Extra Salón del Comic de Barcelona nº13
El Pais, jueves 4 de mayo de 1995Un cómic con tintes mitológicos: ¿Quién puede cargar sobre sus espaldas el peso de la inmortalidad?
JOSÉ LUIS VIDAL
19 Noviembre, 2023
A través de ciclópeas construcciones, la soledad acompaña desde hace mucho al que fue regente de la mítica ciudad de Hiperbórea, un lugar que ahora permanece vacío de ruido y vida. Tan solo los pasos del solitario hombre rompen el silencio mortal que, como un velo, cubre la urbe...
Retazos del pasado le acucian, de aquella que fue su amada durante toda una vida, y que cayó bajo el frío abrazo de la Parca. O un hijo que le odió por su inmortal condición, que más que una bendición, ha demostrado ser una maldición, ya que con el incesante e irrefrenable paso de los días, las semanas, los años, los recuerdos se han ido desvaneciendo, y con ellos, los nombres y rostros de aquellos a los que quiso…
Justo así encontramos al protagonista de este cómic, que lleva por título Adrastea. Condenado a la más absoluta de las soledades, aunque sea en compañía de todos aquellos con los que se va a encontrar en el largo y peligroso camino que está a punto de emprender. Y es que él sigue viviendo en un mundo antiguo, en el que las maravillas y los monstruos aún pueblan la Tierra.
Pero su objetivo no se quiere ver mancillado con interrupciones inesperadas, adivinanzas ni traiciones, sino que el rey tiene muy claro dónde quiere llegar. Lejos, allá donde ningún ser humano ha conseguido ascender. Un lugar donde aquellos que rigen los destinos de los hombres y mujeres moran, y que sin que él lo sepa, vigilan con ojo atento su recorrido.
Es el Olimpo, como podréis imaginar. Y tal vez ellos tengan la respuesta a la pregunta, la duda que tortura al monarca. Y que sólo, tan solo es un nombre.
El destino del autor de este magistral cómic, el galo Mathieu Bablet, está fuertemente unido al del autor y editor del sello Label 619, dentro de la editorial francesa Ankama. Se trata de RUN, un tipo que tiene un fino olfato para detectar el talento, aunque en el caso de Bablet tampoco debió costarle un gran esfuerzo, ya que no hay más que mirar alguna, cualquiera, de las páginas que componen su obra para darse cuenta que estamos ante uno de los grandes nombres de la bande dessinéé actual.
Aquí en España, tardamos un poco en descubrirle, pero gracias a la Dibbuks original, pudimos disfrutar de una historia suya incluida en la segunda entrega de esa maravillosa antología de lo fantástico, brutal y violento titulada Doggy Bags.
Pero como ya os digo, este tan solo fue el comienzo de una exitosa carrera, en la que este autor ha tocado diversos temas, que van desde el relato terrorífico-apocalíptico con Bella Muerte, la ciencia ficción en Shangri-La y Carbono y Silicio, la fantasía en Midnight Tales y ha tenido la valentía de participar, dando un imaginario salto hacia el País del Sol Naciente, en la antología Tezucomic, homenajeando al Dios del Manga, el genio Osamu Tezuka.
Si queréis identificarle entre el maremágnum de obras que todos los meses podemos encontrar en las estanterías de las librerías especializadas, os aseguro que esos rostros tan característicos, alejados del realismo, os darán una buena pista que os encontráis ante una obra de Bablet.
Pero hay una característica inconfundible en el universo del autor francés, y es la magistral manera que tiene de llevar al blanco del papel tanto las construcciones, ciclópeas, colosales ciudades como las que el desolado rey de Hiperbórea recorre, haciendo que la experiencia visual del lector se triplique, obligándote a parar y disfrutar del concienzudo trabajo que el autor nos regala en cada de sus viñetas, por no hablar de las ilustraciones a página completa.
Todo, absolutamente todo, es reseñable y digno de elogio en la obra de Bablet, con una edición integral y definitiva, en la que Tengu Ediciones ha echado el resto: Formato gigante, como ese coloso que perseguirá sin descanso al atribulado protagonista; obviamente tapa dura y un papel con el gramaje perfecto para una impresión que convierte a este cómic en una experiencia para los sentidos.
Mas no esperéis, debido a la época en la que se narra la historia, la antigua Grecia, que los personajes utilicen un lenguaje ya caduco. Para nada, ya que resulta especialmente atractivo verlos expresarse como la gente de hoy en día.
Y para todos aquellos a los que les chifla la mitología, el volumen viene acompañado por un útil glosario en el que se da rostro y historia a los múltiples mitos y seres fantásticos con los que el triste rey se va a ir encontrando a lo largo del camino, ese invisible y laberíntico sendero en el que lo único que busca, su única y verdadera meta es encontrar esa palabra, el nombre de aquella a la que amó, y que ahora permanece oculto entre la niebla del cruel olvido.
Malaga Hoy
Ante nuestros atónitos ojos se abre un universo de terror creado por un exitoso tándem del mundo del cómic
JOSÉ LUIS VIDAL
18 Noviembre, 2023
Tal vez éste sea uno de los proyectos más ambiciosos que ha cruzado la cabeza del guionista canadiense Jeff Lemire, y los que le seguimos y admiramos su obra sabemos de sobra la capacidad creativa que le caracteriza, llevando hacia adelante varias miniseries, todas con una calidad superior.
Astiberri
Pues bien, otra de las características de Lemire es su buen olfato a la hora de subir a sus proyectos a dibujantes con un talento especial, léase Dustin Nguyen, Phil hester, Gabriel Hernández Walta o Andrea Sorrentino, que resulta ser su partenaire en este viaje a ese 'otro lado' donde existe una creación de ambos, los temibles Mitos del huerto de los huesos.
Y si hace pocos meses podíamos ver el terrible destino que le esperaba a un joven geólogo en cuyo atormentado camino se cruzaba un ominoso agujero (El Pasadizo), en esta ocasión vamos a tener, y por ello le agradecemos a la editorial Astiberri que tenga en cuenta el ansia completista (entre los que me incluyo) a la hora de poseer todos y cada uno de los relatos, sea en el formato que sea, que van a ir componiendo esta colección.
