viernes, 12 de abril de 2024

Mi amigo el bicho

Regresamos al condado de Essex County, un lugar donde lo cotidiano puede tornarse en cualquier momento hacia lo extraño, lo fantástico


JOSÉ LUIS VIDAL

12 Abril, 2024 

Paul Dupuis estaba algo cansado de convertirse siempre en la diana de las bromas de sus amigos. Uno de ellos incluso era su primo pero, a la menor ocasión, aprovechaba para meterse con él y obligarle a hacer cosas que, en principio, no eran nada agradables.

Nunca olvidaría la noche en la que tuvo que entrar en aquella tienda…

Lee David Simard sabía de sobra que tarde o temprano algo saldría mal en aquel camino que había tomado en su vida. La bebida, las drogas, le había conducido irremediablemente a un sendero en el que la violencia podía estallar en el momento más inesperado.

¿Por qué tuvo que entrar ese chaval en la tienda cuando él estaba robando?

Franny es una niña solitaria, abandonada por su fugada madre y conviviendo con un padre violento y alcohólico. Su único tesoro, solaz, es un inmenso granero donde ella ha construido su casillo, un lugar donde ir cuando quiere llorar, recordando los motes, las burlas de sus compañeros, que aún resuenan en su joven cabeza.

Por eso su tristeza se transformó en alegría cuando encontró, por fin, a un amigo.

Danny, el sheriff del lugar, tiene que apechugar con los comentarios cínicos de los vecinos, que no ven en él a un habitante más, sino a un perro de caza que, a la menor infracción, los meterá entre rejas sin pensarlo dos veces.

¿Dónde estará el fugitivo que ha robado en una tienda, dejando atrás a dos heridos?

Y mientras estos personajes deambulan por la trama argumental, las temidas moscas del agua han llegado para cubrir las calles, los coches, hasta el interior de las casas. Y es que se las ha bautizado como “efímeras” por su corto periodo vital, que llega a convertir sus cuerpos en una auténtica alfombra que cruje cuando se la pisa y huele muy, muy mal.

Pero en esta ocasión, el papel de estos insectos es diferente, ya que cambiarán a uno de los personajes protagonista, dándole un giro fantástico a este argumento que, en principio, se decantaba hacia el género negro pero en un ambiente rural.

Ya nada será igual para Paul, Lee, Franny y David.



Las efímeras 1

Autor: Jeff Lemire

Tapa blanda

Color

176 pags.

19 euros

Astiberri


Jeff Lemire, debido a su incansable labor como guionista, se ha convertido en una presencia casi fija todos los meses en las estanterías de las librerías españolas, jugando con los géneros con una habilidad increíble, a la vez que nos regala retratos de unos personajes que son muy humanos. Y en esta ocasión lo hace regresando a las tierras donde creció y vivió, así que conoce muy bien a sus habitantes, por lo que se lanza sin pensarlo a narrar como autor completo una nueva historia cita en Essex County.

Y lo hace con su estilo de dibujo, muy reconocible, y que nos vuelve a demostrar como ya lo hizo en 'Un tipo duro', 'Nadie, 'Royal City' o 'Cazarranas' (todas publicadas por Astiberri) que sabe narrar como nadie.

Tras la plaga de efímeras, este lugar ya nunca volverá a ser el mismo.


Malaga Hoy


miércoles, 10 de abril de 2024

KillTube: proyecto cinematográfico de Kazuaki Kuribayashi

 



Aquí tenéis el piloto de la película de animación japonesa llamada "KillTube", dirigida por Kazuaki Kuribayashi en un universo *Edo Punk*, y a través de su compañía Chocolate.

Este proyecto pretende ser (oficialmente en su comunicación) muy "experimental", deseando inventar nuevos métodos - y "108" experimentos (que serán documentados progresivamente) - para llevar a cabo este logro, en particular asociándose al colectivo de artistas Wachajack. , el estudio VFX Kassen y el estudio Dotou.

El piloto ya sugiere una gran mezcla de estilos y técnicas.

