martes, 5 de febrero de 2019

EL TESORO PERDIDO DE VÍCTOR BALDIN por PHILLIPPE FLANDRIN

Cuarenta y cinco años después de haber recogido de un castillo prusiano 364 dibujos de maestros de la pintura, Victor Baldin, un antiguo teniente del Ejército Rojo, ha puesto su empeño en devolverlos a su legítimo dueño, el Museo de Arte de Bremen, en Alemania.



 Arriba, el sello del Museo de Bremen que llevaban todas sus obras. Al centro, dibujo de M. Slevgot.
Debajo, Victor Baldin con facsímiles de algunos de los dibujos que tuvo en su poder.


Al acabar la Segunda Guerra Mundial, el comisario Renti, de la policía criminal alemana, recibió el encargo de localizar 4.500 dibujos y grabados desaparecidos de los sótanos de Karnzow, una casa solariega de Brandeburgo, durante la invasión soviética. Propiedad de un gran museo de Bremen, la Kunsthalle, que los había depositado allí con el fin de preservarlos de los bombardeos aliados, estas obras llevaban las firmas de los más grandes maestros de la pintura europea.








Las obras que pertenecieron al Museo de Bellas Artes de Bremen son principalmente dibujos. Entre ellos se encuentran 28 obras de Alberto Durero, además de obras de Goya, Rubens, Rafael, Rembrandt, Delacroix, David, Van Gogh y Toulouse Lautrec. Arriba, un estudio de manos de Durero. debajo, un perro de Jan Asselyn.


 El comisario Renti, metódico en sus indagaciones, empezó por dirigirse al lugar de los hechos, para tratar de reconstruir los acontecimientos. Karnzow es una amazacotada edificación prusiana perdida en un bosque a orillas del lago Wuppersee, a 70 kilómetros al norte de Berlín. El guarda del lugar informó a Renti que, hasta la capitulación del Reich Karnzow, sus vastos dominios de 5.000 hectáreas eran propiedad del conde Friedrich von Koenigsmark. Este terrateniente prusiano de 78 años, maestro de esgrima, antiguo oficial del emperador Guillermo, devoto de la caza y de las mujeres hermosas, vivió allí sus últimos años en compañía de una sobrina, la bella Use von Kutschenbach. A partir de estos datos, Renti reconstruyó poco a poco la dramática historia de estas obras de arte.

En abril de 1945, Friedrich von Koenigsmark asistía impotente a la derrota de los ejércitos del Reich. El frente acababa de pasar el río Oder y el Ejército Rojo avanzaba sobre Berlín aniquilando las cohortes de fugitivos, civiles y militares, que pasaban bajo las ventanas del castillo para ir a esconderse en el bosque que rodea el gran lago. En el cercano bosquecillo de Stolpe, a un kilómetro de Karnzow, unos SS en desbandada ejecutaban a sus últimas víctimas, arrastradas a marchas forzadas hasta este lugar desde un campo de concentración próximo.

Mientras sus aterrorizados campesinos se aferraban a los restos de la menguada hacienda, el conde Friedrich se encargó de ocultar sus bienes personales. Mandó depositar los retratos de sus antepasados y sus fusiles de caza en una antigua heladera construida en el parque. Cuando todo quedó arreglado, el conde bajó a los sótanos para asegurarse de que el armario de espeso hierro, camuflado tras las piedras del muro, estaba en su sitio. En este armario detrás de las piedras se hallaba el fantástico tesoro del que se había hecho cargo; un tesoro del que nadie sospechaba su existencia: la colección que la Kunsthalle de Bremen le confió en mayo de 1943.






El conde Friederich von Koenigsmark (en la foto) recibió en custodia 4.500 dibujos del Museo de Bellas Artes de Bremen en mayo de 1943. Los escondió en una bóveda de hierro emparedada en el sótano de su mansión en Karznow, un amplio edificio prusiano perdido en un bosque a orillas del lago Wuppersee, a 70 kilómetros al norte de Berlín. Dos años después, tras la caída de Hitler, el Ejército ruso procedió a la requisa de Karnzow. Quien llevaba la orden era un teniente de 25 años llamado Víctor Baldin. Su Estado Mayor, que pertenecía al 61° batallón del Ejército, había escogido Karnzow para instalar allí su cuartel general. El conde se suicidó, por no entregarse a los rosos. Al retirarse, los soldados soviéticos habían saqueado totalmente la mansión y descubierto el escondite de la valiosa colección de arte. Poco después se hallaban dibujos rotos y dispersos en el sótano.


Víctor Baldin decidió salvar lo que le fuera posible de la valiosa colección. Quitó la orla con que estaban rodeados los dibujos y anotó en ellos los nombres de los pintores. Recogió unos 360 dibujos, algunos de los cuales tuvo que comprar a otros soldados de su batallón que se los llevaban. (Arriba un dibujo de Rembrandt. Debajo, uno de Jan Weenix.




El 30 de abril, al atardecer, mientras por la radio se anunciaba el suicidio de Hitler, las avanzadillas del Ejército Rojo llegaron a Karnzow, donde se enfrentaron a los últimos SS. Mientras tenían lugar los encarnizados combates no lejos del castillo, el conde llamó a su sobrina y al guarda para comunicarles su intención de suicidarse en caso de que los rusos se apropiaran de sus dominios.
Dos días más tarde se procedió a la requisa de Karnzow. Quien llevaba la orden era un teniente de 25 años llamado Víctor Baldin. Su Estado Mayor, que pertenece al 61° batallón del Ejército, había escogido Karnzow para instalar allí su cuartel general. El 6 de mayo, cuando los oficiales se habían instalado ya en la mansión y la tropa acampaba en el parque, el conde decidió poner fin a sus días. A bordo de una pequeña embarcación, en medio del lago, se abrió las venas con una daga de caza, cayó por la borda y desapareció entre las aguas.

Su sobrina, Use von Kutschenbach, también intentó suicidarse, pero en el último momento decidió no imitar a su tío. Volvió a la orilla, donde la detuvieron los rusos y la interrogaron antes de hospitalizarla. Gracias a sus indicaciones, encontraron las armas y los retratos de familia de los Koenigsmark.

Ilse no volvió al castillo hasta primeros de agosto. Los rusos ya se habían ido y el cadáver del conde había sido recuperado, envuelto en las redes del pescador Berschmidt. El castillo estaba totalmente devastado: los muebles, la vajilla y todos los objetos de valor habían desaparecido. La pared del sótano había sido reventada y montones de dibujos sucios, rotos, se esparcían por el suelo; el aire se había encargado de desparramar otros restos por el parque. Durante su estancia, los soldados encontraron el tesoro del conde; de todo ello no quedaban más que migajas. Los despojos del conde fueron enterrados, y el resto de la historia empezaba a quedar cubierto por el olvido cuando el comisario Renti entró en escena.

Inmediatamente comprendió que los soldados soviéticos no habían podido llevárselo todo. Renti rastreó la región, donde encontró algunos dibujos importantes en casas particulares y un hermoso retablo de Masolino en el apartamento berlinés de Ose von Kutschenbach.

Recuperó en total 2.000 obras, pero aún faltaban 2.500, justamente las más importantes de la colección. Los ladrones tuvieron que ser probablemente los soldados rusos, pensó Renti. Pero en la Alemania del Este de la posguerra esta clase de verdades no convenía decirlas. La investigación de Renti se detuvo en este punto y a la Kunsthalle no le quedó más que lamentar la importante pérdida. Hasta un día del mes de junio de 1989, en que el ex teniente Victor Baldin se presentó en la Kunsthalle de Bremen.






 A su regreso a Rusia, en 1945, Victor Baldin no se separaba de su tesoro, escondido en una maleta. Poco después fue nombrado arquitecto restaurador del monasterio de la Santa Trinidad Serge, en Zagorsk, cerca de Moscú. Fundado a finales del siglo XIV por el monje Serge Radonege, fue, junto con el monasterio de Novgorod, una de las joyas de la arquitectura rusa que Stalin acababa de entregar al clero ortodoxo. Allí pudo disfrutar del placer de contemplar durante años los dibujos que tuvo en su poder. Pero su deseo de mostrarlos a otros lo llevaron a la perdición.