Y comento esto porque en su preludio, titulado Devorasombras, vamos a conocer a un guionista que, en plena crisis creativa y personal, ha alquilado una casa alejada de todo y todos para así poder trabajar tranquilo. Su única compañía será su perro Russell con el que, casi al poco de llegar, se percatará que el lugar no es tan apacible como parecía en primer término…
Como resultado de una caminata encontrará una casa abandonada, un lugar que emite unas extrañas vibraciones que harán que el protagonista salga de allí pitando. Pero este tan solo será un prólogo a la pesadilla que el guionista va a vivir, cuando se enfrente a lo inesperado, una imparable ola de terror que puede acabar por ahogarle.
Y seguimos, como suele decirse, para bingo. Y lo hacemos con la recopilación en un volumen de la miniserie Diez mil plumas negras, un nuevo escalón que nos hará descender hacia otra de las historias que componen estos Mitos. Y es el relato de dos jóvenes, Trish y Jackie, y como entre ellas nació una amistad profunda y sincera, tanto que la segunda convirtió el sótano de su casa en el imaginario lugar donde ambas crearon un nuevo mundo, un universo de aventuras, levantado piedra a piedra gracias a su talento para crear historias.
Pero ese es el pasado, ya que la amistad de las jóvenes se verá cercenada por la tragedia y, ahora, años después, Trish, convertida en una talentosa escritora de género, regresa a Hamilton, se vuelve a zambullir en esas calles que tan bien conoció, aunque esta vez viene acompañada por una voz que la martiriza, tratando que recuerde esos tiempos en los que fue tan feliz, y junto a Jackie, adoptó el rol de luchadora, ella era la mística, viviendo aventuras en ese otro mundo.
En su cabeza van a resonar varias preguntas, ¿Qué le ocurrió a Jackie? ¿Por qué se siente perseguida por una terrorífica presencia? ¿Qué pasa con los cuervos que revolotean encima de su cabeza?
Obviamente, sería un pecado mortal por mi parte continuar desgranando el argumento de esta escalofriante historia, pero os puedo asegurar que si sois amantes del género de terror, os vais a regocijar mientras os sumergís en este universo en el que, si sois avispados y os fijáis, hay varios elementos comunes a la hora de tratar de atar algún que otro cabo…
Tened cuidado, y si oís el graznido de un oscuro cuervo, corred, corred sin mirar atrás. Eso sí, no antes de haber disfrutado con la unión de dos talentos, tanto en lo argumental como en el gráfico, donde demuestran, una vez más, una tremenda originalidad y versatilidad.
Malaga Hoy
‘No te vayas’, de Jordan Crane: ¿cuál es la prueba más dura y dolorosa a la que nos somete la vida?
JOSÉ LUIS VIDAL
05 Noviembre, 2023
Sin lugar a dudas, y creo que compartiréis mi opinión, a la muerte de un ser querido. Padre, madre, hijo, hija, pareja. Incluso el vacío que se produce cuando ese perro o gato que, durante años ha sido uno más en el núcleo familiar, se convierte en ese pedazo que nos falta, buscándolo en las esquinas, volviendo a escuchar sus pasos, notando su contacto….
Aún recuerdo la muy buena impresión que tuve tras leer, hace ya algunos años, un cómic (en su contraportada se le definía como ‘pictocómic’) de pequeño formato titulado Último sábado de soledad, en que en un relato prácticamente mudo, su autor Jordan Crane ya se lanzaba de cabeza al mundo de los sentimientos, presentándonos a un viudo que, puntual, acudía al cementerio para dejar un bello ramo junto a la tumba de su amada esposa, encontrándose con algo totalmente inesperado.
Han pasado siete años, y Crane regresa con la que puede ser considerada su obra más ambiciosa hasta el momento. Artista multidisciplinar, nos da una lección magistral de cómo aprovechar al máximo los recursos que la narración gráfica, el cómic, pone en nuestras manos.
En No te vayas, título que ya nos revela la intención de la obra, conocemos a una pareja que regresa a casa. Por sus palabras, parece que han discutido en su camino de vuelta, hecho este que se resuelve con un simple beso.
Tras picotear unas patatas fritas, y no tener casi nada comestible en la nevera, Connie decide salir para comprar algunos comestibles para cenar.
Y es justo en el momento en el que ella se marcha, dejando solo a Will, su pareja, cuando poco a poco, una imaginaria bola de nieve surge de la nada y va creciendo a medida que los minutos pasan.
La lectura de una dura historia protagonizada por un matrimonio que acaba de perder a su bebé no va a ayudar nada, más bien todo lo contrario, ya que el ficticio drama que contiene el relato, más el contenido de una reciente conversación, en la que surge la noticia de la muerte del hermano de un conocido, así como la del perro de la madre de Will se van a convertir en la semilla del miedo que comience a atenazar a Will, que mira el reloj una y otra vez, nervioso por la tardanza de su pareja.
¿Qué le ha ocurrido a Connie? ¿Por qué tarda tanto?
La imaginación de Will se desboca, y pone en imágenes mil y una secuencias en las que ella no vuelve del supermercado, y las consecuencias de la temida “regla de los tres” que parece haber caído como una maldición sobre ellos.
Visiones de un futuro solo. Días de dolor, desesperación y, finalmente, dejadez al no saber vivir sin ella.
Jordan Crane nos golpea desde las páginas de su cómic, y aunque lo que narra es de una extrema dureza por momentos, no es óbice para impedirnos disfrutar de su relato en bitono, con un estilo gráfico, un trazo, que se ha hecho mucho más personal desde la última vez que supimos de su existencia como autor de cómics.
Y lo hace con una historia con la que todos y todas de nosotros, lectores y lectoras, no tenemos más remedio que empatizar, ya que por mucho que se retrase, la aguja del imaginario reloj llegará a ese nunca deseado momento en el que la ausencia de alguien querido nos golpee de pronto, sin remisión.