Lanzamiento previsto para 2026.


domingo, 7 de abril de 2024

Cómics sin viñetas o el viaje audiovisual a las fronteras del tebeo

Atrevimiento narrativo, versiones sonoras, obras de bolsillo y ensayos gráficos sobre desigualdad reivindican el noveno arte como el más libre y arriesgado

Tommaso Koch

Madrid

La mamá de Simon Hope ha hecho una tarta. Se muestra en la primera imagen: parece deliciosa, con un unicornio rosa en el centro. El lector, sin embargo, debe imaginar todo lo demás. Porque la señora Daisy y su hijo están dibujados como dos círculos, igual que el resto de los personajes de El color de las cosas. Vete tú a reír y llorar con figuras geométricas durante 230 páginas. Por eso, al celebrado primer cómic de Martin Panchaud lo han calificado de punto de inflexión. Dicen que rompe los esquemas del noveno arte. Aunque, desde hace un tiempo, más tebeos se han volcado en explorar sus límites. Hay ilustraciones Sobre la soledad, que dan clases de geopolítica o desmenuzan la desigualdad; diseños colosales que se vuelven pequeños, trazos sobre papel y otros sobre pantalla táctil. Existen, incluso, viñetas sin viñetas: en el célebre comienzo de la novela gráfica Sandman, de Neil Gaiman, el señor Hathaway levanta una aldaba para tocar una misteriosa puerta. Puede verse en la tradicional edición de ECC. Pero ahora también se puede escuchar, en Audible. He aquí una historieta sin imagen. Algunos lo llaman audiocómic. Otros lo consideran una adaptación.

Lo cierto es que el noveno arte parece vivir una especie de era de los descubrimientos. Hay tebeos para todos los gustos. Y los que quedan por concebir. "Es un medio con muy pocos límites narrativos y costes de producción bajos", destaca Panchaud. Lo cual explica, para bien y para mal, tanto atrevimiento. Frente a la literatura, el cómic tiene el doble de posibilidades para experimentar: en el texto, pero también en la imagen. "Y el lector mismo participa con su mirada. Permite mucho para jugar", añade Francisco Manuel Sáez de Adana Herrero, director de la Cátedra ECC-UAH de Investigación y Cultura del Cómic. Y resulta más que el que dirija un rodaje donde están en juego muchos millones y puestos de trabajo. Solo el videojuego independiente, quizás, esté recorriendo un camino tan personal como incierto. Libertad, a cambio de precariedad. "Tengo la sensación de que hay mucha más innovación en el mercado del cómic. Pero a veces viene dado por la propia estructura: una invasión de novedades, de pequeña tirada, que resulta razonable para una editorial, pero problemática para un autor. Aunque le permite dirigirse a un grupo de población no necesariamente muy amplio", apunta Sáez de Adana Herrero. Para una mayor difusión, su institución inauguró el 15 de marzo una comiteca en la Universidad de Alcalá de Henares, con unos 600 títulos, incluidas obras tan experimentales como Domingos con Walt & Skeezix.


Dos viñetas de 'El color de las cosas', de Martin Panchaud, editado por Reservoir Books.

Al margen de las bibliotecas los tebeos también están cambiando para acercarse a un público mayor. Sellos como ECC o Salamandra Graphic introdujeron hace tiempo una línea de bolsillo, que Marvel también acaba de abrazar (a través de Panini, su editora española) bajo el nombre de Essentials: obras más baratas y manejables. Con mayor ambición de alcance popular. Aunque con menos espacio para que luzcan los dibujos. "Realmente es como el manga de toda la vida. Hace que la lectura sea más sencilla y asequible para todos. El cómic puede tener muchos formatos, y así llegar a manos de otros lectores, como un adolescente que no puede permitirse un cierto gasto", subraya Natacha Bustos, historietista e impulsora de debates y conferencias sobre el tebeo. Las fuentes consultadas, en general, valoran los cómics de bolsillo. Y, por supuesto, los riesgos narrativos también resultan bienvenidos: la frescura de El color de las cosas, los dilemas de Heimat, la investigación de Algas verdes, Sistemas ocultos o La oscura huella digital; o la revolución que supuso Fabricando historias, de Chris Ware, una caja con 14 tebeos de estilos y formatos distintos, que se juntan para completar una trama.



