lunes, 3 de agosto de 2026

Verónica Grech, la ilustradora asturiana que conquistó en silencio a la prensa internacional

Además de trabajar para algunas de las cabeceras más importantes de Estados Unidos, también ha colaborado con marcas. Ha construido un universo visual basado en grandes planos de color, figuras sintetizadas y composiciones geométricas donde la línea desaparece


Verónica Grech en su estudio de Avilés (Asturias), en julio de 2026.

NICO RODRÍGUEZ

Ángela Rico

Avilés - 02 AGO 2026 

Cuando Verónica Grech era una niña, en clase siempre se referían a ella como “la que dibujaba bien”. Tenía una habilidad natural. En el momento en el que se empezaron a encaminar los estudios, parecía que la opción más clara era Bellas Artes. Lo que no imaginó entonces era que acabaría ilustrando algunas de las cabeceras estadounidenses más influyentes desde su estudio en Asturias. “Cuando yo estudié, no se hablaba de ilustración, tampoco de cómic. Se estudiaba para ser artista, profesora, restauradora...”, recuerda Grech. “Era una gran lectora de cómic, pero no sabía que te podías dedicar a esto”, confirma.

Nació en Avilés y se licenció en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia. Pertenece a esa generación que vivió la transición entre el dibujo analógico y la revolución digital. Cuando empezó a trabajar, internet apenas comenzaba a transformar las profesiones creativas. Ella inició su carrera como diseñadora gráfica porque la ilustración no parecía una opción profesional. “En esa época fue cuando internet se popularizó. Mi interés por la ilustración surgió con internet; yo empecé como diseñadora gráfica, y de ahí di el salto”, explica Grech.

Ese recorrido dio un giro de 180 grados en 2013. Un trabajo para una revista canadiense llamó la atención de un director de arte del Boston Globe, que le encargó una ilustración para una portada relacionada con los deportes de invierno. Aquella imagen fue seleccionada posteriormente para una exposición de la Sociedad de Ilustradores de Nueva York y se convirtió en el punto de inflexión de su carrera. “Cuando publicas en un periódico de tanta tirada y te ven otros directores de arte, empiezan a llamarte”, explica.


Ilustraciones de Verónica Grech.

NICO RODRÍGUEZ

Esta historia resulta especialmente llamativa porque no siguió el camino habitual de muchos ilustradores españoles. Mientras intentaba abrirse paso en el mercado nacional, fue Estados Unidos quien primero entendió su lenguaje visual. “Incluso me han dicho que mi estilo no era muy español. Sin embargo, en Estados Unidos encajó. Mis imágenes creo que allí se leen bien”, considera. Ahora trabaja para algunas de las cabeceras estadounidenses más influyentes, como The Washington Post, The Wall Street Journal, Los Angeles Times, The Boston Globe o la revista femenina The Persistent. “La primera vez que me publicaron fue un subidón. Sentí muchísima emoción”, recuerda Grech, y reconoce que siente una especial afinidad por este tipo de medios que “hacen una labor de investigación muy importante, destapan escándalos y cuentan historias que ayudan a entender mejor el mundo”.

También ha trabajado con algunas marcas como Urban Outfitters, Vogue, Reebok, Desigual o Ford. Su trabajo ha sido reconocido por instituciones como la Society of Illustrators, American Illustration o Communication Arts Illustration. Su estilo es fácilmente reconocible. Durante años construyó un universo visual basado en grandes planos de color, figuras sintetizadas y composiciones geométricas donde la línea prácticamente desaparece. “Decidí que lo mejor era hacerlo sin línea. Mis ilustraciones se definen porque el propio dibujo lo generan los contrastes entre los colores. Me gusta mucho la geometría”, explica la artista.


Verónica Grech repasando una de sus ilustraciones.

NICO RODRÍGUEZ

En sus imágenes predominan los colores vivos, los personajes estilizados y una mirada optimista que rehúye el dramatismo, incluso cuando aborda asuntos complejos. “Quiero que mis ilustraciones gusten. Me gusta contar cosas que transmitan belleza, que arranquen una sonrisa. Me gusta hacer ilustraciones bonitas”, asegura Grech. Y admite: “Uso los colores a mi favor, juego con el color de una manera que no se espera”.

Detrás de la aparente universalidad de sus ilustraciones siempre asoma Asturias. Aunque sus trabajos hablan de moda, sociedad, cultura o estilos de vida contemporáneos, hay elementos que remiten una y otra vez al paisaje y al imaginario de su tierra. “Me encantan los chubasqueros amarillos, las camisetas de rayas o las gaviotas. Supongo que esa es mi influencia asturiana”, comenta. Esta huella se percibe con más claridad en algunos encargos. Estrella Galicia le pidió una etiqueta especial para celebrar el Día de Asturias y Grech imaginó una escena donde el protagonista era el puente romano de Cangas de Onís, varios personajes y unas madreñas voladoras.


Verónica Grech en su estudio.

