sábado, 4 de marzo de 2023

Un millonario 'diferente'…

De nuevo viajamos al lejano futuro para embarcarnos en una nueva peripecia espacial junto al personaje creado por Jan

JOSÉ LUIS VIDAL

03 Marzo, 2023 

Crear a un villano es relativamente fácil. En su mente y propósitos todo es blanco y negro, cara o cruz, y por muy ladino que sea tarde o temprano vas a poder ver su verdadero rostro.

¿Pero, y a un antihéroe?




Kondojiro. Las futurísticas aventuras de Rich Tex Format

Autor: Jan

Tapa dura

Color

54 págs.

16 euros

DQómics


Como un imaginario químico, las proporciones deben estar en su justa medida, ya que el personaje debe de tener una parte que moralmente es difícil de justificar (en este caso particular, Rich Tex Format es un bon vivant multimillonario que rodeado de robots que le hacen la vida más fácil y una casi interminable lista de romances, fugares amoríos).

Pero este adinerado personaje también tiene corazoncito, ya que aunque sea para evitar problemas en su empresa, que se dedica a la explotación minera a lo largo y ancho del universo, es capaz de quitarse en batín de seda y enfrentarse a los problemas en primera persona.

Y en este segundo volumen que protagoniza, que lleva el título de Kondojiro, no van a ser pocos, ya que la pobreza, la falta de medios, hace que en la Tierra muchas personas elijan la opción de trasladarse a otros lugares de manera ilegal. Y es justo ahí cuando las mafias hacen su aparición, en concreto una pareja poco fiable que responden a los nombres de Joel y Lia, que van a 'embarcar', por decirlo de una manera, a un grupo de estas personas en una de las naves de Rich Tex…

Por otro lado, el problema de los tronkianos se está tornando cada vez más peligroso, ya que los violentos alienígenas están causando más de un problema, y parece que sus pasos están siendo guiados por alguien, un contacto en nuestro planeta.

Al menos estos son los pensamientos de la Capitana Oraina, a la que Rich le tira los trastos sin sonrojarse, aunque el resultado es siempre el mismo, ya que la militar no está en estos momentos para temas románticos…

Pues bien, con estos peones sobre el tablero, sin querer adelantaros mucho más de la trama, Jan construye una aventura que mezcla, como es ya marca de la casa, mucho humor, acción a raudales y una conciencia social que en este caso trata el terrible tema de la inmigración ilegal, cómo estas pobres personas son tratadas como simples fardos, vapuleados por las mafias locales y unos gobiernos que, en la mayoría de las ocasiones, miran hacia otro lado para no tener que cargar con la responsabilidad de acogerlos.

Con una energía que rebosa en cada página, el genial Jan nos vuelve a demostrar que esto no ha hecho nada más que empezar, y que aún le queda mucho ingenio para seguir narrando, y dibujando, cómics que nos diviertan y nos hagan pensar a partes iguales.


 Malaga Hoy


jueves, 2 de marzo de 2023

La poética de los contrastes por Elena Masarah

En los últimos años, estamos viendo el despertar de una generación de autoras y autores de cómic, nacidos en su mayor parte en los años noventa, que comparten unos perfiles similares. María Medem, Gabri Molist, Marta Cartu, Óscar Raña o Klari Moreno son buenos ejemplos de jóvenes creadores cuyo contacto más estrecho con la narrativa gráfica ha tenido lugar pasada la adolescencia, en algunos casos ya en un ambiente universitario relacionado con las bellas artes, la ilustración o el diseño. Su desarrollo como autores de cómic ha sido en ocasiones meramente circunstancial: «no pienso en que estoy haciendo un cómic, sino en que este me está ayudando a transmitir cosas que necesito expresar», afirmaba en una entrevista Cynthia Alfonso, uno de los nombres más interesantes de la escena viguesa. Sus referentes ya no pasan, necesaria- mente, por los grandes nombres de la historieta nacional e internacional, a lo que se suma un in- terés genuino por la experimentación con el lenguaje y cierta tendencia a la multidisciplinariedad: piensan y conciben la música, la animación o la pintura, al igual que el cómic, como medios de expresión artística de un mismo nivel. Todos ellos se mueven con soltura en el mundo del fanzine y la autoedición, donde eventos como Graf o Libros Mutantes y plataformas como la ya extinta TikTok Cómics —impulsada por Ana Galvañ— han sido fundamentales para conocerse y reconocerse en esa escena compartida de creación.

