lunes, 12 de enero de 2026

Mathias Enard y la relectura infinita del Prado


 Mathias Énard en el Museo Nacional del Prado. Cortesía de Fundación LOEWE. Fotografía: Silvana Trevale


El autor francés pasó seis semanas en la pinacoteca dentro del programa de residencias para escritores

Andrea Aguilar

Madrid

Historias dentro de historias: la de la escena que narra una pintura; la del artista que plasmó esa imagen; la de los materiales que empleó; la del objeto mismo, sea tabla o lienzo, y su marco; o la que ha recorrido una obra de arte desde el taller donde fue realizada hace siglos hasta las salas o almacenes del Museo del Prado. Todos estos relatos han cautivado al autor Mathias Enard (Niart, Francia, 53 años) en las seis semanas que ha pasado en la residencia para escritores de la pinacoteca madrileña, un programa, Escribir el Prado, que va ya por su sexta edición y que cuenta con el apoyo de la Fundación Loewe.

El museo de su infancia fue el Louvre, que visitó con uno de sus abuelos, el mismo que escribía ensayos y le presentó de niño a Marguerite Duras. Su otro abuelo, paracaidista, combatió en la II Guerra Mundial, en Indochina y Argelia, aportó el misterio de la violencia y la acción al mundo creativo de Enard, ganador del premio Goncourt hace una década por Brújula y cinco años antes del Goncourt de los estudiantes por Habladles de batallas, de reyes y elefantes. Al Museo del Prado, Enard llegó en la década de 2000, cuando trasladó su residencia a España, en concreto a Barcelona, donde aún tiene su casa y un restaurante de cocina libanesa, Karakala. Pero este autor estudió persa y árabe y ha vivido en Alemania, Italia, Siria, Líbano, Egipto e Irán.

"He tratado de almacenar tantas historias como he podido", cuenta de su participación en Escribir el Prado. "En mi forma de escribir no hay de partida un elemento pictórico, pero las imágenes me inspiran en su faceta de relatos, a partir de los cuales puedes desarrollar una ficción. Al mirar los cuadros constatas que nuestras vidas ya han sido pintadas por otros. Hay lugares que conocemos y hasta los rostros que ves te resultan, a veces, familiares".

Esa debilidad confesa por los relatos -"la posibilidad de viajar dentro de los cuadros es infinita"- le llevó a visitar los almacenes y salas de restauración y a regresar a las salas de pintura española del XIX, durante su residencia. El drama descrito en la escena que retrató Francisco Pradilla y Ortiz en Juana la loca (1877), Las escuchas marroquíes (1879), de Antonio Muñoz Degrain, o Emigrantes (1908), de Ventura Álvarez Sala, se cuentan entre sus cuadros favoritos.

Juana la loca (1877) de Francisco Pradilla y Ortiz



Las escuchas marroquíes (879) de Antonio Muños Degrain


Los ecos y reflejos que ha reconocido en los cuadros (paisajes que se repiten, edificios que surgen, por ejemplo, en varios cuadros de Rubens) le han fascinado y reverberan también en su vida. En la Villa Medici que Velázquez retrató en dos cuadros, Enard pasó un año invitado por la Academia de Francia en Roma. Y fue allí donde dio con el germen de una historia que le llevó a fabular sobre un encargo del sultán otomano a Miguel Ángel Buonarroti en Habladles de batallas, de reyes y elefantes (Random House, 2010)

Los premios Nobel J. M. Coetzee y Olga Tokarczuk, Chloe Aridjis, Helen Oyeyemi y John Banville han precedido a Enard en esta estancia para escritores que concluye con un relato o nouvelle que se edita unos meses después.

Emigrantes (1908) de Ventura Álvarez Sala



El Pais. Cultura Sábado 3 de enero de 2026

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