martes, 28 de febrero de 2023

Opisso por Antonio Martín

De Opisso se ha escrito mucho, pero a fondo muy poco. El ejemplo mejor lo tenemos en las enciclopedias y diccionarios que le garantizan a usted la posibilidad de tener su casa toda la Cultura, resumida en diez volúmenes y quince kilos de peso, pero que apenas si le dirán quién era Opisso. Así, la Gran Enciclopedia Larousse, edición española, lo despacha en once líneas y media.

La erudición laroussiana se resume en: Ricardo Opisso nació en Tarragona en 1880 y murió en Barcelona en 1966. Fue dibujante y pintor. Vivió en París algún tiempo. Se estableció en Barcelona y formó parte del grupo Els Quatre Gats. Sigue unas cortas consideraciones sobre su estilo y la noticia de que tuvo un hijo, de nombre Alfredo, también dibujante. Ante la simplicidad de la noticia cultural, con algo de telegrama y algo de esquela mortuoria, cabe preguntarse ¿por qué Opisso aquí?, ¿cuál es su importancia? Sencillo. Porque Opisso es un auténtico genio del dibujo y un mito en el recuerdo de quienes en España se interesan por la imagen. Porque es ejemplo de un tiempo y una manera de vivir y hacer. Y, en fin, porque es el representante-tipo perfecto del ilustrador y el dibujante de historias español de los tiempos heroicos.

En cualquier caso, no sobra recordar que la realidad es mucho más compleja y nada absoluta que nuestros escritos sobre la misma, tristes simplificaciones que lo que pueden tener de pedagógicas lo tienen también de esquemáticas y distantes.

Un dibujante para la eternidad

Opisso, en cuya familia había literatos y pintores, fue primero delineante y en calidad de tal trabajó durante varios años con Gaudí, en las obras del templo de la Sagrada Familia de Barcelona. Quedan diversas anécdotas divertidas, pero también las declaraciones de Opisso, en 1930 a la revista Imatges, en las que confesaba guardar muy mal recuerdo de aquella época.

Pronto el joven Opisso mostró gran afición a dibujar del natural, en rápidos apuntes que recogían tipos y escenas callejeras. Esto y su relación con pintores, su participación en exposiciones colectivas, como una famosa del Círcol Artístic de Sant Lluc, y sus primeras colaboraciones en revistas de la época, le llevaron a dejar de lado la relativa seguridad del trabajo diario como delineante para embarcarse en la aventura del arte.


Bohemia en Barcelona, en París y luego, otra vez, en Barcelona...

En París, Opisso se impregnó de la atmósfera de los talleres de pintor y de las reacciones de revistas -colaboraría allí en las páginas de Le Rire, Fantasio, Frou-Frou, etc.- y ya radicado definitivamente en Barcelona simultaneó la pintura con la ilustración, la caricatura y la acuarela. Cercano al grupo artístico de Els Quatre Gats, que a finales y principios de siglo contribuyó decisivamente al renacimiento cultural de Cataluña, Opisso fue compañero de Picasso, Nonell, Casas, Rusiñol, Regoyos, Utrillo y tantos más, hoy famosos en los manuales de Historia del Arte.

Sin embargo, para los mandarines de la cultura Opisso es sólo un discreto pintor del siglo pasado, que se malogró al dedicarse a la ilustración y el dibujo de prensa, mientras que para el gran pública el Opisso pintor es hoy un perfecto desconocido y tan sólo lo recuerdan como dibujante de historietas e ilustrador de unas divertidas escenas "de multitudes".

La realidad es que Ricardo Opisso fue un genio y como tal tiene que pasar a la historia del dibujo. Para confirmarlo ahí están sus colaboraciones en La Ilustración Artística, Cu-Cut, Hojas Selectas, L´Esquella de la Torratxa, Papitu, donde popularizó el seudónimo de "Bigre", KDT, La Calle y muchas revistas más, unas veces como autor de notas gráficas políticas o satíricas, otras como realizador de ilustraciones galantes (a las que los textos al pie convertían muchas veces en casi obscenas), y las más de las veces como auténtico reportero de la vida ciudadana, que reflejó en millares de dibujos, frecuentemente protagonizados por las masas callejeras. 

Es en esa faceta de dibujante-reportero donde está el mejor Opisso, aquel que puede codearse con los mejores ilustradores de todo el mundo por la personalidad de su estilo, la justeza de su rasgo, el dominio de la comparación y, sobre todo, por la calidad de su mirada al reproducir lo que ve. "Dibujante sainatero", le han llamado, y habría que añadir: A mucha gloria. Esa gloria que Opisso conquistó día a día, sumando muchos millares de dibujos, muchos años de trabajo, hasta morir con la pluma puesta.