En este contexto encontramos a Andrés Tena (Granada, 1991), cuya primera obra larga, Astenia (Bang Ediciones, 2020), elaborada en el marco de una ayuda a la creación del Injuve, ha resultado ser uno de los más sorprendentes debuts del pasado año. Granadino criado en Logroño, estudió Ilustración en la Escuela de Arte de Zaragoza, donde obtuvo el premio extraordinario, y ha visto expuestos sus trabajos en Pekín y en el Instituto Cervantes. Al mismo tiempo que realizaba Astenia, publicó Fantaseia (Bistec Negro, 2019) en la pequeña editorial de Víctor Solana, y ahora se encuentra en medio de un proyecto gráfico en 3D. Autor interdisciplinar, reconoce entre sus inspiraciones la música electrónica experimental de Plaid y Arca, las novelas de Richard Brautigan y los cómics de Masashi Tanaka, Yūichi Yokoyama o Ludovic Debeurme. Unos referentes poéticos y sensoriales, acordes con la querencia de Tena por las narraciones abiertas, sorprendentes.

Astenia surgió de un viaje a China donde el autor quedó impresionado por la cultura de aquel país, al mismo tiempo que observó y recogió una gran cantidad de plásticos, lo que le dio pie a reflexio- nar sobre el contraste entre la contaminación y la naturaleza, representado en su cómic también entre la vida y la muerte. A partir de un gran tra- bajo gráfico y un potente diseño del personaje protagonista, una mujer marcada físicamente por la simetría, Andrés Tena crea una historia que gira en torno a la misteriosa figura femenina que tiene la capacidad de pudrir y matar todo lo que toca. Ello la lleva a vivir aislada del mundo, en una compleja relación con la naturaleza y la basura, hasta que es encontrada por un hombre de características perturbadoras que se obsesiona con su poder, la observa con una fijación malsana y la persigue, hasta entablar una tóxica relación de maltrato psicológico. Estos vínculos turbios se desarrollan en un mundo propio, casi onírico, de tonos pastel, donde los cuerpos y el tiempo se estiran, se deforman. La narración es lenta, con un ritmo desigual, donde las elipsis y los altibajos de un capítulo a otro llevan de lo contemplativo a lo activo, de espectaculares dobles páginas con textos casi anecdóticos a bruscas conversaciones, en una estructura que en todo momento se centra, desde la sutileza, en las sensaciones del lector y en su implicación ac- tiva en la búsqueda de sus propias conclusiones.

El planteamiento abierto del proyecto permitió a su autor amoldarse a aquello que quería expresar en cada momento a lo largo de los cuatro años que ha dedicado a su obra: «una inmersión a tiempos, cuando me lo permitía la vida», reconoció en la presentación del cómic. Una historia cocinada a un fuego lento motiva- do por la propia precariedad, que sin embargo ha encontrado en ese proceso la mejor manera de alcanzar, con su primer libro, un nivel más que excelente.

Astenia


Andrés Tena Bang Ediciones España Cartoné

136 págs. Color

Obra relacionada


Fantaseia

Andrés Tena

(Bistec Negro)

Carne negra


Varios autores

(Bistec Negro)

Viaje

Yuichi Yokoyama (Apa Apa Cómics)



Jot Down Comics 2020

martes, 28 de febrero de 2023

Opisso por Antonio Martín

De Opisso se ha escrito mucho, pero a fondo muy poco. El ejemplo mejor lo tenemos en las enciclopedias y diccionarios que le garantizan a usted la posibilidad de tener su casa toda la Cultura, resumida en diez volúmenes y quince kilos de peso, pero que apenas si le dirán quién era Opisso. Así, la Gran Enciclopedia Larousse, edición española, lo despacha en once líneas y media.

La erudición laroussiana se resume en: Ricardo Opisso nació en Tarragona en 1880 y murió en Barcelona en 1966. Fue dibujante y pintor. Vivió en París algún tiempo. Se estableció en Barcelona y formó parte del grupo Els Quatre Gats. Sigue unas cortas consideraciones sobre su estilo y la noticia de que tuvo un hijo, de nombre Alfredo, también dibujante. Ante la simplicidad de la noticia cultural, con algo de telegrama y algo de esquela mortuoria, cabe preguntarse ¿por qué Opisso aquí?, ¿cuál es su importancia? Sencillo. Porque Opisso es un auténtico genio del dibujo y un mito en el recuerdo de quienes en España se interesan por la imagen. Porque es ejemplo de un tiempo y una manera de vivir y hacer. Y, en fin, porque es el representante-tipo perfecto del ilustrador y el dibujante de historias español de los tiempos heroicos.

