lunes, 7 de agosto de 2017

Un cambio radical


En estos 20 años la historieta ha abandonado su escenario endogámico y ha avanzado en el reconocimiento social

ÁLVARO PONS


Viñeta de 'Jamás tendré 20 años', de Jaime Martín, que recreó la biografía de sus abuelos.

A finales de los años noventa, el mercado del cómic en España había olvidado ya esa burbuja de euforia y reconocimiento que supuso el llamado“boom del cómic adulto”. Las revistas de Toutain, Norma o Nueva Frontera habían dejado paso en los quioscos a los cómics en grapa de Marvel o Forum, que dominaban el mercado junto a la emergente fuerza del manga. El cómic español se refugió en el activo circuito de librerías especializadas nacido en esa década, que actuó de muro de resistencia permitiendo la popularización del cómic más mainstream, pero también de respaldo de una escena de edición independiente donde los fanzines resurgieron con fuerza, actuando de impulso para nuevos modelos editoriales como el de Edicions de Ponent, Inrevés o Sins Entido, que buscaban salir del círculo cerrado donde el cómic era publicado por editoriales que solo publicaban tebeos, para aficionados casi profesionales que compraban las publicaciones en librerías especializadas.


Casi 20 años después, el panorama no puede ser más diferente: el mercado y las formas de consumir el cómic han abandonado ese escenario endogámico y es casi imposible reconocer hoy herencias de la etapa anterior. El popular formato de cuadernillo sigue presente, pero ha sido ampliamente sustituido por el de libro, que ha permitido que la novela gráfica rompa antiguas fronteras y aparezca ahora de forma natural en librerías generalistas. Pero, además, se ha avanzado con claridad en el reconocimiento sociocultural de la historieta: del olvido mediático se ha pasado a una presencia cotidiana en los medios de comunicación, apoyada en el impulso de superación de prejuicios pasados que ha supuesto el Premio Nacional de Cómic. Un auténtico rompehielos que ha puesto en el punto de mira del interés social obras que han actuado a su vez de ejemplo y llamada a una increíble generación de jóvenes autores que, desde la ausencia de prejuicios creativos preconcebidos, ha irrumpido con fuerza en el panorama del cómic español.

Una situación que se ha aliado con un gran cambio del mercado editorial patrio hacia el cómic: las microeditoriales, que aprovechan los avances tecnológicos y los nuevos modelos de venta y distribución, junto con el renovado auge de la autoedición, la edición colaborativa y, también, la bajada de ventas del libro tradicional, han favorecido una nueva visión de las grandes editoriales, que ven ahora en el cómic un nicho de expansión de interés, expresado en la inclusión de colecciones de novela gráfica en su catálogo. Un proceso en el que, también, se han asumido como propios los problemas de la industria del libro, de las tiradas raquíticas a la ausencia de lectores y el reto digital, pero que posiciona al cómic ante una novedosa situación, tan ilusionante como impredecible.





Álvaro Pons (Barcelona, 1966) acaba de publicar ‘La cárcel de papel’ (Confluencias), una antología de artículos sobre cómics.



El Pais Babelia Nº 1.340 Sábado 29 de julio de 2017


El siglo de oro del cómic español


La explosión creativa de la novela gráfica conquista espacios antes vedados al tebeo

TEREIXA CONSTENLA





Ilustración de Kiko da Silva, para la portada de Babelia, que contiene referencias a 72 autores de cómic.






La hija del librero mallorquín Leonardo Sainz coleccionaba tintines. Cuando el librero editó una revista, Nosotros somos los muertos, su hija Ana sucumbió ante una estética que no entendía: el underground. Luego llegaron de la mano la adolescencia y el manga; y más tarde Bellas Artes y descubrimientos gráficos como Felipe Almendros. Meses después de la muerte del librero mallorquín, su hija Ana se refugió en Alemania para aprender técnicas de grabado. A la vuelta escribió y dibujó una historia, parcialmente autobiográfica, que arrancaba en el mismo punto en el que había perdido a su padre. La tituló Chucrut. Con un rotulador naranja y bolis de tinta negra, trenzó un relato que exorcizaba el duelo y aprovechaba un tren (el premio internacional de novela gráfica Fnac-Salamandra Graphic, que ganó en 2015).