Todo parece indicar que realmente hubo pillaje. Sin embargo, dijo Baldin a Salzman, nadie que él sepa, aparte de los miembros de su unidad, cogió o se llevó otras obras de la colección que se hallaba en Karnzow en aquellos días trágicos de 1945. (Arriba, un dibujo de Van Gogh. Debajo, una obra de Durero).





Habían pasado casi 45 años, y Baldin tenía ese 7 de junio casi la misma edad que el conde Von Koenigsmark el día de su muerte. "Cuando el conde descendió a las puertas del castillo", explica a Siegfried Salzman, conservador del Museo de Bremen, "le ofrecí dos automóviles para que trasladara lo que quisiera. Su respuesta fue que él no aceptaba nada de los rusos. Iba acompañado por dos señoras. Bajaron las escaleras del exterior y ya nunca más volví a verle".

Baldin afirmó que no sabía nada acerca de la muerte del conde, pero sí podía hacer una sensacional revelación. Acompañado por Siegfried Salzman, retornó a Karnzow y le indicó el lugar exacto del parque donde él acampó mientras los oficiales superiores ocupaban el castillo, y explicó que todo sucedió el 4 de julio de 1945, víspera del retorno de su unidad a la URSS.

"El ayudante Pintouch, un español que había luchado contra Franco antes de unirse a nosotros, vino a verme a la caída de la tarde para decirme que había una buena cantidad de dibujos en los sótanos del castillo. Pensaba que yo podría identificarlos, ya que antes de la guerra había cursado estudios de bellas artes en la Escuela de Arquitectura de Moscú. Bajé a los sótanos ayudándome de una linterna y descubrí con estupefacción que allí había miles de obras que pertenecían a la Kunsthalle de Bremen, ya que todos llevaban su correspondiente sello identificativo".


Las investigaciones para el caso Baldin han sido largas y difíciles. Se llegaron a recuperar fotografías de algunos de los implicados y todo tipo de documentos. Los testimonios de algunos testigos, como el guarda de la mansión de Karznaw (en la foto), han sido de vital importancia. Aunque las esperanzas sólo se recuperaron cuando el propio Víctor Baldin apareció en escena. El tesoro que se creía perdido definitivamente apareció, por un momento, como algo recuperable. Al haberlos entregado Baldin a las autoridades empezó la segunda parte de esta rocambolesca historia.



Al pillaje de los frontovik siguió otro más sistemático: el ordenado por el Gobierno soviético tras la victoria de 1945, y que originó que centenares de miles de obras de arte de Alemania fueran llevadas a la URSS. (Arriba, dibujo de David. Debajo uno de Rubens).





"Subí con rapidez a ver al comandante de mi brigada, a quien le pedí que me diera un automóvil para transportar la colección. Pero no había ningún vehículo disponible. Entonces decidí salvar lo que pude. Quité con mucho cuidado la orla con que estaban rodeados los dibujos, tomando la precaución de anotar en ellos los nombres de los pintores. Recogí en total 322 obras, que fueron las que me parecieron más importantes. En el camino de retorno a casa aún hallé otras 40 más que llevaban algunos soldados, sueltas casi todas, que pude recuperar cambiándoselas por cinturones, relojes e incluso dinero en algunos casos".

El problema es que estos dibujos, en el momento de la revelación, ya no se encontraban en posesión de su descubridor. Y por eso el asunto Víctor Baldin ha adquirido estos últimos meses un cariz cuando menos escandaloso.

A su regreso en 1945, Victor Baldin, que no se separaba de su tesoro, escondido en una maleta que perteneció a un general de la Wehrmacht, fue nombrado arquitecto restaurador del monasterio de la Santa Trinidad Serge, en Zagorsk, cerca de Moscú. Allí vivió Baldin en una habitación de 12 metros cuadrados en el segundo piso de la torre Militar, y pudo contemplar a su gusto esta colección que le convirtió en un millonario potencial y que pronto iba a significar la más terrible pesadilla de su vida.
En efecto, Baldin cometió la imprudencia de mostrar la colección a algunos amigos y el rumor se expandió con rapidez: el frontovick (apodo que se daba entonces a los soldados desmovilizados) se enteró de que Victor Baldin poseía una colección de obras de arte que haría palidecer a los mayores capitalistas norteamericanos. La historia resultó más escabrosa porque en esa época abundaban los frontovick que habían vuelto de la campaña de Alemania con los bolsillos llenos de tesoros robados. Lleno de dudas y confusiones, Victor Baldin se vio obligado a hacer una declaración en toda regla al mariscal Vorochilov con los nombres de todos los miembros de su unidad que habían participado en el pillaje de Karznow y a entregar todos sus dibujos al Museo de Arquitectura Ruso. En contrapartida, nunca más sería molestado, siempre y cuando se comprometiera a no hablar a nadie de la existencia de la colección alemana.

Cuando volvió a Moscú en julio de 1991, Baldin se enteró de que los dibujos ya no estaban en el Museo de Arquitectura, donde estuvieron depositados durante varios decenios, sino, muy probablemente, en el Museo Pushkin, donde habían sido confiados a la custodia de la poderosa directora Irina Antonova, persona hostil a cualquier negociación con Alemania. Esto ha sido demasiado para Victor Baldin, que ha sufrido su tercer ataque cardiaco en septiembre y que lucha desde entonces contra la muerte en un hospital de Moscú. ■


Baldin se quedó con las manos vacías, pero la larga posesión de los dibujos y su amor al arte lo impulsaron a ir en un viaje personal a Bremen en 1989 y entrevistarse con el director del museo. Le contó todo lo que él sabia y se mostró dispuesto a hacer todo lo posible para que este asunto salga a la luz y se inicien los trámites y negociaciones para que las obras vuelvan a su dueño original. Los dibujos se encuentran ahora en el museo Pushkin, de Moscú, lo que está dificultando la transacción porque la directora exige reciprocidad en la devolución. (En la foto Siegfried Salzman).




El Pais Semanal



lunes, 4 de febrero de 2019

En la senda de Steinbeck

La novela gráfica ha encontrado a través de su vocación narrativa un espacio de validación intelectual en el ámbito de la literatura

ÁLVARO PONS
1 FEB 2019

Portada de 'Fun Home'.

Resulta tentador extender el tradicional concepto de “la gran novela americana” al ámbito de la novela gráfica ahora que esta ha sido incluida de forma generalizada dentro de la crítica literaria. Tras años de enfrentamiento entre la consideración artística y la literaria, la novela gráfica ha encontrado a través de su vocación narrativa un espacio de validación intelectual en el ámbito propio de la literatura (con un debate académico abierto no exento de cierta polémica sobre la coherencia de aplicar este concepto al cómic), que ha tenido certificación en su inclusión en algunos de los premios más famosos, como el Booker, el Pulitzer o el National Book Award, herméticos tradicionalmente a otra creación que no fuera la escrita.



Si bien es cierto que, desde un punto de vista puramente práctico basado en este criterio, correspondería al Maus de Art Spiegelman el abrir camino en una hipotética lista, lo cierto es que la noción de “gran novela americana”, aplicada al campo de la historieta, es tan antigua como el propio medio: tiras diarias como Gasoline Alley, de Frank King, llevan 100 años de publicación ininterrumpida mostrando la vida cotidiana americana, mientras que otras como el Li’l Abner, de Al Capp, incorporaron profundas reflexiones sobre la sociedad y forma de vida americana que merecieron que escritores como John Steinbeck reivindicaran el Nobel de Literatura para su creador. Pero, sin duda, la figura fundacional en esta aproximación más literaria del noveno arte es Will Eisner, que profundizó desde una ficción empapada de memoria en vida real a través de obras como Contrato con Dios, Avenida Dropsie o Las reglas del juego.




Desde una consideración adulta de la historieta creó un camino que siguió con fervor una generación de autores que, en los ochenta, iniciaron un movimiento de cómic independiente cuyas temáticas tenían no pocos puntos en común con una idea de la “gran novela americana” más próxima a autores como McCarthy, Roth, Pynchon o Carver que a la más canónica de la generación perdida de Faulkner, Salinger o Dos Passos.


