viernes, 27 de octubre de 2017

Actualización del mito

JAVIER FERNÁNDEZ
25 Octubre, 2017

'Grandes autores de Superman: Dennis O'Neill y Curt Swan - Kryptonita nunca más'. Dennis O'Neil, Curt Swan. ECC. 192 páginas. 19,50 euros.

En 1971, quince años antes de que John Byrne plantease su exitosa actualización del mito de Superman, el editor Julius Schwartz sucedió a Mort Weisinger con el encargo de remozar el personaje y adaptarlo a los nuevos tiempos. Para ello, contó con uno de los guionistas del momento, Dennis O'Neil, que venía revolucionando el género con Neal Adams en la serie Green Lantern/Green Arrow y andaba firmando, también con Adams, el regreso de Batman a sus raíces oscuras. El apartado gráfico recayó en el dibujante por antonomasia del Hombre de Acero, el incombustible Curt Swan, embellecido por los acabados de Murphy Anderson, quizá su entintador definitivo. La tarea se limitó apenas a un arco argumental, pero qué arco argumental… Kryptonita nunca más recopila esta seminal y maravillosa etapa de Superman, un tebeo imprescindible de la bibliografía del superhéroe.


Malaga Hoy



Más Wonder Woman

JAVIER FERNÁNDEZ
25 Octubre, 2017





'Wonder Woman: Amazona. Heroína. Icono'. Robert Greenberger. ECC. 208 páginas. 25 euros.

La presencia de Wonder Woman en librerías se ha ido multiplicando en los últimos meses, y es que la pertinencia del mensaje feminista asociado al personaje se ha beneficiado de la publicidad generada por la reciente película cinematográfica, y todo junto ha sacado a la superheroína del relativo ostracismo que padecía en nuestro país. De golpe y porrazo, ECC está recuperando las etapas más sobresalientes de su trayectoria moderna en la estupenda colección Grandes autores de Wonder Woman. A la hora de escribir este artículo, el volumen más reciente de la serie es La bruja y la guerrera, segundo del fenomenal trabajo de Phil Jiménez, cuyo estilo gráfico recuerda poderosamente al de George Pérez. El tomo recopila los números 171 a 177 de Wonder Woman (2001-02), junto con el especial Wonder Woman: Our Worlds at War (2001) y relatos extraídos de los números 2 y 3 de Wonder Woman: Secret Files and Origins (1999 y 2002). A los guiones y dibujos de Jiménez, se suma el trabajo del escritor Devin Grayson y de otros artistas como Travis Moore, Cliff Chiang o Lan Medina, más las impactantes portadas de Adam Hughes, Jae Lee y Jim Lee; una gozada con argumentos cósmicos y mitológicos que contiene también un emotivo homenaje a las víctimas del 11-S.

Pero seguramente la novedad de Wonder Woman más llamativa, de todas las publicadas por ECC, sea el libro Wonder Woman: Amazona. Heroína. Icono, escrito por el especialista Robert Greenberger. Profusamente ilustrado y con tono divulgativo, el ensayo de Greenberger rehúye la estructura cronológica y, tras repasar el surgimiento del personaje en la década de 1940, se ordena en torno a las ideas centrales del discurso de su creador, William Moulton Marston, que buscaba con Wonder Woman una revolución en la representación de las mujeres en la ficción. Van numerosos ejemplos de todas las etapas del personaje, y el volumen es un auténtico festín para los sentidos y la constatación del poderío, la importancia y la vigencia de la princesa Amazona. En una sola palabra, un disfrute.

Malaga Hoy


¡Larga vida a la Legión!

La miniserie de cinco episodios reúne a las Legiones de tres realidades distintas, en lucha contra Superboy Prime y sus Supervillanos

JAVIER FERNÁNDEZ
25 Octubre, 2017

'Crisis final: La legión de tres mundos'. Geoff Johns, George Pérez. ECC. 176 páginas. 17,95 euros.

