jueves, 2 de abril de 2026

Un largo silencio Francisco Gallardo Sarmiento/Miguel Ángel Gallardo Paco Camarasa Pina y Macdiego



A Francisco Gallardo Sarmiento le tocó hacer la Guerra Civil, según sus propias palabras, "en el lado de los que nunca habían tenido ni tenían nada." Capitán de la República, con la victoria franquista huyó a Francia, donde conoció los campos de concentración. La desoladora experiencia le obligó a regresar a España, aún a riesgo de ser fusilado. De vuelta en su patria, no sólo eludió el paredón, sino que rehizo su vida y se casó. En 1955 nació su hijo Miguel Angel, que se labraría un puesto en la historia del cómic español con sus Makoki, Perro Nick o Perico Carambola (véase U #2, enero de 1997, para profundizar en su trayectoria). Miguel Ángel Gallardo no oyó a su padre hablar de la Guerra hasta que regresó la democracia. "Yo desde siempre he querido hacer en historieta las memorias de la Guerra Civil de mi padre -explicaba Gallardo en aquel U.- Porque desde que empezó a hablar de la Guerra no ha parado. Desde que palmó Paquito no cerró ya la boca, el tío. Se puede decir que no habló hasta el 75 y desde entonces no ha parado." Para recuperar ese largo silencio es para lo que surge esta obra, porque no es lo mismo callar que olvidar. En circunstancias casi idénticas a las de Francisco Gallardo, y en 1941, Max Aub escribiría: "En la desgracia, lo importante es el recuerdo."

Ese recuerdo se concreta en un librito de coqueta presentación y 64 páginas que incluye algunas fotografías y documentos de la época, junto a las memorias escritas de Francisco Gallardo salpicadas por ilustraciones de su hijo, más cinco de esos episodios bélicos adaptados a la historieta por Miguel Ángel Gallardo, episodios que suman un total de 15 páginas de tebeo.

Las memorias se inician con el nacimiento y la infancia de Francisco Gallardo en Linares (Jaén) en 1909, y nos cuentan sus estudios y su vida a la par que la proclamación de la República y el estallido de la Guerra en 1936, momento en el cual empiezan a intercalarse las historietas de Gallardo que, alternándose con la prosa desnuda de su padre, nos narrarán fragmentariamente, a través de escenas escogidas, el detalle cotidiano del conflicto hasta su resolución y sus consecuencias. El punto final del libro, el encuentro de Francisco Gallardo con la que habrá de ser su mujer y madre del dibujante, nos indica que se ha completado un ciclo en la vida del protagonista, y de la misma manera que la Guerra divide completamente la historia de España en un antes y un después traumáticos en todas sus facetas, también en esta existencia individual se cierra una puerta tras la que se amontona todo lo que había sido una vida antes de 1940 para empezar de nuevo en silencio.

Lo interesante es que no se trata de unas memorias políticas ni revanchistas. Los recuerdos enquistados durante décadas en el pecho de Francisco Gallardo no alimentan ningún rencor malsano, entre otras cosas porque su alineación durante la Guerra, si bien acorde con su clase, fue más fortuita que consciente. Como tantos otros, Francisco Gallardo fue reclutado por el bando en el que las circunstancias le ubicaron. Como tantos otros, ni era rojo ni era rebelde, sólo un hombre más en la marea del levantamiento que, sin afiliarse jamás a ningún partido ni sindicato, estaba condenado a deshacerse en la espuma de la historia.

El relato tiene una naturalidad descriptiva casi documental (véase, por ejemplo, la minuciosidad con la que se recuerdan distancias, precios, fechas, horarios o el examen de Reválida para la carrera de Técnico Industrial, especialidad Eléctrica). Enfrentadas a este prosaico discurso memorialista, las historietas de Gallardo ejercen de contrapunto y acento dramático. Primero, por lo que cuentan; segundo, por cómo lo cuentan.

Mientras que las páginas escritas por Francisco Gallardo atienden obsesivamente al dato, como empeñadas en una objetividad intachable, las páginas dibujadas por su hijo capturan en cada episodio una emoción, un sentimiento, generalmente de miedo, de horror e incluso de asco, como en el pequeño ajuste de cuentas al que se somete al teniente Galisteo, que durante la Guerra salva la vida gracias a la intervención del narrador pero que una vez acabada ésta rehúye todo contacto con él porque "ahora había clases", observación que concluye con un "Ignoro si el teniente Galisteo estaba en casa, pero en aquel momento comprendí que la clase a la que yo pertenecía era la de los fantasmas y las sombras y con ellos volví" inserto en una viñeta donde una sombría marea humana presidida por el yugo y las flechas y el águila imperial personifica la derrota, pero no la derrota en la guerra, sino la derrota en la lucha social entre las clases.