Desde arriba, dos viñetas de El color de las cosas (Reservoir Dogs), y una de Hola Siri (Marmotilla).


Capar la esencia

Más dudas, en cambio, generan las versiones sonoras. "Es capar su esencia", dice Bustos. "Creo que no es un cómic, es una adaptación. Lo digo como hecho, no en un sentido de valoración superior o inferior", agrega Sáez de Adana Herrero. A lo que responde Chris Jones, director de producción para Europa de Audible, la plataforma de audios de Amazon, que acoge Sandman y, en su catálogo inglés, algunos de los más famosos cómics de superhéroes de Marvel: "Entiendo que, a priori, puede parecer rarísimo. Pero tiene algo único. Cuando escuchas una novela, no puedes evitar imaginártela. De un cómic, conoces la parte gráfica. El mundo que estás creando al oírlo es muy fiel a lo que viste, y a la vez es un medio totalmente distinto a cualquier otro. No me planteo que falte la parte visual, sería como decirlo de la música". En ciertos casos, eso sí, la imagen resulta tan insustituible que un narrador describe el contexto que se ve en la viñeta.

Complejidad, riesgo, ambición, dilemas. Como en las mejores obras de arte. No por nada, Sáez de Adana Herrero recuerda que casi todos los intentos académicos de definir el cómic fracasan: terminan incluyendo obras que no lo son, o excluyendo otras que sí deberían estar. El profesor esboza una lista de obras peculiares e innovadoras como El color de las cosas, 99 ejercicios de estilo, Las aventuras de Joselito, Ampo o El buen padre. Y, al final, cita al crítico argentino Oscar Steinberg; "Es la puesta en fase de dos lenguajes que, en realidad, son intraducibles; y el resultado es la obra artística. ¡Lo que tiene de bueno la historieta es que es imposible!". Igual que sus fronteras.

El Pais. Cultura. Viernes 5 de abril de 2024


«Laberintos», de Jeff Lemire: la memoria dibujada (y desdibujada)

Escrito por Bruno Padilla del Valle el 4 abril, 2024

«Yo tenía un jersey viejo y ella se lo ponía siempre que podía. Su madre no lo soportaba. Olía a naftalina y, sinceramente, ya ni me acuerdo de dónde lo había sacado. / […] Pero ahora, cuando pienso en ella, siempre lo lleva puesto. / […] ¿Por qué coño recuerdo hasta el último hilo de ese jersey viejo y ya no recuerdo claramente su cara?». Desde su primera viñeta, Laberintos (Planeta Cómic, 2024) emplea unos hilos de color rojo, el color de aquel jersey, como motivo gráfico recurrente: el hilo de la memoria, la delgada línea roja —que diría Terrence Malick— separando la cordura de la locura, la línea existencial que discurre como en un monitor de constantes vitales y que en este caso es indicio del rastro de una muerte, la de su hija, que ha dejado asolado y sin respuestas al padre, Will, inspector municipal de obras. Y sin palabras, apenas, como muchas de las escenas de este cómic. Lo único que está en un color vivo al inicio del relato es ese rojo sangre, rojo corazón. A veces la propia figura de Will, vaciada de contenido —y sentido— es recorrida por esos trazos bermejos, finos y ovillados que brotan de una madeja infinita: su propia obsesión. Solo el recuerdo, el pasado, ampliará los tonos de la cuatricomía desvaída que domina este tomo.





Se trata de la recopilación de los cincos números de una obra maestra —digámoslo ya— a la que Jeff Lemire (Essex County, Ontario, 1976), aparcando sus trabajos para Marvel y DC, se lanzó sin un mapa muy definido; apenas con un escueto argumento que, no obstante, le susurraba fascinantes imágenes como las que plasmaría en estas 264 páginas, tan emocionantes y liberadoras para el lector como, según él, fue el proceso creativo. Por cierto que, al final de la magnífica edición española, se incluyen una serie de bocetos junto con unas interesantes notas del autor, que aportan claves sobre su concepción formal y su arquitectura narrativa, junto con un grupo de cubiertas alternativas a cargo de otros autores que reinterpretan el rico universo concebido por el autor canadiense, mostrando las múltiples caras y capas de esta historia, su capacidad de dar rienda suelta a la pura abstracción de ciertos elementos que componen su particular poética.

