Existe un consenso generalizado que considera a Tardi uno de los grandes maestros de la historieta europea, lo cual es una falsedad. Cuando Jacques Tardi (1946) publica un nuevo álbum, es un acontecimiento de primera magnitud, y con justicia, porque el francés nunca defrauda a sus lectores, entregando páginas tan excelentes como las de esta Reyerta en la feria, tercera adaptación de los casos del detective Nestor Burma creado para la literatura por Leo Malet. Pero, ¿qué se puede aprender de Reyerta en la feria, excepto a ser Tardi? Y Tardi ya hay uno, y sólo uno, y no es un maestro, es un genio singular.
Quien lea Reyerta en la feria con escasa simpatía por la obra o su autor, podrá achacarle una larga lista de imperfecciones. Entre las más notables: exceso de verbosidad que frecuentemente reduce la narración a interminables secuencias de bustos parlantes; los personajes parecen a menudo anclados en una estática frontalidad que los asemeja a siluetas de cartón recortadas y colgadas delante del escenario; ramplonería en la adaptación al apoyarse en fragmentos del texto original ilustrados formulariamente. Algunas de estas acusaciones (especialmente la última) son mendaces. Pero tengan más o menos razón, todas ignoran el hecho fundamental de que las normas establecidas, la gramática común y el buen gusto imperante son para dibujantes menores, y no se aplican a gigantes de la talla de Tardi que, como Robert Crumb, crean sus propias reglas en cada trazo.
El rasgo característico de Tardi es su enorme personalidad, lo exageradamente reconocible de su huella. Tardi es un hombre con una visión, y un hombre con una visión es un artista, trabaje con viñetas, con música o con un balón en los pies. Eso no se puede aprender, por muy atentamente que se estudien sus páginas, plagadas de soluciones indescifrablemente atinadas porque se han concebido con la confianza que da la intuición genial, mucho más útil que el laborioso y a menudo estéril proceso de racionalización profesional. ¿Y cómo se puede aprender a tener intuiciones geniales? Probablemente el mismo Tardi no sabría explicarlo.
Por ejemplo: dijimos que alguien podría pensar que Reyerta en la feria cae en el tópico pecado de ilustrar redundantemente fragmentos del texto original. Eso podría parecer al ojo casual, pero no es así. Reyerta en la feria, como Calle de la estación 120 y Niebla en el puente de Tolbiac, las anteriores aventuras de Burma, se desenvuelve con una frialidad engañosamente distanciada, y en realidad profundamente amarga y apasionada. Los personajes parecen impasibles, apenas muestran expresividad, son sólo cascarones vacíos enganchados en el hilo del argumento que con industrial inexorabilidad avanza en cada página. Ese despojamiento sentimental (más obvio aquí que en los títulos anteriores) conviene mucho a la inoperancia afectiva del detective privado y antiguo anarquista juvenil, desencantado de todo lo que el mundo pueda ofrecerle, y el hecho de recurrir a esos textos de apoyo contribuye a deslizar con mayor brutalidad la hegemónica trama, que así aparta de su paso el tipo de simplonas consideraciones introspectivas que variarían fatalmente el tono de la obra. De paso, el texto de apoyo es un recurso que facilita la compresión de una cantidad enorme de argumento dentro de apenas 80 páginas, lo cual es un tamaño moderado para Tardi.
En una reciente entrevista, hablando de From Hell, su colaboración con Eddie Campbell, Alan Moore decía: "Decidimos suprimir completamente los textos de apoyo y contar la historia usando únicamente diálogos (...) En cierto momento, Eddie me dijo que si hubiéramos usado textos de apoyo, probablemente habríamos podido meterlo en unas 100 páginas, lo cual seguramente sea cierto, pero creo que tomamos la decisión correcta. Creo que no podíamos haberlo hecho de otra manera, eso lo que le da vida (...) Los personajes tienen una dimensión humana que sólo conseguimos usando diálogos ficcionalizados y dramatizados, en vez de usando el recurso más distanciador de los textos de apoyo. Eddie tiene razón, así probablemente le añadimos 200 ó 300 páginas, pero mereció la pena." De eso se trata exactamente en Reyerta en la feria, pero a la inversa: no sólo se pretenden restar 200 ó 300 páginas de volumen, sino también dar con el tono preciso que reste su dimensión humana a los personajes, o al menos a su protagonista, un Nestor Burma que deambula cansinamente por el mundo cargado con el fardo de los cascotes de su moral. En el fondo, Burma es un Tintín adulto y maleado. Hijo de la misma línea clara sometida al tiránico imperio del argumento, pero que intoxicado de historia ha perdido el color, se ha manchado con un impresionismo borroso y ha dejado el entusiasmo en el Stalag en el que estuvo encerrado en 1940. Por lo demás, todo lo que ponía Hergé lo pone también Tardi: la exhaustiva documentación, los paisajes verosímiles, tan documentadas las calles de París en1957 como el prototipo de cohete lunar del reportero belga. La diferencia es una cuestión de perspectiva, de personalidad, de genio.
Algo que, me temo, no enseñan en ninguna escuela, sino que hay que llevar dentro desde el nacimiento, y cultivarlo con mucho tesón, con mucho sufrimiento, año tras año, página tras página.
Trajano Bermúdez
U, el hijo de Urich #6 septiembre 1997


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