La Legión de Superhéroes fue creada por Otto Binder y Al Plastino en 1958 como parte del enriquecimiento de la mitología de Superman auspiciado por el editor Mort Weisinger. Los héroes adolescentes del siglo XXXI se presentaron en el número 247 de Adventure Comics, la cabecera protagonizada por Superboy, y siguieron asomando por diversos rincones de la franquicia del Hombre de Acero hasta que obtuvieron su propio serial, Tales of the Legion of Super-Heroes, en el número 300 de Adventure Comics (1962). Durante su primera década y media de historia, la Legión estuvo vinculada a Superboy y contó con el trabajo de escritores tan notables como Jerry Siegel, Edmond Hamilton, Jim Shooter, E. Nelson Bridell o Cary Bates, y dibujantes de la altura de John Forte, Curt Swan, Dave Cockrum o Mike Grell, que contribuyeron a convertir la serie en un título de culto. El supergrupo alzaría al fin el vuelo en solitario a finales de los años 70, de la mano del que algunos consideran su guionista definitivo, Paul Levitz, que se alió con distintos artistas, especialmente con Keith Giffen, para producir aventuras como La saga de la Gran Oscuridad, que situó a los legionarios entre los personajes más populares de DC. Desde entonces, la Legión ha conocido diversos reboots, algunos tan radicales como el Cinco años después (1989) de Giffen, con la asistencia de Tom y Mary Bierbaum, los Legionnaires (1993) de estos dos últimos o la Revolución adolescente (2005) de Mark Waid y Barry Kitson.

La historia de cualquier superhéroe clásico está llena de cambios y giros argumentales, pero la continuidad de la Legión es especialmente enrevesada, máxime si tenemos en cuenta la cantidad de personajes que integran el supergrupo, de modo que los lectores suelen sentirse apabullados a la hora de iniciarse en sus aventuras. Y es una lástima, porque esta singular space-opera compone uno de los tapices más adictivos y fascinantes del género de superhéroes, como bien saben los seguidores acérrimos de la serie. Cuando hablamos de la Legión, quizá la pregunta más repetida sea por dónde empezar a leerla, y claro está que no hay una sola respuesta. Muchos fans recomendarían la etapa de Levitz y Giffen y, otros tantos, la de Shooter y Swan, y las dos me parecen buenas opciones, aunque, si les soy sincero, yo me enganché irremediablemente gracias al maravilloso sabor pulp de las páginas de Hamilton y Forte.

Sea como sea, y aprovechando que ECC acaba de reeditar La Legión de tres mundos, hoy les ofrezco como puerta de entrada a la Legión esta miniserie de cinco episodios vinculada a Final Crisis, que cuenta con guión de Geoff Johns y dibujos de George Pérez. Tal como indica su título, el cómic reúne a las Legiones de tres realidades distintas, en lucha contra Superboy Prime y su Legión de Supervillanos, lo que sirve a Johns para homenajear la riquísima historia del supergrupo y a Pérez para ofrecer una auténtica procesión de personajes y dejarnos boquiabiertos página tras página. De verdad, les recomiendo que no se lo pierdan.

Malaga Hoy

Tirando de la manta

Craig Thompson es autor de 'Blankets', una obra maestra del cómic publicada en EEUU en 2003 de carácter autobiográfico

El artista domina la técnica de la narración y el dibujo

GERARDO MACÍAS
25 Octubre, 2017




'Blankets'. Guión y dibujos: Craig Thompson. Astiberri, 2004.

La expresión "tirar de la manta" significa destapar alguna intimidad, o a veces algún asunto vergonzoso que podría resultar comprometedor para alguien. Pero su origen no es tan evidente como puede parecer, ya que en este caso la palabra "manta" no se refiere a la pieza de lana, algodón u otro material que sirve de abrigo, principalmente en las camas.

Tras la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos en 1492, muchos emigraron al todavía independiente reino de Navarra. Sin embargo, la protección otorgada por los navarros sólo duraría hasta 1498. Así pues, los judíos del reino de Navarra tuvieron que elegir entre expatriación o conversión a la fe cristiana. Muchos optaron por permanecer en su tierra, aunque ello supusiera mudar de religión, de costumbres e, incluso, cambiar de apellidos.

Los cristianos viejos demandaban poder distinguir las familias conversas de las de los cristianos viejos. Para ello, grabaron los nombres de los judíos conversos en unos grandes lienzos ("mantas") que colgaban en iglesias. Y en ese contexto, tirar de la manta significaba investigar las posibles falsas conversiones.

