El autor de esta reseña quiere comenzar declarando su absoluta falta de objetividad a la hora de juzgar este tebeo. Porque al revisar estas páginas ha vuelto a convertirse en aquel adolescente abrumado que tuvo el privilegio de acceder al estudio granadino donde entonces (primeros años ochenta) trabajaban Joaquín López Cruces y Rubén Garrido, el adolescente impactado que volvía a casa envuelto en la magia de aquellos originales que aún olían a tinta fresca, de aquellos dibujos sublimes, impecables, hermosos, de aquel trabajo que empequeñecía hasta el ridículo los incipientes intentos de dibujar una historieta mínimamente correcta. Entre los dibujantes imberbes de mi generación, hablar de Joaquín López Cruces era hablar de la perfección exquisita. Y a pesar de todo, a pesar de la casi nula presencia de nuevas páginas de Joaquín en el panorama comiquero, a pesar de que dejamos de ser imberbes y adolescentes, los dibujantes de mi generación seguimos hablando de Joaquín y seguimos odiándolo por su maldita perfección.
Quien no tenga ni idea de lo que estoy hablando haría muy bien en correr a las librerías y hacerse con esta pequeña joya que Camaleón y Malasombra nos regalan ahora. Obras encogidas es una magnífica recopilación de historietas cortas realizadas desperdigadamente para diversas publicaciones (Madriz, La Granada de Papel, Don Pablito, Olvidos de Granada...). En los guiones, además de los de propia autoría, podemos ver las firmas de Almudena Martínez, Rubén y, sobre todo, de Santi (M° Isabel Santisteban), con quien también realizó el sensacional álbum Sol poniente, una obra que a mi entender nunca fue suficientemente valorada y que hoy día constituye toda una rareza.
Cada una de las historietas que componen esta recopilación es un trozo de vida; recogen fugazmente escenas cotidianas, pequeñas anécdotas banales, ráfagas en la existencia de personajes absolutamente corrientes, pero narradas con una sensibilidad que convierte lo aparentemente intrascendente en poético, emocionante o mágico. Esa especial sutileza para ver la vida y para contarla es la verdadera esencia del arte de Joaquín López Cruces, un camino que la historieta ha tomado en contadas ocasiones. Y bajo este planteamiento, la precisión documental y la perfección de su dibujo, más allá del puro goce estético, se convierten en un elemento narrativo más, en armas fundamentales para envolvernos en el hálito poético de sus historias, a veces mágicas, a veces nostálgicas y melancólicas, a veces incluso irónicas y humorísticas. A pesar de la variedad de estilos que el autor ha ido ensayando (desde el realismo casi absoluto al trazo más suelto y expresivo, pasando por el más puro humorismo), hay en todos ellos un denominador común: la absoluta precisión con que se dibujan todos y cada uno de los elementos que componen la viñeta, cuidando al máximo los detalles, los objetos, los vestuarios, los gestos..todo lo que, de un modo u otro, aportan densidad y riqueza a la lectura. Esta riqueza gráfica es fundamental, sobre todo en sus trabajos bajo los espléndidos guiones de Santi, basados en los silencios y las elipsis. Son historietas que sugieren más de lo que narran, que esconden mucho más de lo que enseñan. Es la puesta en escena la que nos describe ambientes, la que nos revela, o nos sugiere, algunos de esos secretos que parecen ocultarse bajo las modestas vidas de sus personajes.
Esta recopilación nos ofrece también la extraordinaria oportunidad de apreciar en su conjunto el dominio que Joaquín López Cruces ejerce sobre la historieta breve, un género cada vez menos cultivado ante la práctica inexistencia de revistas y la creciente tendencia al formato comic-book y la novela gráfica. Si quisiéramos hacer comparaciones (ya lo sé, siempre odiosas con otros medios, las historias de Joaquín serían equiparables a un cuento corto o a un poema, según los casos.
Siempre parten de premisas argumentales muy escuetas, en algunos casos prácticamente inexistentes, en las que lo realmente importante es el modo de narrar y la capacidad de interpretación del lector, al que continuamente se le dejan resquicios para que construya la historia a su modo. En este sentido, una historia tan aparentemente intrascendente como "En algún lugar de Escocia" (un diálogo en inglés entre dos chicas que se preparan para dar un paseo en coche) puede convertirse en un verdadero ejercicio de provocación para la imaginación y la capacidad emotiva del público. Si uno quiere, puede construir miles de historias distintas a partir de lo que nos ofrecen los autores (Joaquín y Rubén, en este caso): la mera descripción de un ambiente y una levísima presentación de personajes de los que nada sabemos pero sobre los que podemos sospechar muchas cosas. Este mismo esquema se repite en casi todas las historias: en "La aventura", con guión de Santi, la trama gira en torno al descubrimiento de unos niños de un libro "guarro" (El Decamerón), pero lo que realmente importa no es el descubrimiento en sí, sino la tensión y la intensidad con la que los niños acceden a lo prohibido y el impacto emocional que les causa (un tema, el de la infancia, muy presente en toda la obra de Joaquín). "Orfeo", también con la misma guionista, describe la crueldad y el dolor de la muerte con una eficacia y una elegancia admirables, gracias a una planificación de páginas que confronta pero a la vez confunde la vida y la muerte, el sueño y la realidad, el pasado y el presente. Y todo eso en sólo dos páginas y usando apenas tres o cuatro pequeños bocadillos.
En definitiva, cada una de las brevísimas piezas que componen este trabajo son modélicas en su construcción; insisto, son historietas que carecen de grandes pretensiones, construídas con la modestia de quien trabaja con el material que permanece agazapado tras las pequeñas historias de todos los días: el misterio, la fascinación, las pequeñas sorpresas, las emociones, los sentimientos, la recreación de ambientes y sensaciones. Y todo ello con el regusto tan especial que desprenden las obras trabajadas concienzudamente y con cariño. Quizá ahí radique la verdadera causa de por qué un autor de esta talla no haya continuado publicando profesionalmente como historietista y se haya desviado hacia otras facetas profesionales más rentables (ilustración y diseño, fundamentalmente); en contra de lo que podría pensarse, creo que Joaquín no ha abandonado la historieta porque haya dejado de gustarle, sino por todo lo contrario: respeta tanto este medio que sería incapaz de hacer páginas sin la entrega, el entusiasmo, la dedicación y la búsqueda de calidad que se merece. Joaquín López Cruces pertenece a una raza de autores que, me temo, la industria es incapaz de absorber y asimilar por su ritmo de producción y sus planteamientos de trabajo, poco rentables comercialmente. En cualquier caso, siga o no haciendo historietas (es muy posible que dentro de poco nos sorprenda con alguna pequeña cosita de nueva producción), Obras encogidas, con toda su brevedad y su modestia, es un nuevo ejemplo de resistencia, un recordatorio de lo que se hizo en otros tiempos quizá más felices para la historieta y un catálogo de sugerencias de muchas de las cosas que quedan por hacer.
Enrique Bonet
U, el hijo de Urich #8 enero 1998


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