En cualquier caso, no sobra recordar que la realidad es mucho más compleja y nada absoluta que nuestros escritos sobre la misma, tristes simplificaciones que lo que pueden tener de pedagógicas lo tienen también de esquemáticas y distantes.

Un dibujante para la eternidad

Opisso, en cuya familia había literatos y pintores, fue primero delineante y en calidad de tal trabajó durante varios años con Gaudí, en las obras del templo de la Sagrada Familia de Barcelona. Quedan diversas anécdotas divertidas, pero también las declaraciones de Opisso, en 1930 a la revista Imatges, en las que confesaba guardar muy mal recuerdo de aquella época.

Pronto el joven Opisso mostró gran afición a dibujar del natural, en rápidos apuntes que recogían tipos y escenas callejeras. Esto y su relación con pintores, su participación en exposiciones colectivas, como una famosa del Círcol Artístic de Sant Lluc, y sus primeras colaboraciones en revistas de la época, le llevaron a dejar de lado la relativa seguridad del trabajo diario como delineante para embarcarse en la aventura del arte.


Bohemia en Barcelona, en París y luego, otra vez, en Barcelona...

En París, Opisso se impregnó de la atmósfera de los talleres de pintor y de las reacciones de revistas -colaboraría allí en las páginas de Le Rire, Fantasio, Frou-Frou, etc.- y ya radicado definitivamente en Barcelona simultaneó la pintura con la ilustración, la caricatura y la acuarela. Cercano al grupo artístico de Els Quatre Gats, que a finales y principios de siglo contribuyó decisivamente al renacimiento cultural de Cataluña, Opisso fue compañero de Picasso, Nonell, Casas, Rusiñol, Regoyos, Utrillo y tantos más, hoy famosos en los manuales de Historia del Arte.

Sin embargo, para los mandarines de la cultura Opisso es sólo un discreto pintor del siglo pasado, que se malogró al dedicarse a la ilustración y el dibujo de prensa, mientras que para el gran pública el Opisso pintor es hoy un perfecto desconocido y tan sólo lo recuerdan como dibujante de historietas e ilustrador de unas divertidas escenas "de multitudes".

La realidad es que Ricardo Opisso fue un genio y como tal tiene que pasar a la historia del dibujo. Para confirmarlo ahí están sus colaboraciones en La Ilustración Artística, Cu-Cut, Hojas Selectas, L´Esquella de la Torratxa, Papitu, donde popularizó el seudónimo de "Bigre", KDT, La Calle y muchas revistas más, unas veces como autor de notas gráficas políticas o satíricas, otras como realizador de ilustraciones galantes (a las que los textos al pie convertían muchas veces en casi obscenas), y las más de las veces como auténtico reportero de la vida ciudadana, que reflejó en millares de dibujos, frecuentemente protagonizados por las masas callejeras. 

Es en esa faceta de dibujante-reportero donde está el mejor Opisso, aquel que puede codearse con los mejores ilustradores de todo el mundo por la personalidad de su estilo, la justeza de su rasgo, el dominio de la comparación y, sobre todo, por la calidad de su mirada al reproducir lo que ve. "Dibujante sainatero", le han llamado, y habría que añadir: A mucha gloria. Esa gloria que Opisso conquistó día a día, sumando muchos millares de dibujos, muchos años de trabajo, hasta morir con la pluma puesta.

Un mito con los pies de barro

Ahora bien, el mito Opisso, tan real cuando nos referimos a su obra como ilustrador, tiene los pies de barro cuando analizamos su abundante obra en el campo de la historieta. Y es aquí, al comprobar su escasa e interés, el momento en que el lector interesado por Opisso -yo el primero- se extraña y, desconcertado ante la evidente disociación artística existente entre su calidad de ilustrador y su mediocridad como "comiquero", comienza a plantearse preguntas.

Pero, previos a las preguntas son los hechos. Las primeras historietas de Opisso las he localizado en los años diez, en la revista Hojas Selectas, magazine de contenido variado publicado por Salvat, si bien pudieran existir otras anteriores que yo no conozca ahora. Siguen, como trabajos más destacables, sus colaboraciones en Dominguín, donde en 1915 crea las series "Don Zenón" y "Los corresponsables de Dominguín en la guerra", En Patufet y TBO, donde además de muchos centenares de historietas sueltas crea un personaje de vida irregular, el "niño TBO".