Ana Sainz, que firma Anapurna (Palma, 1990), ha logrado que su primera obra se haya traducido al francés. Un hecho que habría resultado exótico en los días en que leía a Tintín. Y de eso, francamente, no hace tanto.

Un año referencial fue 2007: se creó el Premio Nacional y se publicaron ‘Arrugas’ y ‘María y yo’

Sin embargo, parece otra era. Como cada boom tiene su burbuja, en aquellos noventa se enterraba el fenómeno del cómix de adultos. Antes, con el franquismo racionando el entretenimiento, había arrasado el tebeo infantil, que acabaría desplazado por la tele. Así que, como afirma el guionista y crítico Santiago García en Spanish Fever (versión en inglés de Panorama, su antología sobre novela gráfica española, que aspiró a un Eisner), “si me hubieran preguntado en 1997, habría dicho que los cómics españoles estaban muertos y nunca regresarían”.

Más que regresar, se han transformado. Otro boom que tendrá acaso su burbuja dentro (entretanto disfruten de la música). Una fiesta creativa e intergeneracional, empujada por pequeñas editoriales sin pasado, nuevas tecnologías y estímulos internacionales como Persépolis, Blankets o Fun home. “Nunca antes, ni siquiera en los ochenta o noventa, ha habido tanto talento de autor, y no me refiero a mano de obra trabajando para la industria extranjera”, opina Jaume Bo­fill, director de Reservoir Books, el sello de gráfica que ha relanzado a Carlos Giménez, el visionario que se adelantó décadas a hacer memoria y crítica armado de viñetas (Paracuellos), y que pertenece a Penguin Random House, la primera editorial literaria que olfateó las nuevas posibilidades del tebeo y a la que secundarían, entre otras, Salamandra, Roca o Nórdica. “Aparecen escuelas de cómic, está Internet, viajar es fácil, y de tanto autor con afición, salen algunos muy buenos”, reflexiona Rafael Martínez, que fundó Norma hace tres décadas.


Página de 'Gran bola de helado', de Conxita Herrero.

Otro cómic era posible. El que se parece a cualquier otra novela, pero no es solo una novela. El que se parece a un libro ilustrado, pero no es solo un libro ilustrado. El que puede contarlo todo (desde la bulimia de Yo, gorda a la crónica periodística de Los vagabundos de la chatarra). El que lo mismo revive la revolución y represión asturiana en 1934 (La balada del norte) que indaga en la rabia de la generación que intuye que el futuro tal vez sea un mito (El mundo a tus pies). En definitiva, el que penetra en cualquier universo: adolescencias de navaja afilada, fantasías futuristas, ensayos sobre el aquí y el ahora, gestas mitológicas, urgencias sociales, ficciones noir, memorias de perdedores, crisis de identidad… El que, además de reír, puede hacer llorar. El que da al lector un arsenal de sensaciones similar al de una serie o una novela.

Y si alguna duda persistía sobre el exceso de optimismo, desde fuera del mundillo ayudan a despejarla. Se traducen más obras españolas que nunca. Se organizan exposiciones en museos (el IVAM le ha abierto las puertas de par en par). Las librerías generalistas venden cómics y la prensa (no solo especializada) habla de ellos. Se adaptan al cine. Quienes gestionan el legado de Hugo Pratt han elegido a Rubén Pellejero y Juan Díaz Canales (artífice a su vez, junto a Juanjo Guarnido, del fenómeno internacional Blacksad, una producción francesa) para revivir a Corto Maltés. Aunque para contener el entusiasmo, conviene aclarar que, salvo excepciones, las ventas son modestas. “Ahora hay más oportunidades para publicar, pero para vivir del cómic te tienes que ir fuera”, puntualiza Susanna Martín, dibujante de Alicia en el mundo real (Norma). Kiko da Silva, autor de El infierno del dibujante (Dibbuks) y fundador de la escuela de cómic O Garaxe Hermético, tiene otra visión: “Aquí tampoco nadie vive sólo de la literatura. Uno hace cómics porque necesita contar historias”.


