Revista Cairo nº2
Año 1981, Barcelona
Por Josep Lapidario
Al carajo la gloria, los triunfos, el dinero. Tirado cara al cielo, saborear mi pulgar. Ikkyuū Sojun
Si fundase una familia en el mundo de Juego de tronos, su lema sería «Pereza, gula, lujuria» y su escudo heráldico, una espumosa jarra de cerveza. Con estos mimbres, siempre me costó encontrar modelos de conducta adecuados, alguna personalidad histórica que pudiera adoptar como guía, faro y referencia… Hasta que cayó en mis manos un manga extraordinario, editado en cuatro tomos por Glénat, gracias al que descubrí por fin un personaje al que admirar: el monje zen medieval Ikkyu Sojun. Excéntrico, bebedor y asiduo a los burdeles, Ikkyu fue un monje mendicante atípico: experto intérprete de flauta, calígrafo y poeta destacado, autor de sumi-e (dibujos monocromáticos a tinta), protoanarquista y probable hijo ilegítimo del emperador Gokomatsu.
Ikkyu, el nombre dhármico que le fue otorgado por el maestro zen Kaso, significa literalmente «un descanso». Una pausa entre dos mundos, el efímero y flotante de las pasiones y deseos y el plácido nirvana al que aspiran los budistas. Lo que convierte a Ikkyu en un personaje memorable es su capacidad para combinar lo mejor de dos mundos: por un lado la sencillez anacoreta de un monje mendicante, por el otro el disfrute concienzudo de placeres terrenales como el alcohol, el sexo o la vagancia. Ikkyu es un personaje conocido en Japón: los niños en particular le adoran por las muchas historias que corren de su infancia, presentándolo como un crío listillo, despierto y con tendencia a tomarle el pelo a sus maestros. Ha habido varios intentos de narrar su complicada vida, pero el único realmente exitoso fue Akanbe Ikkyu, de Hisashi Sakaguchi, un tipo interesante por sí mismo.
Este magnífico autor empezó relativamente tarde a dibujar mangas, ya que pasó muchos años como animador en Mushi Productions. Allí coincidió con el legendario Osamu Tezuka, que dejó en su estilo una profunda huella. Tal vez por consejo de Tezuka, Sakaguchi dejó la animación para dedicarse plenamente al manga: se especializó en fantasía y ciencia ficción, con éxito abrumador en cuanto al dibujo y relativo en lo que respecta al argumento… Su Version, aunque notable, no deja de ser una extraña mezcla entre Akira y el technobabble informático de Ghost in the Shell. Sakaguchi acabó encontrando el campo en que se sentía más cómodo: historias plenamente realistas puntuadas con simbólicos paréntesis alucinógenos en los sueños, recuerdos o reflexiones internas de los personajes. Ikkyu sigue estos parámetros: no deja de ser un manga histórico-biográfico, pero no vacila en recurrir a pesadillas, alucinaciones e imágenes mentales surreales para romper, siempre de forma fluida y natural, la barrera entre realidad y metáfora. La parte histórica de Ikkyu es sorprendentemente detallada: he visto a lectores curtidos, capaces de navegar por los retorcidos arroyos de los larguísimos patronímicos rusos, palidecer ante las páginas de Ikkyu en que se narran los detalles de la confusa guerra de Onin.
Aunque, por supuesto, la parte más interesante es la biográfica. Los cuatro tomos en que Glénat publicó Ikkyu siguen las cuatro etapas en la vida del protagonista y de cualquier ser humano: infancia, juventud, madurez y vejez (a veces me deprime darme cuenta de que ando por la mitad del tercer tomo de mi vida, pero esa es otra historia). Siempre me ha encantado un momento particular del segundo tomo… Meditando en un bote en el lago Biwa, sumido en la más profunda oscuridad, Ikkyu oye el graznido de un cuervo. Y como es un monje japonés y no Edgar Allan Poe, alcanza en ese mismo instante el satori, la iluminación suprema, el segundo despertar, la liberación de las cadenas del pasado. Pero incluso después de llegar a la iluminación, a Ikkyu le acosan las dudas. No ha dejado de ser humano, al contrario: sigue ligado por los hilos de araña del karma, que tiran de él en mil direcciones diferentes. Por fortuna, dispone de un arma definitiva a la que la mayor parte de monjes renunciaban… En sus propias palabras:
Tanto koan te enseñará el camino, pero no al rico coño de muchacha al que yo me dirijo.