Sobre mantas (esta vez sí, las de las camas) y sobre religión (aunque no la judía sino la evangélica), trata Blankets (2003), cómic autobiográfico de Craig Thompson, que cuenta su crianza en el seno de una familia evangélica hasta llegar al momento de su madurez.

Blankets es un cómic que narra la autobiografía de Craig Thompson, crecido en una pequeña comunidad rural de Wisconsin, Estados Unidos, educado por un padre severo y en un entorno enormemente religioso, y donde era objeto de burlas y abusos por parte de otros niños mayores.

El cómic se centra especialmente en la historia de la relación de Craig con su hermano menor, de su pasión por el dibujo y, sobre todo, de la historia de su romance con Raina, una chica a la que conoce siendo adolescente en una colonia de vacaciones parroquial y que será su primer amor.

Thompson cuenta su infancia y adolescencia a través del hilo conductor de las mantas (blankets, en inglés): la manta por la que luchan él y su hermano, de niños, condenados a dormir en la misma cama; la manta que Raina teje para él; la manta con la que ambos se cubren cuando están juntos, en invierno. Así pues, el autor tira de su propia manta, revelándonos sus intimidades.

El dibujo siempre está al servicio de la historia: así, por ejemplo, en las viñetas en las que Craig ve a la chica como si fuera un ángel, perfecto y sagrado; o cuando ambos duermen abrazados, envueltos en la manta que ha tejido ella.

El género de la autobiografía no es nuevo en la historieta. Hay precedentes como Robert Crumb, ya en sus primeros cómics underground de los sesenta, y aquí en España, Los cuentos del tío Vázquez, en 1958. En Blankets, el norteamericano Craig Thompson se integra en esta línea habiendo sabido interpretar perfectamente a sus precedentes y coetáneos.

Otra de las constantes utilizadas por el creador de Blankets es la visualización de lo que pasa por su mente. Thompson dibuja sus visiones como si de un elemento natural se tratase a lo largo de todo su relato. Para ello, busca una cierta disfunción gráfica en su estilo, llevándolo a un expresionismo casi goyesco, que trasluce no sólo sus dudas, sino sus tormentos interiores.

Thompson es un autor joven que domina bien la técnica de la narración y el dibujo. Thompson ama tanto a sus personajes que, a veces, le falta distanciarse de ellos para conseguir un relato más contundente, más irónico, más mordaz.

Blankets es una obra maestra del cómic por sí misma. No caigamos en el error de pensar que el cómic es el puente entre libros de ilustración y literatura; la historieta es un medio de comunicación con una técnica y un lenguaje propios.

Craig Thompson (1975) es un destacado representante de la nueva historieta estadounidense. Su obra más reconocida es Blankets, publicada originalmente en Estados Unidos en 2003 y traducida al castellano y al catalán en 2004 por la editorial española Astiberri. Destaca también su álbum Habibi, obra inspirada en el mundo árabe. Craig Thompson ha recibido cuatro premios Harvey, dos premios Eisner y dos premios Ignatz, los galardones historietísticos más prestigiosos de su país.


Malaga Hoy


Hambre de aventura Lucía Etxebarria



Grandes Héroes del Comic Nº 20- Corto Maltés


La gente tiende a idealizar la vida en una familia numerosa, pensando que se trata de una existencia idílica al estilo Sonrisas y Lágrimas, con un montón de adorables pequeñuelos conviviendo en perfecta sinergia, siempre dispuestos a ayudarse y protegerse, cuando no a cantar bonitas canciones tirolesas a coro y a capella. Poco sabe esa gente de lo que es vivir en perpetua competencia: competencia por el espacio (el exiguo espacio que te corresponde en una habitación compartida -a veces a tres- en la que hay que defender con uñas y dientes el escaso territorio que te corresponde: tu cama, tu mesilla, tu parte del armario y tus dos cajones); por la comida (hasta el extremo de llegar a contar los boquerones que vienen en la bandeja y dividirlos entre siete para poder pelear con conocimiento de causa por la parte exacta que te corresponde); por el turno de la ducha, por las atenciones de tu madre, por todo. Quizá a veces un vástago de familia numerosa se pueda llegar a sentir mucho más solo viviendo en una casa atestada que un hijo único,a quien yo siempre imaginé como un príncipe feliz que disfrutaba de un cuarto enorme para él solo, de todos los croissants
que quisiera para desayunar y del afecto sólido y constante de una madre solícita y siempre dispuesta a escucharle.