Así, Harvey Pekar estableció con American Splendor un auténtico testimonio descreído de largo recorrido que retrata la evolución de la sociedad americana, mientras que obras como Ghost World, de Dan Clowes, o Agujero negro, de Charles Burns, fotografiaron una América profunda que construye las relaciones sociales sobre miedos íntimos. Miradas perdidas que contrastan con la mostrada por los hermanos Jaime y Beto Hernández en Love & Rockets, una celebración de la multiculturalidad real que empapa la América fronteriza, o la más personal sobre la aceptación de la identidad sexual en el contexto de la realidad social americana que firman Howard Cruse en Stuck Rubber Baby o Alison Bechdel en Fun Home.



Pero, sin duda, será Chris Ware el que realice un trabajo más extenso y reconocido en este campo de reflexión sobre el día a día que envuelve al americano medio a través de Acme Novelty Library, inmenso y titánico proyecto personal que ha dado lugar a hitos del noveno arte como Fabricar historias, que, tras una compleja y arriesgada propuesta formal, disecciona con aterradora asepsia la soledad que impregna la nueva sociedad de Estados Unidos. No es difícil encontrar su influencia en las obras de Nick Drnaso, tanto en Beverly como en la reciente y elogiada Sabrina. Aunque, también, no son pocos los que defienden que la auténtica “gran novela americana” del siglo XX fue la creada por Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko en los comic-books de Marvel, quebrando la divinidad superheroica al mezclar su ADN mítico con la fragilidad del americano de a pie.


El Pais Babelia Nº 1.419. 2 de Febrero de 2019


La gran novela americana es un cómic

‘Sabrina’, la obra con la que el veinteañero Nick Drnaso llegó a la final del Premio Booker, se suma a un canon narrativo en el que ya figuran tebeos como ‘Maus’, ‘Contrato con Dios’ o ‘American Splendor’

LAURA FERNÁNDEZ
2 FEB 2019



Nick Drnaso, autor de 'Sabrina', en su estudio en Chicago. OLIVIA OBINEME OBSERVER / EYEVINE / CONTACTO

Al lugar en el que se ha escrito y dibujado la primera gran novela americana del siglo XXI, una novela en viñetas que ha sido capaz de atrapar el mundo en el que vivimos a la manera en que Vladímir Nabokov atrapaba todas aquellas mariposas, se accede por el patio trasero de una imponente casa de ladrillo, propiedad de una familia de chefs. Esa es la razón, dice Nick Drnaso, el tipo de Palos Hills que todavía no acaba de creerse que su segunda novela gráfica acabase nominada al Man Booker, de que haya tantas barbacoas en el patio trasero. Todas están cubiertas de nieve. De hecho, hay al menos tres palmos de nieve cubriendo el patio. Y los copos siguen cayendo. “No creo que salga de casa hoy”, dice Nick. La casa de la que no piensa salir está en Chicago, aunque no la ha diseñado Frank Lloyd Wright. Es un pequeño apartamento, situado como una pieza de cubo de Rubik, en algún lugar de la casa de los chefs. Lo comparte con su mujer, también dibujante, y sus tres gatos. Cuadros inspirados en el juego de mesa Operación, cientos, puede que miles, de pequeños muñecos, y cientos, puede que miles también, de cómics y libros. En la cocina hay café recién hecho —en cafetera italiana— y galletas caseras de chocolate blanco.

La sorpresa fue mayúscula cuando, en algún momento del pasado julio, se supo que, por primera vez, una novela gráfica iba a competir por el Man Booker. Y aún más cuando se supo que esa novela gráfica era tan solo la segunda novela gráfica de un tipo de 29 años que hasta entonces trabajaba limpiando cristales en el Field Museum, el impresionante museo de historia natural de Chicago, famoso por albergar el mayor tiranosaurio rex que jamás se ha encontrado, un montón de huesos llamados Sue en honor a la paleontóloga que los encontró en 1997: Sue Hendrickson. Al igual que su única novela gráfica hasta la fecha (Beverly, publicada en castellano por Fungencio Pimentel), Sabrina (Salamandra) tenía nombre de chica, y estaba destinada a marcar una suerte de antes y después en la historia del género, a convertirse en un intenso y doloroso clásico instantáneo, doloroso a la manera en que lo fue el Jimmy Corrigan de Chris Ware, con no solo su profundidad, sino también una ambición tal vez imprevista pero sin duda totalizadora con el momento y el lugar, siendo el lugar el mundo entero.






“No querían hacerlo en realidad. No querían nominarme”, dice del premio que terminó ganando la nor­irlandesa Anna Burns con Milkman, que AdN publicará este año en castellano. “Con otro jurado, jamás me hubieran nominado. Fue una especie de accidente que lo hicieran. Y, bueno, es un honor, claro, pero también me hizo sentir algo incómodo. Parece que soy el representante de una clase de nuevo ciclo o algo parecido, y no me siento así para nada. Hubo gente que se enfadó muchísimo. Y yo estuve un tiempo pensando por qué. Y luego me pregunté si los cómics deberían ser considerados literatura. ¿Deberían? ¿Por qué? Son lo suficientemente distintos de la literatura como para tener su propia categoría, así que ¿por qué no la tienen? La gente se sintió insultada. Los entiendo. Lo del Nobel a Bob Dylan también fue muy raro”. A Nick no le gusta hablar con la gente. Le gusta observarla. Le gustaba su trabajo en el Field Museum porque podía observar a la gente y nadie se dirigía a él. Ahora es feliz porque no suele salir de casa. Se pasa el día dibujando. Cuando llega su mujer por las noches, ella está harta de haber pasado el día en la floristería en la que trabaja. Pero él necesita hablar con alguien. “A veces echo de menos trabajar”, dice.

Pero trabajar, trabaja. Y sin descanso. En la pequeña habitación de la pareja. Es allí, junto a la modesta cama de matrimonio, donde dibuja. Tiene una mesa de dibujo, una silla, que ocupa el mínimo espacio que queda entre la cama y la mesa, y otra mesa, tan pequeña como su portátil, tras la que se oculta la impresora y su paleta de colores: una cartulina en la que ha pintado pequeños cuadrados de colores que le sirven para decidir el aspecto que tendrá la página. “El color es muy importante”, dice. Durante mucho tiempo creyó que el cómic debía ser divertido. Luego descubrió que no tenía por qué serlo. No ha leído tanto como querría a Will Eisner, pero es capaz de utilizar sus encuadres —esos personajes de espaldas que permiten, siempre, que imaginemos lo peor— y sus silencios —que se convierten en empatía: un nexo de unión inquebrantable—. Alguien ha dicho que Sabrina es lo que ocurre cuando una tragedia personal —la desaparición de una chica y el posterior hallazgo de su cadáver— acaba triturada por las redes sociales y el imparable ciclón informativo deseoso de deformar y estirar la noticia hasta la aparición del próximo fenómeno. Y eso es justo lo que es. Y también son sus consecuencias, y de ahí el certero retrato de nuestra época.


Porque lo que ocurre cuando se pierde el control de la información, cuando los llamados Aburridos, es decir, toda esa parte de la población que vive de la actualidad, que solo respira cuando tiene ante sí un caso lo suficientemente morboso, que es por completo adicta a disponer de datos, sean o no fiables, empiezan a disparar rumores en todas direcciones, es que se da pie a las llamadas fake news y a las teorías conspiratorias, y éstas se traducen en puro canibalismo digital para con, en este caso, tres personas: el novio de Sabrina, Teddy; el mejor amigo de éste, Calvin, y su hermana, Sandra. Tres solitarios que nunca se han sentido tan solos. Y que, a la vez, nunca han deseado más poder desaparecer. Pero no pueden evitar vivir en el mundo en el que vivimos todos, en el que se diría, la vida es lo que pasa mientras consultas, una y otra vez, Facebook e Instagram. O el penúltimo vídeo viral. O las discusiones de Twitter. “Yo mismo tiendo a obsesionarme con las historias de asesinos, pero me dan miedo las redes sociales, no sería capaz de soportar saber lo que opinan de Sabrina, cualquier comentario podría destruirme”, dice.