¿Cómo puede considerarse sabio un hombre que no sabe cómo tocar a una mujer? Ikkyu defendió siempre la profundización del satori a través del sexo enérgico y frecuente. En su época muchos monjes que rompían los votos de castidad acudían a los burdeles de incógnito y avergonzados: él entraba por la puerta principal con sus ropas de monje bien visibles. El sexo era un rito religioso más. Se acostó con incontables amigas y prostitutas campesinas, y su relación más profunda y duradera la vivió en los últimos años de su vida con una cantante ciega llamada Mori.
Al sentirse al borde de la muerte, en el momento en que los maestros zen se preocupaban de nombrar un sucesor o preparar su último y definitivo poema, el anciano Ikkyu se limitó a despedirse de la vida dejando unas últimas palabras sinceras y conmovedoras: «no quiero morir». En 1995 Hisashi Sakaguchi terminó la última parte de Ikkyu. Poco después, el 22 de diciembre, falleció a los cuarenta y nueve años de un inesperado infarto. Como el pobre Roberto Bolaño, murió tras terminar su obra maestra y en la cumbre de su habilidad como narrador… Luego vinieron los premios internacionales para Ikkyu, las publicaciones en lenguas extranjeras, las consideraciones de que hubiera sido el sucesor lógico del gran Osamu Tezuka. Tarde: Sakaguchi había terminado su descanso entre dos mundos y había puesto rumbo hacia el menos efímero de ambos.
Vine a nacer en un mundo de sueños, igual que un sueño. Qué descanso, extinguirse lo mismo que el rocío.
Jot Down Comics
Por Pedro Torrijos
Imagina un mundo perfecto.
Imagina una esposa amable y guapa. Imagina una casa preciosa con jardín. Imagina dos perros labradores correteando. Imagina el sol al atardecer. Imagina un trabajo bien remunerado, no te hace rico pero te deja tiempo para estar con tu mujer y tus hijos. Imagina una niña y un niño. Imagina un coche familiar, fiable y de bajo consumo. Imagina un reproductor de mp3 y un ordenador portátil y un smartphone y una tablet. Imagina un televisor grande que te cagas.
Imagina una vida feliz.
Parpadea.
Algo acaba de pasar. No estás completamente seguro, ni siquiera te atreves a afirmarlo en voz alta, pero si te acercas, si lo miras bien, te das cuenta de que el mundo brilla como brillan unos pendientes de plástico, suena como suena una trompeta de plástico y huele como huele una mierda de plástico. Toda una fábrica de plástico que se extiende en las cuatro dimensiones creando mil millones de vidas de plástico.
No mientas, seguro que te ha sucedido alguna vez. Quizá te esté sucediendo ahora mismo. Quizá te sucede a todas horas, todos los minutos y todos los segundos. Lo sientes. Lo ves por el rabillo del ojo. Lo tocas con la punta de la lengua. ¿Y si tu vida no es lo que parece? ¿Y si el mundo no es tan perfecto como parece? ¿Y si el mundo no existe?
Ahora que lo sabes, ahora que lo notas, no puedes quedarte aquí. Eres Thomas Anderson en Matrix, eres César antes de Abrir los ojos, eres Buddy Baker viendo cómo te desdibujas, eres Augusto entre la Niebla, eres Platón en la caverna. Eres Dane McGowan; y quieres ser Jack Frost.
Porque para salir del mundo, no vas a tener más remedio que dejar de ser quien eres, dejar tu perfecta y feliz vida. Escapar a todas las reglas, a todos los policías y a todos los guardianes. Dejar de ser percibido por el mundo. Ser invisible.
Y para ser invisible tienes que convertirte en Invisible; y ya no vale con saltarse los semáforos o dejar de votar. No vale con creerse anarquista y llevar puesta una camiseta del Che. No vale con dejar de acatar las leyes del gobierno; tienes que dejar de acatar las leyes de la propia realidad. Tienes que ser el anarquista perfecto.
Y tienes que estar loco o tener mucha ayuda.