Una página de 'Sansamba', de Susanna Martín e Isabel Franc.

Hay un año referencial: 2007. Ocurren algunas cosas. El Ministerio de Cultura crea el Premio Nacional de Cómic, que se estrena distinguiendo a un viejo rockero, Max, por las historietas de Bardín, el Superrealista (La Cúpula). Miguel Gallardo publica María y yo, donde cuenta unas vacaciones con su hija autista, con un trazo minimalista que atenúa la crudeza. Paco Roca relata la vida de un enfermo de alzhéimer en Arrugas. Aunque ambos ya habían publicado novelas gráficas — Gallardo, leyenda del underground por Makoki, fue un precursor de la memoria histórica con Un largo silencio en 1997—, estas se convierten en fenómenos comerciales, con versión cinematográfica incluida.

Detrás de ellos está Astiberri, una editorial creada en 2001 en Bilbao por Fernando Tarancón y Jesús Serrano, a partir de la librería Joker. “Teníamos el pequeño problema de los bilbaínos. Empezamos a pensar que aquí no se hacían las cosas tan bien como en Francia. Hasta 2000 apenas había editoriales independientes, aunque el fenómeno surge gracias a la tecnología, que te permite editar desde casa”, recuerda Tarancón. Al principio se conforman con traducir y, poco a poco, abren su catálogo a proyectos originales como la tetralogía Los viajes de Juan Sin Tierra, a partir de las experiencias del dibujante Javier de Isusi en América. “Lo que había sido el modus operandi de los noventa, el formato grapa, no nos interesaba nada. Era perecedero, sin durabilidad. Nos gustaba el formato libro de L’Association [editores de David B., Marjane Satrapi, Joann Sfar o Riad Sattouf]. Queríamos llegar a un público generalista y creíamos que había que hacerlo con un producto digno”.

Hacen llorar, además de reír. Dan al lector un arsenal de sensaciones similar al de una serie o una novela

Porque los lectores también habían cambiado. Antes los adultos leían tebeos por “nostalgia”, ahora “porque la lectura les resulta tan apetecible como la última novela de Paul Auster”, compara Santiago García en Supercómic (Errata Naturae). Pese a ello, el mercado español es débil. Y hay quien explica la efervescencia creativa por esta fragilidad. Como se vende y se paga poco, se constriñe menos. Pero Jaime Martín (Barcelona, 1966), que publica con la francesa Dupuis desde 2004 y que acaba de ganar el Premio a la Mejor Obra de Autor Español en el Salón de Barcelona por Jamás tendré 20 años (Norma), discrepa: “Yo siempre he hecho lo que he querido hacer”. Con tres décadas de historial, incide en un paradoja: “Para el lector es una etapa fabulosa porque hay más editoriales, se edita con más calidad y los temas son muy variados, pero los autores siguen estando mal”. Los franceses pueden multiplicar por 10 el anticipo de una novela gráfica en España. “Y no es porque los editores aquí sean tacaños, es porque el mercado es el que es”, aclara Martín, que contrasta las tiradas iniciales de sus libros en Francia (11.000) con las de España (2.500). Digamos que hay una edad de oro para el lector y una edad de hielo para el autor.

La opinión de Pablo Auladell (Alicante, 1972), último premio Nacional de Cómic por El paraíso perdido (Sexto Piso), es aún más cruda: “Las editoriales ofrecen una grandísima variedad de títulos, pero eso significa también que no apuestan por ninguno ni arriesgan. Muchos autores noveles no publicarán más que su debut”.

Conxita Herrero (Barcelona, 1993) ya lo ha hecho con Gran bola de helado (Apa Apa). Nació casi cuando se desvanecía el anterior fenómeno gráfico: “Tanto el talento de la gente como la calidad de las historias son altísimas, pero si la precariedad en que vivimos no mejora, terminará por deshincharse”. Y este boom tendrá también su burbuja.