Pero evidentemente no estaba pensando en sí mismo cuando escribió Sabrina. Estaba pensando en, por ejemplo, Justine Sacco, aquella directiva que, antes de subir a un avión con destino a África, en 2013, escribió un desafortunado y terriblemente racista tuit que decía: “Me voy a África. Espero no pillar el sida. Es broma. ¡Soy blanca!”, y cuya vida se convirtió en un infierno después de aquello. Humillación en las redes, el ensayo de Jon Ronson, le sirvió para atacar a cada uno de sus personajes desde un frente (hay quienes ni siquiera creen que Sabrina fuese real, otros que el asesino no es el verdadero asesino, otros que sigue viva, y, en cualquier caso, todos se sienten con derecho a opinar). Aunque sí hay una historia dentro de la historia — además de la soledad y la imposibilidad de conectar con otros seres humanos de los tres protagonistas, algo que Nick conoce y conoce bien— que tiene que ver con el dibujante. “La historia de los dos amigos, Teddy y Calvin, a los que la tragedia reconecta está basada en algo que me ocurrió con un amigo de Colorado. De hecho, fui a su casa y basé toda esa parte de la historia en lo que vi allí. Supongo que siempre necesito que algo sea real, partir de una especie de recuerdo propio”, confiesa.

Fue así en Beverly, su debut. “Todo eran recuerdos”, dice. El gato que aparece en Sabrina es también uno de sus gatos. Y en el fondo está transmitiendo un miedo. “No me gusta la sociedad que estamos creando. Espero que en el futuro se advierta a los chavales en el colegio sobre los peligros de la exposición a las redes sociales, y a la información que circula por la Red en general”, asegura. También dice que lo más probable es que el 11-S cambiara para siempre el mundo tal y como lo conocemos. Él tenía 12 años en 2001. Está a punto de cumplir los 30. Aunque su dibujo recuerda a Joost Swarte, admira por igual a Robert Crumb y a Seth. Cree que el cine hipnótico de Kelly Reichardt es “un milagro”. E insiste en el asunto del 11-S. “Supongo que la dictadura del presente en la que vivimos nació ese día, cuando el primer avión se estrelló contra las torres”, dice. Se descubrió entonces que podíamos volvernos adictos a la realidad. O a lo que la red global que habíamos construido decidiera qué era la realidad. ¿Vivimos, cada vez más, en un mundo que no existe, en un mundo de ficción interesada? Nick se encoge de hombros. “Me incomoda que me pregunten cosas así. Puede que la novela sea una especie de reflexión, sí, sin duda estoy explorando eso, pero no he llegado a ninguna conclusión, no tengo una tesis, todo lo que ofrezco es una visión desenfocada. No consuela, quizá todo lo contrario”, contesta. Y así es. Afuera sigue nevando. Las barbacoas de sus caseros chefs dejaron de parecer barbacoas hace mucho. No hay ni un alma en Lowell Avenue. “Definitivamente”, dice, “creo que no voy a salir de casa hoy”.

Sabrina. Nick Drnaso. Traducción de Carlos Mayor Ortega. Salamandra, 2018. 204 páginas. 24 euros.


El Pais Babelia Nº 1.419. 2 de Febrero de 2019

domingo, 3 de febrero de 2019

TORPEDO por Bernet y Abulí: El Sórdido















El Pais Semanal

La aristocracia venida a menos

'Pascual, criado leal' (1953), de Ángel Nadal, es una serie de historietas cómicas sobre un mayordomo y su amo que debutó en el semanario 'Pulgarcito' nº 1.139 de Editorial Bruguera


GERARDO MACÍAS
30 Enero, 2019


'Clásicos del humor: Pascual, criado leal'. Guion y dibujos: Ángel Nadal. RBA Coleccionables, 2009.

En la España de posguerra, donde los tebeos contribuyeron a formar el imaginario colectivo, las revistas de la Editorial Bruguera elaboraron una crónica extraoficial y sarcástica de la época.

En los años 50, en la sociedad española circulaban bastantes ejemplos de aristócratas venidos a menos que intentaban aparentar un rango y fortuna que estaban lejos de disfrutar. Esta situación se ve reflejada en la serie de historietas Pascual, criado leal creada por Ángel Nadal para el semanario Pulgarcito nº 1139, en 1953. Se serió también en la revista Din Dan.

Pascual, criado leal está protagonizada por un mayordomo y su señor, Don Acisclo, un noble arruinado hasta tal punto que los dos protagonistas residen en un lujoso chalet de dos plantas, pero más adelante se mudan a un modesto pisito. Don Acisclo llega incluso a trabajar, aunque en empleos de señorito.

Don Acisclo es un hombre bajito, con bigote y pelo muy bien cuidados. Lleva un monóculo, símbolo de la aristocracia. Don Acisclo es envidioso, tacaño, y malhumorado; le gusta rodearse de personas de su misma clase social, en la que las apariencias son lo más relevante.

Pascual es un criado calvo, con patillas, y grandullón. Va ataviado con el clásico uniforme de mayordomo y luce corbata y bombín cuando sale a la calle. Guarda las formas como criado servicial, pero se aprovecha en algunas historias del carácter superficial de su señor.

Pascual, criado leal destaca por el efecto cómico que produce la diferencia de volumen entre amo y criado. También porque, por mucho que lleguen a enfadarse entre ellos, forman una pareja indisoluble, aunque siempre con el señor mostrando su superioridad ante Pascual, que en ocasiones incluso lleva en brazos a su amo.

Ángel Nadal Quirch (Barcelona, 1930-2016) publicó sus primeras historietas con 14 años y a los 18 debutó en Bruguera. Allí trabajó al lado de Escobar, Jorge, Peñarroya y Cifré, integrantes de la primera generación de dibujantes de la editorial, aunque por edad y afinidad se adscribe a la segunda generación, la del 57, con Vázquez, Figueras, Ibáñez, Gin y Raf.

En 1946 publicó los cuadernos de aventuras Azul y Tokán el invencible para la editorial Fantasio, pero finalmente se decantó hacia la historieta de humor, simultaneando sus trabajos entre Editorial Valenciana, con Sindulfo Sacarina (revista Jaimito, 1948); y Editorial Bruguera, donde, para la revista Pulgarcito, creó series como Casildo Calasparra (1948), Sandalio Pergamín (1948), Don Folio (1951), Don Cloroformo (1951) y Pascual, criado leal (1953).

Nadal practica el dibujo realista en los fondos y la indumentaria de los personajes, y la caricatura en los rostros. Sus guiones, de corte costumbrista, desprenden cierto tono crítico, como se refleja en Matildita y Anacleto, un matrimonio completo, o Maripili y Gustavito, todavía sin pisito.

En una época en la que dibujar a una mujer era una osadía -había que lidiar con la censura- Nadal destacó por sus estilizadas figuras femeninas, que respondían a la imagen idealizada por Hollywood, destacando las series Rosita, la vampiresa (1951); Las mujeres de Nadal (1954); Las chicas de Nadal (1959); y Marilín, chica moderna (1959).

Abandonó el mercado español en 1960 y empezó a trabajar para el Reino Unido a través de la agencia Bardon Art. Su obra apareció en la editorial británica Fleetway gracias a series como Buster, Lazy Sprocket, Milkiway y The Nuts. Irónicamente, muchas de estas páginas acabaron publicándose en España a través de las revistas de Bruguera.

Nadal se introduce también en el mercado alemán, para el que desarrolla varias historietas de humor, publicadas en revistas. En los años 70 y 80 dibuja varios cómics de Disney, como Goofy y Mickey Mouse, para el grupo danés Egmont-Gutenberghus.

En homenaje a la serie Pascual, criado leal, y a sugerencia de Gin, director por entonces del semanario El Jueves, se tituló así Pascual, mayordomo real, de Idígoras y Pachi, en 1996.

Nadal siguió activo hasta su jubilación, en 2013, y desde entonces repartió su tiempo entre su Barcelona natal y Cadaqués. En ese mismo año, el Museo del Cómic de La Massana, en Andorra, le dedicó una exposición retrospectiva.