Saltando del relato que Will lee y le hará pensar lo peor, a los recuerdos del pasado, del más lejano, la infancia, con su primer contacto con la muerte. Hasta las conversaciones que le han llevado a ese estado de nerviosismo, que harán que sin pensarlo demasiado, tome una decisión.
Al igual que con la literatura y el cine, hay obras de cómic que no te dejan impasible. Y No te vayas es una de ellas, demostrando el nivel de maestría de su autor.
También felicitar, como no podría ser de otra manera, a Ediciones La Cúpula. Primero por regalarnos esta maravilla de historia, trayendo a España obras como ésta, que pertenecen al terreno más independiente del cómic norteamericano, en este caso particular.
Y en segundo lugar, por diseñar una edición tan atractiva como ésta, que sin lugar a dudas va a destacar de manera especial en las estanterías de las librerías.En fin, tan solo recomendaros que “no os vayáis”, no paséis de largo ante uno de los mejores y más recomendables cómics, desde mi modesta opinión, con los que he tenido el placer de encontrarme en los últimos tiempos.
Malaga Hoy
Desgraciadamente, algunos amores nacen condenados
JOSÉ LUIS VIDAL
09 Noviembre, 2023
Hace algunos años era algo totalmente natural, cuando veíamos un informativo, que en las pantallas de nuestros televisores aparecieran los rostros de algunos dictadores africanos, coloridos personajes que parecían vivir en otro universo, construyendo palacios donde el cegador oro se encontraba por doquier y que escondían, en la mayoría de las ocasiones, oscuras historias de violencia desatada y en algunos casos, hasta canibalismo…
Nuevo Nueve
El poder del pueblo llano, las guerras civiles y la presión de occidente fueron eliminado del mapa de África a tipos como Idi Amin Dada, Mobutu Sese Seko, Sékou Touré, Macias U Obiang, pero la historia de este nuevo cómic que llega a las librerías de la mano de la editorial Nuevo Nueve nos sumerge de nuevo dentro de la vida y sucesos acaecidos durante el 'reinado' del temido dictador T´Zée.
En un inhóspito paraje africano construyó su palacio, el lugar desde donde, con mano de hierro, controló a su súbditos. Hombres y mujeres que ahora parecen surgir de las sombras cuando en las noticias se anuncia que el temido hombre ha fallecido en prisión tras un ataque de las tropas rebeldes.
Los vítores y gritos de alegría se oyen por todos los rincones del país.
Menos en el palacio del dictador, donde sus más cercanos temen que el final de sus acaudaladas vidas está a punto de llegar a su fin.
Allí conoceremos a Hippolyte, hijo del dictador. Un joven que se ha criado en Europa y que nunca ha tenido una buena relación con su progenitor. Se hace acompañar desde siempre por sus dos mejores amigos, Walid y Amissi, que se han convertido con el paso de los años en esas voces que le han colocado los pies en la tierra, mostrándole la realidad.
Y por otro lado, la mujer de T´Zée, reina del lugar, una joven belleza africana llamada Bobbi, que ha sabido adaptarse a la dura convivencia junto a un monstruo como su marido, tratando de sacarle el máximo partido a su situación, convertida en objeto de deseo desde las portadas de las revistas de moda y en los corrillos y fiestas de la alta sociedad en la que ella brilla por encima de los demás.
Pero la situación actual, la inesperada noticia de la muerte de T´Zée, va a remover sin compasión los débiles cimientos de las vidas de estos personajes, teniendo que tomar decisiones para asegurar sus futuros, que en muchas ocasiones se rinden a las predicciones de la misteriosa Ndoki.
Y por debajo, entre miradas de soslayo y silencios, un amor que ha crecido de la nada, poco a poco, y que se va a ver golpeado cuando lo que nadie aguarda acontece.
Y es que es muy difícil matar a un monstruo…
El tándem de autores de este cómic, Appollo y Brüno, nos muestran con acierto la vida dentro de esta utopía africana, nacida de la violencia y el terror, plantando la semilla de los sentimientos en un lugar donde es imposible que crezca.
Personalmente, es un tremendo placer reencontrarse con Brüno, dibujante alemán, al que un servidor sigue desde Nemo, con un estilo muy personal y reconocible, habiéndole disfrutado en otros cómics como Atar Gull y la saga 'noir' Tyler Cross.
Malaga Hoy
De cómo Miyazaki cambió nuestra imaginación. En el estreno de su nueva (¿y última?) película, especialistas y admiradores analizan su vasto legado.
Por Gregorio Belinchon
Ya no me interesa empezar las historias de una manera convencional. Las películas fáciles de entender son aburridas. Las tramas lógicas sacrifican la creatividad. Los niños lo entienden porque no funcionan con la lógica". Palabra de Hayao Miyazaki.
Cuando el próximo viernes se estrene en España El chico y la garza, el duodécimo largometraje de Miyazaki, la lógica de la edad (en enero cumplió 82 años) pronosticaría que esta será la última obra del animador japonés que llegue a salas comerciales. Sin embargo, en la carrera de Miyazaki nunca ha regido la lógica. Por eso, a cada anuncio previo de su retirada siempre le acompañó la duda. "Cuando no estás haciendo una película, echas de menos hacerlo", asegura en la serie documental 10 años con Hayao Miyazaki. En el pasado Festival de Toronto, antes de la proyección de El chico y la garza, Junichi Nishioka, uno de los vicepresidentes de Studio Ghibli, creado alrededor de Miyazaki, aseguró que el cineasta proseguía con su rutina de llegar al estudio a las diez de la mañana y ponerse a trabajar tras una idea, un hilo del que salga su siguiente filme. "Es la única forma en la que puede vivir. No puede cambiar ahora", cuenta en esa serie su primogénito, Gorö.
