A pesar del enorme éxito conseguido en Francia y otros países europeos, SAMBRE no es una lectura fácil. Los autores (no olvidemos al Yann de los dos primeros tomos) corrieron un gran riesgo: usar un tono y un lenguaje muy distante de la sensibilidad de los lectores de hoy, a pesar de las posibles y evidentes críticas que ello podía acarrearles: pretenciosidad, pedantería y alguna que otra cursilada poco digerible. Pero esta elección (muy valiente, a mi entender) tiene una finalidad, fundamentalmente, expresiva y narrativa.
Más allá de la pose estética, el estilo utilizado, altisonante y grandilocuente si se quiere, es elegido por su adecuación a lo que se quiere transmitir: una exploración en los sentimientos, las pasiones y las formas de pensamiento que alentaron el Romanticismo y la revolución romántica de 1848.
El aire folletinesco que inunda esta saga y el conjunto de tópicos del romanticismo más exaltado que salpican sus páginas resultan absolutamente coherentes con los personajes, el marco ambiental y la historia que se quiere contar. Son una pieza más de una compleja estructura narrativa en la que casi nada es gratuito: la puesta en escena, el color, los diálogos, la caracterización de los personajes, los encuadres y ángulos de vista, el montaje de página...
El trágico amor entre Bernard y Julie, los dos protagonistas de la serie, representa a la perfección el conflicto de fondo de la revolución de 1848: la unión entre la burguesía y el proletariado para luchar contra los abusos de la monarquía y la alta burguesía. Una unión imposible que acabaría en 1852 tras la traición de los burgueses al aliarse con la aristocracia y dar al traste con la república. Desde esta perspectiva, (que me parece fundamental para entender y juzgar esta historieta) los personajes se elevan más allá de la mera anécdota argumental y adquieren carácter simbólico, pura encarnación de los conflictos y las tensiones sociales de su época. Bernard, el último varón de la saga de los Sambre, es el símbolo de la decadencia, de lo que está condenado a desaparecer. Julie, por el contrario, es, como todos los "Seres de Ojos Rojos", el símbolo inquietante de la lucha contra el destino, de quienes no se conforman con su suerte y se enfrentan a ella para cambiarla. Y la Guerra de los Ojos, la obra que obsesionaba al padre de Bernard, es la plasmación de esa lucha inevitable e interminable entre quienes quieren cambiar el mundo y quienes deben desaparecer para ello. Esa es la verdadera tragedia de los Sambre..
Sin embargo, la aparición del cuarto álbum de la serie nos deja a todos los admiradores de la misma un poco faltos de argumentos para defenderla. No me parecía justo abordar esta crítica sin destacar algunos de los enormes valores que para mí ha tenido esta serie, pero me temo que ha llegado el momento en el que Yslaire no ha sabido asumir los riesgos de su propia obra, para acabar imponiendo el amaneramiento estilístico y la autocomplacencia sobre la propia narración y los personajes. Las grandes composiciones majestuosas, las poses retorcidas y los gestos histriónicos de los protagonistas (ya presentes en los anteriores álbumes de SAMBRE) resultan ya cargantes, porque en aquellos se tenía muy claro lo que se quería contar y cómo se quería hacerlo, había un tejido argumental sólido acorde con la carga estilística. Pero ahora ya parece que todo está dicho y lo único que se hace es alargar la agonía de los personajes, estirar las situaciones y rizar el rizo del discurso político. Es muy difícil mantener el equilibrio en una obra como SAMBRE; para mí, eso es lo que la hacía admirable. Mucho me temo que Yslaire ha estirado tanto la cuerda que se le ha roto. Trabajar tan al límite tiene, ya digo, grandes riesgos.
Enrique Bonet
U, el hijo de Urich #5 julio 1997

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