Malaga Hoy




De la convivencia

La editorial bilbaína 'Astiberri' ofrece una propuesta ecléctica de la que forman parte tebeos de los más diversos estilos y nacionalidades


JAVIER FERNÁNDEZ
30 Enero, 2019


'Los puentes de Moscú'. Alfonso Zapico. Astiberri. 200 páginas. 14 euros.


Radicada en Bilbao, Astiberri es una de las editoriales más prestigiosas de nuestro país, con una propuesta ecléctica en la que caben tebeos de los más diversos estilos y nacionalidades, siempre con un excelente marchamo de calidad. Hoy les traigo tres títulos que dan cuenta de la amplitud de miras de un catálogo imprescindible para entender el desarrollo de la historieta española en el siglo XXI.



El primero de ellos es Los puentes de Moscú, el último trabajo del premio nacional Alfonso Zapico, autor de títulos tan apreciables como Dublinés, La ruta Joyce o la trilogía en marcha La balada del norte. El presente volumen documenta la conversación entre Eduardo Madina, político socialista que sobrevivió a un atentado de ETA en 2002, y el músico Fermín Muguruza, líder de Kortatu. Con línea suelta y un protagonismo destacado del texto, Los puentes de Moscú es una oda al diálogo en un momento en que la confusión ideológica inunda nuestro pensamiento, así como un repaso a la convulsa historia reciente de Euskadi y un homenaje a varias generaciones de jóvenes vascos, atrapados entre el ahogo del fascismo y el absurdo del terrorismo. Una historieta de puentes necesarios para construir la convivencia frente a los extremismos. Zapico se considera a sí mismo un dibujante de conflictos, y en sus propias palabras: "Ninguno tan difícil de comprender -y de explicar- como este de aquí. Tan cruel en sus pequeños detalles, tan doloroso en sus silencios. Dibujar los años negros de Euskadi es embarrar los zapatos en un charco. ¿Por qué lo hago? Por curiosidad, por ver la desembocadura. Tal vez el charco sea ya la desembocadura. Al fondo se ve el mar".



Los enciclopedistas, por su parte, es una excelente ficción histórica escrita por el bilbaíno José A. Pérez Ledo y dibujada por el también vasco Álex Orbe. Con un ritmo y un estilo visual que remite directamente al cómic francobelga, la obra nos lleva al París de 1750, donde se reúnen los intelectuales Diderot, Hume, D'Alembert, el barón d'Holbach y la joven ilustradora Marie, quienes ultiman la, hasta entonces, obra definitiva sobre el saber universal, L'Encyclopédie. El "despertar de la pesadilla de la religión y de la incultura, del pesado yugo de la ignorancia", citando a Juan Gómez-Jurado, son los ejes de este thriller protagonizado por figuras esenciales del pensamiento occidental y que contó con una beca a la creación de cómic por parte del Departamento de Cultura del Gobierno Vasco.



Por último, Los doce nacimientos de Miguel Mármol, del ilustrador guipuzcoano Dani Fano, es un fascinante viaje a El Salvador. Como dice Carlos Henríquez Consalvi en su prólogo, Fano "recrea con fidelidad paisajes, identidades y memorias", "metáfora representativa de pueblos resistentes a cíclicos desafíos, pueblos que se levantan con la terquedad del azote", "la intensa vida de Miguel Mármol (es el) hilo conductor que nos lleva en un viaje ilustrado a través de toda la historia salvadoreña del siglo XX, con vasos comunicantes hacia las memorias de toda América Latina".


Malaga Hoy


De la aventura

JAVIER FERNÁNDEZ
30 Enero, 2019



'El tesoro del Cisne Negro'. Paco Roca, Guillermo Corral. Astiberri. 224 páginas. 20 euros.

Obra tras obra, Paco Roca ha edificado una bibliografía impresionante hasta convertirse en uno de los historietistas españoles más laureados por la crítica y apreciados por el público. No creo que necesite presentación, pero por si queda algún despistado por ahí, les recuerdo que Roca es el autor de Arrugas (Premio Nacional del Cómic en 2008, premios al mejor guión y mejor obra en el Salón del Cómic de Barcelona 2008 y Goya al Mejor Guión en 2012, esto último por la película de animación que adapta el libro; El invierno del dibujante (premios al mejor guión y mejor obra en el Salón de Cómic de Barcelona 2011); Memorias de un hombre en pijama (nominada a mejor obra nacional en el Salón de Cómic de Barcelona 2012, primera parte de una trilogía que se completa con Andanzas de un hombre en pijama y Confesiones de un hombre en pijama) y un largo etcétera del que me gustaría destacar otros dos títulos, Los surcos del azar y La casa. Once, nada más y nada menos, son las obras de Roca publicadas por Astiberri, que tiene en el dibujante valenciano uno de sus valores más contrastados.

El tesoro del cisne negro es el fruto más reciente de esta gozosa relación editorial, un álbum de aventuras que, en palabras de Jesús Marchamalo, es "un relato deslumbrante en el que se mezcla la documentación histórica con una trama casi policial y unos escenarios tan minuciosamente recreados que nos traen el recuerdo de los tebeos de Tintín, el regusto de las grandes epopeyas de Salgari o los documentales del capitán Cousteau". Con guión del diplomático y escritor Guillermo Corral, el cómic arranca con el anuncio del descubrimiento en aguas del Atlántico, por parte de una empresa internacional, del mayor tesoro submarino de la historia, lo que da pie a una absorbente intriga con elementos jurídicos y políticos que mantienen al lector pegado a las páginas de principio a fin. La narrativa de Roca tiene esa capacidad, y aquí se luce además con casi una veintena de ilustraciones que demuestran su maestría también en ese campo.

Malaga Hoy


viernes, 1 de febrero de 2019

El olvido de la felicidad


JAVIER FERNÁNDEZ
30 Enero, 2019



'Cómo ser un perfecto infeliz'. The Oatmeal. Astiberri. 48 páginas. 10 euros.

Diseñador y desarrollador de páginas web, Matthew Inman creó en 2009 la web The Oatmeal, que recibe más de cinco millones de visitas al mes y ha enlazado más de 250.000 blogs y web. En cuanto a su faceta gráfica, Inman está influido por Gary Larson, y su bibliografía incluye títulos como Cómo saber si tu gato planea matarte, Mi perro: esa paradoja, Por qué los osos deberían llevar calzoncillos, 5 excelentes razones para sacudirle a un delfín en los morros y Las horribles y maravillosas razones de por qué corro largas distancias, todos ellos en el catálogo de Astiberri. La editorial vasca publica ahora Cómo ser un perfecto infeliz, un librito inspirado por el ensayo de Augusten Burroughs How to Live Unhappily Ever After, en el que el autor propone que nos olvidemos de la felicidad y nos dediquemos a cosas que nos mantenga ocupados y fascinados.


Malaga Hoy


domingo, 27 de enero de 2019

Vuelta a la fantasía

JAVIER FERNÁNDEZ
23 Enero, 2019

'Wahcommo'. Luis NCT. Astiberri. 216 páginas. 28 euros.

Luis NCT ganó el premio del público en el Salón del Cómic de Barcelona con Sleepers (2012), su primera novela gráfica, y regresa ahora a librerías con Wahcommo, un álbum tan espectacular como ambicioso. Orcos, trasgos, gigantes y espectros se dan cita en esta historia de fantasía en la que una joven (y su escolta) debe viajar al Reino Perdido del Norte para recuperar parte del tesoro de sus antepasados. Con un vertiginoso sentido narrativo y un sobresaliente uso de la paleta de colores, NCT nos propone una fantasía adictiva en la que, en palabras de Albert Monteys, "todos los recursos clásicos de la fantasía están bien servidos: monstruos, viejos guerreros, momentos iniciáticos, ciudades míticas y peripecias trepidantes".


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Humor y mitología

JAVIER FERNÁNDEZ
23 Enero, 2019


'Kitaro. Volumen 7'. Shigueru Mizuki. Astiberri. 208 páginas. 18 euros.