NICO RODRÍGUEZ

Esa conexión con su territorio convive con proyectos de alcance global. Una de sus ilustraciones terminó formando parte de una campaña de la marca de helados Serendipity y acabó apareciendo en un videoclip protagonizado por Selena Gomez y BLACKPINK. Otra colaboración con la tienda Urban Outfitters hizo que sus dibujos se convirtieran en pósteres distribuidos por las tiendas de la firma estadounidense.

Después de años trabajando en digital, Grech parece estar regresando al origen. “He recuperado el rotulador y el papel. Quiero volver a la esencia. También al dibujo en blanco y negro”, cuenta, y matiza: “Cuando dibujo para prensa, es algo en lo que necesito ser rápida, entonces trabajo con la tablet; en prensa se trabaja en digital”.

Actualmente, desarrolla un proyecto personal centrado en retratar escritoras como Joan Didion o Sylvia Plath, mientras continúa colaborando con medios internacionales. Una vuelta a lo manual que no supone una ruptura, sino una nueva etapa dentro de una trayectoria construida con paciencia. Porque si hay una idea que atraviesa toda su historia, es la misma que repite cuando habla de su oficio. “Esto es una carrera de fondo, no un sprint. El estilo se va creando con los años. El estilo evoluciona, ya que se construye a partir de tus vivencias, tus intereses, tu personalidad. Si veo trabajos míos de hace años, hay alguno que cambiaría totalmente”, asegura la ilustradora. Al fin y al cabo, toda su carrera parece darle la razón. Desde Asturias, casi sin hacer ruido, acabó encontrando su sitio en alguna de las cabeceras más influyentes del planeta.


El Pais


sábado, 1 de agosto de 2026

Aventuras con un parche en el ojo

 EL FARO DEL FIN DEL MUNDO 

Una leve intervención ocular invita a repasar la lista de grandes personajes tuertos de la historia y la ficción


El conde Von Stauffenberg, en el centro con el parche en el ojo.

ZDF / Karl Höffkes


Jacinto Antón

23 MAY 2026

Una leve intervención ocular que me ha hecho llevar tapado el ojo izquierdo unos días y luego ver muy borroso (no se les ocurra ir a visitar así, como hice yo, la exposición Desenfocado, que acoge ahora Caixaforum Barcelona) me ha conducido a repasar la lista de grandes personajes tuertos de la historia y la ficción. Cuando vives la experiencia en tu propia piel, descubres, aparte del aire aventurero y fiero que te da el parche, lo de muy mala leche que te pone no ver por un lado, y lo difícil que es, por ejemplo, batirte en duelo o mirar por un catalejo si te equivocas de ojo.

Cada cual tendrá sus tuertos favoritos, pero yo, si he de escoger, me quedo de entrada con dos, uno real y otro ficticio. El primero es Claus von Stauffenberg, el valiente coronel del Estado Mayor alemán que le puso la bomba a Hitler en las postrimerías de la II Guerra Mundial. Stauffenberg había perdido el ojo izquierdo (el mismo que llevo tapado mientras escribo estas líneas) en Túnez, en febrero de 1943, a causa de un ataque aéreo que le costó también la mano derecha y dos dedos de la izquierda, entre otras heridas. Cómo, mutilado así, pudo introducir y montar su artefacto explosivo en la Guarida del Lobo es sorprendente (y explica en parte que fallara). Me imagino la sensación opresiva de sentirte tan limitado en el cuartel general del Führer, rodeado de tantos nazis y observando a Hitler solo a medias, y se me hace un nudo en el estómago. También me pongo con mucha angustia en el lugar de Stauffenberg mirando con su único ojo en sus últimos momentos al pelotón de fusilamiento a la luz de los faros de un coche en el patio del Bendlerblock, la noche de la fracasada Operación Valquiria.



Alain Delon con Claudia Cardinale, en 'El Gatopardo'.

Como al mutilado conde, le faltaba un ojo también a otro arrojado personaje de la segunda contienda, John Pendlebury, arqueólogo y agente británico fusilado por los enojados paracaidistas alemanes —Pendlebury había organizado la correosa resistencia local— durante la sangrienta invasión aerotransportada de Creta en mayo de 1941. En este caso, el ojo era también el izquierdo, aunque la pérdida fue de niño al herirse con unos espinos. Ambos, Stauffenberg y Pendlebury empleaban ojos de cristal (yo no he tenido que llegar a tanto, afortunadamente), alternando con el parche. Y se cuenta que Hitler pidió que le enviaran el ojo (artificial) del británico para certificar su muerte. Un tercer militar sin un ojo que combatió en la Segunda Guerra Mundial es el muy condecorado francocanadiense Léo Major, le fantôme borgne, el fantasma tuerto, que lo perdió (el izquierdo) en 1944, poco después de desembarcar en Normandía y a causa de la granada de fósforo arrojada por un SS. Ello no fue óbice para que continuara en la brecha y hasta como francotirador (!), y capturara en los Países Bajos, él solo, a 93 soldados alemanes, con lo complicado que sería contarlos. Luego se reenganchó para luchar en la guerra de Corea. Varios pilotos volaron con un único ojo en la segunda contienda, entre ellos el piloto de Zero japonés Saburo Sakai. El as de la Luftwaffe Karl-Wilhelm Hofmann usaba un parche porque a resultas de una herida en el izquierdo, no enfocaba bien.