A cualquiera que conozca la obra previa del dibujante y guionista de la serie Black Hammer, ganador de sendos Premios Eisner en 2017 y 2019, no le sorprenderá el despliegue de recursos del que somos testigos en este cómic originalmente publicado por Dark Horse Books que ahora nos llega con traducción de Diego de los Santos, pero sin duda representa un paso decisivo en su consolidación como voz irrepetible en esta disciplina. Lo demuestra su dominio del lenguaje en Laberintos, que evoca gráficamente la —a priori— invisible elocuencia de la memoria: los recuerdos se desdibujan de forma literal. Su estilo abocetado y anguloso, la expresividad que logra a través de las sombras contrastadas y los fondos acuarelados, el uso puntual de planos muy abiertos que ubican y a la vez aíslan a sus personajes en el entorno, inciden en la soledad y la alienación del protagonista, su desconexión de los escenarios cotidianos, que le resultan casi irreales: «No soy nada. / Solo rutina. / Tengo demasiado miedo para ser otra cosa», se dice.

Los rasgos del propio Will, ya en la cubierta, son los de alguien deformado por el duelo, consumido, irreconocible: un espectro de mirada perdida, un rostro que es como una cicatriz. Su cara es en sí misma un laberinto, un enigma; algo a resolver, como su identidad, porque ¿quién es él, más allá de un expadre? Horrible título de parentesco, por cierto. Por eso afronta el mensaje que recibe de su hija muerta como un acertijo, o como una prueba —de fe—. Su fijación empieza entonces a ocuparlo todo, a expandirse por la doble página del libro, como una retícula en la que queda trágicamente atrapado. En ese punto comenzarán las visiones, magistralmente recreadas por Lemire, quien dice haberse inspirado en los diseños recursivos del artista visual Greg Ruth y el uso del color de su compatriota ilustrador Michael Cho. «Es muy fácil perderse ahí dentro», le suelta un vagabundo que se parece a Will más de lo que querríamos, justo antes de que este último se sitúe ante el abismo.

La primera vez en que Lemire dibuja el laberinto de uno de esos pasatiempos que hacía la hija de Will —cuadrado, pero de irregulares líneas— parece estar recreando la morfología de un cerebro humano. También podría ser otra corteza que no la cerebral: la de un árbol y sus líneas del tiempo, otra metáfora de la memoria, de sus estragos. La propia ciudad (inspirada en las calles de Toronto), a la que Will se dedica y a cuyo mapa se entrega, es un laberinto en el que muchos se han extraviado mientras trataban de encontrar la salida; buscando, acaso, respuestas a su soledad y a su dolor en medio de una asfixiante rutina de tráfico y transeúntes. Un paisaje urbano que cambia, aparentemente, a golpe de construcción, pero que oculta, según descubre nuestro protagonista, ese abismo inabarcable como si fuera un decorado de cartón piedra. Las viñetas se convierten en un itinerario, como casillas de un juego de mesa por el interior de Will, y el sentido de la lectura deambula, ateniéndose a una lógica distinta. En esa subversión Lemire ha reconocido la influencia de las novelas de Haruki Murakami y sus elementos sobrenaturales, no adscritos al género fantástico pero de gran impacto y presencia en sus historias.


Esa sensación de irrealidad y de fugas del mundo lógico, también propia de una película de Charlie Kaufman, o de la maravillosa serie Undone de Raphael Bob-Waksberg y Kate Purdy, se cimentan, antes que en la ansiedad, en el hastío y la muerte en vida de Will que representan las secuencias repetitivas desde los primeros compases del cómic. Aunque también pronto se nos avisa («Está pasando algo. Y eso me da miedo») del quebramiento de lo racional: el contorno de esa viñeta, y de otras a continuación, se rompe casi inadvertidamente, hay un pequeño escape de la hoja por arriba, el dibujo rebosa los márgenes —de lo que tiene explicación— como uno de esos caminos laberínticos que pueden no conducir a ningún sitio, colocarnos ante un callejón sin salida. Y todo lo que necesita este hombre desesperado y desesperanzado es una salida, o quizá antes de eso, una motivación para buscarla, un propósito.