Desde luego,yo siempre pensé que si alguna vez tenía hijos serían, como mucho, dos, autovaticinio o autopromesa que va camino de cumplirse,y cuando era niña, por mucho que quisiera a mis hermanos, que los quería, no le encontraba ninguna ventaja al hecho de tener tantos. Aunque las hubo, y muchas. Por ejemplo, si no hubiera tenido hermanos mayores ¿habría yo conocido a Corto Maltes? Probablemente sí, pero mucho más tarde, no a los ocho años.

El cuarto de mis dos hermanos se presenta, en mi recuerdo, como un idílico territorio de infancia, un edén de placeres,el paraíso escondido dentro de un piso por lo demás muy poco paradisíaco. En mi casa había cuatro dormitorios: padres, tres chicas,dos chicos, dos niñas, y el de los chicos era el único que no estaba decorado según el gusto de mi madre, que no es que fuera malo, pero se resentía un poco de la larga estancia vivida en Inglaterra, con una propensión a los colores pastelera los motivos florales y a los estampados de Laura Ashley que, en plenos años setenta de jipismo y psicodelia, a veces podía resultar un poco empalagosa. Al cuarto de mis hermanos, sin embargo, no había llegado ningún aire de campiña inglesa. Ni el aire ni el aroma, porque allí, en lugar de reconocer la esencia floral con la que mi madre solía ambientar la casa (influencia británica también: los centros de olor venían de Marks and Spencer en Londres), se respiraba un intenso aroma a incienso, que intentaba malamente esconder el tufo subterráneo a marihuana. El dormitorio estaba sobriamente amueblado con una moqueta color beige constelada de quemaduras, una mesa de madera lisa, y una cama nido (o sea, dos camas, una plegable encajada debajo de la otra) cubierta con una colcha color tabaco, y empapelado de posters hasta el techo (literalmente: si te tumbabas en la cama podías ver el rostro de una Marilyn joven y lánguida contemplándote como si estuviera a punto de caer sobre ti). En las paredes había estanterías forradas de libros amontonados unos sobre otros, y bajo la mesa había, amontonadas unas sobre otras, varias cajas de embalar. La mayoría estaban repletas de discos, y unas cuantas de cómics.
 
Igual que en mi casa jamás se me prohibió el acceso a ningún libro por mucho que no resultase apropiado para mi edad (y es así como, según ya he contado alguna vez, me leí el Kamasutra a los once años, sin enterarme de nada de lo que iba,y creyendo vagamente que tenía que ver con los animales), tampoco se me vetaba la lectura de los cómics, siempre y cuando los leyera cuando mis hermanos no estuvieran en casa y los dejara después en su sitio (es decir, estoy segura de que ellos sabían que los leía, pero se hacían los longuis). Los Tintines y los Asterix, heredados a través de varias generaciones desde mi hermana la mayor, eran cómics para niños, y como tales, se guar-daban en mi cuarto. Pero los álbumes de mis hermanos no tenían nada que ver. Primero, por la forma: los caracteres no estaban tan infantilizados,y los protagonistas no se representaban a través de caricaturas de personas, sino con retratos. Y las historias tampoco eran precisamente para niños. Allí cabían el sexo, la tragedia, la venganza, los celos, las incursiones en mundos oníricos, la ciencia ficción. Los autores favoritos de mis hermanos eran, según recuerdo, Richard Corben, Moebius, Guido Crepax, Carlos Giménez, Will Eisnery Hugo Pratt.Es decir, que allí no cabían ni cómics de la Marvel ni de superhéroes en general, sino que gustaban más bien las historias literarias. Porque, aunque haya quien no esté convencido, un buen cómic puede ser literatura. De hecho, Umberto Eco dijo de Hugo Pratt, el creador de Corto Maltes, que había sido "el Salgari del siglo XX" pero que "al contrario que Salgari, Hugo Pratt escribía bien". Al mismo Hugo Pratt le gustaba decir que se consideraba un novelista que incluía dibujos en lugar de descripciones. Y es cierto que sus historias tienen unas estructuras perfectamente equilibradas que para sí las querrían construir muchos de los que hoy se llaman grandes narradores de nuestro tiempo, como también es cierto que se nutren de fuentes literarias clásicas: de los grandes narradores de aventuras como Stevenson, Conrad, Hawthorne, Jack London, Ridder Haggard, Dumas, Fenimore Cooper, Zane Grey,y de los poetas malditos como Villon, Baudelaire, Apollinaire, Huysmans, Rilke y otras bestias sagradas del simbolismo.