Ganador del premio al mejor álbum en el Salón Internacional del Cómic de Angoulême 2007 por NoNonBa, así como del premio "esencial patrimonio", también en Angoulême, por Operación muerte (ambas obras editadas por Astiberri), Shigeru Mizuki fue uno de los dibujantes de cómic más reputados de Japón. No en vano, en 2010 recibió el título de "persona de mérito cultural" por sus contribuciones a la cultura nipona, y Kitaro es su serie por excelencia. Con su particular mezcla de humor y mitología, la serie está protagonizada por un niño tuerto que llegó al mundo arrastrándose fuera del útero de su madre muerta y vaga por el mundo mediando en los conflictos que enfrentan a los humanos y los yokais, inverosímiles monstruos sobrenaturales. El volumen 7 recoge diez episodios publicados por Shunkan Shonen Magazine entre mayo y agosto de 1968.


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Savia nueva

JAVIER FERNÁNDEZ
23 Enero, 2019


'En corto'. Varios. Astiberri. 112 páginas. 15 euros.

En corto es un recopilatorio de historieta corta promovido por el Cabildo de Gran Canaria y Astiberri, que recoge doce historietas premiadas en la Bienal Nacional de Cómic Biblioteca Insular de Gran Canaria 2018. Van el primer, segundo y tercer premio, más nueve accésits, de las 297 obras aspirantes en un certamen que ha repartido 9.100 euros en metálico, una iniciativa encomiable y necesaria como vivero de nuevos autores.

El jurado lo compusieron el premio nacional Rayco Pulido, Carlos García, de la Biblioteca Insular de Gran Canaria, la dibujante Mamen Moreu, la periodista Tereixa Constenla y el editor de Astiberri Fernando Tarancón, y la nota de prensa indica que el contenido "va desde el humor cafre hasta la experimentación narrativa en torno a la abstracción geométrica", incluyendo temas como "suspense, costumbrismo, poesía visual, surrealismo, crítica social, aventura siberiana, terror...".

El primer premio recayó en la obra Viento de levante, de Alejandro Galindo Buitrago (Alcantarilla, Murcia, 1967), de la que el jurado indicó que "destaca por su solidez gráfica, cromática y narrativa" y que "parte de una estructura circular y académica, sin renunciar a la experimentación. La historia, que discurre en un entorno mediterráneo, donde el viento forma parte de la esencia del cómic, transita entre las evocaciones oníricas y cierta intriga, sin desdeñar el humor".

El segundo premio fue para La señora rosa, de Elisa Riera Ruiz (Barcelona, 1981), que "se sumerge con humor en aspectos perversos de la sociedad actual. Con un estilo que juega entre la ilustración contemporánea y la tradición underground", con "profundidad en el retrato psicológico de los personajes".

Y el tercer premio se le concedió a Nunca, de Francisco Bilbao Borja (Cádiz, 1989) y Mayte Gómez Malina (Madrid, 1993), una obra "vanguardista en la puesta en escena gráfica", que "se aparta de la figuración con un estilo geométrico y orgánico" y en la que "la relación entre el texto y la imagen cumple una función determinante en la lectura".


Malaga Hoy

El 'spaghetti western'

'Ken Parker' (1974), de Giancarlo Berardi e Ivo Milazzo, es un 'western' protagonizado por un trampero inspirado en el Robert Redford del film 'Las aventuras de Jeremiah Johnson'


GERARDO MACÍAS
23 Enero, 2019


'Ken Parker Vol. 1: Largo fusil/Mine Town'. Guion: Giancarlo Berardi. Dibujos: Ivo Milazzo. ECC Ediciones, 2017.

El spaghetti western es un subgénero del western que estuvo de moda en los años sesenta y setenta, caracterizado por ser de producción italiana, en contraste con las películas tradicionales del género que se filmaban en USA.Uno de aquellos western, aunque no producido en Italia sino en USA, Jeremiah Johnson (1972), con Robert Redford en el papel principal, inspiró a los italianos Giancarlo Berardi e Ivo Milazzo para crear un cómic ambientado en el Far West, protagonizado por un trampero.

Ken Parker vio la luz en 1974, dentro de la colección Rodeo. La serie continuó en cabecera propia en 1977, cuando la editorial tuvo episodios para garantizar la periodicidad mensual. Se publicó en cincuenta y nueve tomos de cien páginas. La serie es muy famosa en Italia y en las repúblicas exyugoslavas.

Los autores querían bautizar la serie Jebediah Baker, pero el editor quería otro título. Milazzo sugirió Ken, y Berardi el apellido Parker (en homenaje a la marca de estilográficas). El editor pidió que afeitasen al protagonista, que pasó por la barbería a mitad del segundo episodio.

Ken Parker transita la historia estadounidense desde 1868 hasta 1908, y recorre la geografía desde Alaska a México y desde San Francisco a Boston. Trata sobre los sentimientos del protagonista frente a los conflictos sociales. La serie aborda temas inusuales para un western: homosexualidad, drogas, pena de muerte, racismo, ecología, relación del hombre con Dios.

En el primer capítulo, Largo fusil, Ken Parker y su hermano adolescente se dirigen a casa y son asaltados por tres blancos que se hacen pasar por indios, y que matan al pequeño. Ken busca a los asesinos para vengarse. Para ello, se alista en el ejército, donde contempla los abusos del hombre blanco a los indígenas. Finalmente consuma su venganza y mata a los tres asesinos.

Parker odia la violencia, pero se ve abocado a luchar contra los que abusan de su poder, como la banda de cuatreros que toma la población que da nombre al segundo episodio: Mine Town. El cura de Mine Town acusa a Parker de no respetar el mandamiento de no matar. Parker alega que el principal mandamiento es el de sobrevivir y que un ser vivo ha de luchar para defenderse. En el momento de la verdad, el sacerdote abandona su actitud pasiva ante las injusticias y lucha contra los abusos, aunque esto acaba costándole la vida.

Milazzo recibió ayuda de los mejores dibujantes italianos para mantener el ritmo de cien páginas mensuales que impuso la editorial: Giancarlo Alessandrini, Carlo Ambrosini, Renzo Calegari, Giovanni Cianti, Alfredo Castelli, Tiziano Sclavi, Bruno Marraffa, Renato Polese, Sergio Tarquinio o Franco Giorgio Trevisan y además, el español José Ortiz. La publicación fue muy errática, pero los autores prefirieron calidad antes que puntualidad. La serie acabó en 1984, y pasó un lustro hasta que los autores fundaron Parker Editore, que reeditó y añadió nuevas historias en Ken Parker Magazine, estirando las andanzas de Parker hasta 1998, fecha en que se separan los autores y la serie se interrumpe.

Ivo Milazzo (Piamonte, 1947) es profesor en la Facultad de Bellas Artes de Carrara desde 1997. Desde sus inicios en el mundo del cómic colabora con Berardi en Ken Parker (1974-1984), Tiki (1976), L'uomo delle Filippine (1980), Tom's Bar y Marvin Detective. Milazzo entró en series de Bonelli como Tex, Nick Ryder y Magico Vento. Dibujó historias de Tío Gilito para Disney. Berardi y Milazzo se volvieron a reunir para dar fin a la serie de Ken Parker en 2015.

Giancarlo Berardi (Génova, 1949) publicó su primer cómic en 1970: Il Cieco, dibujado por Ivo Milazzo, en la revista Horror. Trabajó en las series Tarzán y Topolino. En 1971 realiza guiones de la serie Diabolik. En 1977 publica junto a Ivo Milazzo y Renzo Calegari la serie Welcome to Springville, para la revista Skorpio. En 1984, adapta la serie Fundación de Isaac Asimov para la revista Orient Express. En 1986, guioniza historias de Sherlock Holmes dibujadas por Giorgio Trevisan para la revista L'Eternauta. En 1989, publica una historia en la serie estrella de Bonelli, Tex, en el primer número de la revista Maxi Tex, pero antes, en 1998 empieza para la misma editorial su segunda serie más longeva: Julia.


Malaga Hoy

'Caramba, caramba'

El sello 'Caramba' hace una recopilación de obras del tebeo humorístico español de los últimos años, entre las que destaca 'Divas de diván'

JAVIER FERNÁNDEZ
23 Enero, 2019


'Divas de diván'. Carmen Pacheco, Laura Pacheco. Astiberri. 128 páginas. 20 euros.