Con la irrupción en el relato de Lisa, su vecina, una nueva vía parece abrirse en la página. De hecho, es ella quien alude al mito del laberinto del Minotauro. Ella, además, trabaja en conservación del patrimonio arquitectónico, es decir: memoria (el hilo de Ariadna). Y, por eso mismo, sabe que, pese a todo lo que pueda parecerle a Will, «las paredes no duran eternamente». Tampoco el duelo, aunque el que fuera padre de Wendy se resista a eso que denominamos pasar página; como si cada página pasada, en cualquier libro significativo, se olvidase fácilmente, como si no cambiara nuestro modo de ver las cosas. Quizá por eso, el protagonista labrará su recuerdo en piel. Ya lo sabemos por Nadal Suau: el tatuaje es memoria; física, tangible, real. La declaración de Will es de amor hacia su hija muerta y de intenciones: «Quiero recordarlo todo». Una voluntad que le hace atravesar muros, pues parafraseándolo, cuando nada es real, todo es posible.

Resulta tentador despachar Laberintos como una historia onírica, pero como leemos en la obra de Lemire, los sueños no son más que «recuerdos disfrazados», mientras que lo que sugiere esta conmovedora narración y su asombrosa plasmación plástica es una versión diferente de la realidad. En un momento dado, percibimos un viraje hacia el terreno del terror psicológico. Al fin y al cabo, ya lo habíamos dicho, hay algo aquí de historia de fantasmas contemporánea, de gente sin rostro. De descenso a la penumbra absoluta del inframundo urbano. De los flashes de una memoria subterránea, enterrada, y de los monstruos que acechan en esa noche oscura del alma, si pensamos en la desolación descrita por Juan de la Cruz. Tirando de ese hilo patrio, los dibujos de Lemire en este segmento enfebrecido podrían remitir a Goya, a sus pinturas mitológicas y negras y violentas. Un viaje a la insania, a los recovecos sombríos de la propia psique.

Más que onírico, Laberintos es un relato poético que habla (o al menos nos habla a quienes desde esta condición lo leemos) de la paternidad como un estado que no se pierde; siempre y cuando no se pierda la cabeza, ni el corazón. Por miedo que dé pensarlo, somos padres aun cuando sobrevivimos a nuestros hijos. Esa experiencia nos transforma para siempre y nos hace ser quienes somos, si es que algún día nos atrevemos a saberlo, a descubrirlo, a internarnos en nuestros propios laberintos, armados de valor y, más nos vale, de amor.


 

LABERINTOS

Jeff Lemire

Traducción de Diego de los Santos

Ilustraciones de Andrea Sorrentino, Dustin Nguyen, Dean Ormston, Matt Kindt y Gabriel Hernández Walta

PLANETA CÓMIC

(Barcelona, 2024)

264 páginas

30 €

martes, 2 de abril de 2024

Un monumento gráfico al aburrimiento

Olivier Schrauwen publica en español "Domingo flamenco", un tratado sobre el tedio, el absurdo y la estupidez, que se alza como uno de los cómics del momento

Borja Bas

Valencia

Olivier Schrauwen (Brujas, 46 años) está sentado en una cafetería del centro de Valencia. Se debate entre asomarse por primera vez a una mascletá o tomarse un buen arroz en la Malvarrosa. Acaba de participar en el Salón del Cómic de la ciudad, uno de los más concurridos de España. "Siempre que me veo en ferias así, rodeado de gente disfrazada de cosplay, me pregunto; "¿Cuál es mi lugar en todo esto?", reflexiona. Para algunos aficionados, ese lugar está claro: es el autor europeo más interesante del presente. No lo decimos nosotros, lo proclama tal cual The Comics Journal, la publicación de referencia del sector. También lo refrendan los autores Art Spiegelman (Maus), Chris Ware (Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo) o Daniel Clowes (Ghost World), que señalan a Schrauwen como inagotable fuente de inspiración. "Es algo que prefiero ni pensar, porque me pone nervioso. Son muy generosos hablando bien de mí", dice con sincera humildad y una mirada irremediablemente tímida.

