Bajo el definitivamente tosco título de EL OCTAVO DÍA II (ya, ya sé que no iba a llamarse EL NOVENO DÍA, pero desde luego lo de los dos palitos es impropio de alguien que siempre ha destacado por sus nombres elegantes) se esconde la última oferta de uno de nuestros grandes autores, uno cuya influencia y relieve sólo se pueden comparar a los de Max, Gallardo y Prado. Parece que últimamente no está de moda acordarse de Torres, a pesar de que suyo es uno de los mejores álbumes jamás publicados en España, LA ESTRELLA LEJANA, Y me pregunto si la razón estará sólo en su escasa productividad (la primera parte de EL OCTAVO DÍA se publicó en abril de 1992, nada menos), aunque éste es un rasgo compartido por casi todas nuestras figuras, expulsadas del comic a golpe de hambre. Presentadas mis credenciales como admirador de Torres, a quien considero capaz de vencer en duelo singular a casi cualquier dibujante con un brazo atado a la espalda, he de reconocer con resignación que EL OCTAVO DÍA II parece hecho, efectivamente, con un brazo atado a la espalda. No quiero decir que sea un fracaso, pero la mitad de Torres es la mitad de infinito.
En palabras del dibujante valenciano, EL OCTAVO DÍA "trata de dos personajes, uno de los cuales le cuenta historias al otro. Se deduce que hay un contrato entre ellos. Viven en un mundo metafísico, una mezcla de arquitecturas de Piranesi y de los cuadros de Chirico, con todas esas máquinas enormes: es un mundo que no se sabe muy bien si está construyéndose o destruyéndose"
(EL MAQUINISTA n° 3, mayo/junio de 1991).
El cuentista es el Diablo, y el oyente es Dios, por lo que entramos en terreno abonado para interpretaciones y exégesis a discreción, un terreno en el que no voy a meterme por bien de mis lectores (de nada). En cuanto a las historias que son contadas, Torres habla de ellas como "un homenaje a lo que me ha formado como contador de historias: Los géneros, entendidos ampliamente, tanto en el cine, como en la novela, pasando por la historieta. Era una cuenta pendiente que tenía con mi pasado, conmigo mismo, con mi formación" (DANIEL TORRES: HISTORIETAS-ILUSTRACIONES, 1992).
La primera cuestión que se plantea el lector al enfrentarse con una lectura edificada sobre este artificio narrativo es: ¿qué tiene más peso, la secuencia de Dios y el Diablo, o las historias individuales? ¿Cuál es de verdad la historia esencial de EL OCTAVO DÍA? En los primeros pasos de la obra, el mismo Torres confesaba no tenerlo claro, lo cual habla del elevado componente intuitivo y azaroso que anima su trabajo, a pesar de que superficialmente tienda a identificarse el "método Torres" con una laboriosidad casi mecanicista, como si el esfuerzo en la documentación estuviera reñido con el abandono a lo imprevisible. En cuanto a la respuesta a la pregunta, hay que decir que, pasados dos álbumes, todavía sigue siendo incierta. Si acaso, parece diluirse cada vez más el diálogo Diablo-Dios como tema con entidad propia para derivar hacia mera excusa comercial (lo de "comercial", por favor, sin énfasis peyorativo). Por lo que respecta al "homenaje a los géneros", la verdad es que la palabra clave parece "ampliamente". Más que diferentes géneros, cada historia evoca diferentes momentos históricos, que a veces rozan algunos géneros universales : los piratas (en el primer volumen), o en éste el cine negro y el western. Quizás lo que realmente haya querido homenajear Torres haya sido la eterna vocación narradora de la humanidad.
El contenido de esta segunda entrega es de cuatro historias, al igual que la primera. En aquélla había un tono de violencia multitudinaria, de jaleo grandioso, y en gran medida los relatos parecían apuntar una trascendencia universal, como si fueran instantáneas tomadas en momentos de crisis de los ciclos históricos. Ahora, sin embargo, la omnipresente violencia es mucho más concreta, pero no menos cruel. Las cuatro historias presentadas en EL OCTAVO DÍA Il son tragedias, mucho menos ruidosas que los tumultos del primer álbum, pero mucho más desesperanzadoras también. Al mismo tiempo, un romanticismo tristón da a estas viñetas una sombra estremecedora que no era tan fría antes.
"NEGRO ES EL INVIERNO" es una historia borgiana repleta de los exquisitos diálogos que Torres siempre sabe escribir, demostrando un oído literario sobradamente adiestrado. Alegórica fabulilla de un emperador chino que quería poseer el futuro a través de la ficción y del fatal amor de su hija con el hijo de su escritor predilecto, en cierta manera se empareja con "PICTURA EST", que cierra el álbum recuperando una vez más al fantasma de Borges (vía EL NOMBRE DE LA ROSA) y sus obsesiones lingüístico-metafóricas en una abadía medieval donde conviven monjes que pintan Apocalipsis semióticos y príncipes condenados al ostracismo. "LA BALADA DE ROSA DE ESPAÑA" es un vodevil del Far West que lleva al paroxismo el refinado engranaje narrativo que maneja Torres, articulando la historia en tres planos : lo que cuenta el Diablo a Dios; la comedia que se representa en el teatro de una de las incipientes poblaciones de colonos americanos y la historia real en la que se basa esa zarzuelilla. "LA PIEL DEL CAZADOR" ofrece un paseo por el cine negro de los años 40 que acumula tópicos y homenajes a los rasgos y figuras (Edward G. Robinson, Lauren Bacall) del género, y que es tal vez lo más decepcionante del álbum, con sus cansinas exposiciones sobre "el alma del cazador" y otros clichés gastados. Si hay una intención irónica en "LA PIEL DEL CAZADOR", no me extraña que se me haya escapado, ya que el cuento carece de nervio y desprende ese tufillo rancio de las cosas que se terminan porque ya es demasiado tarde para echarse atrás. No ocurre lo mismo con "NEGRO ES EL INVIERNO", que a pesar de cierta blandura gráfica (estoy pensando en concreto en los dos enamorados juveniles) vibra grandioso y universal, ni con "LA BALADA", que silba poética y trota con desparpajo y ligereza. La prometedora "PICTURA EST'" se frustra deliberadamente cuando soñaba con un final mejor que una sorpresa suave.
En parte, revolotea sobre este álbum la noción de que lo prolijo del detalle es una carga excesiva para unas anécdotas que, en esencia, tampoco son tan interesantes. Quizás unas ropas tan ricas merecían mejores señores para llevarlas, y si bien algunas historias tienen más talla que otras, teniendo en cuenta que sólo se trata de cuatro, y que no todos los días se publica una obra del creador de Roco Vargas, el banquete sabe a poco. Detestaría que esta fuera una de esas reseñas catalogadas simplonamente como "negativas", como si se hubiera estampado un lúgubre sello sobre ellas, porque EL OCTAVO DÍA II no merece el desdén (y espero que el III no tarde otros cuatro años), pero si no podemos esperar la genialidad de Daniel Torres, entonces ¿de quién? Aunque claro, poco margen de maniobra les queda a él y a los otros tres gigantes cuando se ven obligados a refugiarse en el relato corto, y eso si les da el capricho y la ilusión de dejar las ilustraciones y perder algo de dinero dibujando tebeos.
Trajano Bermúdez
U, el hijo de Urich #3 Abril 1997


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