El sello ¡Caramba! de Astiberri se ha convertido en un auténtico refugio para los amantes del tebeo humorístico español. Y es que, el humor ha sido siempre un género fecundo en este país, desde La Cordoniz o Hermano Lobo hasta El Jueves u Orgullo y Satisfacción, sin olvidar míticas cabeceras infantiles como TBO, Mortadelo Semanal o DDT, pero hacía tiempo que una editorial no proponía una línea como esta, de rescate y recopilación de las series más interesantes de los últimos años. El que dicha editorial sea Astiberri garantiza, además, un especial cuidado, tanto en la selección como en la propia hechura de los libros. Para picarles la curiosidad, les voy a recomendar cuatro títulos del catálogo reciente de ¡Caramba!, firmados por tres autores a los que el sello está prestando más atención.

Divas de diván es un bonito tomo, por fuera y por dentro, del dúo formado por la escritora Carmen Pacheco y la ilustradora Laura Pacheco. Impreso en bitono, el volumen recopila la serie homónima que vio la luz en su día en S Moda de El País, junto con abundante material nuevo. El trabajo de Pacheco & Pacheco es elegante y divertido, una ingeniosa sátira sobre los tópicos de la conducta femenina. Como explica el propio libro: "lo que define a una diva de diván es rebelarse ante la expectación. Somos frívolas cuando se supone que tenemos que mantener las formas, y montamos dramas cuando no nos toman en serio. Reímos y lloramos cuando nos da la gana y solo pedimos disculpas o permiso cuando lo encontramos inconveniente. Ser una diva de diván es estar por encima de imposiciones, moralinas, deberes y represiones". Pacheco y Pacheco firman también Troll Corporation, tomo apaisado que recoge todos los capítulos de la serie publicada entre 2015 y 2017 en la revista digital Orgullo y Satisfacción. Aquí los chistes versan sobre una empresa, la Troll Corporation del título, que se dedica al troleo organizado, esto es, a la mofa y acoso digital anónimos, esas cosas, en fin, que hacen de Internet una auténtica pesadilla.

Otro habitual de la escudería de ¡Caramba! es Pedro Vera, muy conocido por su trabajo en El Jueves. El sello está recopilando sus series más emblemáticas, como la protagonizada por los célebres Ortega y Pacheco, "los Bud Spencer y Terence Hill de la cultura popular española, los Starsky y Hutch de la caspa patria". Publicada originalmente por El Jueves entre 1998 y 2012, la serie está siendo compilada en gruesos tomos impresos en blanco y negro, encuadernados en tapa dura y denominados genéricamente Ortega y Pacheco Deluxe. Serán cuatro, y el tercero, que vio la luz en octubre, contiene páginas fechadas entre 2006 y 2010. Por otra parte, Saliendo de la zona de confort es el título de la cuarta entrega del serial Ranciofacts, este a color, con el que el dibujante se burla de "las costumbres y dichos más rancios de la cultura popular española". Cafre e hilarante, Vera no deja títere con cabeza, y nos ayuda a deglutir, entre carcajadas, la intragable sopa boba de este país.


Malaga Hoy


viernes, 25 de enero de 2019

La estrella del manga Rumiko Takahashi gana el Gran Premio de Angulema

La autora japonesa es la segunda mujer que se alza con la distinción del festival más importante del mundo del cómic

ÁLEX VICENTE
París 24 ENE 2019


La obra más exitosa de Rumiko Takahashi, 'Ranma 1/2'.

La dibujante japonesa Rumiko Takahashi se alzó este miércoles con el Gran Premio del Festival de Angulema (Francia), convirtiéndose en la segunda mujer que gana este prestigioso galardón, que reconoce el conjunto de la obra de una gran personalidad del cómic. Takahashi, de 61 años, es una de las autoras de manga más leídas en todo el mundo. Su obra más exitosa es Ranma 1/2, saga que le reportó la fama gracias a su adaptación televisiva, que se pudo ver en España durante los años 90.


El premio fue concedido tras una votación a dos vueltas por 1.500 autores francófonos, que galardonaron a Takahashi por encima de los otros dos finalistas, el estadounidense Chris Ware y el francés Emmanuel Guibert. Se convierte así en la segunda mangaka que gana este premio, tras Katushiro Otomo, el creador de Akira, que lo recibió en 2015.

Nacida en Nigata (Japón) en 1957, Takahashi fue una de las primeras autoras que se inscribieron en el shonen (manga para chicos) y no en el shijo (para chicas), pero distanciándose de los estereotipos ligados a ese género y llenando sus viñetas de mujeres fuertes y de temáticas originales. Fue responsable, junto a Akira Toriyama, de la popularización del manga en Europa, a través de una generación de niños y adolescentes que descubrieron su obra gracias a sus adaptaciones televisivas. “Ha vendido más de 200 millones de mangas, pero sus obras presentan una aspereza y una complejidad que justifican plenamente este Gran Premio”, señaló este miércoles el director del Festival de Angulema, Stéphane Beaujean.

Formada junto a Kazuo Koike (Crying Freman), Takahashi debutó cuando todavía era una estudiante de cómic con Urusei Yatsura, también conocida como Lamu, historia de amor entre un estudiante japonés y una exuberante extraterrestre en combinación leopardo. Le siguió Maison Ikkoku, inicialmente publicada en España como Juliette je t’aime, comedia de enredo en torno a una joven viuda y sus dos pretendientes. El éxito de Ranma 1/2 la convirtió en una de las autoras japonesas más conocidas en el mundo.

Esa serie, de 38 tomos, estaba protagonizada por un adolescente experto en artes marciales que se transformaba en mujer al entrar en contacto con el agua. Décadas antes de que la fluidez de género se convirtiese en tendencia, Takahashi describió un mundo donde los hombres se enamoraban de mujeres que, en realidad, eran hombres. La versión animada de sus libros provocó cierta polémica en la televisión española de los noventa por sus contenidos gráficos. En Francia, se llegaron a censurar las secuencias más subidas de tono en el programa infantil Club Dorothée.

La autora, que casi nunca concede entrevistas, decidió hacer una excepción en mayo de 2018, cuando recorrió su trayectoria en las páginas de la revista francesa Atom. “No creo tener un talento gráfico espectacular y tal vez es eso lo que ha convertido mi trabajo en muy accesible”, explicó Takahashi a esta publicación especializada. “Mis historias siempre están cerca de la vida cotidiana, dibujo personajes que comen, que van al colegio, que viven una vida en la que uno puede reconocerse. Ese contexto simple me parece un terruño ideal para la ficción”.

El premio supone un doble cambio de orientación para el festival. Angulema protagonizó una gran polémica en su edición de 2016 al no preseleccionar a ninguna mujer en la lista de finalistas propuestos para este galardón. Tras la llamada al boicot de una asociación francesa de creadoras de cómic, a la que se sumaron nombres como Joann Sfar, Riad Sattouf, Daniel Clowes o Charles Burns, el festival propuso que la votación fuera abierta a todos los miembros de la profesión, lo que no impidió que las mujeres siguieran siendo ignoradas. Además, el premio recompensa a un género maltratado durante décadas en el contexto europeo. “El manga ya no es visto como un subgénero, como ha sido el caso durante mucho tiempo. Sus autores son considerados como iguales por sus colegas occidentales”, explica Satoko Inaba, directora editorial de manga en la editorial francesa Glénat.



El Pais


jueves, 24 de enero de 2019

20 AÑOS MARVEL EN ESPAÑA






«Veinte años ya, veinte años. ¿Seguro? Veamos. Catorce anos de Vértice-Surco más siete de Fórum, sin lugar a dudas, veinte años».

«Vértice-Surco, Fher, Bruguera, Montería y Fórum sin contar con aquella edición «sudaca» que nos permitió contemplar a Spiderman en color por primera vez». Cinco (con perdón), cinco editoriales a lo largo de ¡Veinte años!