Un mito con los pies de barro

Ahora bien, el mito Opisso, tan real cuando nos referimos a su obra como ilustrador, tiene los pies de barro cuando analizamos su abundante obra en el campo de la historieta. Y es aquí, al comprobar su escasa e interés, el momento en que el lector interesado por Opisso -yo el primero- se extraña y, desconcertado ante la evidente disociación artística existente entre su calidad de ilustrador y su mediocridad como "comiquero", comienza a plantearse preguntas.

Pero, previos a las preguntas son los hechos. Las primeras historietas de Opisso las he localizado en los años diez, en la revista Hojas Selectas, magazine de contenido variado publicado por Salvat, si bien pudieran existir otras anteriores que yo no conozca ahora. Siguen, como trabajos más destacables, sus colaboraciones en Dominguín, donde en 1915 crea las series "Don Zenón" y "Los corresponsables de Dominguín en la guerra", En Patufet y TBO, donde además de muchos centenares de historietas sueltas crea un personaje de vida irregular, el "niño TBO".

A partir de ese momento Opisso quedará encasillado ante los editores como autor de historietas para niños y como tal dibujará, hasta la guerra civil española en: BB, revista para niñas aparecida en 1920, en la que creó el presonaje y grafismo de marca, Colección Gráfica TBO, primer tebeo publicado en España con formato de cuaderno apaisado y temática de aventuras en 1919, Floreal, revista infantil de inspiración ácrata, Virolet, en catalán, Pocholo, donde dio vida gráfica a los personajes Pocholo y Pocholina, Cholito y tantos tebeos más, así como en revistas familiares, por ejemplo Lecturas y Algo. Tras la guerra dibujará, entre otras revistas y tebeos para niños, en Chicos, Mis Chicas, Chiquitito, Pocholo, etc., etc. y siempre hasta su muerte en TBO.


Es un hecho que Opisso fue uno de los más prolíficos dibujantes de la historia del comic español, con un exceso que en nada podía ser bueno para la calidad de su trabajo. Y esto se manifiesta en todos los casos, ya fuera haciendo historieta de humor, sentimental o de aventuras, con unas constantes similares: argumentos anecdóticos y triviales, desarrollo lineal, escasa evolución del lenguaje expresivo, progresivo deterioro del grafismo.

Analizando estos hechos tenemos que los argumentos de las historietas de Opisso para niños no sobrepasan nunca la categoría de anécdotas o chascarrillos escenificados gráficamente, sin que los guiones tengan consistencia ni ls historia trempera. Esto se refleja en la elección de momentos significativos, ya que Opisso se recrea en exceso en la anécdota narrada, que descompone en multitud de viñetas (sin que quepa olvidar la férrea imposición de los editores españoles, que durante muchas décadas obligaron a los dibujantes a llenar la página con muchas y diminutas viñetas), con lo que el ritmo narrativo sufre y se hace lento y reiterativa la expresión gráfica, máxime cuanto que el desarrollo y el tiempo son absolutamente lineales.

En paralelo, el lenguaje de sus historietas apenas si presenta evolución, a salvo de las progresiva incorporación de lo "verbal", desde los textos descriptivos al pie de la viñeta a la integración de los diálogos, por medio de bocadillos, en el conjunto del dibujo, proceso en el que Opisso se mimita a ir al paso de marcha de los editores y que se dilata por más de veinte años. Finalmente, puede generalizarse que el dibujo de Opisso es deficiente, absolutamente lejano de la calidad que al mismo tiempo demuestra en sus ilustraciones, y esto es importante pues con el paso del tiempo se añade, además, un progresivo deterioro de su grafismo, lógico ya que Opisso, obligado como tantos otros dibujantes a dibujar más allá de límites razonables y de su tiempo de madurez, acaba por sobrevivirse a sí mismo, pero en muy malas condiciones; lo demuestran sus últimos trabajos para TBO, realizados con un pulso temblón, con una línea quebradiza e insegura.



¿Genio o simple historietista?

A partir de aquí y según o anterior se amontonan las preguntas: ¿por qué recuperar hoy a Opisso y traerlo a estas páginas?, ¿cuál es el valor real de su obra como historietista?, ¿qué nos queda del mito Opisso?... Hay tantas respuestas como preguntas o, más exactamente, hay tantas preguntas y respuestas como lectores. Lo que escasean son los hechos y sólo puedo ofrecer mis opiniones.

