El faro del fin del mundo / Jacinto Antón
Los leopardos forman parte importante de mi vida. Desde los iniciáticos de los libros - los de Kenneh Anderson, Jim Corbett y luego el de Hemingway- y del cine de sesión continua- el leopardo de Sarawak, enemigo mortal del tigre de Mompracem-, hasta los de verdad, vistos o entrevistos en la India y en África. El primero que vi de carne y hueso, si exceptuamos los del zoo, fue el que se cruzó ante los faros de nuestro camión viajando del Ngorongoro al lago Manyara en Tanzania, en 1986. Fue una fulguración moteada que me hizo lanzar un grito digno de Mogambo: "¡Chui!", leopardo, una de mis pocas palabras en swahili, junto a safari, hatari y daktari, esa letanía.
Apenas un par de semanas después volví a ver otro leopardo, este mucho menos fugaz. Recorríamos las pistas del Masái Mara y nuestro conductor, un kikuyo hosco, abandonó repentinamente el seguimiento de un gran león para llevarnos al pie de un árbol. Mientras le llamábamos de todo señaló una de las ramas: en ella descansaba un enorme leopardo que abrió disciplientemente los párpados para, en un momento inolvidable, mirarme directamente con unos ojos dorados en los que destellaban toda la maravilla y el misterio de su especie.
Después he visto otros, uno enorme en Zimbabue en compañía del fotógrafo Marcel.lí Sáenz -no siempre se puede ir por África con Ava Gardner- y en una ocasión memorable seguí un ratito a pie el rastro de un ejemplar en los montes Aberdare.
Leopardos, "los más perfectos de los grandes felinos", así los considera un acreditado zoólogo y fotógrafo suizo C. A. W. Guggisberg en su enciclopédico Wild cats if the world (David & Charles, 1975), "hermosos de aspectos y gráciles en sus movimientos".
Si hablamos de leopardos africanos, nuestro hombre es Ionides. El white hunter griego con inclinación por las mambas estaba fascinado con los leopardos devoradores de hombres, que no son tan frecuentes en África como en la India -entre los más célebres en el subcontinente, el de Kahani (más de 200 personas muertas) y el de Rudraprayag (al menos 125 víctimas)- pero los hay. Cazó varios en Tanganika, como al de Rupondo (16 años en su horrenda cuenta, entre ellos un bebé de seis meses).
El leopardo, a menudo llamado pantera en Asia, puede ser incluso más temible que el tigre por su familiaridad con el ser humano y el desparpajo por así decirlo, con el que se introduce en las casas de las aldeas para llevarse a sus presas humanas, con terrible preferencia por las más pequeñas que le resultan más manejables. Sin duda es injusto -aunque sigue habiendo casos de depredación de personas y la persecución de esas fieras moteadas antropófagas ha dado por relatos inolvidables de la literatura de aventuras -reducir a esos maravillosos animales a su aspecto más feroz.
Hablábamos muchos de leopardos con el añorado Jorge de Pallejá, que llegó a cazar uno en la India, aunque le dejó mal sabor de boca (peor ha de ser dejarle mal sabor al leopardo, imagino), en lo que fue el principio de su conversión al conservacionismo. A Jorge le recuerdo en el zoo de Barcelona, frente a la jaula del leopardo de Sri Lanka donde se le humedecían los ojos ante aquella belleza que él un día arrebató.
Precisamente el otro día estaba con mi yerno y mi nieto de un año y medio en el mismo lugar, algo triste pensando en Jorge, en que ya no hay tigres en el zoo de Barcelona y en que se ha muerto la elefanta Susi, cuando el pequeño Mateo señaló con el dedito al leopardo y dijo claramente: "leopardo". Ramón y yo nos quedamos de piedra. Es verdad que yo llevaba ratos hablando de esos felinos y contando historias como la de la pantera negra de Sivanipalli. Pero oírle decir a Mateo por primera vez en su vida "leopardo" me puso al borde de las lágrimas. ¡Si aún no sabe decir abuelo ni yogur! El leopardo parecía tan sorprendido y emocionado como yo: detuvo su paseo por su estrecha jungla y miró a Mateo con un brillo de reconocimiento en los ojos ambarinos. La fiera y el niño quedaron unidos en un instante mágico en el que el resto del mundo se transfiguraba en un escenario de selvas y aventuras. Finalmente el leopardo lanzó un sordo rugido como de sierra -grunt-ha, grunt-ha- y Mateo rió con una risa pequeña y cristalina. "Leopardo, leopardo".
El Pais, sábado 31 de enero de 2026

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