Este historietista belga afincado en Berlín es una de esas rarezas que cada cierto tiempo contribuyen a ensanchar las fronteras de la novela gráfica. Lo probó con Arsène Schrauwen, un prodigio en el que relataba las aventuras inventadas de su abuelo en el Congo Belga, y lo corrobora ahora con Domingo flamenco, cuyo título es una traducción libérrima del original Sunday, en un guió al origen del autor propuesto por su editorial española, Fulgencio Pimentel. Desde ya, candidato a encabezar las listas de mejores cómics del año. Donde Spiegelman convirtió en fábula el Holocausto, Ware construyó una nueva arquitectura visual y Clowes testó los límites de la mala leche, Schrauwen aborda toda una gesta da la narrativa posmoderna: el tratado definitivo sobre el tedio, el absurdo y la estupidez humana.

Olivier Schrauwen come churros en Valencia, en una imagen de la editorial. César Sánchez

Sus casi 500 páginas, publicadas originalmente en distintos cuadernos entre 2017 y 2023 y recogidas aquí en un solo tomo, reflejan exactamente lo que anuncia su título: un domingazo cualquiera, desde que amanece hasta las doce de la noche, en la vida del protagonista, encarnado por una versión ficticia del primo de Schrauwen. En palabras de su autor, "un maestro en hacer nada y hacerlo mal. Al menos en la jornada concreta que refleja el cómic, que además él entiende como su último día de libertad porque está a punto de cumplir los 36 años y esa noche vuelve su novia de un largo viaje. El caso de Thibault (el primo) es particularmente frustrante: cuantas más cosas se propone, arrancar, más le cuesta hacerlo", esboza.

A todo lo que pasa en su casa, de la que se niega a salir en todo el día (que para eso es su domingo), se suma lo que fluye por su cabeza y las viviendas en paralelo de sus allegados: familiares, amigos, vecinos, un gato y un ratón; en su barrio y a miles de kilómetros de distancia. Lo que podría responder literalmente a las intenciones primigenias de su autor, es decir, convertirse en un soberano tostón, se alza en sus virtuosas manos y su delirante imaginación en un monumento a la épica de la cotidianidad.

Cosas tan banales como decidir su masturbarse o no, canturrear canciones, darle mil vueltas a ese mensaje de WhatsApp, coger un libro y no pasar de la primera línea, cotillear perfiles en las redes, entregarse a la dipsomanía en solitario, cocinar con lo primero que pilla, ver la peor película de la historia (en este caso, El código Da Vinci) y, sobre todo, evitar a toda costa cualquier interrupción del mundo exterior forman parte de la biografía colectiva. En otras palabras: "El protagonista puede resultar irritante y un cretino, pero lo cierto es que podría ser cualquiera de nosotros en un día tonto. Ese era el reto: hacer el cómic más insustancial posible sin resultar aburrido para el lector, partir de algo muy poco dramático y obligarme a hacerlo estimulante. Entre los lectores se produce una polarización: hay gente que dice "no aguanto a este tío" y otra que piensa "sigamos leyendo, a ver qué hace ahora este imbécil".

Viñetas de Domingo flamenco.

Algunos entusiastas ya lo señalan como el Ulises de Schrauwen. Él desestima el halago. "Más allá de que todo pasa en un día, mi obra no tiene nada que ver con la de Joyce. En mi cómic hay muchos más chistes sobre pedos", dice haciendo honor a la jocosidad que traslucen sus viñetas. "Reconozco que mi sentido del humor no es para el mundo".