Por suerte, la vida de Dane McGowan está lejos de ser perfecta y además va a recibir mucha ayuda. Y todos los que le ayudan están locos. Loca está Lord Fanny, el chamán transexual; loca está Boy, ex policía de Nueva York; loca, ontológicamente loca está Ragged Robin, telépata y maga con el pasado colocado en nuestro futuro. Y loco, claro, está King Mob, asesino, escritor de éxito, agitador social y álter ego directo de Grant Morrison.
Porque Los Invisibles es la opus magnus de Morrison, y desde luego, no iba a quedarse a mirar desde fuera. Si el guionista escocés ya había tomado un papel esencial en Animal Man, ahora aparece como el principal hilo de progresión narrativa del cómic. King Mob es el mentor del héroe; deslenguado, descarnado y descuerpado; es un martillo neumático de carisma y el personaje que enseña a Jack Frost —y a ti— que lo que veis no es la realidad.
Así, King Mob asume la personalidad de Grant Morrison y te propone directamente que busques ese otro mundo que se esconde detrás de tu cárcel cotidiana. Porque para Morrison, Los invisibles debía servir para que el mundo de la cultura se sacudiese el lodo y la baba pegajosa que lo mantenía atado, y empezar de nuevo mirando a todo lo que se le escapaba. A todo lo que se te escapa. Esta obra es tan importante para el escritor escocés que realizó la operación paralela a su personaje: Grant Morrison se rapó el pelo, se colocó unas aparatosas gafas de sol y comenzó a hablar como King Mob. Morrison era King Mob y te decía todo lo que no te había podido decir en Los Invisibles.
Y parece imposible que le quedase algo por contar, porque en los cincuenta y nueve números y más de mil páginas que ocupa el cómic, vas a asistir —perdón, vas a participar— en un viaje a través de la paranoia y la anarquía; una caída libre atmosférica sin paracaídas que te llevará de un lado a otro del mundo, de un lado a otro del tiempo y de un lado a otro de la realidad.
Y cuando cierres la última página entenderás que lo que acabas de leer no ha terminado. Que, de hecho, apenas ha comenzado. Que quieres leer más. Que quieres pensar más.
Que quieres hacer más.
Y es que Grant Morrison quería la revolución, pero aún más quería que tú quisieses la revolución. Ahora te toca a ti atreverte a perder tu mundo perfecto y tu vida perfecta.
Te toca atreverte a parpadear.
Jot Down Comics
Tintín. Mi buen amigo Juanito Navarro -director de este engendro, no confundir con el reputado bolerista- me dice que hay que hablar de Tintín. Tenía razón, por supuesto. Por mucho que me ponga a pensar no encuentro otros personajes que reúnan ni la mitad de motivos que los recolectados a lo largo de montones de años por ese simpático enano de sempiterno tupé y pantalones de golf que empezó siendo un jefe de boy scouts para acabar convirtiéndose en un símbolo absurdo y en adalid de extrañas actitudes fácilmente encaminadas hacia la locura. Me disculpo por esta frase tan larga y paso a comentarles que uno no creía en la eficacia de un artículo semejante hasta hace escasos meses, cuando me refugié en un pequeño pueblo mallorquín con la sana intención de escribir uno de esos libros que nadie edita (probablemente porque nadie los compra una vez publicados).
El caso es que yo me hallaba encerrado en un vetusto caserón narrando mis sensaciones con respecto a los Estados Unidos -país de locos, pueden creerme- y cuando no escribía me dedicaba a dormir (¡mi actividad favorita!) a tomar copas en los bares del pueblo y a recostar mi angustia existencial por los pedruscos playeros de la zona. Fue en una discutible playa mallorquina donde conocí a Margalida. Ella se hacía llamar Marga y hablaba un curioso castellano teñido de modismos isleños. Era hermosa y rubia como la cerveza y cuando el sol se adueñaba de ella los pelitos de sus brazos brillaban de un modo capaz de enloquecer al más convencido de los misóginos. Su cuerpo mojado era capaz de hacer abandonar los hábitos al más pertinaz de los trapenses. Su conversación no era gran cosa, pero ya se sabe que no se puede pedir todo. No sabía quien era Erik Satie pero era capaz de cocinar el más exquisito lomo con tumbet al oeste del Pecos. Sin duda nuestra historia no tenía mucho futuro pero no me di cuenta hasta la noche en que nos hallábamos recostados en un sofá de mi casa escuchando "El Rayo X", una de las piezas más inspiradas de David Lindley.
