Titeuf es un crío de abultado cabolo, mechón rebelde, y un montón de preguntas sobre la vida que van acompañadas normalmente de respuestas políticamente incorrectas. De entrada, esta definición, a la que podemos añadir el dato de hijo único, nos sitúa en unas coordenadas muy similares a las de CALVIN Y HOBBES, de la misma manera que aquel se sitúa en la generosa y fructífera tradición de los niños más o menos terribles que han poblado la Historieta y en general la narrativa popular. Pero aunque se dé una inevitable confluencia de referencias por el parecido de las situaciones de inicio, el desarrollo de aquellas ha configurado una obra autónoma y que justifica su existencia no por la originalidad sino por la habilidad del autor de resolver esas situaciones comunes.
Estamos hablando, pues, de una serie con cinco álbumes publicados y un premio de Angulema 96 a la Mejor Obra para Jóvenes, que nos describe nuestra realidad con los ojos que un adulto atribuye a un niño, o mejor dicho con los ojos del niño que el adulto -alguno, no todos- aún lleva dentro. Por eso, a pesar de su innegable actualidad, en las aventuras de Titeuf hay algo de intemporal, de comportamientos similares a los que otros practicaron casi inevitablemente en generaciones anteriores. Y es que vulnerar o ridiculizar el orden de los adultos no sólo es una fuente de inspiración de gags muy generosa, sino que además es un derecho de la infancia ampliamente ejercitado.
Pero Titeuf se inscribe en un paisaje - el formato de historietas de una página facilita su descripción- en el que hay calles y hay gente paseando, comercios, pequeños coches, anuncios... que por su limpieza y comodidad no pueden pertenecer al tercer mundo y por su urbanismo cálido y próximo se alejan de los U.S.A. Pero su identidad se reafirma en la pertenencia a un paisanaje, a un grupo de amigos, a una familia de clase media-baja, a una escuela, en fin, a una tipología de personajes y comportamientos muy variada y muy bien representada. Este entorno actúa de forma muy significativa en la narración, porque Titeuf no es el niño que se encierra en sí mismo y que desarrolla sus vivencias esencialmente alrededor de la relación televisión-imaginación, sino que vive inmerso en una realidad exterior múltiple y confusa, como la de la mayoría de los niños europeos. Así, algunos de sus mejores gags son los referidos al racismo a través de los intentos frustrados de Titeuf para burlarse de Ramón, un hijo de emigrantes españoles con problemas de adaptación al lenguaje, bien sus extravagantes aproximaciones al mundo del sexo.
Cruel y débil, arriesgado y miedoso, curioso y reservado, ávido de conocimientos y refractario a la enseñanza reglada, Titeuf es el recordatorio de múltiples infancias y el anuncio de las que vienen.
Pepe Gálvez
U, el hijo de Urich #4 Mayo 1997


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