Kirk Douglas como Einar, en la película 'Los vikingos', de 1958.

Decía que tengo un tuerto de ficción favorito, y este es el inolvidable vikingo Einar que encarna Kirk Douglas en Los vikingos, de Richard Fleischer (1957). A Einar, que había perdido el ojo (también el izquierdo: estoy en sintonía) al lanzarle a la cara su rival y hermano putativo Eric (Tony Curtis) un halcón, que ya es manera de que te desgracien la vista, le recuerdo sobre todo tratando de ajustar la visión con el parche para lanzar hachas a fin de cortar las trenzas a una joven acusada por su marido de adulterio (con el propio Einar). Eso es más desaconsejable con un solo ojo incluso que visitar la exposición Desenfocado.

En lo de perder un ojo, por cierto, Einar no hacía sino seguir la tradición escandinava que nos lleva a otro ilustre tuerto, el dios Odín, del que se dice que sacrificó uno de los suyos (de nuevo el izquierdo) para obtener el don de la visión profética. Los cómics de Thor y sus versiones cinematográficas muestran a su padre Odín con un parche dorado, incluso a veces integrado en el casco asgardiano. Sin salir de Marvel, tenemos ese gran tuerto (ojo izquierdo, a causa de la metralla nazi) que es Nick Fury.


James Joyce y Silvia Beach, revisando las reseñas sobre 'Ulises'.

Si hablamos de parches en el ojo, es obligado referirnos a los piratas. El más famoso de ficción, Long John Silver no llevaba (bastante tenía con lo de la pierna), pero la iconografía clásica suele brindarnos piratas, bucaneros y corsarios tuertos, entre ellos el patoso Ragetti de Piratas del Caribe. En realidad, parece que el uso del parche era para conservar la buena visión de al menos un ojo al pasar de la cubierta del barco a los niveles inferiores y viceversa sin deslumbrarse, de forma que se podía apuntar mejor las armas personales y la artillería del buque. No sabría decir, aún no he practicado lo bastante. El único otro pirata con problemas de visión que me viene a la cabeza es Pew, nefasto y malhadado mensajero de La isla del tesoro, pero era totalmente ciego: no sé si vale por dos piratas tuertos.


Angelina Jolie, en una imagen de 'Sky captain y el mundo del mañana'.

En el mundo clásico tenemos los cíclopes, a los que se puede considerar bastante tuertos. Las hermanas grises, engañadas por Perseo, tenían un solo ojo para las tres. Uno de mis romanos favoritos, Horacio Cocles, el héroe del puente Sublicio y de Macaulay, capitán de la puerta, defensor de las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses, se apellidaba así, Cocles, por ser tuerto, a causa de un combate según algunas fuentes. Curiosamente, al igual que Cocles, uno de los personajes míticos de Roma, era tuerto también el mayor enemigo que tuvo la ciudad eterna: Aníbal. El general cartaginés perdió el ojo derecho (y todos sus elefantes menos uno, que debían costar un ojo de la cara, y perdón por el chiste) durante el arduo cruce de los Alpes para invadir Italia, lo que no le afectó para conseguir victorias con gran visión estratégica como la de Trasimeno o la de Cannas.

Tuerto asimismo (ojo derecho), a causa de una flecha que le hirió durante la campaña contra la colonia ateniense de Metone, era el padre de Alejandro Magno y creador del ejército que le permitió conquistar Asia, Filipo II de Macedonia. Le trató la herida (gracias desde aquí por la información oftalmológica a los doctores Miserachs y Castillo) el célebre médico griego Critóbulo, un as en el uso de la así llamada “cuchara de Diocles”, instrumento muy efectivo para retirar puntas de flecha.




Gijs Naber como Hagen en la serie sobre el personaje.

Stanislav Honzík (Constantin Film)

No tuvo la suerte de Filipo de sobrevivir a un flechazo en el ojo el rey sajón Harold, alcanzado durante la batalla de Hastings (1066), así que solo podemos considerarlo tuerto un rato muy corto. También sería tuerto Hagen, el legendario guerrero rival y némesis de Sigfrido, lo que no le impidió acertarle al héroe donde más le dolía.

Entre los militares famosos tuertos destaca, por supuesto, Moshé Dayán, al que le quedaba el parche como a nadie (he tratado de colocármelo así y no es fácil, claro que yo tengo mucho más pelo). Perdió el ojo (izquierdo) cuando luchaba en la Segunda Guerra Mundial contra los franceses de Vichy, al recibir un disparo mientras miraba por los prismáticos y entrarle cristales en el globo ocular. He de matizar que si buscamos a alguien que haya ejemplificado lo bien que puede quedar un parche de ojo (en este caso provisionalmente) hemos de referirnos a Alain Delon encarnando al guapo Tancredi Falconeri, el oportunista sobrino garibaldino del Príncipe Fabrizio de El Gatopardo. Ahora caigo en la casualidad de que un tuerto que nos impactó tanto en nuestra juventud (gracias por recordármelo, Toni Polo), el irredento malvado Falconetti de Hombre rico, hombre pobre, tenía un apellido casi homónimo del personaje de Lampedusa. ¿Casualidad o un guiño (!) del novelista Irwin Shaw al clásico?