A partir de ese momento Opisso quedará encasillado ante los editores como autor de historietas para niños y como tal dibujará, hasta la guerra civil española en: BB, revista para niñas aparecida en 1920, en la que creó el presonaje y grafismo de marca, Colección Gráfica TBO, primer tebeo publicado en España con formato de cuaderno apaisado y temática de aventuras en 1919, Floreal, revista infantil de inspiración ácrata, Virolet, en catalán, Pocholo, donde dio vida gráfica a los personajes Pocholo y Pocholina, Cholito y tantos tebeos más, así como en revistas familiares, por ejemplo Lecturas y Algo. Tras la guerra dibujará, entre otras revistas y tebeos para niños, en Chicos, Mis Chicas, Chiquitito, Pocholo, etc., etc. y siempre hasta su muerte en TBO.


Es un hecho que Opisso fue uno de los más prolíficos dibujantes de la historia del comic español, con un exceso que en nada podía ser bueno para la calidad de su trabajo. Y esto se manifiesta en todos los casos, ya fuera haciendo historieta de humor, sentimental o de aventuras, con unas constantes similares: argumentos anecdóticos y triviales, desarrollo lineal, escasa evolución del lenguaje expresivo, progresivo deterioro del grafismo.

Analizando estos hechos tenemos que los argumentos de las historietas de Opisso para niños no sobrepasan nunca la categoría de anécdotas o chascarrillos escenificados gráficamente, sin que los guiones tengan consistencia ni ls historia trempera. Esto se refleja en la elección de momentos significativos, ya que Opisso se recrea en exceso en la anécdota narrada, que descompone en multitud de viñetas (sin que quepa olvidar la férrea imposición de los editores españoles, que durante muchas décadas obligaron a los dibujantes a llenar la página con muchas y diminutas viñetas), con lo que el ritmo narrativo sufre y se hace lento y reiterativa la expresión gráfica, máxime cuanto que el desarrollo y el tiempo son absolutamente lineales.

En paralelo, el lenguaje de sus historietas apenas si presenta evolución, a salvo de las progresiva incorporación de lo "verbal", desde los textos descriptivos al pie de la viñeta a la integración de los diálogos, por medio de bocadillos, en el conjunto del dibujo, proceso en el que Opisso se mimita a ir al paso de marcha de los editores y que se dilata por más de veinte años. Finalmente, puede generalizarse que el dibujo de Opisso es deficiente, absolutamente lejano de la calidad que al mismo tiempo demuestra en sus ilustraciones, y esto es importante pues con el paso del tiempo se añade, además, un progresivo deterioro de su grafismo, lógico ya que Opisso, obligado como tantos otros dibujantes a dibujar más allá de límites razonables y de su tiempo de madurez, acaba por sobrevivirse a sí mismo, pero en muy malas condiciones; lo demuestran sus últimos trabajos para TBO, realizados con un pulso temblón, con una línea quebradiza e insegura.



¿Genio o simple historietista?

A partir de aquí y según o anterior se amontonan las preguntas: ¿por qué recuperar hoy a Opisso y traerlo a estas páginas?, ¿cuál es el valor real de su obra como historietista?, ¿qué nos queda del mito Opisso?... Hay tantas respuestas como preguntas o, más exactamente, hay tantas preguntas y respuestas como lectores. Lo que escasean son los hechos y sólo puedo ofrecer mis opiniones.

Por lo pronto, debo asegurar que Opisso sí sabía lo que era una historieta. Quiero decir que sí sabía cómo se realizaba una historieta e incluso, muy probablemente, una buena historieta. Lo demuestra su dominio de ciertos conocimientos y valores que tan sólo los más capaces, los auténticos historietistas, poseen: dibujo basado en los rasgos fundamentales de la figura, simplificación de los fondos para potenciar su funcionalidad, refuerzo de los datos básicos de la acción para centrar la atención del lector, economía de signos auxiliares, etc.

¿Cómo explicar, entonces, la contradicción? Escribo primero que las historietas de Opisso eran así y asá de mediocres y poco interesantes y a continuación afirmo que Opisso -que ya sabemos era un extraordinario dibujante- sí sabía hacer historietas.

