SANDMAN dio vida a Vertigo, y SANDMAN casi acaba con Vertigo. La moraleja de esta simplona paradoja: cómo un gesto nuevo e interesante se vicia hasta convertirse en un tic vacío y superfluo. Neil Gaiman no creía que SANDMAN duraría más de una docena de números cuando empezó a publicarse en 1989. Unos años después, tenía entre manos el título más vendido de DC (por encima de cualquier cosa que pudiera hacer Batman), había propiciado la fundación de toda una línea específica dentro de la editorial, y había despertado el monstruo gótico-siniestro que muchos de nuestros aparentemente normales conciudadanos llevan dentro, en una manera parecida a como EXPEDIENTE-X ha despertado el monstruo paranormal-ufológico en otros. Más bien perplejo, sospecho, Gaiman se encontraba de pronto ordeñando la vaca de los sueños por algunas razones equivocadas. La peor de todas, en sus propias palabras: "Mi tesis era que es posible escribir comics con tanta inteligencia, energía y vida como la que se encuentra en cualquier otro medio. Que se pueden escribir comics con tanto peso, con tanta sustancia, como se hallan en una novela, en la buena poesía, en las películas y en la televisión." (Entrevista en THE COMICS JOURNAL n° 188, julio de 1996). Le costó, pero al fin logró su objetivo: escribir tebeos pesados.
El progresivo engreimiento de Gaiman es tan palpable en su obra como en sus declaraciones, pero no podemos ser demasiado severos con él a este respecto. ¿A quién no se le subiría la gloria a la cabeza cuando no sólo ganas dinero, sino que además tienes una entregada corte de forofos -en el más futbolístico sentido de la palabra- que te lamen el culo cada mes con poemillas, alabanzas y confesiones íntimas que, francamente, abochornarían a cualquier persona sensata? Entre los cada vez más evidentes problemas del "gran narrador" Gaiman para encontrar argumentos interesantes y la babosa adoración de su culto -dividido entre los no-lectores (y sobre todo lectoras) de tebeos con enorme sensibilidad y una nutrida biblioteca de Tolkien, Moorcock y Pratchett, los lectores de tebeos que por fin han descubierto que Conan ya no es lo que era y la gran masa sin criterio que simplemente se siente obligada a comprar el agua bendita sin rechistar- llegamos a lo que es SANDMAN pasado el número 50, y especialmente a lo que es "LAS BENÉVOLAS": un tostón de primera categoría. Aún peor: un sucedáneo literario culturalmente acomplejado y una excusa para que Gaiman acabe de pagarse la casa o algo parecido. Yo me aburro mucho leyendo "LAS BENÉVOLAS", para qué voy a decir otra cosa. Me aburro, entre otras cosas, porque gracias a los sucesos de la historia precedente, desde la primera página ya sé lo que va a pasar al final (un final que me espera más de 300 páginas más allá), y no me refiero a la segunda vez que lo leí, sino a la primera. También me aburro porque sé lo que va a pasar en medio: un desfile de ángeles, elfos, hadas, dioses y cuervos y un montón (¡pero un montón, oiga!) de pastosísimos diálogos sobre la vida y sus sutilezas, normalmente en boca de hembras extraordinariamente sensibles, perspicaces, comprensivas y articuladas. Pero, al mismo tiempo, en cada página destacan en relieve los mecanismos que han dado tanto éxito a nuestro hombre. En "LAS BENÉVOLAS", en concreto, Gaiman le devuelve la lamida de culo a sus fieles sacando a pasear entre vítores a todos sus entrañables personajes. Y entre tanta caricia recíproca, encontramos la clave de la química existente entre la serie y sus creyentes, una clave que explota sin rubor cierto subdesarrollo intelectual adolescente de cierto público: SANDMAN está sobrecargado de guiños, de manera que halaga la astucia del lector enteradillo, el cual se felicita por haber reconocido las alusiones -literarias, religiosas, mitológicas o, ya últimamente, autorreferenciales- que Gaiman ha ido desperdigando "disimuladamente".
Para acabar de rematarlo, en esta morosa saga en la que el superhéroe se enfrenta a su batalla definitiva, el argumento exige poner en carne viva la personalidad del chico, y es entonces cuando caigo en la cuenta de que Morfeo no tiene entidad propia ni carácter, ni sé por qué actúa así o asá, ni cuáles son sus motivaciones ni su función en la existencia. Lo único que sé de él es que es un paliducho lánguido con un atroz sentido de la moda y que ha visto tantas veces las películas de Vincent Price que está obsesionado con las tumbas y se deleita provocando su propia ruina. No es ningún pecado tener un protagonista insustancial después de más de 60 números (eh, lo digo en serio, esto es sin ironía), lo que sí es torpe es ponerlo en una posición en la que se le vean todas las costuras.
"LAS BENÉVOLAS" cuenta a su favor con los dibujos de Marc Hempel, niño bonito de la crítica más elegante, y ciertamente Marc Hempel es un monstruo... dibujando humor a blanco y negro. En SANDMAN se encuentra con que, por un lado, el color de Daniel Vozzo no le favorece nada, y, por otro, las exigencias del guión escapan a su registro numerosas veces, especialmente en planos generales de situación no demasiado abiertos y en las largas e interminables páginas de conversaciones, páginas en las que Hempel corretea desesperadamente por todos los rincones del decorado y por la anatomía de los conversadores a la manera de los cámaras en las entrevistas en profundidad televisivas: ahora las manos del personaje, ahora un primer plano de los ojos... Al final, Hempel nos deja un puñado de viñetas tan exquisitas como se puede esperar de él y una sensación de que no acaba de entrar en la historia y podía haberse dedicado a otra cosa. Eso sí, cuando se entinta él mismo - con un trazo brusco e imperfecto que me recuerda a los comic books de los años 40-brilla mucho más que cuando le entinta, por ejemplo, Richard Case.
¡Señor, así que no me gusta SANDMAN! Véanse los efectos nocivos de pasarse la tarde jugando al DUKE NUKEM, en vez de leyendo a Lord Byron.
Trajano Bermudez
U, el hijo de Urich #4 Mayo 1997


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