Moshé Dayán, político y militar israelí, habla ante la prensa en Tel Aviv en su primera comparecencia tras tomar posesión como ministro de Defensa del país, el 3 de junio de 1967.

AP

También era tuerto el general Wavell (ojo izquierdo, Ypres). Y en la ficción, al igual que el Stauffenberg de Tom Cruise en Operación Valquiria, el coronel de la Abwehr Max Radl (James Duvall) en otra película de nazis: Ha llegado el águila. Ah, y casi me dejo al almirante Nelson (ojo derecho, al entrarle tierra de un cañonazo en el asedio de Calvi), que debía guiñarle el bueno a Lady Hamilton. Entre las mujeres tuertas, la princesa de Éboli (gran combinación de parche en ojo derecho con gorguera). Se le atribuye sufrir estrabismo (severo) o haber recibido una estocada de florete practicando con un paje, que es más romántico (y doloroso). Otra mujer con parche era la piloto de Fórmula 1 María de Villota (ojo derecho, terrible accidente como piloto de pruebas para Marussia en 2012, a resultas del que murió un año después tras parecer recuperarse).


La piloto de carreras María de Villota.

efe

En este repaso no podemos dejar de mencionar cuántos directores de cine han sido, paradójicamente, tuertos: Fritz Lang, John Ford, Raoul Walsh, Nicholas Ray y —da que pensar— no les salieron malas películas. Sin dejar el cine, mezclando actores y personajes, Rochefort, el secuaz de Richelieu, que lleva parche en las adaptaciones cinematográficas de Los tres mosqueteros, pero no en la novela; Elle Driver, la asesina tuerta de Kill Bill; Sammy Davis Jr., Peter Falk (retinoblastoma en el ojo derecho), el Snake Plissken de Kurt Russell de Rescate en Nueva York (1980), la aviadora naval Francesca Cook de Angelina Jolie en Sky Captain and the World of tomorrow, el villanesco Diácono de Dennis Hopper en Waterwold, el pistolero cazarrecompensas Rooster Cogburn de John Wayne y (remake) Jeff Bridges en Valor de ley… Incluso a Sauron lo podríamos considerar tuerto, ya que estamos.


Jeff Bridges, en el 'remake' de los hermanos Coen de 'Valor de ley'.

Pintores como Degas sufrieron problemas oculares. No olvidemos al torero del parche, Juan José Padilla, El pirata (ojo izquierdo, cornada). Entre los escritores, Alice Walker, Tísner y Joyce (glaucoma, ojo izquierdo). Y Rushdie, tras el último atentado.

Y hasta aquí hemos llegado, que se me emborrona ya la vista: “Este que —de Neptuno hijo fiero—/ De un ojo ilustra el orbe de su frente,/ Émulo casi del mayor lucero”, Polifemo.


El Pais Sábado 23 de mayo de 2026



jueves, 30 de julio de 2026

El castillo, el teleférico y los nazis

 EL FARO DEL FIN DEL MUNDO

Regreso al Schloss Adler y a ‘El desafío de las águilas’

Un entusiasta y divertidísimo libro de Geoff Dyer invita a revisar la icónica película bélica de Richard Burton y Clint Eastwood y la novela de Alistair MacLean

Clint Eastwood, Richard Burton y Mary Ure en una escena de 'El desafío de las águilas'.

Pictorial Press Ltd (Alamy Stock Photo)


Jacinto Antón

18 JUL 2026 


Me ha sorprendido descubrir cuánta gente conocida es fan de la película El desafío de las águilas (1968) y del autor de la historia, escrita directamente para la pantalla, Alistair MacLean, que la convirtió luego en una novela tan estupenda como el filme. Entre los que admiran la película de Brian G. Hutton y al autor escocés están nada menos que Michael Ondaatje, el novelista de El paciente inglés (una historia bastante más sutil, ciertamente), Steven Spielberg, que la ha destacado como su favorita del género bélico, y un escritor que me encanta desde que leí su preciosa —especialmente la primera parte— Amor en Venecia, muerte en Benarés (Random House, 2010), Geoff Dyer.

Con Dyer nos unen varias cosas: somos casi de la misma edad (68 años, él unos meses más joven), a los dos nos gusta viajar y hemos tenido desencuentros con la aurora boreal —véase el capítulo al respecto en su libro Arenas blancas (Random House, 2017)—, y nos tiene robada el alma la espada Stormbringer del Elric de Melniboné de Michael Moorcock. Además, ambos hemos estado a bordo de un portaviones estadounidense en misión de combate para escribir una historia. Dyer embarcó en el USS George H. W. Bush y yo lo hice, con el fotógrafo Guillermo Cervera y mucho susto, en el USS Harry S. Truman, también puro musculado estrépito. De mi estancia salió un reportaje y de la del escritor un libro estupendo, Another great day at sea (Pantheon Books, 2014). Tanto él como yo éramos de largo los mayores en nuestros barcos y Dyer el más alto.