Entre las razones que yo puedo ofrecer como respuesta es fundamental recordar que Opisso vive en unos años en que la historieta es subvalorada como medio por editores, educadores y padres, que sólo ven en ella su potencial valor recreativo para niños -con las mismas connotaciones con que hoy tantos padres enchufan a sus hijos al televisor para que se estén tranquilitos y no molesten-. La escasa valoración del medio, derivada de condicionantes sociales e ideológicos, impone una línea neutra de hacer, con historietas poco elaboradas, a partir de guiones que se quieran blancos y en realidad son insulsos cuando no estúpidos y tópicos, resueltos por el recurso al gag o a la trompada.


Y a esto aún hay que añadir una limitación específica, como es el pertenecer a los equipos gráficos de unos tebeos muy concretos, manipulados por editores poco renovadores que basaban su negocio en el banaficio de los muchos pocos, y éste en la repetición de un modelo de reconocida comercialidad pero pronto envejecido. A salvo de escasas y muy honrosas excepciones, que podemos referir a uno o dos de los muchos tebeos para los que dibujó, Opisso padecerá gravemente de este mal. Evidentemente, para Opisso el tener que acomodarse a los designios de editores mediocres supuso la peor de las limitaciones, por cuanto sus virtudes como dibujante tuvieron que descender de los genial a lo vulgar.

Es así como el autor, encerrado en los márgenes editoriales en que se desarrolla su trabajo, acaba por autolimitarse, renunciando a su exigencia propia para considerar que el hacer historietas para niños es un simple "trabajo alimenticio". En este caso, Opisso renuncia a su dominio del dibujo, a su enorme conocimiento de la gramática narrativa y a su realismo naturalista, para acabar dibujando historietas que son simples bufonadas, parodia de su propio estilo. Entronca esto con un problema básico en la cultura distribuida masivamente, en tanto que plantea, de nuevo, viejos problemas: ¿existe una cultura superior y una cultura de masas, diferenciadas?, si es así ¿qué las diferencias, las exigencias o necesidades del público o las conveniencias de los patronos?, y ¿quién perpetúa la división baja-alta cultura, la incapacidad de los autores para resolver el dilema o la conveniencia del aparato cultural y por ello del propio sistema?

En el caso de Opisso, el autor, bien sea por imperativos vitales o por no haber comprendido en toda su amplitud la importancia de trabajar para un público de masas, en este caso niños, degrada la propia obra, haciéndola descender en calidad. Por ello, pese a su genialidad como dibujante, todo permite suponer que Opisso no cree en su trabajo como historietista.

Claro que todo esto son teorías. Opisso está muerto y también su hijo, por lo que nos faltan los datos directos y, teniendo en cuenta que sus biógrafos no consideraron útil el hablar de sus trabajos "menores", todo análisis de su obra que pase por el de sus intenciones no es sino especulación. Eso sí, especulación admisible si el lector está avisado de sus límites y relatividades.

Hoy, de Opisso nos queda su obra. Artista-pintor por un tiempo, periodista-ilustrador durante gran parte de su vida, acabó por ser únicamente, hasta su muerte, un simple dibujante de historietas. Como tal, Opisso constituye un ejemplo, quizá el mejor, de lo que el historietista ha sido en este país, en términos generales y hasta hace muy poco. Para mí es bastante. Porque el Opisso genio y mito es real, pero no del todo si se ignora su faceta más humilde, esa que no mencionan ni los diccionarios ni los manuales de historia del arte: la de simple historietista.



Revista Cairo nº 4

Barcelona


Noir et Blanc

No importa el idioma. Blanco y negro. Nada más.

















 

lunes, 27 de febrero de 2023

LAS OSCURAS CLOACAS DE LA POSGUERRA FRANQUISTA por Anna Abella

Sirviéndose de forma brillante de las herramientas del género negro, Teresa Valero (Madrid, 1969) se ha lanzado de cabeza a las oscuras cloacas de la dictadura franquista para dibujar un documentado fresco de la posguerra española. Contrapaso. Los hijos de los otros no solamente refleja la miseria moral de una sociedad patriarcal y gris donde los vence- dores siguieron reprimiendo a los vencidos de la Guerra Civil, sino también la existencia de quienes creían en la reconciliación de las dos Españas.

En esta su primera obra como autora completa, firmando dibujo y guion, Valero, veterana en la animación pero con contadas y compartidas incursiones en la historieta, presenta un cómic maduro, ambicioso y redondo, magníficamente ambientado en el Madrid de mediados de los años cincuenta. En ese escenario se suceden los asesinatos de mujeres, silenciados por la policía y la prensa porque, claro, «en la España de Fran- co esas cosas no pasaban».