Por lo pronto, debo asegurar que Opisso sí sabía lo que era una historieta. Quiero decir que sí sabía cómo se realizaba una historieta e incluso, muy probablemente, una buena historieta. Lo demuestra su dominio de ciertos conocimientos y valores que tan sólo los más capaces, los auténticos historietistas, poseen: dibujo basado en los rasgos fundamentales de la figura, simplificación de los fondos para potenciar su funcionalidad, refuerzo de los datos básicos de la acción para centrar la atención del lector, economía de signos auxiliares, etc.

¿Cómo explicar, entonces, la contradicción? Escribo primero que las historietas de Opisso eran así y asá de mediocres y poco interesantes y a continuación afirmo que Opisso -que ya sabemos era un extraordinario dibujante- sí sabía hacer historietas.

Entre las razones que yo puedo ofrecer como respuesta es fundamental recordar que Opisso vive en unos años en que la historieta es subvalorada como medio por editores, educadores y padres, que sólo ven en ella su potencial valor recreativo para niños -con las mismas connotaciones con que hoy tantos padres enchufan a sus hijos al televisor para que se estén tranquilitos y no molesten-. La escasa valoración del medio, derivada de condicionantes sociales e ideológicos, impone una línea neutra de hacer, con historietas poco elaboradas, a partir de guiones que se quieran blancos y en realidad son insulsos cuando no estúpidos y tópicos, resueltos por el recurso al gag o a la trompada.


Y a esto aún hay que añadir una limitación específica, como es el pertenecer a los equipos gráficos de unos tebeos muy concretos, manipulados por editores poco renovadores que basaban su negocio en el banaficio de los muchos pocos, y éste en la repetición de un modelo de reconocida comercialidad pero pronto envejecido. A salvo de escasas y muy honrosas excepciones, que podemos referir a uno o dos de los muchos tebeos para los que dibujó, Opisso padecerá gravemente de este mal. Evidentemente, para Opisso el tener que acomodarse a los designios de editores mediocres supuso la peor de las limitaciones, por cuanto sus virtudes como dibujante tuvieron que descender de los genial a lo vulgar.

Es así como el autor, encerrado en los márgenes editoriales en que se desarrolla su trabajo, acaba por autolimitarse, renunciando a su exigencia propia para considerar que el hacer historietas para niños es un simple "trabajo alimenticio". En este caso, Opisso renuncia a su dominio del dibujo, a su enorme conocimiento de la gramática narrativa y a su realismo naturalista, para acabar dibujando historietas que son simples bufonadas, parodia de su propio estilo. Entronca esto con un problema básico en la cultura distribuida masivamente, en tanto que plantea, de nuevo, viejos problemas: ¿existe una cultura superior y una cultura de masas, diferenciadas?, si es así ¿qué las diferencias, las exigencias o necesidades del público o las conveniencias de los patronos?, y ¿quién perpetúa la división baja-alta cultura, la incapacidad de los autores para resolver el dilema o la conveniencia del aparato cultural y por ello del propio sistema?

En el caso de Opisso, el autor, bien sea por imperativos vitales o por no haber comprendido en toda su amplitud la importancia de trabajar para un público de masas, en este caso niños, degrada la propia obra, haciéndola descender en calidad. Por ello, pese a su genialidad como dibujante, todo permite suponer que Opisso no cree en su trabajo como historietista.

Claro que todo esto son teorías. Opisso está muerto y también su hijo, por lo que nos faltan los datos directos y, teniendo en cuenta que sus biógrafos no consideraron útil el hablar de sus trabajos "menores", todo análisis de su obra que pase por el de sus intenciones no es sino especulación. Eso sí, especulación admisible si el lector está avisado de sus límites y relatividades.

Hoy, de Opisso nos queda su obra. Artista-pintor por un tiempo, periodista-ilustrador durante gran parte de su vida, acabó por ser únicamente, hasta su muerte, un simple dibujante de historietas. Como tal, Opisso constituye un ejemplo, quizá el mejor, de lo que el historietista ha sido en este país, en términos generales y hasta hace muy poco. Para mí es bastante. Porque el Opisso genio y mito es real, pero no del todo si se ignora su faceta más humilde, esa que no mencionan ni los diccionarios ni los manuales de historia del arte: la de simple historietista.



Revista Cairo nº 4

Barcelona


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