miércoles, 25 de febrero de 2026

Capricornio (1): El objeto Andreas Norma



Parece que fascinado por la estética y la inocencia de la emergente ciencia revolucionaria de los comienzos de siglo, Andreas ha decidido tomar pie de su anterior serie larga, Rork, con un personaje secundario de aquella para quedarse durante otra porción de álbumes desarrollando su particular visión de ciencia-ficción mezclada con mística prehistórica.

Comienza por remontarse, en la mejor tradición folletinesca, a estadios anteriores a la aparición del personaje en Rork para entretejer lo que podría entenderse como un "El origen de...", que, a su vez, promete desgranarse a lo largo de quizá tantos episodios como el propio Rork (7 álbumes y quién sabe si llegar tan lejos. En Francia han aparecido ya dos tomos y ahora aparece en España el primer episodio de la saga de Capricornio, en tapa blanda.

No obstante, el tono de esta primera entrega se inclina más hacia la aventura con intriga que hacia la investigación sobrenatural y la reflexión sobre la existencia que se proponía a lo largo y ancho de tiempos y espacios atravesados por Rork en su inacabable misterio.

Capricornio, aun dedicándose a la astrología, se nos presenta como un ser humano aparentemente corriente, más cerca del detective privado que del nigromante, y sus aventuras se centran más en la tecnología nivel años 30. Da la impresión de que Andreas extrae una cierta comodidad y relax vagando por los cañones de cemento del Nueva York de los rascacielos, para seguir un poco con el complejo volumen de ideas y asociaciones que desplegaba en Rork o Cyrrus, sin meterse en berenjenales pero manteniendo la diversión.

Detalles de ambientación, ideas científicas, personajes del hampa, todo ello son motivos de disfrute y nostalgia para un guionista que está montando una de aventuras fantacientíficas clásicas sin demasiadas pretensiones.

Pero sus extrañas ideas no se le han ido de la cabeza y, desde luego, tampoco su capacidad para conferir el misterio a personajes y argumento lo cual hace dejando un poso de sabor inclasificable que te obliga a seguir la lectura con genuino desconocimiento de hacia dónde va a ir a parar la interpretación final que Andreas le dé a, en este caso, el origen del misterioso "Objeto", su funcionamiento, las implicaciones con el pasado indígena (hasta a eso se remonta) de Nueva York y, por último, a quién es este Capricornio, que aparece en Central Park con una maleta de ropa y es rebautizado con ese nombre por los mundialmente famosos anónimos habitantes de las extensas cloacas neoyorquinas.

Establecido ya su estilo gráfico desde hace un puñado de álbumes en una curiosa mezcla de estilización y narrativa de inspiración yanqui junto con un grafismo ya más propio de la aventura realista que del superhéroe, con un toque de infantilismo en los personajes (su gestualización e iconografía) proveniente de la tradición franco-belga, lo que Andreas sigue ofreciéndonos con maestría ya depurada es una narrativa muy rítmica y bien compensada llena de detalles que cuentan para la historia, bien metidos y retomados cuando la información lo necesita. El álbum resulta extraordinariamente fluido de leer, estimulado por las pinceladas de misterio, entre inexplicable y sobrenatural, que Andreas va dejando planteadas para resolver en éste o en futuros álbumes. Este es un episodio de comienzo de saga y, como tal, resulta prometedor de fascinaciones y sensaciones e, incluso, de ideas nuevas, porque dentro del trillado terreno de la ciencia-ficción, Andreas es de los pocos cuyas ideas tienen un trasfondo propio original, pese a rastreársele muchas fuentes en los detalles.

Un álbum de este hombre, aventuras o no, no es nunca sólamente una lectura de evasión. Siempre desarrolla de modo implícito una visión del mundo y de la vida en la que se entretejen la mitología prearia, la ciencia moderna y un cierto concepto de lo sobrenatural y las relaciones dentro de un universo que consigue hacerte parecer ajeno, fascinante y aterrador. El que haya leído con continuidad los álbumes de Rork no habrá dejado de sorprenderse ante la originalidad y fuerza de la reflexión que allí se planteaba sobre la vida, la ficción, la creación de la ficción y la relatividad de la superioridad del hombre entre las criaturas de la naturaleza.

A este álbum, sin embargo, cabe reprocharle quizá el exceso de cabos que van apareciendo para, en un futuro, perder su condición de sueltos, que pueden resultar un poco como introducidos haciendo uso del reloj y el compás: hay que ir dejándolos aquí y luego allá porque el álbum tiene este número de páginas y, en este primer tomo, sólo se averigua hasta aquí. No es excesivo pero sí resulta un efecto de falta de naturalidad a la hora de dejar fluir el relato, muy plagado de detalles, bien construidos, que aumentan el interés, pero eso, plagado. La reducción a un ámbito más convencional y divertido de su tratamiento del hombre-misterio no sabemos seguro si va a conducir al éxito, produciendo una serie de álbumes jugosos, como este primero o, por el contrario, la ficción se desinflará de su fuerza antes del previsto final.

Tampoco todos los álbumes de Rork le salieron igual de redondos.

Enrique Vela


U, el hijo de Urich #8 enero 1998



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