Este tipo de planteamientos subjetivos y de desarrollos elaborados según estructuras dramáticas propias de la ficción no se encuentra prácticamente en ningún momento dentro del texto de Francisco Gallardo, pero Miguel Angel no duda en construir fabulillas en cada una de sus historietas. Fabulillas de anécdota mínima, en la mayor parte de los casos, pero de pavorosa densidad emotiva. A ello le conduce, indudablemente, la pasión del relatista parcial, pero también su instinto de narrador ya curtido que articula el mundo a través de estructuras de ficción convencionales. Es decir, lo que en la prosa de Francisco es memoria, en el lápiz de Miguel Angel es creación, fabulación. Que nadie piense, sin embargo, que Gallardo aprovecha la ocasión fácil -un tema agradecido, un territorio sin apenas competencia- para caer en la trampa de la espectacularidad o el lucimiento. Cada página está compuesta por entre nueve y doce viñetas, aproximadamente, con lo que el dibujo queda reducido a una miniatura de trazo recio donde se explota la caricatura para provocar la respuesta simpática del lector no por la vía del humor, sino del patetismo, y donde cada línea multiplica su significado, puesto que es uno de los escasos elementos con los que cuenta la escenografía. Si en el texto del padre los adjetivos son estrictamente funcionales y descriptivos ("líneas enemigas", "preparación artillera", "barrio chino"), la línea del hijo adjetiva con idéntica austeridad pero con mayor colorido (personas aterrorizadas, cañones destructivos, paisajes helados, milicianos brutos).



Sobran los adornos, porque es más importante emular cierto aire a antiguo, a años 40, a economía de medios y urgencia narrativa en la que lo que importa es contar claramente un suceso, y para eso sobran dos planos -Gallardo no sale del plano general para situarnos y el primer plano o plano americano para los personajes- y una frontalidad teatral sometidos a la jerarquía del texto, a veces caudaloso y dominante. Pero no nos engañemos, esta aparente "retórica de estraperlo" es mas avezada de lo que parece a simple vista. Estamos en 1998 y Gallardo es narrador y dibujante que maneja con una nada inconsciente facilidad códigos narrativos y plásticos modernos, que es capaz de transmitirnos el pavor blanco de la muerte segura que le espera al protagonista insertando su nombre en un rótulo espectral que flota sobre un soldado escapado de alguna película de terror para cambiar de escenario y momento en dos viñetas donde adivinamos que unos burdos puntos y unas rayas son dicho nombre convirtiéndose en copos de nieve y los haces de luz de un camión, y que acaba el flash-back con una simetría nada ociosa, pues lo que ha pasado por la mente del narrador en ese segundo -tres páginas- explica perfectamente su rostro descompuesto cuando volvemos a verlo aplastado por el peso de los aldabonazos de su nombre. En otra de las historietas, Aire, el dibujo es mínimo, una simple caligrafía mezclada con la caligrafía de la rotulación y la de las onomatopeyas en una unidad lingüística indisoluble.

Existen una variedad de planteamientos en las distintas historietas de Un largo silencio, pero en ninguna de ellas se produce la menor disociación entre continente y contenido, sino una máxima eficiencia en la transmisión del relato.

Utiliza así Gallardo sus dotes artísticas para resaltar de manera más dramática los pasajes más dramatizables de los recuerdos de su padre, y el conjunto obtiene una tensión entre lo no visto pero descrito con paciente objetividad y lo visto pero ocultado con nerviosa subjetividad que impide al lector relajarse indebidamente y leer con indiferencia.

¿Habría sido deseable que Gallardo adaptase a la historieta la totalidad del texto de su padre? Ésa sería una discusión ociosa a la que no llegaríamos a dar fin. Baste saber que muchos de los segmentos del texto habrían sido difícilmente trasladados al tebeo, pero que de haberlo logrado con fortuna, superando así la demasiado modesta cantidad de 15 páginas de viñetas, estaríamos hablando de una obra para sacarle los colores al Maus de Spiegelman. Aunque nadie se iba a enterar, por supuesto, que los tebeos no son cosa seria.

Trajano Bermúdez


U, el hijo de Urich #12 septiembre 1998

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