Max traslada al género de la historieta el universo pictórico del genio holandés en ‘El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana)’
BORJA HERMOSO
Madrid 9 ABR 2016
Una ilustración de Max del libro 'El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana)'.
Habrá hecho falta medio milenio para que los ángeles voladores y las criaturas infernales de Hyeronimus van Aecken Bosch, El Bosco, vuelvan a su formato original: el cómic. Esto tiende a la boutade, pensarán algunos, y no les faltará razón, teniendo en cuenta que hace 500 años no existían los tebeos. ¿Seguro? ¿Se han parado a pensar si hay o no hay arte secuencial –ese que sustenta géneros como la historieta o el propio cine- en obras como las pinturas de Altamira, los jeroglíficos egipcios o códices medievales como el Beato de Liébana?
Claro que no existían los tebeos en 1500. Pero tampoco sabemos a día de hoy de dónde demonios sale toda esa taxonomía de animales fantásticos, barcos voladores, casas incendiadas y castillos explotando, monstruos del Averno, cerdos vestidos de monja y legiones de pecadores y virtuosos parida por El Bosco. Porque casi todo es hipótesis en la vida y en la obra de este genio alucinado. “Hay interpretaciones para todos los gustos, lo cual supone una ventaja, o sea, yo puedo contar la tontería más loca sobre El Bosco y no va a ser más loca que otras muchas que ya existen”, explica Francesc Capdevila, Max (Barcelona, 1956) en una cafetería del centro de Madrid.
El Bosco se convierte en carne de cómic
Todo ello, teniendo en cuenta en todo momento uno de los rasgos que a su juicio perfilan la obra de El Bosco: el humor. “A diferencia de otros artistas de su época, él tiene un sentido del humor muy loco que seguramente era muy poco ortodoxo para su tiempo y para aquel contexto religioso, pero que él logra colar en sus pinturas”.
Por las viñetas de este Tríptico de los Encantados desfilan muchos de los símbolos visuales que El Bosco repite en sus cuadros, como el mochuelo, la esfera, los pájaros negros y picudos y toda la cohorte de la imaginería pagana y religiosa. Apenas hay paisajes, apenas hay textos. Max ha situado el todo en “un contexto que yo llamo metafísico, por los cuadros de Giorgio De Chirico, otro pintor que me fascina” y ha dispuesto su universo bosquiano con absoluta libertad. “No hay prácticamente viñetas cerradas, he jugado mucho con los blancos, con el vacío, y todo el relato fluye en una visión frontal, es como si estuvieras en un teatro viendo actores moviéndose por el escenario”, explica el creador de inolvidables personajes de tebeo como Peter Pank o Bardín, el superrealista.
El Bosco se convierte en carne de cómic
Prima en las imágenes y en los textos de este libro la tradicional mezcla de frescura coloquial y referencias clásicas marca de la casa. Imitar a El Bosco habría sido meterse en un jardín de difícil salida: "Nunca mejor dicho, en un Jardín y no precisamente de las delicias… así que evité ponerme en tono imitativo, habría sido absurdo, así que decidí ser radical en eso, es decir, ni color ni abigarramiento de figuras”.
Pero volvamos a El Bosco y a su involuntaria condición de autor de cómic avant la lettre: “Podemos decir que el de sus trípticos era un arte secuencial, pero hay más cosas: El Bosco y casi todos los pintores de la época trabajaban por encargo de clientes ricos, que entonces solían ser la nobleza y la iglesia. En ese sentido eran como los ilustradores de hoy en día: te hacen un encargo y tú luchas para poder meter, dentro del tema que te han pedido, cosas que quieres contar”.
Todo eso le ha llevado a Max a añadir, a la admiración militante por el artista holandés, un profundo sentimiento de empatía: “Sí, he llegado a sentir una especie de identificación con él, y sin pretender arrogarme nada, creo que puedo entender o imaginar bastante bien cómo funcionó su cabecita y cómo evolucionó su estilo”.
LA ‘MILI’ COMO ACADEMIA DE ARTE
Lo que es la vida. Max descubrió a El Bosco cuando tenía 20 años. Fue en Madrid (“un auténtico impacto”), en las primeras visitas que hizo a El Prado cuando descansaba del servicio militar. Le tocó la mili en lo que entonces –y hasta hace bien poco- era el Museo del Ejército, y que en un futuro cercano será una nueva ampliación… del Museo del Prado. “No sé si llamarlo predestinación”, bromea el dibujante, que matiza: “Bueno, no descubrí solo la pintura de El Bosco, sino en general la pintura flamenca -los primitivos y los renacentistas flamencos- que es mi favorita. Yo creo que de algún modo la pintura flamenca impregnó mi forma de trabajar desde el día que la descubrí en las salas de El Prado… y que ha estado ahí siempre en mis obras, y quizá por eso pensaron en mí para hacer este libro”.
El Pais Domingo 10 de abril de 2016
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