Numerosos han sido los cómics que en los últimos años han contado la posguerra española, pero la mayoría lo ha hecho basándose en historias familiares de los propios autores —basta citar los casos de Antonio Altarriba en el díptico El arte de volar y El ala rota, o de Jaime Martín en Jamás tendré 20 años, que recrearon las experiencias de sus padres y madres— o de las vivencias propias, como Carlos Giménez. Valero opta en cambio por elegir diversos hechos

y figuras reales, verazmente documentados, y por unirlos en una misma historia. Así, el lector queda atrapado a placer en una telaraña que la autora sabe tejer con múltiples hilos temáticos que fluyen y encajan en una bien urdida y truculenta trama triste- mente basada en la realidad histórica de la época.

En ella se entrelazan el robo de niños a mujeres del bando perdedor en maternidades y hospitales para entregarlos a familias del régimen con las torturas en los interrogatorios de la Brigada político-social o la vida en las cárceles de mujeres, donde las presas creaban sus propias publicaciones clan- destinas copiándolas a mano. Valero continúa con una clara denuncia de las prácticas de re- conocidos y reconocibles psiquiatras —basados en las figuras de Antonio Vallejo-Nájera o Juan José López Ibor—, que practicaban lobotomías y electroshocks para «curar» a lesbianas y homosexuales o a mujeres deprimidas, y las teorías eugenésicas de famosos neurólogos que calificaban a los comunistas de seres inferiores y deficientes genéticamente. En sus viñetas homenajea al padre Llanos, que adoptó el comunismo para ayudar a los parias a construir con nocturnidad las chabolas de Carabanchel, y recuerda la represión policial contra los estudiantes universitarios contestatarios que se manifestaron en la huelga de 1956 por una sociedad sin vencedores ni vencidos.


Contrapaso. Los hijos de los otros

Teresa Valero Norma 

Editorial Francia 

Cartoné

152 págs. Color

Obra relacionada

Jamás tendré 20 años

Jaime Martín

(Norma Editorial)

El solar

Alfons López

(Ediciones La Cúpula)

Paracuellos

Carlos Giménez

(Reservoir Books)

El violeta

Marina Cochet, Juan Sepúlveda y Antonio Santos

(Editorial Drakul)

Otra gran baza de Contrapaso son sus protagonistas, personajes complejos, con heridas y con muchos grises, ejemplos de vidas en un país dividido: Emilio Sanz, periodista de sucesos veterano, de la vieja escuela, y falangista desencantado. El director de su periódico le empareja con un joven y lanzado novato, Léon Lenoir, hijo de republicano francés muerto en la guerra y sobrino de un alto militar franquista. Y Paloma Ríos, una joven ilustradora, prima y amor adolescente de Lenoir, ejemplo de que en aquella España de omnipresente machismo también había mujeres que no se dejaban encorsetar por el rol de madres y esposas que les imponía el franquismo y la Iglesia.

Junto a ellos, secundarios que podrían parecer increíbles si no hubieran surgido de la pura realidad, como Paloma, una niña de 14 años que va con su padre a los alzamientos de cadáveres y autopsias, inspirada en la doctora Buitrago, una de las primeras forenses del país, todavía hoy en ejercicio y una de las fuentes a las que recurrió Valero.

El dibujo expresivo, detallado y documentado históricamente de Valero se suma a una paleta de colores, de fríos a cálidos, que se adecúa con tonos dominantes y sin estridencias a la temática de cada escena, contribuyendo al dinamismo que imprime a esta historia con envoltorio de thriller.

Y como hilos conductores, esos tres protagonistas condenados a entenderse, de cuya mano el lector entra en la redacción de un periódico de la época para conocer de cerca la censura, la autocensura y el control de la libertad de prensa que sufrían, o bien sometidos o acostumbrados o rebeldes o de buena gana, los periodistas de aquellos años. A través del sabueso Sanz y del inconformismo de Léon y Paloma, la autora recuerda a quienes agudizaron el ingenio para encontrar fórmulas de burlar y desafiar al lápiz rojo y poder difundir la verdad, aunque fuera leyendo entre líneas o clandestinamente.