Cuando el gran Lindley se aprestaba a declamar su inolvidable declaración de principios me di perfecta cuenta de que nuestro amor era imposible. "Soy alacrán pelú/ que canta en el desierto/ Cuando se va la luz/ queda no más el viento", decía el buen David mientras yo le preguntaba a la ex-dulce Marga: "¿Y qué piensas de Tintín?. "¿Rin Tin Tin?", dijo ella, "¡me encanta, y el pequeño cabo Rusty era maravilloso!". "No", dije yo, "te equivocas, me refiero a Tintín, y a Milú, y al capitán Haddock, y a la Castafiore, y al profesor Tornasol, y a Hernández y Fernández, y a Serefín Laton y a ..." Todo era inútil. Aquella pobre chica nunca había leído un mísero tebeo de Hergé. Por eso me vi obligado, muy a mi pesar, a ponerla en la calle y a decidirme a no verla nunca más.
Y me tumbé en el sofá a escuchar los "Tres fragmento en forma de pera" de Satie tratando de olvidar sus dos magníficos fragmentos en la misma forma. Así descubrí que soy un hombre de principios y que hay cosas que no puedo tolerar. Disculpo a quien no conozca Londres pero soy incapaz de comprender a alguien que no haya deseado alguna vez visitar Syldavia o Borduria y que jamás haya querido reposar sus huesos en esa magnífica mansión que se yergue en Moulinsart. "Néstor, tráigame un vaso de Loch Lomond", pude haber dicho aquella noche en Estellenchs, mientras ella corría despechada hacia su casa y yo me hundía en el recuerdo.
El recuerdo. La única salida para gente de mi calaña, para esos que jamás han disfrutado y jamás encontrarán un presente a su medida. Tumbado en ese sofá, escuchando gymnopedias y bebiendo copas de Xoriguer, pensé en Tintín y recordé, fotograma a fotograma, mi larga relación con él. La pobre Margalida había ocupado el papel de Magdalena proustiana y había hecho que mi cerebro emprendiera un largo camino mental. Remake, remodel.
En mis años mozos, los álbumes de Tintín valían noventa pesetas. Los Beatles grababan "Sgt. Pepper´s lonely hearts club band" y en París se gestaban las celebradas escaramuzas que impidieron que Pilote llegara a tiempo a la ciudad condal. Pero yo me dedicaba a leer las aventuras de mis héroes favoritos y a pasear la nariz por las olorosas hojas de los libros de Editorial Juventud. Estaba bien aquello.
La infancia era tan aburrida como resultaron serlo la adolescencia y la (digamos) adultez. Pero mientras uno pudiera refugiarse en aquellas magníficas páginas todo podía soportarse. Con el tiempo uno ha encontrado otros medios de alienarse de un modo más o menos sano, pero entonces las aventuras de Tintín y sus amigos eran el único medio razonable de escapar de la realidad. ¡Se estaba tan bien con aquel simpático borracho que usaba falsos libros para esconder botellas de Loch Lomond!¡Era tan divertido escuchar a aquel sabio loco que nunca contestaba lo que se le preguntaba!¡Se lo pasaba uno tan bien viendo a los dos zafios polizontes vestidos de negro montando el número por donde quiera que se metieran!
Y les juro que no trato de explotar la nostalgia. No soy José Luis Garci ni el cantante de los Sirex. No trato de rescatar sensaciones supuestamente válidas. Solo les cuento lo bonito que era hundirse en las satinadas y olorosas páginas de las aventuras de Tintín. Y disfrutar con aquellas traducciones inefables de Concepción Zendrera, aquella señora que hacía hablar a los personajes como si la traducción la estuviera realizando sobre la marcha nuestra propia madre.
Fueron muchos años viviendo con Tintín como para que ahora, pensaba yo cuando ya me había caído del sofá y pinchaba en el tocadiscos la más deprimente pieza del segundo álbum de "Orchestral Manoevres un the dark", venga una niña litri a decirme que no sabe quienes son mis compañeros eternos... Compañeros que dejaron de serlo por un breve lapso de tiempo, cuando Asteriz y Obelix me hicieron pensar que Tintín había pasado a la historia. ¡Lo siento, capitán Haddock! Por un momento pensé que ustedes no eran más que fantasmas de mi infancia y que ahora, en mi pre-adolescencia, había llegado el momento de entregarme a estéticas más moderna. Ignoraba yo entonces que la modernidad siempre estará de su parte -sin que por ello dude del indudable talento de los señores Goscinny y Uderzo.