Geoff Dyer.

Agence Opale (Alamy Stock Photo)

Pues bien, el otro día, husmeando por la librería Foyles de Londres fui a dar con un librito (120 páginas) del escritor que no tenía ni idea de que existía. Se trata de Broadsword calling Danny Boy (Penguin, 2018) y al tomarlo en mis manos me puse literalmente a temblar de emoción (y mira que hacía calor en Londres). El libro está consagrado a hablar de la película El desafío de las águilas y su título alude, como habrán deducido los fans del filme, al código radiofónico que usa el mayor británico Jonathan Smith (Richard Burton) para comunicarse con los que lo han enviado, junto al teniente estadounidense de los Rangers Morris Schaffer (Clint Eastwood) y la agente Mary Ellison (Mary Ure), a una peligrosa misión de comandos en un castillo nazi, Schloss Adler, el Castillo de las Águilas, en las montañas bávaras. En la versión española de la película, el código, que Smith/Burton emplea en diversas comunicaciones, con su inolvidable énfasis shakespeariano, era “Espada llamando a Daniel”. En inglés la frase se ha convertido en un lugar común instalado en la psique nacional.

Descubrir que Dyer es un apasionado de El desafío de las águilas, Where eagles dare, Donde se atreven las águilas, que es el título original de esa apoteosis de la aventura con castillo, teleférico, nazis y agentes dobles y triples, me ha encantado. Pero es que al leer el libro me he enterado de que compartimos todavía muchas más cosas de lo que creía. Por ejemplo, Dyer cita con entusiasmo el libro que yo también tengo The nazis, de Piotr Uklański (Patrick Frey Edition 1999), un volumen convertido casi en obra de culto que recoge a toda página 164 fotos de actores de cine que se han caracterizado de personajes del III Reich para otras tantas películas. Están ahí en uniforme pardo o negro, desde Robert Duvall y Michael Caine en otra peli de águilas, Ha llegado el águila, hasta Lee Marvin y Charles Bronson en Doce del patíbulo, pasando por James Coburn en La cruz de Hierro, Marlon Brando en El baile de los malditos, James Mason como el Rommel de El zorro del desierto, Ralph Fiennes en La lista de Schindler, Helmut Berger en Salon Kitty o Robert Vaughn en El puente de Remagen, entre otros muchos.


Derren Nesbitt (de negro SS), Anton Diffring y Ferdy Mayne encarnando a los nazis principales de 'El desafío de las águilas'.

LANDMARK MEDIA (Alamy Stock Photo)

Dyer habla en Broadsword calling Danny Boy de su pasión juvenil por el Action Man con la equipación de patrulla de esquí que remite tanto a Los héroes de Telemark, otro atrevido raid y otra gran película, como a las parkas blancas de las rudas tropas de montaña alemanas, Gebirgsjäger, los tipos de la Edelweiss, que custodian el abrupto reducto alpino de El desafío de las águilas y con cuyo uniforme se disfrazan Burton y sus comandos. También confiesa su fascinación por la metralleta Schmeisser y la pistola Luger (esos iconos de la Segunda Guerra Mundial y que en nuestra inocencia de niños de los años sesenta pedíamos por Navidad). Y su largo romance con las maquetas de aviones para ensamblar de Airfix (sus favoritos son el B-17 y el Avro Lancaster). Vamos, Dyer, uno de los nuestros (o nosotros unos de los suyos).

El libro, dice su autor, es un “inventario narrativo de mi propio repertorio de detalles y observaciones, acumulados a lo largo de muchos años y múltiples —y a menudo parciales— visitas”. Vamos, que dicho de otra manera, es un recorrido personal por El desafío de las águilas, “que forma parte de quien soy”, en el que Dyer desmenuza el argumento y profundiza en aspectos que le interesan o divierten. En buena medida es una gran, genial gamberrada, llena de ingeniosos y a veces disparatados comentarios de ribetes montepythonianos, juegos de palabras y mucha ironía, y que ofrece abundante información sobre la creación y desarrollo de la película. Por ejemplo, el fallo de que salga un helicóptero Bell 47, que no existían aún, pistolas con silenciador dignas de las pelis de James Bond o que uno de los mandos alemanes tenga el rango de Reichsmarschall, que solo ostentaba Goering.


El escritor Alistair MacLean.

National Portrait Gallery London - www.npg.org.uk (National Portrait Gallery London)

Dyer comienza con la primera secuencia, en el avión que lleva a los comandos y que sobrevuela un paisaje alpino nevado mientras se suceden los títulos de crédito. Subraya que aunque parezca que estamos en un filme de horror de la Hammer dirigiéndonos al castillo de Drácula en Transilvania, nos encontramos a bordo de un Ju-52 capturado a los alemanes. Pasa a describir a los siete pasajeros, entre ellos Burton y Eastwood. Apunta que la razón de Burton para meterse en esta película es claramente monetaria: sacará un montón de dinero que le servirá para comprar a su moderna Cleopatra (Elizabeth Taylor) cosas como un reactor privado o joyas fastuosas, entre ellas el diamante Krupp y la perla La Peregrina. De hecho, Liz visitará a menudo el set de rodaje (los contratos de ambos estipulaban que tenían que poder comer juntos) y se hará fotos con Burton y el resto del elenco caracterizados de militares alemanes. A Burton le convence para participar en la película, además de la pasta, el que Gregory Peck haya quedado tan digno protagonizando ocho años antes la similar, aunque climatológicamente tan distinta, Los cañones de Navarone.