El Pais Babelia Nº 1.340 Sábado 29 de julio de 2017

sábado, 5 de agosto de 2017

Los años 50: llega la modernidad

Franquin es la principal firma que acompaña al comic francobelga 'Modest et Pompon'
La pareja protagonista muestra la época dorada en la economía tras la II Guerra Mundial



GERARDO MACÍAS
02 Agosto, 2017




En los años cincuenta dio comienzo la edad dorada que iluminó la modernidad después de la Segunda Guerra Mundial. Esto fue así, en parte, gracias a que el diseño industrial se transforma en uno de los mitos optimistas de la década.

La serie Modeste et Pompon (1955) es un clásico del cómic francobelga nacido en la revista Tintin de los lápices del maestro André Franquin (1924-1997), que firmó ciento ochenta y tres historias de una sola página publicadas originalmente hasta 1959.

Modeste et Pompon son una pareja joven y moderna de su época, característica de los años cincuenta, que representa a la nueva burguesía surgida en Bélgica y en Francia fruto del auge económico posterior al final de la Segunda Guerra Mundial.

En forma de gags de una página, se nos invita a presenciar la cotidianidad de Modeste et Pompon, cuya vida está salpicada de desventuras domésticas relacionadas con los avances técnicos y los nuevos inventos que en aquel momento marcaban la modernidad y hoy en día se consideran vintage.

Estos personajes llegaron a España a finales de los cincuenta en la revista para chicas Florita, de Ediciones Clíper, con el título de Modesto y Pompón. En los sesenta se tituló Modesto Flequillo en el tebeo Jaimito de Editorial Valenciana. En 1983, la serie debutó en el semanario Zipi y Zape de Editorial Bruguera, rebautizada como Teo y Dorita.

Modesto se caracteriza por su gusto vistiendo, aunque suele terminar pintado, lleno de grasa o impregnado en cualquier sustancia a causa de los tres sobrinos de su amigo Félix, que le hacen blanco de sus travesuras; del propio Félix, empeñado en hacerle una demostración de su nuevo invento, que siempre sale mal; o del amor por su propio coche, un trasto que siempre se avería y cuya antigüedad contrasta con otras máquinas que aparecen en la serie.

Pompón, que debe su nombre a los pompones que lleva en el pelo, utiliza siempre el mismo vestido alegre, que cambia de colores y al que suele acompañar de una gabardina.

André Franquin tuvo guionistas en muchas entregas de esta serie. Destacan Greg, por ser el que más tiempo estuvo escribiendo, y Goscinny, creador de Astérix el galo. Greg fue el creador del señor Demorros, inspector de Hacienda y vecino de los protagonistas, mientras que Goscinny fue el creador de otro vecino, el señor Peñazo, un burgués entrometido e inoportuno.

Los señores Demorros y Peñazo nunca aparecen juntos, ya que se reservó cada personaje para el uso de su creador.

En 1955, Franquin era la estrella de Dupuis. Su Spirou era un éxito y su trazo influía en los autores de la época, incluyendo al español Francisco Ibáñez. La relación con su jefe, Charles Dupuis, era de plena confianza, pero cuando el dibujante se entera de que le han ocultado cifras de tiradas en varios de los álbumes y que, por lo tanto, le han hecho perder decenas de miles de francos en derechos de autor, se siente traicionado. El otro gran editor del mercado francobelga, Lombard, le ofrece publicar en la revista Tintin. Franquin acepta realizar sólo una página semanal, porque no ha roto contrato con Dupuis y se encuentra saturado de trabajo. Así nace la serie Modeste et Pompon.

Dupuis le recuerda que ellos han hecho de Franquin un autor de éxito y que la confianza ha ido más allá de una relación laboral. El artista, con la sensación de tener una deuda vital con Charles, claudica y, tras unas breves mejoras en su contrato vuelve al redil del que en realidad nunca se había escapado, pero los acontecimientos le llevan a trabajar al mismo tiempo en las dos grandes editoriales francobelgas del momento.

Hasta 1959, Franquin tiene que sumar a las páginas de Spirou, portadas e ilustraciones para la revista homónina, y la página de Modesto y Pompón para la revista Tintin. El autor abandona la serie por falta de tiempo, pero Modesto y Pompón es un gran entrenamiento para una obra posterior que le encumbraría: Gastón Elgafe.