La histeria Asterix se adueñó de mí durante mucho tiempo y me olvidé de los héroes de mis aventuras de infancia. De pronto el grafismo de Hergé se me antojaba tronado, pasado de moda...¡Hay que ver lo ciego que se puede ser a veces!¡Hay que ver lo desagradecido que se puede ser hacia la emoción momentáneamente olvidada!
Pero lo que tenía que pasar pasó y la adultez (?) me devolvió el amor por las criaturas hergenianas. Y volví a Tintín cuando me di cuenta de que si él y sus amigos había sido más divertidos que mi escuela y mi familia seguían siéndolo con respecto a mi trabajo y a mis pseudo novias. Afortunadamente mi reencuentro con la pasión hergeniana fue coetáneo con el que muchos dibujantes sintieron por las sensaciones abandonadas pero no olvidadas. En Francia, Tardi dibujaba las aventuras de Brindavoine y Adele Blanc-Sec, Riviere y Floc´h se daban cita en Sevenoaks y Winninger se lanzaba a la búsqueda de pirámides olvidadas. En España, Roger y Montesol me confesaban su amor por la aventura tintiniana...
Y llegábamos al revival Hergé. Y todos releíamos cien veces los álbumes temporalmente dejados de lado. Y nos dábamos cuenta de que las aventuras de Tintín estaba y estaría siempre lo mejor de nuestros peores años.
Y descubrimos de repente la modernidad de Hergé. Y nos enamoramos de su escuela: de Edgar Pierre Jacobs y Blake y Mortimer, de Bob de Moor y Barelli, de Riviere y Floc´h y Francis Albany, de Tardi y Adele Blanc-Sec, de Yves Chaland y Bob Fisk... Y nos enteramos de que todo aquello que nos fascinaba se encuadraba en una llamada "escuela franco-belga". Y supimos, de una vez por todas, lo que era la aventura hecha comic.
Tal vez lo vi claro entonces, tirado en el suelo junto al cadáver de una botella de Xoriguer y tratando de reunir las fuerzas necesarias para ascender dos pisos y cambiar la fría baldosa por el blanco colchón. E hice mi elección, sabiendo que lo mío no era la soleada playa ni, ¡ay!, la dorada niña de duras nalgas y cerebro de mosquito sino algo más enfermizo: la mesa de camilla de la que momentáneamente se han arrinconado los deberes para merendar y leer dos o tres páginas de "El cetro de Ottokar".
Tintín, alimento eterno para adolescentes igualmente eternos. Un mundo en el que todo está muy claro y al que siempre se puede volver al cabo de uno de esos inacabables paseos por el Ensanche, después de haber encontrado a alguno de esos atorrantes compañeros del colegio que se lo cruzan a uno y le informan de lo mayores que se han hecho. Mientras ellos cenan y le dan una bofetada el niño que llora demasiado alto, nosotros estaremos como siempre, pensando en viajes a Egipto o en la mujer soñada, escuchando a Ferry en el tocadiscos cantando "These foolish things" e ignorando al futuro tanto como él nos ignora a nosotros. Estaremos en Syldavia agradeciéndole a Bianca Castafiore el habernos hecho descubrir a castas divas como Caballé o la Cotrubas, bebiendo copas de Picon y, en definitiva, enloqueciendo del modo menos dramático posible. Esperando que el sastre nos traiga esos pantalones de golf que le encargamos hace unos días. Y coincidiendo con Julio Ramón Ribeyro, ese escritor peruano que en sus "Prosas apátridas" dice cosas como: "Al igual que yo, mi hijo tiene a sus autoridades, sus fuentes, sus referencias a las cuales recurre cuando quiere apoyar una afirmación o una idea. Pero si las mías son los filósofos, los novelistas o los poetas, las de mi hijo son los veinte álbumes de Tintín. En ellos todo está explicado. Si hablamos de aviones, animales, viajes interplanetarios, países lejanos o tesoros, él tiene muy a mano la cita precisa, el texto irrefutable que viene en socorro de sus opiniones. Eso es lo que se llama tener una visión, quizás falsa, del mundo, pero coherente y muchísimo más sólida que la mía, pues está inspirada en un solo libro sagrado sobre el cual aún no ha caído la maldición de la duda".