El autor recuerda que el título de la película (y la subsiguiente novela) no es de MacLean, que era muy malo poniéndolos, sino que, aunque suena al lema del SAS “Who dares wins”, quien se atreve vence, lo inspiró el nombre del propio castillo, Adler, y es en realidad de Shakespeare, del Ricardo III, cuando se dice que el mundo está yendo tan mal que los chochines cazan donde las águilas no se atreven (dare not) a posarse.


Clint Eastwood con una Schmeisser en el set de rodaje de 'El desafío de las águilas'.

Dyer comenta con bastante sorna el personaje de Eastwood, con un peinado “post-Elvis”, señala, y un laconismo y falta de expresividad dignos de un pistolero con poncho. Dice de su método actoral que su único registro es entrecerrar los ojos, lo que lo hace monosilábico en términos de expresión facial. Al respecto, lo compara con Steve McQueen, maestro, dice, en la manifestación de una nada interior, y con otros actores sobrios como Charles Bronson o Marvin. Al que no se le puede aplicar lo de actor sobrio es a Burton, que, esto lo recuerda Jack Webster en su biografía de Alistair MacLean (Chapmans, 1991), paró, para charlar con el escritor, una escena en la que debía trepar por un muro y en una hora y media se zampó cinco vodkas largos. Entonces volvió al set y subió el muro sin contratiempos. En un encuentro posterior, el actor y MacLean, que bebía como un escocés, se liaron a puñetazos y Burton acabó en el suelo de un derechazo a la nariz.

El autor reflexiona sobre el grado de eficacia de las operaciones secretas del SOE británico tras las líneas enemigas (cuestionando de paso el concepto) y trae a colación a John Keegan y a Max Hastings y el juicio de ambos de que la aportación de ese tipo de guerra no fue mucha. El comando tiene que rescatar a un general capturado que posee secretos sobre la apertura del segundo frente, pero Burton tiene su propia agenda (y valga la palabra dado que las agendas tienen un papel tan importante en la trama; como lo tiene la Escopolamina).

Las escenas en el teleférico —el castillo es tan inaccesible que deja Colditz a la altura de un balneario— son de lo más emocionante del filme, sobre todo para los que se caen. Dyer les dedica espacio a esas escenas y también a la de la reunión en que se enreda y se desenreda el intríngulis de espionaje de la historia y ya no sabes quién es quién (siempre hay un último giro), excepto el bueno de Clint Eastwood que frunce el entrecejo más de lo habitual. Dyer relaciona la escena con la de la taberna de Malditos bastardos de Tarantino, una de las muchas influencias de El desafío de las águilas en ese filme.



Foto publicitaria de 'El desafío de las águilas'.

Aunque Dyer se empeña en buscarle carga erótica a la relación entre el SS-Sturmbannführer Von Hapen (Derren Nesbitt), “la bestia rubia”, y las dos chicas en el bando de los buenos, Mary y Heidi (Ingrid Pitt), sugiriendo incluso que el nazi, tan malo que sale dos veces en el libro de Uklanski, trata de montar un trío, la verdad es que en El desafío de las águilas como en otras pelis y novelas de MacLean no hay prácticamente sexo: todo va demasiado deprisa y el escritor era bastante puritano. Lo más libidinoso es la manera en que Eastwood lubrica la Schmeisser.



El Pais Sábado 18 de julio 2026


Gato por liebre por Antonio Hernández Palacios

Es un trabajo divertido y apasionante, pero duro, el resucitar gentes que fueron, imaginando su entorno en un intento de reconstrucción visual. Analizar su tiempo y circunstancias leyendo todo lo escrito sobre los que tratamos de recuperar del olvido para ponerlos de nuevo en pie, con una imagen creíble y adecuada.

Pero no basta leer. Hay que digerir lo leído para encontrar la forma de transmitirlo gráficamente en una sucesión de viñetas que harán de nuestro lector un analista visual de cada página. Ese análisis iconográfico es imprescindible si se desea disfrutar de esta suerte de narración dibujada, ya que hay detalles en una viñeta, nunca caprichosos, que unos verán y otros no. Todo un clima que intenta contarnos cosas, reforzado por los textos en bocadillos o globos, la palabra de nuestras gentes o las apoyaturas escritas para aclarar conceptos que la imagen nos propone.