Jot Down Comics 2021



Más rápido de lo que pensamos por Paula Bonet

 Anoche, en la puerta del Teatro Lliure de Barcelona, después de una conversación en la que pensábamos el hecho de pintar con la mirada y de mirar con las manos, un grupo de personas formábamos un corrillo y nos preguntábamos cuántas veces en la vida se puede llegar a sentir el síndrome de Stendahl. Una afirmaba que muchas, todas, que se podía ser muy sensible y tener el don de no permitir que cesara ni en veces ni en intensidad. Otra pensaba que no podía sentirse nunca, o una vez, quizás con suerte. Una tercera recordaba una experiencia en el Prado durante un taller de pintura en las tripas del museo que coincidió con la exposición de las poesías de Tiziano. Decía que después de aquel taller, cuando observaba la superficie de las telas, sentía unas ganas irrefrenables de llorar. Además, El rapto de Europa estaba justo al lado de Las hilanderas de Velazquez, y aquel diálogo (el tapiz con la agresión de Zeus detrás de las artesanas, saber que El rapto de Europa formaba parte del fondo del museo gracias a Velázquez) aceleraba las pulsaciones y la confusión cobraba una dimensión desconocida. Yo pensaba en mi ritmo cardíaco, elevado de golpe unos días antes al contemplar una tablilla de madera de unos 30 por 45 centímetro en el Museo Egipcio de El Cairo, y en que había experimentado aquello únicamente tres veces a lo largo de mi vida, en que ojalá la primera mujer tuviera razón porque deseaba con todas mis fuerzas que volviera a suceder.



Uno de los retratos de El Fayum expuesto en el Museo del Cairo./ GETTY

El temblor lo provocaron unos retratos de más de dos mil años de antigüedad. Identificaba, en las tablas, la paleta velazqueña y la pincelada del maestro barroco, pero aquellas pinturas habían sido hechas 1.500 años antes de que este moliera el primer pigmento. Aquellas pocas tablillas pintadas con encáustica, tan radicales como gritos estridentes en medio de los centenares de retratos que buscaban la idealización del rostro, escupían a la cara de quienes los mirábamos fogonazos de vida en cada pincelada.

La primera vez que escuché nombrar los retratos de El Fayum fue en boca de alguien que pronunció las palabras con fuego en la mirada. Más tarde leí el nombre en un libro de prodecimientos pictóricos, pero lo olvidé de inmediato. A la pintora chilena de origen español Roser Bru, aquellas tablillas condicionaron su manera de entender la pintura. Estuve en el Louvre antes de escuchar hablar de ellas, con lo que no pude ir a buscarlas, y durante años las observé en las pocas reproducciones que encontraba en internet. Sabía que en el Museo Egipcio había unas pocas y cuando hace unos días me encontré con ellas me costó respirar.

Dos vitrinas con los cristales polvorientos guardaban una decena de personas que parecía que estuvieran más vivas que nosotros y quisieran avisarnos de que el tiempo corre más rápido de lo que pensamos. Me acerqué a uno de los retratos y reconocí la textura de la cera. También el trazo del pintor. La facilidad con la que estaban construidos los planos y habían fundido los colores con una técnica compleja como la encáustica, que necesita el calor extremo para llevarse a cabo, no ayudaba a calmar mi agitación. Me sorprendió también la densidad de los tonos más claros teniendo en cuenta que el aglutinante utilizado es casi transparente y que los fondos de la tablas son oscuros.

Conocemos las pinturas de El Fayum como retratos funerarios, pero lo cierto es que en el momento en que fueron pintados los retratados estaban en la plenitud de la vida. Las tablas se pintaron para colgar de las paredes de sus casas hasta que estos abandonaran el mundo de los vivos, sabían que aquellas imágenes serían las encargadas de identificarlas en la otra vida. Quienes las pintaron buscaban captar el alma de aquellas personas, representarlas en su individualidad, por lo que adoptaron la postura radical de alejarse de una larga tradición y consiguieron que dos mil años más tarde una mujer de 40 años los reconociera como iguales y lamentara su pérdida. Quienes pintamos rostros buscamos justamente eso: representar la vida en una piel que inevitablemente va a acabar podrida.