Precisamente el tiempo ha sido un factor esencial en la maduración de la obra de Schrauwen. Confiesa que hasta los treinta y pico, cuando domó su peculiar estilo, no se sintió "autor", ni siquiera aspirante a vivir de esto. De hecho, apunta que sus ventas actuales le dan para vivir de una manera austera. "Me consume tato cada proyecto que siempre me olvido por el camino de la parte práctica: ganar dinero". Creció con dos pósteres en su habitación (de Magritte y de Dalí), imitando el trazo de los tebeos que coleccionaban en casa de André Franquin , Hergé y Jean Giraud/Moebius. Sus padres, un arquitecto y una enfermera, contemplaron con preocupación cómo decidía emprender una carrera en esto. "Mi madre me decía: "Muy bonito todo, hijo, pero, por favor, ¿puedes hacer historietas que entienda la gente? Así no vas a llegar a ninguna parte". Aún hoy, cuando se me va mucho la olla, recuerdo sus palabras. Obligarme a contar una historia lineal me permitió deconstruir para ir siendo de nuevo cada vez más experimental".

El método creativo de Schrauwen para, además de por buscar siempre inventivas maneras de incluir su alter ego en las historias, por recopilar bocetos en los cuadernos de notas que siempre lleva consigo e imprimir en risografía, una técnica casera muy extendida en la edición de fanzine. "Soy daltónico, cofundo el gris, el azul y el verde. De ahí que juegue con limitaciones bicolor. Así tengo un mayor control". Su cómic más colorista hasta la fecha, el desopilante compendio de memorias especulativas Vida paralelas, maneja solo 10 tintas, el máximo que admite una impresora Riso.

Tras toda una vida de trabajos alimenticios, desde ilustraciones en The New York Times hasta animaciones para publicidad y videoclips, ahora trabaja en la que será su primera serie animada, para la que busca financiación y de la que no suelta prenda.


El Pais. Cultura. sábado 23 de marzo de 2024


lunes, 1 de abril de 2024

La pintura de Sargent es alta costura

Una exposición en Londres indaga en el interés del gran retratista por el atuendo de sus modelos y expone 50 cuadros junto a los vestidos que los inspiraron

Dos visitantes en una de las salas de la exposición Sargent and Fashion en la Tate Britain, en Londres. RASDI NECATI ASLMI G(ETY)


ÁLEX VICENTE

Londres

Pintó a aristócratas, industriales, escritores, políticos y hasta sufragistas, igual que Velázquez o Van Dyck retrataron a la realeza de su tiempo. O tal vez se parezca más a Frans Hals, el flamenco que se distanció de los monarcas para retratar a una burguesía erigida en nueva clase dominante durante el Barroco. En la obra de John Singer Sargent (Florencia, 1856-Londres, 1925) se observa un retrato colectivo del París y el Londres de entresiglos, las dos ciudades donde se convirtió en uno de los pintores más influyentes de su tiempo, en el que abundaron los personajes exuberantes, los nuevos ricos, los arribistas sin escrúpulos y las damas obligadas a cambiar de atuendo cuatro veces al día para señalar su superioridad social.

A Sargent lo distinguía su gusto por la moda, en la que veía el signo distintivo que le permitía entender las vicisitudes de cada individuo. Así lo demuestra la exposición Sargent and Fashion (Sargent y la moda) que se puede visitar en la Tate Britain hasta el 7 de julio. La muestra, que exhibe una cincuentena de óleos del pintor junto a algunos de los vestidos reales que los inspiraron, refleja la atención extraordinaria que prestó al vestuario que lucían sus modelos. Entre ellas estaban las clientas de la alta costura que entonces florecían en la capital francesa. Firmas como Doucet, Paquin o, sobre todo, Worth, que llegó a emplear a 1.200 trabajadores en 1870, abastecían de conjuntos de seda y terciopelo a compradoras jóvenes, en muchos casos estadounidenses que buscaban marido en Europa. Esos vestidos eran "su armadura social", como escribiría luego Edith Wharton, tal vez la mejor cronista de ese estrato social.

