martes, 14 de febrero de 2012

El JINETE POLACO por John Berger

Excelente crítico de arte y escritor británico John Berger expresa en este texto su enorme fascinación por el cuadro de Rembrandt El jinete polaco, fechado en 1656; lo que a su vez le permite al lector reconocer la actualidad del cuadro, pues Berger no duda en rendirle homenaje desde su condición de empedernido motorista. Pasado y presente se entremezclan porque la clave no reside en la obra, sino en la forma de mirarla.

"El jinete polaco", de Rembrandt (1606-1669), forma parte de la Frick Collection (Nueva York).


John Berger

Q ué epitafio se pondría usted en su tumba?
Me hizo esta pregunta cuando me
paré a su lado en el semáforo. La hizo
con suavidad. Observé que iba condu­ciendo descalza, los pies desnudos en los pedales.
"El jinete polaco", respondí.
¿Es eso un poema?
No, es un cuadro.
¿Un cuadro?
Sí, un cuadro de Rembrandt.
¿Se pueden utilizar los nombres de los cuadros como si fueran citas?, inquirió, lle­vándose el dedo índice a la nariz.
El semáforo se puso en verde. ¿Por qué no?, dije. Cerré el visor del casco y arran­qué, diciendo adiós con la mano. Por el retrovisor la vi agitando la mano a su vez.
Algunos historiadores del arte afirman que este cuadro no es obra de Rembrandt. Pero ni a ella ni a mí nos importa este dato; a quienes les importa es a los directores de los museos y a los coleccionistas.
Fue Abraham Breduis, el compilador del primer catálogo moderno de la obra del maestro, quien redescubrió este lienzo hace unos cien años en un castillo al sureste de Polonia. Así relata Breduis su hallazgo.
"Cuando vi pasar delante de mi hotel aquel magnífico carruaje y me enteré por el portero de que era del conde Tarnowsi, quien se había prometido unos días antes con la condesa Potocka, que iba a aportar al matrimonio una dote considerable, no podía imaginarme que este hombre era ade­más el afortunado propietario de una de las obras más sublimes del maestro".
Bredius abandonó el hotel e hizo un largo y dificil viaje en tren —se queja de que durante muchos kilómetros el tren avanzaba a paso humano—, que le llevaría al castillo del conde en las proximidades de Tarnow. En la colección de pintura que alojaba el castillo reparó en un lienzo que representaba a un jinete y que él atribuyó sin
 vacilar a Rembrandt, considerando que se trataba de una obra maestra que llevaba un siglo olvidada.
Nadie puede precisar hoy qué represetaba éste cuadro para el artista ni cuál era su relación con el retratado. El capote es típicamente polaco —un kontusz—. Como lo es tambien el tocado. Ésta podría ser la razón que le llevó a comprarlo al noble polaco que lo adquirió en Amsterdam en el siglo XVIII. No obstante, Rembrandt co­
leccionaba ropajes y pertrechos de toda Europa e incluso de Asia y a veces les pedía a sus modelos que se los pusieran. Antes de arruinarse poseía un extenso ves­tuario de teatro. Así que el jinete no es necesariamente polaco.
La primera vez que vi el cuadro en la Frick Collection de Nueva York, donde había ido a parar en los años veinte del siglo pasado, pensé que podría ser un retrato de Titus, el hijo bien amado de Rembrandt. Me parecía —y aún me lo
sigue pareciendo hoy— que representaba una partida. Pero si la fecha —1656—atribuida al cuadro es correcta (se trasto­can con mucha frecuencia), para enton­ces su hijo Titus tendría sólo quince años, y el jinete representa unos diecio­cho como mínimo. Aun así me resulta dificil sacarme de la cabeza la convicción de que no sólo se trata de una imagen de un hijo abandonando el hogar paterno, sino también de que la vemos a través de los ojos del padre.
Una tesis más académica sugiere que el retrato podría haber sido inspirado por Jonaz Szlichtyng, un polaco que en tiem­pos del pintor era considerado un héroe rebelde entre los círculos disidentes de Amsterdam. Szlichtyng pertenecía a una secta nacida en el siglo XVI, que seguía al teólogo italiano Lebo Sozznisi. Lebo Sozz­nisi procedía de la ciudad italiana de Siena y negaba que Cristo fuera el hijo de Dios, pues si lo fuera, la religión dejaría de ser monoteísta. Por consiguiente, si Jo­naz Szlichtyng inspiró el cuadro, es posi­ble que lo que tengamos ante nosotros sea una figura semejante a la de Cristo: un hombre, sólo un hombre, que montado a lomos de su caballo se dispone a enfrentar­se a su destino.
Recientemente hice unos cuantos di­bujos del cuadro. No son copias exactas, sino interpretaciones libres. Es la mejor manera de aproximarse a una pintura.
El mes pasado estuve en Génova —ciu­dad de juristas, ladronzuelos, ancianas, jardi­neros y marinos— y allí hice dos dibujos del Ecce Homo de Antonello da Messina; cuan­do llevaba como una hora dibujando se me saltaron las lágrimas. En otras ocasiones, cuando dibujas obras de otros tienes la sen­sación de haber tocado, durante una frac­ción de segundo, la energía que corrió en su momento por el brazo del pintor al pintar ese cuadro. Y por alguna razón para mí inexplicable, he descubierto que esto me ocu­rre con más frecuencia cuando estoy dibu­jando con mi torpe mano izquierda.
Cuando intenté dibujar El jinete polaco me sucedió algo más. El cuerpo del jinete empezó a susurrarle a mi propia experiencia física de conducir motos. La postura del jinete y la del motorista son, por supuesto, muy distintas, pero la atención, la expecta­ción, son semejantes. La forma de agarrar las riendas con la mano izquierda —su firme­za, su naturalidad— es la misma que la de la mano izquierda en el manillar cuando no se está usando el embrague. La rodilla pegada a la silla, ¡o al depósito de gasolina! El ángu­lo de la puntera levantada, el peso del pie en el estribo un poco más atrás, es igual que el ángulo de la puntera una fracción de segun­do antes de frenar. También reconozco la colocación de los hombros, esa forma de prepararse para el viento cuando se gana velocidad, y la manera de sentarse sobre las nalgas, esperando la sacudida de la criatura debajo. Puede que algún día se le ocurra a algún fabricante de motos llamar El Jinete Polaco a uno de sus modelos. De todas las motos que han existido, tal vez la que más se ha aproximado sea la larga y curvilínea Brough Superior Alpine Sport (1926).
A estas alturas debe de estar claro para todo el mundo que estoy enamorado de este cuadro. Amo al jinete como lo amaría una mujer; amo su coraje, su insolencia, su vulne­rabilidad, la fuerza de sus muslos. Amo el cuadro como lo amaría un niño, pues es el principio de un cuento contado por un abue­lo. Amo el caballo como un jinete, un jinete que ha perdido su propio caballo y ha encon­trado otro; el que ha encontrado tiene ya muchos años, está acabado —los polacos llaman szapa a estos rocines—, pero es un animal que ha demostrado su lealtad. Final­mente, amo la invitación del paisaje y allí donde me llevará.

El Pais, 17 de febrero de 2001