El faro del fin del mundo / Jacinto Antón
Llevo unos intensos días sumergido en la aventura postrera del capitán James Cook, el gran navegante y explorador británico (1728-1779). He visitado en CaixaForum la exposición Voces del Pacífico donde se le menciona varias veces, generalmente para mal, y sobre todo me he leído un extraordinario libro sobre su tercer y fatídico último viaje, El ancho ancho mar, de Hampton Sides (Capitán Swing, 2025), lleno de nuevas investigaciones. Vaya como aperitivo -y valga la palabra- que Sides sostiene que Cook fue cocinado pero no comido por los hawaianos tras matarlo en la playa de la bahía de Kealakekua.
Cook revive sensacionalmente en las páginas de Sides que desmenuza su leyenda y resigue de manera magistral los pasos de su tercer viaje, muchos de cuyos lugares ha visitado. Explica el autor que Cook, ya famoso tras las dos anteriores expediciones, en las que había circunnavegado el mundo, aceptó tomar el mando del HMS Resolution y el HMS Discovery con la misión esta vez de encontrar el paso del Noroeste, ese grial ártico. La expedición accedería al extremo norte del continente americano desde el Pacífico. En el curso del viaje, su canto del cisne, Cook fue a dar con Hawái, y fue allí donde los nativos se cargaron al capitán en un desafortunado incidente. Yo creía erróneamente que tras matarlo se lo habían comido, al menos en parte, dado que los hawaianos devolvieron un trozo de su pierna chamuscado, lo que ya me dirán si no es para sospechar. En una segunda entrega llegaron más trozos de las piernas (sin pies), parte del cráneo, cabellos y las manos, a las que les habían echado sal. Sides recuerda que, a diferencia de otros polinesios, especialmente los maoríes (que se comieron a 10 marineros de Cook en su segundo viaje), los nativos de Hawái no eran tradicionalmente caníbales. "Mi opinión es que no creo que fuera comido, pero ciertamente fue cocinado", me explicó el jueves en una interesante (iba adecir suculenta) conversación telefónica desde su casa de Nuevo México. A Cook lo asaron aunque no por razones culinarias sino en el marco de una ceremonia para desprender la carne adherida a los huesos, que era donde creían los locales que residía la fuerza espiritual del difunto. De hecho, apunta Sides, lo que hicieron los hawaianos es tratar a Cook como a un fallecido relevante de su propia cultura y convertir sus restos en reliquias. Sides recuerda que hasta hoy los ancianos de Hawái, pese a las muchas historias morbosas que han circulado, siempre han insistido con vehemencia que nadie comió ninguna parte del cuerpo de Cook y que a los restos del capitán se les dio un trato tan digno y respetuoso como el que se dispensaba a los grandes jefes.
Sobre qué pasó en la playa de Hawái aquel aciago día, Sides dice que el capitán perdió la compostura y "no actuó con la diplomacia con que solía". Hubo una escalada violenta. A Cook un guerrero le arreó con una maza en la cabeza (hay algunas muy elocuentes en la exposición de CaixaForum) y otro le clavó en el cuello una pahoa, una daga tradicional que a menudo llevaba dientes de tiburón o pico de pez espada.
Señala que en la actualidad, Cook está bastante mal visto en Hawái, donde se le ataca como un símbolo del colonialismo. El juicio de Sides es distinto: "Es sin duda uno de los grandes capitanes y navegantes de todos los tiempos. Era sobre todo un explorador". No mostraba prejuicios, dice, no moralizaba. Incluso asistió a un sacrificio humano.
¿Nos hubiera caído bien Cook? Probablemente no demasiado. Hampton Sides recalca que era "una máquina de navegar" (aunque curiosamente no sabía nadar), circunspecto y nada romántico. Valoraba la precisión y no poseía habilidades sociales. Su gran pesadilla era que le robaran el sextante. Parece haber practicado una estricta castidad pese al ambiente erótico de alto voltaje en la Polinesia. Quizá eso tuviera algo que ver con el mal carácter de sus últimos días.
El Pais, Sábado 22 de noviembre de 2025

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