El estadounidense Steve Alpert es el primer gaijin (no japonés) que trabajó en Studio Ghibli, como responsable de 1996 a 2011 de ventas internacionales: en realidad, el embajador y el parachoques ante el resto del mundo. Ni el mismo Albert, al que reclutaron porqué trabajaba en la filial japonesa de Disney, logró aprehender todos sus vericuetos. De esa época levantó testimonio en el libro Compartir casa con el hombre interminable. y entre miles de pistas, explica cómo trabaja Miyazaki: "Él dibuja los storyboards, que en Ghibli recibe el nombre de ekonte, y allí se convertían en una combinación de storyboard y guión gráfico, menú completo para cada película. Miyazaki divide el ekonte en cinco partes: A, B, C, D, y E. No son como los actos de una obra teatral, pero cada parte era aproximadamente el 20% de la película. Cuando un filme se anunciaba, Miyazaki ya había hecho la A, con imágenes espléndidas y con todo detalle, y la mayor parte de la B la tenía en la cabeza (...). La película empezaba a producirse cuando Miyazaki empezaba a dibujar la parte C". Normalmente en la parte D, comenzaban las dudas. Y sin idea de cómo acabar, "el proceso se ralentizaba hasta convertirse en un goteo". Legaba la crisis, con cines reservados (el proceso ocupaba dos años y medio, para estrenar siempre en verano), y de repente aparecía la parte E, los animadores violaban las leyes laborales japonesas (ya de por sí laxas), el director incluso volvía hacia atrás a retocar dibujos, y al final se grababan las voces (al contrario que el resto del mundo, donde se registran primero para servir de guía a la animación; para Miyazaki, esos actores son como la banda sonora, meras herramientas). Estreno, promoción en Japón y un mes de vacaciones del creador en su cabaña con su familia. "Y no tardaba en empezar a pensar en el siguiente filme", escribe Albert. "Miyazaki cree en el estrés para hacer cine. A menudo decía que una persona solamente hace su mejor trabajo cuando tiene que enfrentarse a la posibilidad real de fracasar y sus consecuencias".
Miyazaki hace lo que quiere porque su talento y el productor Toshio Suzuki se lo permiten. Paco Roca, premio nacional del Cómic, define ese talento: "Recuerdo ver de pequeño Heidi, cuando ni sabía, claro, quién era Miyazaki ni en que trabajaba en ella, y sentir el placer de ver la vida dibujada. Veías cómo untaban queso fundido en el pan y así provocaban emociones como la placidez. Por eso Miyazaki es el maestro del costumbrismo, muy animista, en una mentalidad completamente alejada de Occidente. Cuando dibujé Arrugas pensé en cómo lo haría él". Con el tiempo, la versión de cine de Arrugas fue distribuida en Japón por Ghibli.
Los domingo, cuando no está trabajando, el chef francés Thibaud Villanova cocina en casa con su hijo de seis años recetas que han aparecido en las películas de Ghibli. "A mi crío le gustan mucho", cuenta desde su estudio multimedia. Villanova lleva 10 años publicando libros con platos que aparecen en películas y libros: de El Señor de los Anillos a Star Wars o Astérix. "Pero las películas de Ghibli me llegan al corazón, crecí con Miyazaki. Sus filmes te hacen ver la vida de otra manera", confiesa. Así nació La cocina en Ghibli, un volumen con 35 recetas. Su esposa ilustra y crea la parte artística de cada libro. "Yo investigo la receta, elaboro el plato y un fotógrafo lo retrata", continúa. Y precisa: "Los platos que ves en su cine son los que él cocina algunos viernes con su equipo de trabajo. Por eso sus dibujos son tan precisos. Yo lo que hago es, después de investigar los detalles, trasladar la receta a un proceso más popular, más sencillo". ¿Un plato favorito? "El ramen de Ponyo en el acantilado. Y todos lo que aparecen en La princesa Mononoke, porque es la primera que vi", ¿La más complicada? "La del banquete maldito de El viaje de Chihiro. Ya desde su concepción entendí que era muy difícil de elaborar en casa.
El Museo Ghibli abrió en 2001, y desde el pasado noviembre también hay un parque temático, todavía sin completar. A mediados de septiembre se anunció que la cadena Nippon TV había adquirido el 42,3% de las acciones de Ghibli, lo que garantiza su futuro financiero, y el acuerdo incluía su independencia artística. A sus 75 años, Suzuki -el único que le lleva la contraria a Miyazaki, que influye en sus decisiones y que incluso le señala temas para futuros trabajos- entiende que hay que proteger el futuro. Pero en esa búsqueda de traspasar el legado, fue el inductor de la creación de la gran figura trágica de esta historia, Gorö.
La primera palabra que dijo Gorö Miyazaki fue papá en japonés. Porque su progenitor pasaba mucho tiempo en casa. Era animador, pero todavía no habían llegado sus trabajos televisivos como Lupin III o Heidi, ni su debut como director con El castillo de Cagliostro (1979). Para ese filme, el padre desapareció de casa para volcarse en su trabajo. El hijo, que disfrutaba dibujando, lo dejó. Se convirtió en paisajista y acabó colaborando en la creación del Museo Ghibli. Un día, en una visita por las obras, Gorö dio su opinión sobre un proyecto incipiente, Cuentos de Terramar. Suzuki, atento, le empujó a dirigirlo: había encontrado un heredero perfecto. El padre, horrorizado, se opuso. En el estreno en 2006, Hayao Miyazaki se salió a mitad del pase a fumar. "Hizo un trabajo honesto, pero debió de sentirse obligado", adujo. Fue un éxito en taquilla, aunque acabó destrozada por los críticos.
A Miyazaki no le gusta perder. Así que tiene aversión a las ceremonias de premios. En 2002, El viaje de Chihiro fue la primera película de animación que concursó en la Berlinale, y la primera que ganó, con su Oso de Oro, un festival de clase A. Miyazaki viajó a Alemania, aunque no se quedó para la gala de clausura. Tampoco fue en febrero de 2003 a los Oscar, a pesar de que John Lasseter, el genio de Pixar y su amigo, ideó cualquier solución imaginable para que viajara. Ganó El viaje de Chihiro, aunque las estrictas normas de entonces de la Academia impidieron que alguien que no fuera Miyazaki subiera a recogerlo. Desde uno de los bares del teatro Kodak, Lasseter y Alpert llamaron al móvil del asistente de Miyazaki para anunciárselo. Tarde: el cineasta lo había oído en la megafonía de una gasolinera camino del estudio.