Una narración inventada, pero casi siempre nacida en el pasado, en la historia, en lo ya sucedido y casi siempre olvidado. A veces, en el más documentado trabajo biográfico se producen lagunas que los historiadores no han podido salvar. Nada nos impide tapar esos huecos con imaginación, en una emocionante pirueta de que casi siempre carecen los austeros y voluminosos libros de historia. Creo que hasta podríamos hacer digerible la interminable nómina de los reyes godos, siempre evitando la pretensión de dar gato por liebre.


El Pais. Historia de los Comics. Clásicos y modernos. Capítulo 10. Año 1987


















El Cid. La Toma de Coimbra por Antonio Hernández Palacios (páginas 12 a 28)




miércoles, 29 de julio de 2026

BIENVENIDOS A MI BIBLIOTECA : KENNY RUIZ

 EL RINCÓN DE LOS LECTORES


¿Sería España un cruce de caminos para el cómic? En cualquier caso, sus autores se nutren del cómic estadounidense, el franco-belga y el manga, y esa mezcla de influencias ha dado lugar a Télémaque y Team Phoenix.

¿Tienes muchos libros?

RUIZ Más libros que espacio para guardarlos. ¡A medida que compro más, se van formando terribles montones de cómics!

¿Qué libros te influyen?

> Los libros de arte de películas, los cómics cuya composición y narrativa me gustan. Releerlos a veces me ayuda a desbloquearme. También hay libros de arquitectura o de fotografía.

¿La lectura ocupa mucho de tu tiempo?

> Un poco menos. Hubo una época en la que pasaba todos los domingos leyendo cómics, ¡y era el mejor momento de la semana! Ahora sobre todo le leo Petit Poilu y Pokémon a mi hijo de cuatro años. ¡Jaja!

¿Y tú, cuál es tu primer recuerdo de lectura?

> ¡Me encantaban las pequeñas historias que venían en las cajas de mis G.I. Joe! También me gustaba mucho El Capitán Trueno, un cómic de aventuras español que recibía en casa, y los X-Men que compraba mi hermano mayor.

¿Tuviste enseguida ganas de hacer cómics?

> Me encantaba inventar historias cuando jugaba con mis figuritas. Dibujar fue una evolución lógica, para poder contárselas a mis compañeros de escuela. Durante mucho tiempo fui «el niño que dibuja en clase».

¿Conocías Spirou y el cómic franco-belga?

> Astérix era el único cómic de la biblioteca de la escuela. Más tarde, cuando fui a estudiar a Barcelona, a la escuela Joso, descubrí un universo de cómic infinito y variado con autores como Frank Pé, Marini, Alex Alice, Loisel o Buchet. Solo conocía Spirou de nombre, aparte de algunos álbumes de Le Petit Spirou. Cuando Munuera y Morvan retomaron el personaje, me fascinó su trabajo. Mi Spirou favorito sigue siendo Paris-sous-Seine [Paris bajo el Sena, volumen 47 de Spirou y Fantasio] , incluso después de haber leído los clásicos de Franquin y Tome y Janry.

¿Y ahora, qué lees?

> Bastantes mangas: L'Atelier des sorciers, Radiant, Yotsuba &! y Gunnm. Pero también novelas gráficas como Oleg, de Frederik Peeters, Le plongeon, de Victor L. Pinel y Séverine Vidal  [La inmersión, publicado por Nuevo Nueve en España]. Me encanta el Lucky Luke de Matthieu Bonhomme, Blacksad o Contrapaso, de Teresa Valero. Y, por supuesto, los X-Men, mientras los dibuje Pepe Larraz.

¿Y literatura?

> Me gustaría leer más. En este momento estoy releyendo Dune y relatos de Phillip K. Dick. ¡Mis amigos me han hecho millones de recomendaciones que nunca consigo leer!

¿Y tú, qué nos recomiendas?

> El juego de Ender, de Orson Scott Card, y Siddhartha, de Hermann Hesse, dos libros relativamente cortos. Cada uno, a su manera, cambió mi comprensión de la vida.


P. S.


Entrevista encontrada en la revista Le Journal de Spirou, pero no se en que número de los más de 4000 que cumple ya la revista de comics. 




martes, 28 de julio de 2026

Entre el laberinto y la mazmorra


Un fotograma de la película 'Backrooms', de Kane Parsons.

Ent-movie / Alamy / CORDON PRESS

Marta Peirano

25 JUL 2026

Dédalo creó el laberinto para guardar un oscuro secreto en el corazón de una familia real. El minotauro era hijo de un encuentro prohibido entre Pasífae y un toro blanco que Poseidón le había regalado a su marido Minos, rey de Creta, para apoyar su derecho al trono. Minos tenía que sacrificar al toro en honor al dios, pero el animal es tan bello que decide quedárselo y matar a otro en su lugar. Como castigo por el engaño, los dioses instalan en su esposa un deseo salvaje por el animal, al que seduce paseándose con un lomo de madera con la forma y la piel de una vaca. De esa unión nace un hijo monstruoso y divino, un minotauro llamado Asterión.