Revista Cairo nº 1
Año 1981. Barcelona
Regresa una de las colecciones más longevas en su nueva etapa en color, trasladándonos de nuevo al Japón en el que los problemas se resolvían a golpe de katana
JOSÉ LUIS VIDAL
23 Enero, 2023
Y lo hacemos junto a la genial creación de Stan Sakai, ese conejo ronin, junto al que hemos recorrido el País del Sol Naciente en numerosas ocasiones y que, en esta nueva entrega, titulada ¡Guerra Tengu! se va a encontrar en unos parajes que conoce demasiado bien, ya que pertenecen a la región donde nació, creció, convirtiéndose en el gran espadachín que es hoy.
Planeta Cómic
Pero hubo un ser perteneciente a la mitología nipona que fue su sensei, profesor, en el arte del manejo de la espada. Su nombre es Sojobo, y el camino de Usagi se va a volver a cruzar con él. Aunque en esta ocasión el alumno tendrá que asistir, ayudar a su maestro, ya que una facción de los tengu conocida como guhin tratan de invadir la zona.
La lucha que se avecina promete ser la definitiva y afortunadamente, el inusual dúo no estará solo frente a las furiosas hordas…
Como ya decía al principio, Usagi Yojimbo es un conejo errante, y en este momento de su existencia aún lo es más, ya que el señor feudal a cuyos pies cayó Lord Mifune, el señor del ahora ronin, ha puesto precio a las cabezas de los supervivientes de aquella sangrienta batalla, por lo que el protagonista debe alejarse lo más que pueda de esas conocidas tierras que le traen tantos recuerdos.
Y en el camino se va a encontrar a un padre y su hijo, que se dedican a la caza de los peculiares reptiles que desde el principio de las aventuras del orejudo protagonista podemos ver en las viñetas de este cómic, los tokage.
Hay un hombre, un ermitaño que los compra a buen precio y al que, por una circunstancia fortuita Usagi va a conocer, sin él saber que les une algo, un hecho del pasado que tan solo se resolverá de la manera más violenta, entre golpes de katana y el siseo de letales serpientes.
La vida de Usagi está llena de sorpresas, algunas desagradables, debido a su condición de ronin, pero hay otras que le deparan inesperados encuentros. Uno de ellos es el que tiene con un joven samurái llamado Yukichi, al que acompañará para entregar la espada que perteneció a su maestro.
Lo que parece algo trivial, muy sencillo, meterá a ambos espadachines en una lucha, debido sobre todo por la mala relación entre las diferentes escuelas de lucha del lugar, unos alumnos demasiado peleones y los carteles que ponen precio a la cabeza del conejo…
Pero hay algo más, un hecho inaudito, que hará que en el rostro de Usagi se dibuje una sonrisa cuando conozca el verdadero origen del muchacho, personaje éste que pasa a ser uno de esos secundarios importantes en las futuras peripecias de este ronin errante.
Siempre lo digo y nunca me canso de ello. Si queréis conocer las costumbres, mitología y vida de la época de los samuráis en Japón, a la vez que disfrutar de un cómic que hará las delicias de todo tipo de lector, sin importar su edad, las peripecias de Usagi Yojimbo son más que recomendables, por algo llevan más de treinta años publicándose, siendo galardonadas con los premios más importantes de la industria norteamericana.
Y en esta nueva entrega de su etapa en color, además de las historias ya referidas, vamos a encontrarnos con una grata sorpresa, una serie de pin ups que, con diferentes estilos retratan al protagonista. Viene firmados por Jon Sommariva, Billy Martin, Jennifer L. Meyer, Jesús Hervas, Soo Lee, Jon J. Murakami y Freddie Williams II.