En el estudio Toei, en los sesenta, Miyazaki conoció a una animadora excepcional, Akemi Ota. Con ella se casó en 1965. Tuvieron dos hijos. Siguieron trabajando. Un día, viendo cómo volvía cansado de la guardería el mayor, Miyazaki decidió que Ota se quedara en casa cuidando de la familia. "Con el tiempo se ha arrepentido, aunque ahí demostró que a veces no es tan feminista como aparenta", explica la ilustradora Amaia Arrazola, autora de Totoro y yo, una brillante biografía ilustrada de Miyazaki. "Me fascina su cerebro, los personajes que produce". Como Del Toro, Arrazola cree que la mejor manera de conocer a Miyazaki es ver su obra. "Es un pesimista optimista, preocupado por el medio ambiente, y que crea estupendos personajes femeninos, en contradicción con una educación machista", desgrana.
El 22 de septiembre, Miyazaki recibió el Premio Donostia, el galardón honorífico del Festival de San Sebastián. El cineasta japonés ya no sale de su país: la última aparición pública en el extranjero la realizó en noviembre de 2014 al recoger en Los Ángeles el Oscar de honor. Para San Sebastián, el animador envió un video de 23 segundos con el trofeo a su lado. "Levamos mucho tiempo queriendo homenajearle, y esta vez conseguimos albergar su estreno europeo y que, además, aceptara el galardón", cuenta José Luis Rebordinos, director del certamen y uno de sus grandes fans: en su despacho hay un cartel de Mi vecino Totoro. "Para mí, Miyazaki es uno de los mejores directores de la historia, comparable a Dreyer o a Ozu", subraya.
El español que mejor conoce y más tiempo ha pasado con Miyazaki es el veterano animador Raúl García. "Estábamos a mitad de los ochenta con la animación de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? en Londres y una noche un compañero alquiló una peli extraña en el videoclub japonés de la esquina. Era Mi vecino Totoro". A finales de esa década, García trabajaba en Disney cuando coincidió con el japonés en el Festival de Annecy, el más importante de animación, y quedaron en volverse a ver en Tokio. "En Ghibli comimos con él y nos enseñó el estudio. En su mesa había un dibujito, le preguntamos por él, y nos regateó: era el germen de El viaje de Chihiro". En el Annecy de 1993, incluso algún animador de peso estadounidense, como Glen Keane, se ofreció a trabajar en Ghibli y García recuerda la risa de Miyazaki, que estrenaba Porco Rosso: "Le dijo: Lo mismo no te voy a gustar como jefe porque soy muy duro".
El viaje puede que acabe con El chico y la garza, que resume todo su arte y sus intereses: leyendas, naturaleza, ingeniería, el animismo, bibliotecas como recintos de almacenamiento del saber, el ansia y el placer de volar, el doloroso rastro de la Segunda Guerra Mundial en la sociedad nipona y que tanto sufrió de niño, el amor por su madre, el desdoblamiento de mundos, el mensaje ecológico... Como hizo en El viaje de Chihiro, Miyazaki se ha autorretratado: en esta ocasión es el tío abuelo, un personaje que está buscando quien cuide su legado, una torre de piezas de diferentes formas colocadas en un equilibrio precario (vamos, Studio Ghibli). Miyazaki cree en el valor de la imaginación y de lo sagrado, de articular la fantasía en el día a día. Si El chico y la garza es su última obra, la despedida está a la altura de las emociones que ha desprendido su carrera.
LECTURAS
¿Cómo vives?
Genzaburo Yoshino
Traducción de Victor Illera
Montena, 2021. 282 páginas. 18 euros
Antes de mi vecino Miyazaki
Álvaro López Martín
Diábolo, 2023. 320 páginas. 27 euros
Compartir casa con el hombre interminable
Steve Alpert
Traducción de Luis Ali. Taketombo
Books, 2021. 306 páginas. 18 euros
Totoro y yo
Amaia Arrazola
Lunwerg, 2022. 200 páginas. 21,37 euros
El viaje de Shuna
Hayao Miyazaki.
Traducción de Marc Bernabé.
Salamandra, 2023
160 páginas. 22,80 euros
La cocina en Ghibli
Thibaud Villanova.
Traducción de Margarita Gómez.
Hachette Héroes, 2023
144 páginas. 23,70 euros
Biblioteca Studio Ghibli: La princesa Mononoke
Laura Montero.
Héroes de Papel, 2021
304 páginas. 22,80 euros
(ALGUNAS) PELICULAS DE STUDIO GUIBLI
La tumba de las luciérnagas
(1988), de Isao Takahata
Mi vecino Totoro
(1988), de Hayao Miyazaki
Porco Rosso
(1992), de Hayao Miyazaki
La princesa Mononoke
(1997), de Hayao Miyazaki
El viaje de Chihiro
(2001), de Hayao Miyazaki
El castillo ambulante
(2004), de Hayao Miyazaki
Ponyo en el acantilado
(2008), de Hayao Miyazaki
La tortuga roja
(2016), de Michaël Dudok de Wit
El Pais. Babelia nº 1.665. Sábado 21 de octubre de 2023
El faro del fin del mundo / Jacinto Antón
Götz Burger, en un momento de The golden Nazi Vampyr
De vuelta del Festival Bram Stoker de Dublín, dedicado al creador de Drácula, me encuentro en Barcelona con el animado Festival 42, de géneros fantásticos, (hasta el domingo) en el que está como invitado David J. Skal, autor de una de las biografías más radicales y afiladas (como una estaca) de Stoker, precisamente. Pero es que, además, me he enganchado a una vieja (2016) serie de vampiros de Netflix, Van Helsing, del dramaturgo y cineasta Neil LaBute (cinco temporadas), que juega con una descendiente del profesor (¡Vanessa!) en un mundo postapocalíptico con chupasangres. Vamos, que noto el aleteo del vampiro en la nuca. En paralelo, me he leído las memorias de un miembro de las Waffen-SS originario de Transilvania - un personaje maligno muy real-, lo que me ha llevado a reflexionar sobre la conexión nazis-vampiros, que ha dado lugar a algunas curiosas producciones de cultura popular.
