viernes, 1 de octubre de 2010

Conan nº4 El Dios Oscuro Crossover Rune/Conan BWS


El reencuentro más esperado: Barry Winsord-Smith/Conan
¡Formidable!!
Y a punto he estado de dejar el resto de este artículo en blanco, por considerar que ese epíteto bastaba por sí solo para presentar la historieta en la que se enfrentan un bárbaro hosco llamado Conan y un vampiro misántropo de nombre Rune. Un formidable tebeo urdido, trabajado a lápiz y coloreado por uno de los autores más controvertidos de la historieta, Barry Windsor-Smith, por demás creador gráfico de ambos contendientes.
Así es, fue este británico infatuado y genial el que moldeó gráficamente al cimmerio hijo de Robert E. Howard para las primeras páginas de Conan the Barbarian en 1970. También fue el que diseñó al chupasangres del espacio exterior, Rune, partiendo de un esbozo previo de Chris Ulm (para una miniserie de título Fuzion, donde se articulaba como uno más de los personajes secundarios), en 1993, aunque se ha apuntado que ya había dibujado a un personaje de características muy semejantes a finales de los años setenta, cuando compartía estudio de trabajo con otros tres monstruos del comic: Bernard Albert Wrightson, Michael William Kaluta y Jeffrei Jones.
A Conan lo abandonó su creador gráfico en 1973, tras dejar con un palmo de narices a Marvel y reseco el paladar de los aficionados durante una decena de años. Volvió a los comic-books, esporádicamente primero y luego con más asiduidad, pero jamás al personaje de Howard, del que compuso dos obras maestras del comic-book: “La Canción de Red Sonja” y “Clavos Rojos”, que habréis podido degustar recientemente en los tomos antológicos publicados por Forum del material de Smith. Reincidió en el personaje en 1975, 1977 y 1982, con los portafolios “Conan I”, “Conan II” y la mayestática obra “Conan and Valeria” respectivamente. Volvió a sumergirse en el subgénero de la fantasía heroica también en puntuales ocasiones, en 1980 con las tiras de “Mandro” para el film La Mano del polémico realizador Oliver Stone, o en 1983, retornó a pintar al propio cimmerio para las estupendas primeras cubiertas del magazine Conan Saga que recopilaba a blanco y negro los tebeos del bárbaro dibujados por el inglés. Es decir, que hasta 1995, año que vio la luz en los USA la aventura de este cuaderno, no había vuelto a dibujar nuevas viñetas del héroe que le catapultó a la fama.
Fue tras la compra de la editorial Malibú por parte de Marvel, que Smith se vio inmiscuido en este proyecto. Como artífice de ambos personajes, se pensó en él para pergeñar esta suerte de “crossover” que enlazara los número cuatro de las dos series del bárbaro en curso, Conan y Conan the Savage, y se le permitió libertad creativa absoluta y un completo control de sus derechos de autor para materializar el encargo como un “one-shot” desligado de las dos cabeceras en numeración, aunque era puente entre la trama argumental de ambas.
Y Smith labró otra obra maestra del comic-book.
No seré yo el insensato que aposte al británico en el Panteón de los Dioses de la Historieta. Claro que no. No es Smith un narrador de la talla de Milton Caniff, no reflexiona plásticamente como Alberto Breccia, no arriesga una página como Will Eisner, no alboroza la mente del lector como Cliff Sterrett, no agiliza como Coll ni trascienden sus siluetas al uso de las de Jean Giraud. Sin embargo, se halla muy cerca de esa divinidad. El fue, como Steranko, un visionario del comic-book cuando inauguró Conan, un rebelde de la industria como Kirby, un arriesgado empresario de la ilustración, un pintor enfebrecido y, en su vuelta a los comics en los años ochenta, un autor comprometido con su obra y su público al que va dirigida. Y es esta historieta de bárbaros y vampiros una de las acreditaciones que le abren el Cielo de los historietistas.
Tras una lectura atenta de ella, se confirma sin tapujos su distanciamiento patente de la mayoría de los tebeos de Conan producidos en los últimos años. Ahora bien, no radica ese contraste en la trama argumental. Que va; eso para Smith siempre fue banal, al entender que la credibilidad de una historia se cimenta sobre la esencia de los personajes. Perfectamente delimitada esa esencia, se cierne sobre los aspectos diferenciadores que la elevan sobre el común de los comics-books de la actualidad: la elegante composición de la página que alterna planos primerísimos, primeros, medios y generales sin frivolidad alguna, el singular coloreado mediante acuarela o el cuidadoso manejo de la luz y la sombra, que retrotrae al lector a las asfixiantes atmósferas de “Clavos Rojos”, donde la penumbra se disfrazaba de insondable terror.
Es también prueba para la Gloria el acertado uso de detalles que confieren verosimilitud al discurso narrativo. Si alguien quería masacre, se ha servido la mortandad con gran plétora; si horror, comprobad la glotonería decapitadora de Rune; si cadáveres cubiertos de sangre; si angustia, sentid la lluvia que empapa el clímax de lucha…
Tras tanta perorata, muchos podrán considerar que todo esfuerzo es inútil, que, al fin y al cabo, se trata de un mero tebeo. Veinte minutos en el baño. Una obra de creación artística a que nuestro Ministerio de Cultura tiene en muy baja estima.
Error. Es un Hito de la Historieta, al decir del propio Smith “un tesoro”, que merece ser conservado como uno de los mejores comics de fantasía heroica de todos los tiempos.
Un tebeo formidable.
Manuel Barrero
Para ampliar información sobre éstos y otros momentos de la carrera del autor, consúltese el ensayo, firmado por el que suscribe, Barry Windsor-Smith: EL Prerafaelismo Bárbaro, publicado a modo de libro por El Boletín en 1996
(Nota: En el año 2000 Planeta Agostini, iniciando la Colección Moebius, publicó otro libro de Manuel Barrero titulado Barry Windsor-Smith: La Mirada Infinita.)


























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