Vistos hoy, los protagonistas de Modesto y Pompón resultan unos personajes tiernos, y la misma serie es todo un compendio de los años cincuenta, todo un catálogo de los coches de aquella década y también de los muebles y del nuevo estilo decorativo al que tan aficionado era el propio André Franquin.


Malaga Hoy


Black Adam y el supergrupo

30 Julio, 2017


'JSA DE JOHNS, 6' Geoff Johns, David Goyer, Carlos Pacheco y otros.ECC. 344 páginas. 32,50 euros.

La recopilación de la JSA debida al guionista Geoff Johns alcanza su sexto volumen con dos puntos de interés principal: por un lado, el arco argumental Reinado oscuro, que presenta el inevitable enfrentamiento entre Black Adam y el supergrupo (enfrentamiento desarrollado a caballo entre la cabecera de la Sociedad de la Justicia de América y la serie Hawkman), y, por otro, la memorable novela gráfica JLA/JSA: Virtud y vicio, coescrita por Johns y David Goyer y dibujada por el gran Carlos Pacheco. Todo esto, y algo más, en un tomo imprescindible que reúne la citada novela gráfica de 2002, los números 52 a 58 de JSA (2003-04) y los 23 a 25 de Hawkman (2004), con dibujos a cargo de Rags Morales, Don Kramer y Leonard Kirk.


Malaga Hoy



Una lectura sofisticada

30 Julio, 2017

'GREEN LANTERN PRESENTA: OMEGA MEN' Tom King, Barnaby Bagenda.ECC. 296 páginas. 25,50 euros.

Con tanta novedad en librerías, Green Lantern presenta: Omega Men corre el riesgo de pasar desapercibida. Y es una pena, porque el tebeo de ciencia-ficción y superhéroes firmado por Tom King y Barnaby Bagenda es uno de los mejores que ha publicado DC en esta segunda década del siglo XXI. King demuestra aquí una rica imaginación y un talento especial para la composición de personajes, y Bagenda es todo un descubrimiento, dotado por igual para la caracterización y el ritmo. "Mitad odisea espacial y mitad thriller político", como reza la cita de Wired, los 12 números que componen la serie The Omega Men (a los que se suma el gancho de Green Lantern en el título español) reviven aquella vieja serie de culto de Roger Slifer y Keith Giffen de la que nos quedamos prendados en la niñez y componen una lectura sofisticada y muy adictiva.


Malaga Hoy

Un héroe científico

30 Julio, 2017

'TOM STRONG: LIBRO 1' Alan Moore, Chris Sprouse. ECC. 384 páginas. 34,50 euros.

Todas las series creadas por Alan Moore en 1999 para la línea America's Best Comics (ABC) son sobresalientes, y es una buena noticia que ECC las esté recuperando paulatinamente en tomos recopilatorios. Completada ya la reedición de la que seguramente es la joya de la corona, Promethea (tres volúmenes, que siguen la edición Omnibus estadounidense), y también de Top 10 (que incluía dos volúmenes, uno con la serie propiamente dicha y otro con la novela gráfica The Forty-Niners más la miniserie Smax), le toca el turno ahora a uno de los personajes más queridos y carismáticos de toda la línea: Tom Strong.

Con su camiseta roja (decorada con un triángulo blanco invertido en el pecho), Strong es un héroe científico a la manera de Doc Savage, en la tradición de la mejor literatura pulp, esto es, una auténtica maravilla mental y física que vivirá (con su mujer, Dhaula, y su hija, Tesla) mil aventuras en todo tipo de ambientes exóticos y universos alternativos. Moore ofrece aquí un amplio catálogo de personajes y situaciones heredados de la literatura popular, y despliega una inventiva sin límites para hacernos gozar como niños con las aventuras de este personaje tan icónico y sencillo como los héroes de antaño, aunque tamizado, claro está, por la ironía y el filtro posmoderno.