En la elección de esos vestidos entraba en juego su reflejo pictórico: al comprar cada modelo, esas mujeres se preguntaban cuál sería su reflejo en el lienzo, igual que los estilistas de hoy se inquietan por la fotogenia de los vestidos que escogen para sus clientas. El óleo fue la alfombra roja de la Belle Époque. Reputado por su trazo impresionista y por su atención al atuendo. Sargent fue uno de los retratistas más solicitados de su tiempo. Sus cuadros daban fe del nuevo poder adquirido por sus protagonistas, como los perfiles de los emperadores romanos en las monedas de la antigüedad.

El poder de transformación

"Solo pinto lo que veo", decía Sargent. Mentía. El artista, que cobraba 1.000 guineas por retrato (unos 100.000 euros de hoy), era conocido por ignorar las preferencias de sus modelos, por mucho que le pagaran. No solo ejercía de pintor, sino también de director artístico: escogía los vestidos y accesorios, a veces contra la opinión de sus clientas, imponía el decorado más adecuado y modelaba la tela sobre sus cuerpos como lo haría un modista. Lady Sassoon (1907) es un retrato de Aline de Rothschild, heredera de la dinastía de banqueros, vestida con una capa negra de tafetán forrada de satén rosa, una prenda llena de pliegues y ondulaciones que parece lucir mejor en el cuadro que en la sala del museo, donde parece mal iluminado y desprovisto de magia. Ellen Terry como Lady Macbeth (1889) es otro ejemplo del poder de transformación de Sargent: un retrato de la famosa actriz con una túnica enjoyada, en tonos verdes y granates, más espectacular en el lienzo que en la realidad.

Cada retrato es una pequeña representación, una función sobre la identidad de su protagonista, que Sargent pone en escena con una relativa sencillez, con una elegante economía de recursos. El mejor ejemplo podría ser Madame X, una de sus obras más famosas. Es el altivo retrato de perfil de Virginie Gautreau, nacida en Nuevo Orleans y residente en París, que suscitó un escándalo inmenso cuando fue presentado en el Salón de 1884. Su ceñido corpiño negro se sujeta con dos tirantes llenos de piedras preciosas. En la versión original, el de la derecha caía de su hombro, lo que despertó una polémica que obligó a Sargent a exiliarse en Londres y a volver a pintar el cuadro con los dos tirantes en su sitio. En 1916, lo donó al Metropolitan con un mensaje para su director: "Supongo que es lo mejor que he hecho". En realidad, esa mujer de piel blanquecina -producto del maquillaje, como evidencia Sargent con maldad al contrastarla con una oreja al rojo vivo -descendía de esclavistas propietarios de una plantación, información que elude una muestre que, a ratos, se queda en un espectáculo suntuoso pero superficial y tramposo. Algunos de los vestidos y accesorios son de época, pero no todos: descubrimos un sombreo de copa de 1900 o un cuello de encaje francés, desprovistos del aura sobre la que teorizó Walter Benjamín, que no coinciden con los que lucen sus modelos. Cuando una prenda no corresponde con la del cuadro, el espectáculo se cae.

La muestra explora tímidamente la subversión de los roles de género que practicó Sargent, que tendría que ver "con la deliberada ambigüedad sexual y con los círculos homosexuales y homosociales en los que a menudo se movía", apuntan en el catálogo de la muestra sus comisarios, Erica Hirschler y James Finch. En las salas de la muestra, en cambio, no se menciona este aspecto, fundamental para entender la relación con las mujeres que posaron para él, en la que hay más complicidad y fascinación que erotismo, o sus retratos masculinos, en los que sí reside cierta ambigüedad.

La Tate expone retratos andróginos como el del lánguido Albert de Belleroche, un joven pintor inglés, o el de Samuel Pozzi, ginecólogo francés que viste una bata roja con pantuflas asomando en la parte inferior, un gesto poco habitual en su tiempo que desafiaba la presentación pública de los hombres poderosos. Pero no se atreve a mostrar las litografías secretas de Sargent, descubiertas tras su muerte, donde pintó a hombres desnudos cubiertos por sábanas reducidas a la mínima expresión. La elegancia, decía Balenciaga, siempre pasa por la eliminación.


El Pais. Cultura. Domingo 31 de marzo de 2024