sábado, 28 de febrero de 2026

Locas Jaime Hernández La Cúpula



Tienes que encuadrar una obra, analizarla o ver en qué niveles se mueve dentro de una serie de parámetros o valores que es deseable que tenga y que estén trabajados, digan cosas, desarrollen lenguaje, etc., etc. y, sobre eso, en tu fuero interno, equiparas, destacas, fulminas o, simplemente, colocas cada tebeo en una casillita del cerebro: mejor que éste, peor que aquél. El dibujo, la narrativa, la construcción de personajes, la solución de situaciones son cosas concretas sobre las que un autor despliega una cierta cantidad de oficio y luego, y mejor. vierte otra cierta cantidad de imaginación o talento. Con arreglo a estas "cantidades", sólo subjetivamente medibles, vamos nosotros y soltamos nuestra parrafada de argumentos, sólo subjetivamente racionales, y concluímos algo sobre la obra que sea.

Pero debería existir otro mecanismo de análisis, otra aproximación a la composición de la obra que permitiera elaborar algo coherente fuera de ese baremo. Porque existe otro baremo donde entran trabajos que valoramos muy (infinitamente) por encima de todos los que sólo nos excitan las calificaciones (subjetivamente) racionales. Me gustaría saber si existen trucos, oficios o aprendizajes que, reducidos a elementos, expliquen por qué algunas obras pasan a encadenarse profundamente en el entramado afectivo real del lector Y, desde ese momento, escapan del todo (infinitamente) al estrecho pasillo de lo medible.

Amor y Cohetes y, de todo ello, especialmente, Locas, abrió, en su momento, la puerta al final de ese pasillo y se instaló en una habitación mucho más amplia y holgada en cuyas paredes ya no hay pintadas escalas. Los personajes que viven a través de esos papeles llegan a ser mas queridos, más reales, mejor conocidos incluso que la mayoría de tus amigos de carne y hueso. Cada nueva entrega remata por todos los flancos la redondez de sus vidas. Esperas la siguiente peripecia como un oráculo y, como con tus mas cercanos y naturales afectos, todo lo que hagan será perdonable, será real, será su vida (y la tuya). Has perdido la distancia, o mejor, la has salvado.

Son posibles y pertinentes todas las críticas, pero no lo quieres fuera de tu vida de ninguna manera. Lo que te da no tiene precio, está, de todo punto, pasado el estrecho pasillo de lo ajeno.

Me da la impresión de que no se podrá, en todo caso, atribuir a una técnica concreta el funcionamiento de este especial tipo de ilusión de realidad. Es cierto que existe una cierta dosis o incluso voluntad de realismo, pero la serie empezó, y ya te metía de lleno en la famosa habitación, plagada de elementos de fantaciencia y tópicos historietísticos que nunca abandonó del todo. Aquí, en Locas, Jaime se centra ya en la crónica de la escena punk de Los Angeles, lo que, evidentemente, está mucho más cerca de nuestras vidas que los dinosaurios, los cohetes y los mecánicos prosolares.

El costumbrismo urbano tendría, claro, que resultarnos cercano, pero mucho costumbrismo funciona también de argumentos torsionados para que parezcan cine y efectos sentimentales por fórmula ampliamente conocidos. Todo esto, por repetición, pierde su virtud y, desde luego, no te deja pensando que tienes que recordar que Maggie y Hopey no existen en realidad.

Así pues, básicamente, son los personajes los que, tal como son, tienen mucho en común con el lector. Habrá que reconocer entonces que el resultado es personal e intransferible, tiene que ver con la generación, con la musica, con buscarse la vida, compartirla con colegas, vivir una etapa especialmente movida (vaya palabra).

Pero, sobre todo, es caracterizar los personajes, no mejor ni peor, sino perfecto. No creo que sea magia ni un don maravilloso o una mente ultrapotente. Jaime Hernández no es Chris Ware. Es dejar a la naturaleza asentarse en su posición más relajada, observar con atención y cariño y, con el tiempo, como en cualquier pandilla de amigos, cada cual adopta un rol al que le llevan su personalidad y la de los demás, acoplando defectos, virtudes y manías para, simplemente, vivir la vida. Y a uno de ellos lo interiorizas más (o a varios), pero todos tienen sus razones. No puede sobrar nadie como no sobra en la vida. Ninguna trama, ningún giro es erróneo. Sobran sólo en las fórmulas. Como decía Renoir, lo malo de la vida es que todos los personajes tienen sus razones.

Podríamos criticar la forma de publicación del material, pero para qué. Dado de lo que se trata. la recepción fragmentaria y los flashbacks dispersos, la ignorancia de etapas, es otra forma encantadora de disfrutar la lectura con un punto de fascinación valioso. Yo. desde luego, de todo lo que llegaba de tebeos, siempre leía primero Love & Rockets. Y, desde luego. Jaime. Y, desde luego, Locas. Y siempre era poco.


Entique Vela


U, el hijo deUrich #9 marzo 1998

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