(Antes de empezar, debo admitir que soy incapaz de leer las novelas de Conrad, de puro aburridas. Aprecio más a Stevenson como personaje que como escritor, y de London prefiero con mucho las ocasionales adaptaciones de Carlos Giménez que los relatos originales. Con Kipling, en cambio, aún no acabo de aclararme. En fin, que lo mío no es la Aventura. Y sin embargo, la obra de Pratt consigue fascinarme casi siempre.
Especialmente, los distintos títulos por los que deambula el muy icónico Corto Maltés. Acaso por la solidez narrativa del veneciano, por su capacidad de crear personajes poderosos, enigmáticos, inolvidables. O por su condición de historietista nato, uno de los mejores que el medio ha dado en su historia.)
En su política de rescate de autores esenciales, Norma continúa lo que podríamos considerar la edición definitiva de los títulos de Hugo Pratt con un libro que no es, probablemente, su obra más redonda (a mi juicio, semejante galardón correspondería a Corto Maltés en Siberia), pero que sí constituye una pieza fundamental para comprender la evolución de su autor. Edición definitiva, por cierto, en la que se sustituye el brillante blanco y negro del original por un color de tonos desvaídos que, sin llegar a aportar nada al conjunto, tampoco molesta y entronca con el gusto de Pratt por la acuarela suelta y vagamente atmosférica.
Además, incluye un prólogo lleno de información prescindible que nos permitirá comprobar, si es que algún día reunimos suficiente ánimo para leerlo, que el autor veneciano sabía mucho de todo, y además se documentaba de manera exhaustiva, por si acaso. Información, creo yo, perfectamente irrelevante a la hora de disfrutar de la historieta.)
Verán, tengo una teoría en lo que a los tebeos de Corto Maltés se refiere. Para mí, en la trayectoria del mítico marinero se pueden distinguir dos etapas perfectamente diferenciadas. En la primera, que empezaría en La Balada del Mar Salado y continuaría con todas las historias cortas hasta culminar en su aventura más conseguida (insisto: Corto Maltés en Siberia), nos hallamos ante un Hugo Pratt respetuoso con sus mayores literarios, narrador aplicado y fabulador de aliento poderoso en cuyo trabajo se adivinan los ecos de Conrad y Kipling, de London, de todos los grandes del género. Son trabajos sólidos, apasionantes, de una eficacia incuestionable, y le valieron a su autor la consideración de crítica y público (más que merecida: hay algunas historias cortas, de las que luego se recopilaron en Las Célticas o Las Etiópicas, de una belleza que algún pedante calificaría de clásica).
Fábula de Venecia y La Casa Dorada de Samarcanda inauguran una segunda etapa (para mí, más interesante) en la que la Aventura se intelectualiza, los personajes se transforman en iconos autoconscientes y el autor transita sendas paralelas a las recorridas por Umberto Eco en sus novelas.
Quizá hayamos perdido un cierto aliento épico, una manera de poetizar, pero tenemos a cambio el placer del juego, la autorreterencia, el distanciamiento irónico, la reflexión en torno a las claves del género (y las claves, también, de la vida, del ser humano). Y recuperamos a un dibujante que regresa a la mancha, que limpia su trazo hasta lo esencial en un equilibrio hermosísimo, de ecos orientales. Las páginas de Fábula de Venecia son, en este sentido, reveladoras. (Será, sin embargo, en Mu donde Pratt conseguirá cuajar de manera definitiva la manera de hacer de esta segunda época.)
En lo que al álbum en sí mismo respecta, y si dejamos de lado disquisiciones estilísticas y semióticas, ¿qué decir? Un Corto Maltés irónico y sagaz como siempre, misterios y templarios en las calles de una Venecia llena de enigmas y de gatos, de pozos mágicos, de mujeres hermosas, de aventuras, de sombras... La búsqueda de la Clavícula de Salomón como excusa para darnos un paseo por una ciudad mítica, por sus canales mohosos, por sus noches de magia y musgo. Y, como siempre, una mujer, una bruja, alguien que acecha en la sombra, viejos amigos... Corto Maltés, en suma: Hugo Pratt. (Un libro, un autor, por si no ha quedado claro, imprescindibles.)
francisco naranjo
U, el hijo de Urich #8 enero 1998


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