Malaga Hoy
El joven Peter Parker va aprender en este cómic, a las malas, lo dura que es la vida del superhéroe
JOSÉ LUIS VIDAL
Cádiz, 22 Enero, 2023
Tienes dieciséis años, la picadura de una araña te cambió la vida, debido a los peligros a los que te enfrentas diariamente has tenido que romper con el amor de tu vida; perdiste a una buena amiga a manos de un monstruo; la ciudad de New York esconde peligros en cada callejón y en los más altos y lujosos rascacielos…
Todos y cada uno de estos serían motivos más que suficientes para que este chico de instituto, que vive junto a su activa tía May, tirara a la basura (una vez más) su colorido traje rojo y azul. Pero un inesperado rayo de luz va a colarse entre las sombrías esquinas de su existencia, devolviéndole las ganas de pelear contra los villanos.
Su nombre es Kitty Pryde, joven mutante que pertenece al grupo conocido como Patrulla-X. Ella también está pasando por una época extraña, y pese a vivir en una auténtica mansión, y estar rodeada de un buen puñado de personas, compañeros, se siente sola.
Y recordando la inmediata atracción que Peter y ella sintieron el día que se conocieron, sin pensarlo dos veces, se pone en contacto con él.
Y surge la magia. O mejor dicho, un joven romance que va a ocupar la totalidad de las páginas de este noveno volumen que recoge las peripecias de este joven Hombre-Araña, que vive en el universo alternativo bautizado como Ultimate.
Sus creadores, el guionista Brian Michael Bendis, junto al prolífico dibujante Mark Bagley, crearon un auténtico clásico moderno, en el que partiendo del mismo origen del personaje, nacido en el Universo Marvel, nos regalan una versión mucho más fresca, sin necesidad de depender de la maldita continuidad y que ‘renovaba’ una serie de situaciones y personajes que todos ya conocemos, y con los que ahora vamos a disfrutar aún más.
Y es que el contenido de este tomo solo puede calificarse como frenético, ya que la acción solo va detenerse en algunos momentos puntuales, con conversaciones entre los protagonistas, ya sean Peter, Kitty, o la despechada Mary Jane, ex novia del chaval, que ve como éste bebe los vientos por la joven mutante, sin aparentemente acordarse de la pasional relación que tuvieron hace muy poco y que el chico rompió, atemorizado por los que pudiera ocurrirle a la pelirroja al saber que su alter ego era el Trepamuros.
Pero lo que nos gusta a los lectores es que la acción rebose por las páginas de un cómic Marvel, y aquí vamos a ver como la casualidad hace que Spiderman intervenga en más de una incidente relacionado con la todopoderosa empresa Roxxon, por lo que su presidente va a encargarle a un grupo de mercenarios que busquen al protagonista y le lleven ante él.
Lo malo es que estos están comandados por Marta Plateada, una aguerrida guerrera con la que Spiderman va a tener algo más que palabras…
Y es que una desgraciada confusión va a hacer que un compañero de instituto, el insufrible Flash Thompson, se convierta en una celebridad de la noche al día, sin pensar en el peligro que eso puede implicar.
El Conmocionador, Anillador, El Buitre… Estos villanos no van a ser nada comparado con lo que Peter, Kitty, y sus compañeros de supergrupo se encuentren cuando abran los ojos en la isla de Genosha, convirtiéndose en peones de un peligroso juego, en el que van a ser perseguidos, cazados, por un tipo llamado Masacre y sus fieles acompañantes, los letales Cosechadores.
Afortunadamente, casi no hay situación peliaguda de la que Spiderman no pueda salir, y de regreso a su amada Gran Manzana se va enfrentar a una amenaza que creía irreal, unos seres monstruosos de los que solamente había conocido sus andanzas a través de películas, libros y algún que otro cómic.
Y es que los seres de la noche existen, y sus colmillos manchados de sangre van a poner en peligro a Peter, que conocerá a un vampiro de lo más especial, que lucha contra los monstruos, ¡Morbius!
Como conclusión al tour de force que contiene este volumen, regresa la capitana Jean de Wolff, que esconde más de un oscuro secreto, y encarga a Spidey la misión de pararle los pies a un tipo nuevo que ha llegado a la ciudad y pretende hacerse con los bajos fondos, hasta ahora manejados con manos dura por el implacable Kingpin.
El problema es que no es el único que busca al criminal…
Y así llegamos al final, exhaustos después de tantas aventuras contenidas en dos anuales y un buen puñado de números de la serie regular, todos escritos y dibujados por el team Bendis-Bagley, que se acerca ya al número 100, aguardándonos más de una inesperada sorpresa.
Malaga Hoy