Corto, para colmo, tenía un aire a mí hermano Nacho, que también lucía entonces patillamen hasta la mandíbula y abundante y juvenil pelambrera desgreñada y rizada. (El pendiente de marinero se lo tuvo que quitar ente las enérgicas protestas de mi padre, que puso el grito en el cielo,y en cuya casa, a fin de cuentas, vivía).Y, como mi hermano, Corto era un tipo irónico, aparentemente desapegado pero con un fondo sensible, y refractario a cualquier ideología que no fuese libertaria. Y quizá sea por eso, pues mi hermano siempre gozó de fama de guapo y pintón entre las féminas del barrio, por lo que, después de la Valentina de Crepax, que siempre fue mi favorita, Corto figure, junto con Spirit, entre mis grandes mitos eróticos del cómic, honor al que ningún Batman,Spiderman o superhéroe justiciero yanqui de malla ajustada podrán aspirar jamás. Mito inalcanzable, por supuesto, como todos los mitos, no sólo porque estaba hecho de papel y tinta en lugar de carne y hueso, sino porque, aunque a Corto se le conocieron muchas historias de amor, nunca llegó a consumarlas,y él mismo decía que las mujeres serían maravillosas si pudiéramos caer en su corazón en lugar de en sus brazos". Así que siempre quedará Corto, como todos los grandes amores, en ese rincón de la memoria que se destina a los sueños imposibles. Porque en cierto modo, a mí me pasa como a Corto: en cuanto consigo lo que quiero pierdo repentinamente el interés y me devora el cuerpo el hambre de aventura. Aunque las mías sean más domésticas y no me haga falta recorrerme los siete mares para encontrarlas.

Lucía Etxebarria es escritora y ha publicado, entre otros libros Amor, curiosidad, prozac y dudas; Beatriz y los cuerpos celestes; De todo lo visible y lo invisible y Una historia de amor como otra cualquiera.




jueves, 26 de octubre de 2017

La muerte de Superman Espido Freire



Grandes Heroes del Comic Nº 11- Superman



El cómic, desencuadernado y manchado por las moscas, aún debe de pudrirse en el desván de la casa de mis abuelos. La última vez que lo vi, hará cinco años, mientras salvaba algunos libros de la humedad y del silencio, las hojas estaban combadas y renegridas, y decidí dejarlo allí, como se hace con las leyendas de los héroes olvidados que regresarán algún día para salvarnos.

La historia de Superman llegó a mi primo como uno de tantos regalos de verano, libros, sobre todo; le gustaba leer, cada vez podía moverse menos, y los mayores no se rompían demasiado la cabeza con los niños. Él era generoso con sus cosas, no tenía con quién hablar de sus historias como no fuera conmigo, y en las tardes inacabables de verano, mientras los mayores dormían la siesta, yo conducía su silla de ruedas hasta la sombra del manzano y allí leíamos los dos, en silencio, con una seriedad adulta, compitiendo por memorizar argumentos, por inventar luego juegos en los que los libros ya no contaban. Los devorábamos, extraíamos de ellos la savia y los abandonábamos secos y sin interés.

Pero Superman era otra cosa. No pertenecíamos a la generación que creció con el mito, el Ciclón de Krypton, los tebeos comprados por céntimos en el kiosko, ni tampoco continuamos leyendo su historia cuando abandonamos la niñez. De hecho, leer cómics resultaba ligeramente anticuado, sólo nosotros en nuestro entorno conocíamos al Jabato, al Guerrero del Antifaz, a Roberto Alcázar. Más tarde llegó Spiderman, siempre por las series de dibujos animados aterrizaron los bellos mutantes de la Patrulla X. 