El Pais, Sábado 24 Diciembre 2022


MALDITAS PÁGINAS por Diego Espiña Barrios


Es posible que el cómic sea precisamente la única modalidad artística que debe su origen, desarrollo y buena parte de su supervivencia actual a la influencia para bien —y sobre todo para mal— de los vaivenes del capitalismo en su versión editorial: desde su vertiente más industrial, la cadena de montaje de la edad dorada que con parches y ventajas se mantiene en nuestros días; a su reverso negativo, la explotación laboral y el desprecio más absoluto por los legítimos autores de unas obras y unos personajes que desde las páginas han saltado hoy a las pantallas de cine y televisión. Un negocio multimillonario que tiene su expresión más freak en el universo fan, y su lado oscuro en una larga lista de derrotados y amargados autores guionistas y dibujantes, convertidos hoy en firmas legendarias por las que pujan y pelean los más pudientes coleccionistas, mientras los herederos de los creadores aspiran solo a ver garantizadas unas migajas. Este cómic de primera hora siempre me ha recordado al desaparecido periodismo de redacciones inundadas de humo y testosterona, universos ambos poblados por seres desgraciados e intrépidos dejándose la vida en cajetillas de tabaco y sorbos de whisky barato: todo por llenar la maldita página antes de la última hora. Y es a este mundo al que desde unas coordenadas temporales situadas en tres días de 1997 rinde homenaje uno de los tándems creativos más importantes y estables de la industria actual. Ed Brubaker (guion) y Sean Phillips (lápices) —el color lo aporta una vez más Jacob Phillips, hijo del dibujante— se vuelven a situar en los márgenes de su exitosa serie Criminal para construir una historia con personajes ya esbozados en otros títulos de la casa madre (Sin Ley, 2007; Mala noche, 2009; y Cruel Summer, 2020, entre otros).

El desafortunado dibujante Jacob Kurtz y el viejo conocido de la serie, el ladrón y buscavidas Ricky Lawless, que hará su aparición en la segunda parte de esta obra, funcionan aquí de comparsas/acompañantes de la verdadera estrella de la función, el dibujante de cómics Hal Crane. Crane, leyenda de la industria, llega a Center City para asistir a una convención de cómics en la que recibirá el galardón a toda su carrera. Vieja gloria cargada de adicciones alimentadas con resentimiento hacia todo y hacia todos en el mundillo, Crane es una bomba a punto de estallar para llenarlo todo de mierda. Y es a Kurtz, con su legendaria facilidad para atraer problemas, a quien encargan servirle de lazarillo mientras está en la ciudad.

Es en el personaje de Crane donde reside toda la fuerza de esta historia, trasunto a su vez de leyendas, estas sí reales, como Gil Kane, Stan Drake o Alex Toth, con toques de otros artistas, como Jack Kirby o Roy Crane, entre otros. No solo Hal Crane comparte parecido físico con Toth, o fuma como una chimenea a lo Kirby, sino que se nos cuenta que su propio mentor se suicida al provocar un accidente de coche en el que viajaba el propio Crane como acompañante —otra leyenda, como Alex Raymond, creador de Rip Kirby, también murió en un accidente automovilístico—. Como el malogrado Toth, Hal es evocado varias veces como «un maestro sin una obra maestra». Junto a presencias fantasmales, son mencionados con nombres y apellidos Will Eisner, Marv Wolfman y el propio Stan Lee, que se llevará un puñetazo de Hal tras la entrega del galardón; más que una agresión, una suerte de venganza poética: por él y por todos sus compañeros de profesión.

Más allá de su dimensión metacómica, Bad Weekend se despliega en una especie de viaje al fin de la noche en el que sus protagonistas se embarcan en la búsqueda de un arca perdi- da: Hal recorriendo la ciudad armado con una pistola, trapicheando con material falsificado a cambio de unos miles de dólares, mientras trata de encontrar unas páginas —esa obra maestra de la que carece—, aparentemente vendidas por su hija; páginas que no aparecerán hasta el final en uno de esos giros argumentales marca de la casa Brubaker/Phillips.

Desde el punto de vista gráfico, Phillips vuelve a brillar por su detallismo sibilino y un dominio de los ambientes de los bajos fondos, a la vez que una vez más hace gala de su fuente de inspiración eterna, las historietas pulp de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Así el dibujante hace un alarde arquitectónico a base de secuencias de planos medios y primeros planos, distribuidos con elegancia por páginas en estructura de tres tiras y número variable de viñetas. Es resultado es una lectura clara acomodada por los diálogos y del discurso en off de Jacob, narrador de la historia. Finalmente, es de destacar el uso del color por parte del hijo de Phillips, especialmente los rosas y violetas, que nos trasladan por momentos al cine de garitos humeantes de John Cassavetes.



Bad Weekend

Ed Brubaker, Sean Phillips y Jacob Phillips

Panini Cómics

Estados Unidos

Cartoné

72 págs.

Color

Traducción: Raúl Sastre

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