Hay que recordar que pese a la relativa popularidad actual de esa relación, en la ficción literaria, el cine y el cómic (Requiem: Caballero vampiro, de Mills y Ledroit, West Wind Comics, sobre un soldado alemán que muere en el frente del este y es convertido en vampiro por sus pecados), en realidad los nazis no se identificaban con los vampiros sino que atribuían ese papel a los judíos. En el Mein Kampf y en sus discursos, Hitler atribuía a los hebreos la condición de chupasangres y parásitos de la humanidad aria. De hecho, con la guerra de exterminio que declaró a la judería mundial, esa obsesión suya, trató a los judíos de toda edad y condición como una plaga a erradicar por todos los medios, empleando un método despiadado no muy distinto al desatado a pequeña escala por el doctor Van Helsing y sus compañeros en Drácula. Por otro lado, la obsesión con la sangre de la cosmología de los nazis (y los uniformes negros, la ferocidad y el tenebrismo de las SS) les acerca al Conde y sus huestes...
Entre los vampiros nazis de la ficción contemporánea hay que destacar al Lord Constanta de Operación vampiro (primera novela de una serie muy interesante) de David Bishop. Publicada en 2006 por Timun Mas, la historia se centra en un joven soldado alemán que durante la guerra contra la URSS traba contacto con una compañía rumana aliada mandada por un misterioso aristócrata y combate sólo de noche...Otro vampiro nazi reseñable es Otto Von Grimm, el personaje de la película de bajo presupuesto, con elementos del videojuego Wolfenstein, The Golden nazi vampyr by Absam 2. The secreto of Kottltiz Castle. En el filme, el general de las SS Von Grimm crea un ejercito de vampiros nazis a partir de los restos del conde Drácula hallados en Valaquia por la Ahnenerbe, la organización de las SS para la Herencia Ancestral. Sólo por ese argumento ya merecería la peli un Oscar. Otra película con nazis y vampiros es la terrorífica Blod Vessel (2019), con los supervivientes de un barco aliado torpedeado subiendo a bordo de un dragaminas nazi que lleva a bordo en un ataúd un strigoi, un vampiro...
Por supuesto, en este rápido repaso de los vampiros nazis no podemos olvidar a Deacon Brücke, uno de los tres protagonistas de Lo que hacemos en las sombras.
Y ahora vamos con un vampiro nazi de verdad. He estado leyendo estos días Good-by Transylvania, de Sigmund Heinz Landau, las memorias de un soldado de las Waffen-SS procedente de Rumania (Stackpole, 2015). Aquí ya no estamos en los predios de la leyenda sino ante una realidad escalofriante, la guerra librada por un joven de la minoría étnica alemana (sajones) en Rumania enrolado como voluntario en la temibles unidades de combate de las SS. Si ha habido alguna vez algo parecido a un vampiro real (aparte de Hitler, que era bastante noctámbulo) es este transilvano de ideología nazi metido en el baño de sangre del frente del este durante la Segunda Guerra Mundial. Landau, que, como Drácula, se instaló en Inglaterra tras la guerra, trata de pasar por un joven agradable y sensible, pero el retrato que arroja de sí mismo es abominable. Le otorgan un anillo de calavera firmado por Himmler, lo incorporan al servicio secreto adscrito a la Gestapo y lo transfieren a una de las divisiones de élite de las Waffen-SS, la 5ª división Panzer Wiking, con lo mejor de cada casa. Ve por ahí algunos judíos, de los que no da más detalle. En las memorias no hay ni una pizca de compasión o arrepentimiento (las SS no fomentaban la empatía).
Landau (1920-1998) conservó hasta el final sus ideas y sus odios. Uno lo imagina durmiendo en sus recuerdos como el Conde en su negra arena transilvana.
Una lectura durísima y amarga. Desde luego, habría hecho mejor releyendo Drácula. Pero siempre es bueno recordar dónde está el horror de verdad.
El regreso de Antonio Altarriba muestra la tragedia de la inmigración infantil al relatar la odisea de un niño soldado desde las minas de coltán hasta llegar a España.
Las cifras de la llegada de inmigrantes en pateras a las costas canarias llenan los titulares de los últimos meses. Números que transforman el drama de cada una de esas personas en un simple dato que anestesia conciencias hacia la desgracia ajena, a la par que enardece el debate social ante lo que se entiende como un conjunto sin humanidad y que permite eludir todo sentimiento de responsabilidad. Pero Antonio Altarriba ha demostrado siempre como guionista que no se arredra ante el compromiso y decidió, acompañado de Sergio García a los lápices y de Lola Mora al color, mirar a cada uno de esos rostros a los que el salitre del mar apenas pudo secar las pocas lágrimas que les quedaban.
Atreverse a seguir el camino que dejaban tras de sí no tenía la aventura de rastrear un fino hilo de Ariadna, sino el dolor de descubrir que cada recodo del laberinto estaba teñido de sufrimiento. El cielo en la cabeza (Norma Editorial) se fija en el viaje de un niño congoleño, Nivek, que no sabe qué es la infancia y sí el trabajo de las minas de coltán, esas que riegan de riqueza a unas pocas manos que nunca sabrán lo que son las llagas provocadas por el pico y la pala. El pequeño descubrirá que la oscuridad de ser enterrado en la mina es quizás más luminosa que el futuro que le espera como niño soldado, inicio de un periplo que le llevará a huir desde su país para pasar por la selva, el desierto y el mar hasta llegar a una España transformada en una Ítaca donde nadie le espera, en un viaje donde no se enfrentará a lotófagos, cíclopes, sirenas o lestrigones, sino a la avaricia, mezquindad o crueldad de aquellos que aprovechan las desgracias de los que buscan una esperanza en la que ya apenas creen.