Para nosotros, Superman comenzaba y acababa en aquel libro, que recogía historias de los años cincuenta y ordenaba los hechos cronológicamente. Seguíamos al superhéroe desde.que era un niño, le veíamos aprender a volar, observábamos la ingenuidad de Luisa Lañe, con sus elegantes trajes sastre de la época, hasta que llegábamos a las historietas que más me gustaban: las que narraban lo más cercano a un devaneo amoroso que íbamos a presenciar: "La novia provinciana de Superman" y "La boda de Superman con Luisa Lane".

Superman dividía el mundo en buenos y malos, y resultaba evidente con quién estábamos alineados los niños Freire,que matábamos moscas con el afán justiciero de los que se creen en posesión de la verdad y con la crueldad descarnada que aflora a los nueve años. Vivíamos en ese mundo en compañía de Superman, de Flash Gordon y de Michael Knight,que conducía su coche fantástico en las tardes calurosas de agosto y siesta. Queríamos ser ellos, éramos ellos, volábamos, dábamos puñetazos a los villanos, poseíamos rayos equis en los ojos y aún no nos habíamos dado cuenta de que yo era una niña y de que mi primo no saldría jamás de su silla de ruedas. En los años de las promesas, aún creíamos que cuando creciéramos podríamos ser lo que quisiéramos,yo astronauta y mi primo constructor de naves espaciales,yo poeta y él el científico que inventara la máquina del tiempo, siempre huyendo los dos, escapando de los mayores, la siesta, la enfermedad y la prisión de la infancia, sintiendo que éramos, como Superman, extraterrestres.

Durante el resto del año Superman se adormecía en un sueño de kriptonita, mientras yo asistía a la escuela, estudiaba solfeo y cambiaba de mes en mes cartas con mi primo, que se quedaba en el campo, sin colegio, sin compañeros, con los libros y las historias que había recolectado en verano y con los planos de las naves espaciales. En una ocasión, el héroe regresó; mi hermana me llevó a ver la película, la segunda parte de Superman, donde un Christopher Reeve guapísimo y de ojos de zafiro renunciaba a sus poderes para pasar la noche con Lois. La fascinación por Superman, al que nunca más pude poner otro rostro, llegó a su punto culminante: compraba la bebida que regalaba puntos Superman,escribía historias sobre Superman, e incluso se me pasó por la mente robarle el libro de cómics a mi primo.

Pero los años borran todas las pasiones, y de pronto crecimos, y nos interesaban más las plantas que los héroes con capa, los tenistas que los actores, hacer antes que imaginar. Yo era una niña y sospechaba que no encontraría a nadie que me salvara de los villanos.Y él se enfrentaba a una existencia en la que cada año era un regalo, en que había que alegrarse porque aún conservara movilidad en la mano izquierda y pudiera usar un ordenador.Ya no existían consuelos, sólo aficiones, sólo modos de matar el tiempo hasta que acabara matándonos.

Mi primo murió el mismo año en que murió Superman. Debí adivinar las señales, unos días antes habían narrado en los telediarios su muerte a manos de Doomsday, la mañana en la que murió yo me había acercado a un mercadillo donde vendían cómics destrozados del hombre de acero. El mundo se emborronó, mi primo moría a los veinticuatro injustos años,yo continuaba viva, de pronto Christopher Reeve caía de un caballo y terminaba también en una silla de ruedas. Las historias se convertían en una sola historia, sueños con volar, y hombres inmóviles, todo lo mismo, había ocurrido ya, continuaría ocurriendo.

No me engañaron cuando Superman reapareció. Fuera quien fuese, no era ya mi héroe. Mi héroe volaba, y había muerto, no había volado nunca y había muerto, apenas tuvo tiempo para caminar y había muerto. Ya no merecía la pena inventar mundos felices ni superhombres justicieros. Las historias iban a ser, desde aquel momento, únicamente para mí, que ya no pensaba en convertirme en astronauta, que no podría ser poeta. Los superhéroes se sienten muy solos bajo las gafas y un nombre inventado.
 
Espido Freiré es escritora. Ha publicado, entre otros libros. Irlanda, Melocotones helados y Diabulus in música. Su página web es www.espidofreire.com.