El rey le encarga a Dédalo una prisión para esconderlo. De esta colaboración entre la culpa y el ingenio nace una arquitectura con forma de cerebro, con un camino serpenteante cuyos giros conducen al centro una y otra vez. Es tan intrincada que ni su creador es capaz de encontrar una salida, y se tiene que fabricar unas alas para poder escapar, aunque paga un precio alto por el atajo. El mundo antiguo no perdona ni al apuntador. El plan tiene éxito, el minotauro está atrapado. Pero tiene hambre. El precio para mantenerlo a raya es más alto aún.

Minos debe sacrificar a siete jóvenes y siete doncellas cada nueve años, que manda traer no de Creta, sino de Atenas. Un detalle finísimo sobre los tributos del trauma que merece ser contado en otra ocasión. Lo importante es entender que el laberinto no es un acertijo que se resuelve con ingenio o del que se sale con fuerza bruta, sino una arquitectura diseñada para esconder un secreto monstruoso que devora vidas inocentes con su oscura potencia destructiva. Teseo sale victorioso porque recorre el camino sin coger atajos y se enfrenta al monstruo voluntariamente, pero también porque tiene la ayuda apropiada. El hilo de Ariadna es el vínculo con el mundo que lo ayuda a regresar.

En Backrooms, la película de Kane Parsons, la puerta al otro lado está escondida a plena luz fluorescente en el sótano de una tienda vacía de muebles pirata. El dueño es Clark (Chiwetel Ejiofor), un divorciado alcohólico y emocionalmente inestable al que encontramos con su terapeuta Mary (Renate Reinsve), autora de un libro titulado The Window Within (la ventana hacia adentro). Están revisitando la última conversación que tuvo con su mujer, y ella lo anima a romper el patrón escogiendo una ruta distinta.

¿Es este el sortilegio que accidentalmente genera el portal o ha estado esperándolo desde siempre? Sea como sea, la retórica psicoanalítica parece ofrecernos una ventana hacia el centro del subsconciente donde se almacenan los traumas que debemos enfrentar para enderezar nuestras vidas. Los protagonistas de Backrooms han perdido sus vínculos con el mundo, hay sacrificios de jóvenes y doncellas. Parece un laberinto, pero es su asfixiante hermano contemporáneo, cuyo nombre no viene del griego sino del inglés mediaval: maze.

Desde fuera parecen lo mismo, pero hay notables diferencias que delatan su naturaleza contrapuesta. El laberinto tiene un solo camino, que se expande de forma horizontal, como una isla, mientras que el maze se expande en vertical, como un garaje, y tiene muchos niveles con caminos múltiples incluyendo bifurcaciones, callejones sin salida y otras trampas diseñadas para perderse de forma improductiva. El laberinto sólo se parece a sí mismo y conserva la simetría de los animales bellos, con un centro perfecto que hace de corazón; mientras que el maze es una imitación enferma de la realidad que se expande de manera anárquica, como un tumor. Es un estado de burocracia infinita cuyo único objetivo es la parálisis y la ofuscación.

Uno representa el camino de la vida, una experiencia ritual de autoconocimiento en la que se liberan secretos que necesitan ser descubiertos, mientras que el otro es una trampa alienante que nos atrapa sin enseñarnos nada porque no tiene sentido ni solución. La banda sonora de la película, creada por Parsons y Edo van Breemen, mantiene esa cualidad que Freud llamó das unheimliche, la sensación siniestra de que algo familiar se ha vuelto extraño, de algo que parece que no es.

La backroom original nació como post anónimo de 4chan en 2019, en forma de foto borrosa de una oficina amarillenta y desierta, a medio camino entre el departamento de contabilidad de alguna antigua República Socialista Soviética y el pasillo de El resplandor. Decía: "Si no tienes cuidado y te sales de la realidad en las áreas equivocadas terminarás en los backrooms, donde no hay nada más que el olor a alfombra húmeda, la locura del amarillo monocromático, el intermitente zumbido de las luces fluorescentes y aproximadamente 600 millones de millas cuadradas segmentadas de manera aleatoria, en las que puedes quedar atrapado". Sobre esto se ha construido un universo de manera colectiva siguiendo el mismo proceso de la investigación creativa de la que nació QAnon y otras teorías de la conspiración.

La película es irrelevante fuera de este contexto. No está a la altura de los maestros a los que homenajea, de Kubrick a la Alicia de Disney y, sobre todo, Alien, el octavo pasajero, del que hereda el género del espacio cerrado con presencia desconocida, un guión de 12.000 palabras y la habilidad de sostener una hora y media de película sólo con ambientación. Pero esta cultura de los espacios liminares como manifestaciones puramente estéticas de mundos diseñados para vidas que ya no recordamos es tan potente y masiva que ha abierto una línea de investigación que podemos llamar arqueología del folklore de internet.

La aportación más notable, en este caso, es de la historiadora y comisaria italiana Valentina Tanni. Su ensayo Estéticas liminales (Caja Negra, 2026) cartografía estos espacios y elucubraciones que renegocian los límites de lo real. Son nuestros intentos de recomponer el mundo con los fragmentos de nuestra existencia híbrida en este mundo donde lo nuevo aún no ha nacido y lo viejo se resiste a morir.


Babelia Núm. 1.809 Sábado 25 de julio de 2026