabos sueltos del argumento, dando pelos y señales de sus enfermedades cuasiterminales y explicando cómo, por ejemplo, se le apareció Jesucristo a los pies de la cama mientras estaba internado en un hospital. Una lástima.

En cuanto a los dibujantes, poco hay que decir. Morrison ha tenido la suerte de contar con un plantel de dibujantes (Steve Yeowell, Paul Johnson, Jill Thompson, entre otros, en la primera etapa, Phil Jimenez y Chris Weston en la segunda) que resuelven la papeleta sin excesiva brillantez, con una corrección algo fría y un trazo realista y algo rancio que ni llega a molestar ni tampoco a entusiasmar. Algo parecido a lo que, salvo contadas excepciones, le sucedió a Neil Gaiman en Sandman. Y digo suerte porque después del desastre gráfico de Animal Man y la mediocridad de Doom Patrol, cabía esperar lo peor.

En resumen, un cómic que no es malo ni bueno sino todo lo contrario pero que os gustará si os gustan los tebeos con guión de Grant Morrison, con portadas de Sean Philips y Brian Bolland y protagonizados por un grupo terrorista liderado por un treinta-ñero calvo con chupa de cuero...¡Uf! ¡Perdón!, creí que estaba en el Slumberland. Deben de haber sido esos malditos Archons, que no paran de manipular la realidad.

David Muñoz


U, el hijo de Urich #12 septiembre 1998



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