jueves, 5 de febrero de 2026

Un corte en el tiempo

 Por Anna Caballé

El autorretrato constituye, en la historia de la pintura, una práctica fascinante: el pintor se utiliza a sí mismo como modelo y se observa atentamente. ¿Con qué objeto? Imposible dar una respuesta sencilla a este recurso que puede cumplir funciones de lo más variadas. Desde el deseo de fijar un hic et nunc, un aquí y ahora del artista en plena potencia de sus facultades (un bellísimo Durero en torno a los 28 años), hasta la obsesión de Rembrandt por reparar en su rostro las sacudidas del tiempo a lo largo de su vida. O bien pensemos en Frida Khalo presentando las heridas del cuerpo como baluarte de un sufrimiento escondido que se desea hacer público. O bien mostrar el propio rostro como un muñón del ser irreconocible, como hizo Francis Bacon. Sin olvidarnos del autorretrato como entrenamiento, como ejercicio de taller que permite el libre aprendizaje del cuerpo humano.

La columna rota (1944), de Frida Khalo, que evoca las secuelas del accidente de autobús que sufrió en 1925. 

El crítico Manuel Alberca, reconocido académicamente sobre todo por sus luminosas aportaciones teóricas a la autoficción, acomete en Mírame. Enigma y razón de los autorretratos un completo repaso a este género pictórico. El libro tiene mucho de útil inventario, pues son numerosos los pintores que van desfilando, desde su rotunda explosión en el Renacimiento hasta los autorretratos expresionistas que exponen el descoyuntamiento del sujeto  contemporáneo. Todo cabe en la autorrepresentación pictórica, en este esfuerzo del artista por verse a sí mismo cuya frenética deriva actual -el selfi- nos fuerza a hacernos muchas preguntas sobre nuestros íntimos deseos de ser, de estar en el mundo y, sobre todo, de ser vistos. De ahí que sea un acierto el título del ensayo, Mírame, porque esta es, en definitiva, su clave de bóveda. ¿Narcisismo exacerbado?, se pregunta Alberca con razón ante la pasión por el selfi que inunda las redes sociales, causando en más de una ocasión la muerte de quien se hacer la foto corriendo un riesgo desproporcionado.

Como siempre, el arte (también la fotografía) nos proporciona la teoría que permite el retorno a lo existencial, porque viendo a los demás, como sostiene Alberca, nos vemos y, sobre todo, nos medimos y juzgamos. Es nuestra incertidumbre ontológica frente a otro la que nos conduce a esa dialéctica de ver y de ser visto. el autor de Mírame sostiene que hace falta una disciplina para conseguir descifrar las claves del autorretrato. Hay que ver muchas telas para aprender de qué modo cada pintor se abandona experimentalmente al ejercicio de verse, que, como se ha dicho, exige un corte temporal. A la pregunta ¿cómo soy?, solo puedo responder observando en qué momento preciso de la vida que me hago. ¿Cuándo? ¿A qué edad? ¿Bajo qué influencias? ¿Con qué animo? ¿En qué lugar? El autorretratismo aborda todas estas cuestiones que han ido acumulándose en su cuerpo -porque es el cuerpo el que registra las conmociones, el paso del tiempo, el acuse de los menores desórdenes, ya no digamos los más graves-, y lleva a cabo la operación de verse y pintarse. Y ¿cómo se ve?

Yo recuperaría para dicha compleja operación el concepto de hápax (voz de origen griego, redefinida por Michael Onfray). Un hápax en filología sirve para definir una palabra que ha aparecido registrada una sola vez, ya sea en una lengua, en una obra, un corpus... El autorretrato es, podría considerarse, un hápax existencial, una imagen única, resultado de la interacción de un cuerpo que dice yo en un momento preciso de su historia y del mundo que lo contiene. Un corte en el tiempo de una vida y en ese corte descarga el pintor, por decirlo así, su propio destino. Alberca queda a las puertas de aventurar una filosofía del cuerpo a partir del autorretrato, pero nos invita a pensar en ello.



Mírame. Enigma y razón de los autorretratos

Manuel Alberca

Confluencias, 2025

414 páginas. 21,90 euros



Babelia  Núm. 1.784. Sábado 31 de enero de 2026


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