El cielo en la cabeza, de Antonio Altarriba, Sergio García y Lola Moral
Altarriba, sabedor del estilo de los artistas que le acompañan, transforma el viaje de Nivek en una Odisea donde los lugares toman el protagonismo para que García despliegue joyas de composición donde las fronteras entre los escenarios y los personajes se difuminan. El espantoso horror del rito de iniciación del niño soldado deja para a una esperanza importada, la de la formación como utopía de progreso con la que un primer mundo piensa resolver sus abusos. Pone el dedo en la llaga del pensamiento jánico de los paises que explotan los recursos mientras envían ayuda como penitencia apoyada en la generosidad de voluntarios, pero que olvida las culturas y civilizaciones que vivieron en África. Un olvido que el guionista repara llevando ese largo trayecto del migrante por los espacios donde naturaleza y magia se entremezclan con la vida, donde la felicidad de esa vida contrasta con el poco valor que le otorgan algunos, hasta comprarla por unas pocas monedas. Y asistiremos a relatos que parecen lecturas traumáticas de los cuentos de Sherezade, que se transforman en pesadillas que dejan a Chuck Palahniuk en fábulas de infantes y que sólo tendrán como salida el Mediterráneo, último paso hasta esa ansiada Ítaca de la Nivek ni siquiera sabe su nombre.
El despliegue gráfico de García y Moral para mostrar las ideas de Altarriba es impresionante: las páginas se construyen desde geometrías que componen ambientes de una belleza exquisita, las preciosas postales que nos llegan desde África firmadas por los fotógrafos más prestigiosos, pero sobre las que el dibujante disecciona rostros que muestran cada vez más cicatrices, donde la sonrisa desaparece tras la mueca de un dolor que ya no se siente. Páginas donde la paleta de colores establece su discurso acompañando a la linea, jugando con los vibrantes ocres, verdes y azules de la naturaleza africana, heridos por los cromatismos que deja el drama del ser humano a su paso.
Es justo en ese momento en que admiramos la estética excelencia de la composición cuando encontramos la trampa que han urdido Altarriba, García y Moral: no podemos dejar de mirar a Nivek. Las crueldades están edulcoradas para hacerlas digeribles, para que un lector aletargado por la catarata de horrores que vomita el telediario las reconozca como verosímiles pese al espanto que narran. Pero al mirar a los ojos del niño soldado, la verdad se refleja en sus pupilas. Una verdad dibujada con pequeños y oscuros trazos que no esconden que parece salir de las páginas a través de las largas y estilizadas figuras que dibuja García, convertidas en cuchilladas por las que brota el pavor, el de una realidad más terrible que la que cuentan las viñetas de esta obra. La de un viaje sin esperanza huyendo de un futuro que no existe.
El cielo en la cabeza no es solo el retrato del cruel viaje del migrante: es obligar al lector del primer mundo a ponerle nombre y cara a cada uno de los que viven y mueren en esas pateras. A descubrir que nuestro mundo no es el único posible y que nuestra civilización es solo una más, a que no puede consertirse que en lo único en que coincidan y colaboren esos mundos es la explotación de la pobreza y la desgracia.
El cielo en la cabeza
Antonio Altarriba, Sergio García y Lola Moral
Norma, 2023
144 páginas. 28 euros
El Pais. Babelia nº 1.668. Sábado 11 de noviembre de 2023
Vestidos para la aventura
Diga algo malo del cuero mirando a Marlon Brando en todo su esplendor. Será usted el primero / Alamy Stock PhotoLevanto la cabeza de un sesudo y absorbente ensayo sobre las guerras napoleónicas para constatar que el cuero vuelve a estar de moda, lo que me sorprende tanto como si me dijeran que vuelve la pelliza de húsar (algo por otro lado con lo que no podría estar más de acuerdo, pues hay que ver cómo nos queda a los caballeros la ropa de húsar, incluidos el dolmán, el shako con el pompón-cocarde y los pantalones tan ajustados que visualizan la Bonaparte). Pues bien, pese a los tiempo que corren -ecología, animalismo, veganismo- el cuero es tendencia y se ven por doquier prendas de esa piel curtida (o de aspecto de), entre ellas camisas, gabardinas, blazers, abrigos largos à la Gestapo, Sepp Dietrich o Campo de Concentración Ehrhardt. También corsés/bralette con aire de Histoire d´O, aunque te lo venden en Zara y no en el castillo de Roissy, y hasta pantalones cortos, casi tan raros como los de pana (véase entregas anteriores).
Mi relación con el cuero ha sido ambigua, soy más del aventurero ante o gamuza, el buckskin de los nativos americanos y los tramperos (¡esas polainas de Daniel-Day Lewis en El último mohicano!), y mi sueño es atreverme a vestir en la calle una chaqueta de flecos, prenda en la que nuestra referencia ha de ser siempre Custer y jamás el fracasado gigoló Joe Buck (Jon Voight) de Cowboy de medianoche.
Reviso mi fondo de armario y me sale poco cuero, excepto un par de viejas chaquetas de motorista y el látigo que me regaló una navidad una excuñada y que ahora, me digo, vuelve a estar de moda con la serie Cristo y Rey (por cierto, yo conocí personalmente a Ángel Cristo, y hasta lo vi en ropa interior, con todos los mordiscos: nada que ver con Jaime Lorente). A destacar también el ajado chaquetón de cuero negro de Arrow que me daba un aire a lo general Vicente Rojo en lo peor de la batalla de Brunete (aquí hay que cantar A las barricadas, Quatermaster Song con acento de Pete Seeger o Jarama Valley), pero que tuvo una gloriosa segunda vida en pantalla. Así es, lo utilicé en un capítulo de El reportero de la historia, de TVE, en el que caractericé de George Orwell pegando tiros (llevaba un Máuser a juego) desde el terrado del teatro Poliorama, sede del POUM, en la Rambla barcelonesa durante el rifirrafe de los troskistas con el Gobierno republicano en mayo del 37. Hay que ver lo que da de sí el cuero.