El vengador dorado Un apunte sentimental por Montero Glez



Grandes Heroes del Comic Nº 17- Iron Man


Tony Stark, millonetis y guaperas, tiene en su haber más líos de faldas que todos los demás superhéroes juntos. Vamos a recordar algunos, como aquel que mantuvo al principio de su carrera con una mujer de buena familia y cara de lata, hija del Conde Nefaria y conocedora del secreto más preciado de nuestro amigo. El mismo Tony Stark se lo desvelaría en una viñeta alargada y en cuatricromía. Fue una noche de luna fecunda en la que ambos se juraron amor eterno."Llegaste tú,y trajiste a mi alma un calor como yo nunca había conocido", le suelta ella a corta distancia de la boca.

Los dibujantes de entonces crearon a una mujer dotada para la acción, traje untado al cuerpo, botas altas y cinturón reglamentario."Aunque yo no podía ni quería estar contigo, no veía razón para que otra pudiera estarlo", le confiesa a nuestro amigo esta maligna y secreta mujer, disimulada bajo una máscara y con ganas de dar guerra. Madame Masque, así se llamaba según traducción de entonces, abrirá un hueco tan importante en la vida de Tony, que éste no lo llenará ni dándose a la bebida. Y es que, en el fondo, estamos ante un romántico; un hermoso y un maldito que diría Scott Fitzgerald.

Otra mujer fatal que marcaría a nuestro amigo será Natasha Romanoff, la Viuda Negra. Sucedió en plena Guerra Fría. Se trataba de una espía comunista que intentó buscarle las cosquillas. Pero no era una parias, ni muchísimo menos. Al igual que la antes citada, venía de buena familia; la sangre azul y la piel transparente.Tony Stark, el irresistible playboy, nunca pudo conquistarla. Hay un momento en sus vidas en el que se aprecia un arrimo, una aproximación. Y es cuando ella se siente engañada por su propio país y descubre que la KGB ha sido responsable de la muerte de su marido, y por lo mismo responsable de su viudez.Y es entonces cuando se traslada a los USA a vivir.Y aquí se desmelena y se viste con un traje ceñido al cuerpo, de esos que realzan su figura. Natasha no ha perdido su boca de pantera,tampoco la manera de hacer daño.Y Tony Stark se quedará a verlas venir cuando la rusa pase de largo y se ponga a hacer migas con otro de Los Vengadores: El Capitán América.Y ahora, después de este apunte sentimental, hablemos del secreto más preciado de Tony Stark.

Se trata de un traje de metal dorado y rojo, tras el cual oculta su verdadera identidad. Pero no es un traje cualquiera, no se vayan a creer, es más bien una armadura de combate lo que se planta Tony Stark cada vez que la injusticia se asoma a nuestro injusto mundo. Recordemos que Tony Stark es un multimillonario norteamericano y un lumbreras para todo lo que sean los cacharritos y la robótica. Acaba de heredar la fortuna que sus padres le han dejado tras perder la vida en un accidente de automóvil.Y aquello que tienen los ricos de limpiarse la conciencia haciendo de hermanitas de la caridad,Tony Stark lo tiene a lo grande. Es un superhéroe y lo demuestra en cada viñeta, en cada combate y en cada mandoble.
 
En los cuarenta años que han pasado desde su creación, a Iron Man le ha pasado de todo. Además del ya citado problema de alcoholismo, ha sufrido enfermedades diversas, tales como un cáncer o un páralis, enfermedad ésta que en un principio le dejó inmóvil y de la que posteriormente se recuperó; y eso sin contar las veces que ha muerto y resucitado, pues han sido numerosas como en todo personaje de la Marvel que se precie después de tantos años. Cada día que pasa está más joven y aquel bigotón de seductor que se gastaba en las primeras viñetas junto a los impagables trajes de tres piezas setenteros, han dado paso a un Tony Stark más cercano a la expresión nipona. Ahora luce perilla y viste ropa de esa que llaman de espor. Sigue siendo miembro fundador de Los Vengadores y, a veces, en sus momentos más melancólicos, sale a la ventana de su despacho y pierde la mirada en el horizonte. Es entonces cuando piensa en Natasha Romanoff,o en aquella otra mujer de cuyo nombre ya no guarda memoria.

Montero Glez nació en Madrid en 1965 y ha publicado las novelas Sed de Champán y Cuando la noche obliga.