El primero de los tres volúmenes de que constará la presente reedición de Tom Strong reúne los números 1 a 14 de la serie original, publicados por primera vez entre 1999 y 2001. El dibujante principal del asunto es el magnífico Chris Sprouse, de modo que ya pueden ustedes imaginar cuán delicioso es el resultado, y la nómina de artistas invitados bien merece la calificación de impresionante: Arthur Adams, Jerry Ordway, Dave Gibbons, Gary Frank, Alan Weiss, Paul Chadwick, Gary Gianni, Kyle Baker, Russ Heath, Pete Poplaski y Hilary Barta (eso sólo en este primer tomo). El libro se completa con una breve y bonita sección de bocetos de Sprouse y con una introducción firmada por el propio Moore, en la línea metaficcional de otros prólogos de la línea ABC.



Malaga Hoy

Puertas a la imaginación

'La granuja' de Peter Milligan y Sean Phillips es un tebeo inclasificable que ve al fin la luz en castellano, de la mano de la editorial ECC

JAVIER FERNÁNDEZ
30 Julio, 2017




'GRANDES AUTORES DE VERTIGO: PETER MILLIGAN Y SEAN PHILLIPS - LA GRANUJA' Peter Milligan, Sean Phillips.ECC. 224 páginas. 22 euros.

Del siempre excitante catálogo de Vertigo, nos llega la edición por parte de ECC de tres magníficas miniseries publicadas originalmente en la década de los años 90.

La primera de ellas figura dentro a la serie Grandes autores de Vertigo y lleva por título La granuja. Obra de Peter Milligan y Sean Phillips, este tebeo inclasificable ve al fin la luz en castellano, después de que Norma ofreciera hace años sólo tres de sus ocho números. Un psicópata hermafrodita, una criatura simiesca venida del espacio que afirma ser la semilla de Dios, padres que ocultan su pasado punk, el presidente de Estados Unidos, agentes gubernamentales y experimentos secretos se dan cita en este tour de force protagonizado por Anna Schwarz, joven estudiante de 21 años que comienza la historia decidida a hacer el amor con su novio y acaba arrastrada a un viaje psicodélico.

Personalmente, me declaro fan incondicional del guionista británico Milligan, del que sólo cabe esperar lo inesperado, como ha demostrado en una larga carrera que incluye lecturas tan potentes como Paradax, Skreemer, Shade: El hombre cambiante, Enigma, The Extremist, Blanco Humano o X-Force/X-Statix. Milligan no es tan popular como Alan Moore, Grant Morrison o Neil Gaiman, pero tiene tanta personalidad e imaginación como cualquiera de ellos. Les confieso también mi gusto por los dibujos de Sean Phillips, que no suele figurar en ninguna quiniela de los mejores artistas británicos, pero tiene en su haber virguerías como Wildcats, Sleeper o Criminal, en las que demostró con creces su enorme talento para la narrativa gráfica. Su estilo no está aquí tan depurado como en posteriores obras, pero el resultado es excelente y sujeta y complementa la poética desbocada de Milligan. El volumen reúne los números 1 a 8 de The Minx (1998-99), junto con dos historietas cortas que vieron la luz en la revista Vertigo Winter's Edge.

También en Grandes autores de Vertigo ha aparecido la reedición de Diosa, una espectacular fantasía con tintes ecologistas y mitológicos escrita por Garth Ennis y dibujada por el injustamente ignorado Phil Winslade, de quien, por cierto, sigue inédita en nuestro mercado una de mis series favoritas del catálogo de Vertigo, Nevada, en la que el dibujante inglés colaboró por primera vez con el gran Steve Gerber. El tomo contiene los ocho números de Goddess (1995-96), una bella galería de dibujos adicionales y una introducción del propio Winslade. Es una lectura de lo más recomendable.

Finalmente, el sello ECC ha recuperado también el clásico de Neil Gaiman Los libros de la magia, miniserie de cuatro números publicados en formato prestigio entre 1990 y 1991. Con imágenes -la mayoría pictóricas- de John Bolton, Scott Hampton, Charles Vess y Paul Johnson, el autor de Sandman nos lleva de viaje por el lado sobrenatural del universo DC, donde asoman personajes sugestivos como El Fantasma Errante, Doctor Occult, Mister E, John Constantine, Zatara, Madame Xanadu, El Espectro, Dr. Fate y muchos otros. Lo dicho, todo un clásico, antesala de la serie regular homónima.


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