Sin embargo, lo más emocionante ha sido el reencuentro con otra chaqueta, mucho más chic, de Antonio Miró, de los años setenta. No me la he encontrado en el armario sino y esto me ha precipitado un torbellino de recuerdos, en una foto de la página web de la firma del desaparecido modisto. Porque el modelo que lleva esa bonita chaqueta de cuero, aunque suene increíble, y cuya foto está al lado de una de John Malkovich también con ropa de Miró, soy yo. Efectivamente, una vez, en una época tan remota que podría haber ido perfectamente de húsar, hice una sesión para Toni, con el que me unía una amistad a pesar de un tormentoso verano en su casa de Deià, y no por culpa de Robert Graves, precisamente. Que alguien haya pensado que esa foto salida del túnel del tiempo vale para representar la marca me llena de vano orgullo y me sorprende, casi más aún que el corte de pelo que luzco (digo yo que debía estar de moda)
El Pais. Revista ICON nº 106. Febrero 2023
El faro del fin del mundo
Si hay algo más absurdo que visitar Wansee, el distrito al suroeste de Berlín en el que se encuentra la célebre villa en la que fue planificado el Holocausto, un día de lluvia y para encontrarte con la hoy casa museo cerrada, es recorrer caminando bajo un sol de justicia las interminables pistas del antiguo aeropuerto de Tempelhof, orgullo del III Reich, mientras todo el mundo lo hace mientras todo el mundo lo hace tan ricamente en bicicleta. Ambas cosas disparatadas las hice yo hace unos días durante una estancia en la capital alemana.
Siempre había querido visitar la villa Marlier, convertida en 1940 en casa de huéspedes de las SS (menos animada que el Salón Kitty) y donde Heydrich, el peor nazi después de Hitler, pespunteó junto a otros 14 representantes de distintos organismos y ministerios del III Reich, entre ellos Eichmann, la "solución final al problema judío", eufemismo para encubrir el genocidio. Se celebró la reunión, conocida como la Conferencia de Wansee, el 20 de enero de 1942, un martes. La villa se ha convertido en memorial, museo y centro de estudios. Ha aparecido en tres buenas películas sobre aquella cita atroz, la de 1984 de Heinz Schink, la de 2001 con Kenneth Branagh con Heydrich y Stanley Tucci con Eichmann, y la reciente de 2022.
Fui hasta allí en tren desde el aeropuerto, una larga tirada que me llevó a la estación de Wansee en medio de una tormenta. Tras esperar un buen rato tomé un autobús que me dejó en una solitaria parada a unos 100 metros de la entrada de la villa. Corrí hasta la mansión empapándome bajo la lluvia para darme de bruces con la verja exterior y un letrero que decía que la casa y los jardines permanecerían cerrados una semana por reformas. "Sentimos las molestias", ponía. Pensando retorcidamente que ya podían haber cerrado otro día, concretamente el 20 de enero de 1942, noté una presencia a mi espalda y me giré horrorizado ante la idea de que fueran Gestapo Müller o el Sturmbannführer Lange que llegaban tarde a la cita de exterminio. Era un joven cubierto con un chubasquero que aguantaba una bicicleta. Otro frustrado visitante. Llegaron otros dos ciclistas, suecos. Y una pareja de israelíes. Y un grupo en autocar. Éramos ya casi una multitud. Pero no abrieron. Me marché pensando en la frase de Branagh/Heydrich: "Me gusta esta villa, después de la guerra será mi casa". Pues mira, no, Reinhard. Lo que habrías rabiado de ver en la puerta un cartel con información en hebreo.
Al día siguiente al mediodía las cosas habían cambiado sustancialmente. Hacía un sol de justicia y se me ocurrió visitar otro lugar del Berlín nazi, uno que no iba a poder cerrarme. El viejo aeropuerto de Tempelhof. Es un sitio que tiene para mí un significado especial desde que leí de adolescente Armageddon, de León Uris (Bruguera, 1971). En la novela, una de las protagonistas, la joven alemana Hilde se enamora de un piloto estadounidense del airlift, la operación aérea para llevar suminstros en 1948 al Berlín Oeste bloqueado por los soviéticos (ese reverso luminoso del puente aéreo de Stalingrado).
Tempelhof es el gran aeropuerto histórico berlinés. Los nazis lo convirtieron en una instalación de apabullante grandiosidad. Ya no funciona como aeropuerto (desde 2008) y es ahora objeto de un gran proyecto de rehabilitación para convertirlo en centro cultural y lúdico que culminará en 2030. De momento, las antiguas pistas y su entorno son un inmenso espacio verde urbano (el Tempelhofer Feld) para actividades al aire libre de los berlineses.
Accedí a las pistas caminando desde la entrada por la Herrfurth Strasse y me lancé tan alegremente a recorrerlas a pie (3,5 kilómetros cuadrados). Tras el entusiasmo inicial, al cabo de un rato estaba agotado. Dando una vuelta enorme que me dejó al borde de un colapso rodeé los edificios colosales del aeropuerto nazi para llegar a la Eagle Square, donde se yergue una cabeza de águila de bronce impresionante.
La terminal de Tempelhof fue obra de Ernst Sagebiel (1892-1970), cuyo enfático estilo digamos Sig Fly, es tan parecido al de Speer. En el edificio funciona un centro de interpretación con una exposición que ofrece información sobre lo que fue y lo que será Tempelhof.
Con Tempelhof y Wansee (casi) en el bolsillo, me quedan menos sitios nazis para visitar, que ya es turismo. La Guarida del Lobo, el Nido del Águila y el castillo de Wewelsburg están en mi lista. Esperemos que no llueva, y que no haya que caminar mucho.
El Pais, sábado 1 de diciembre de 2022