Como cambian los tiempos. Y pensar que un día los superhéroes no estaban de moda, que si, que no estaban de moda, que no había películas ni series de dibujos animados, ni tebeos en colorines, ni correos del lector, ni posters, ni camisetas, ni librerías especializadas con los últimos números USA, ni fanzines, ni clubs, ni... Solo teníamos tebeos ¡Y qué tebeos! En blanco y negro, con páginas y viñetas remontadas, sin créditos, salvo los del personal patrio (eran más importantes el rotulista y el traductor que el guionista y el dibujante), sin cubiertas USA «a pesar del buen hacer de Enric y López Espí», sin coordinación (la saga de la Madonna Celestial pasará a la historia como el mayor desastre de todos los tiempos), sin periodicidad (un numero de los 4 Fantásticos aparecía en marzo y el siguiente en agosto), en fin, para qué seguir, un absoluto «maremagnum».

Pero ahí no acababan los problemas del fan de los superhéroes, y supermujeres, claro. Esa tarta de coherencia editorial mediante la cual se publicaban unos productos absolutamente desdeñables hacía que el fenómeno Marvel (que en los USA supuso una revolución artística y conceptual) pasara, no ya desapercibido por la crítica hispana, sino que cada vez que era nombrado en cualquier revista supuestamente seria de aquella época, se ensañara en su contra con el más humillante de los desprecios y la más absoluta de las indifenrecias. De manera que entre todos convirtieron la lectura de un tebeo Marvel en un hecho cuasi vergonzante, haciéndonos sentir como si de cristianos en sus catacumbas se tratase.

Fue necesario el transcurso de casi catorce años para que la tortilla diese su lógica vuelta y, en efecto, al llegar la primera edición digna de un comic-book en 1982 comenzó el espectacular fenómeno que aún vivimos.

Fórum dignificó la imagen del superheroe yanki. Pero esto pertenece más al presente que al pasado, un pasado muy distinto del tiempo que los actuales seguidores tienen la fortuna de disfrutar; un pasado de caos, de desprecio, de mutilación, y que sin embargo no pudo acabar con la esencia del Espíritu Marvel por más que lo intentaron. La esencia subyacía, y el lector, a pesar de todo, la captaba. Uno de los primeros pioneros Rafael Marín Trechera dijo un día «algo tendrán los comics Marvel que no posee ningún otro comic del mundo cuando con ediciones tan pésimas han sido capaz de crear y mantener tan fieles seguidores». Amén Rafa, Amén.

Carlos Pacheco


Revista Krazy Comics Nº2. Noviembre 1989. Editorial Complot. Barcelona




martes, 22 de enero de 2019

Fantasía Verne


Realidad y ficción. Entre ambas transcurrió la vida del escritor Julio Verne (1828-1905). Este mes se cumplen 100 años de su muerte, y Francia rinde homenaje al autor de 'La vuelta al mundo en 80 días'.
Por Fernando Savater

Nantes, en Bretaña, cerca de la desembocadura del río Loira. Un puerto fluvial, lleno de barcos pequeños y medianos que sueñan con el mar abierto, aún lejano. El niño tiene once años y también anhela las grandes travesías. Pasea por los muelles oliendo el alquitrán y buscando lo que no conoce, las Indias remotas. Esa mañana encuentra un velero amarrado en cuya cubierta no se ve a nadie. Se cuela a bordo, lo recorre, sube a lo más alto, hasta la cofa del mástil. Desde allí, a lo lejos, avizora por fin la inmensidad del mar. Queda tan arrobado arriba que hasta el último momento no advierte que el barco se dispone a zarpar. ¡Estupendo, la aventura comienza! Sin embargo, la tripulación pronto descubre al pequeño polizón y lo desembarca en cuanto puede para que vuelva con su familia. Al padre indignado que suelta su bronca, el niño le confiesa que pretendía conseguir un collar de perlas y coral para su primita Carolina, a la que ama con secreto fervor infantil. Después, para tranquilizarle, añade: "No te preocupes, no lo volveré a hacer. Desde ahora, todos mis viajes serán imaginarios". El niño se llamaba, se llama para siempre, Julio Verne. ¿Es legendaria esta anécdota? Probablemente. O mejor, es una mezcla de realidad y acción, como las que escribió toda su vida Verne hasta la misma víspera de su muerte, este mes de marzo hace cien años. Para frustración de quienes abominan de los best sellers y necesitan saberlos efímeros y literariamente despreciables, Julio Verne vendió más que nadie en su día, pero sigue lozano y siempre disfrutó del aprecio de admiradores de élite. Tolstói (que detestaba al mismísimo Shakespeare) lo leía con fruición, lo mismo que Turgeniev. El ingeniero del canal de Suez, Ferdinand de Lesseps, no paró hasta conseguir para él la Legión de Honor. Nadar, el pionero de la fotografía, era tan devoto suyo que el novelista jugó con su nombre para inventar el Ardan al que envió haciendo bromas en su proyectil hacia la Luna. Y otra de sus lectoras, George Sand, le escribió agradecida tras devorar Viaje al centro de la Tierra y De la Tierra a la Luna: "Espero que pronto nos conduzca usted a las profundidades del mar". Para complacer su demanda llegó después Veinte mil leguas de viaje submarino. En nuestros días ha seguido teniendo lectores envidiables, desde Ray Bradbury hasta el exquisito Julien Gracq. Por no ofender su modestia no le menciono a usted, amigo lector, y yo me pongo a la cola...


ANCIANO. Un Julio Verne de poblada barba, fotografiado en los últimos años de su vida. Ya septuagenario había sufrido varios achaques y problema de visión, pero como quería seguir ocupado en la escritura fue su mujer quien le transcribía lo que él dictaba.
FOTOGRAFÍA: BOYER / ARCHIVO ROGER-VIOLLET

A Verne se le ha admirado tradicionalmente por magias más bien accidentales: se le tiene por un precursor de descubrimientos científicos, oficio que envejece pronto y mal. Pero hoy nos interesa mucho más que sus obras nos recuerden la poesía que encerraron una vez los sueños de la ciencia que la prosa (a veces destructiva o frustrante) de sus logros efectivos. Por ejemplo, en Los quinientos millones de la Begun -una de sus novelas más notables-, lo de menos es que profetice el primer satélite artificial con casi un siglo de anticipación; son sus especulaciones sobre urbanismo y acerca de en qué consiste vivir en paz las que hoy nos resultan más estimulantes. Si yo me atreviese a dar consejos al lector neófito, le recomendaría que buscase los libros de Verne menos celebrados porque quizá en ellos se esconden sus prodigios más deliciosos: el invisible y despechado amante de El secreto de Wilhelm Storitz, los fantasmas precinematográficos de El castillo de los Cárpatos, el desenlace de un relato de Poe en La esfinge de los hielos, el mundo como tablero del juego de la oca en El testamento de un excéntrico, el absurdo casi kafkiano de Frritt-Flacc, las navegaciones amazónicas de La Jangada... Por supuesto, tras estas exploraciones, deberá acudir a sus novelas más conocidas. Julio Verne no tiene libros malos, sino buenos de diferentes modos...

Y no olvidemos que su primera pasión fue el teatro. Verne es un contemporáneo de Offenbach, y el humor veloz de sus diálogos proviene del vodevil (como muestra, los torneos dialécticos del periodista inglés y el francés en Miguel Strogoff). Supo aunar los trucos de la comedia de enredo con la pedagogía y se dedicó al género fantástico sin hacer jamás concesiones a lo sobrenatural: su imaginación brota de la precisión informada, no del capricho perezoso que toma el atajo de lo inverosímil. Su última y valerosa recomendación está en uno de sus primeros libros, Viaje al centro de la Tierra: "¡Hay que tomar lecciones de abismo!". Por ahí se entra en la ciencia, en la aventura y en la poesía. •


 El viajero imaginario

Soñó y describió imposibles viajes a la Luna, alrededor del mundo o por el fondo del mar. Julio Verne fue un visionario que en pleno siglo XIX anticipó muchos inventos del XX en más de ochenta novelas de aventuras. El escritor que tales cosas imaginó tuvo en cambio una vida no muy feliz. Por Marta Rivera de la Cruz.

Cuentan las crónicas que, a la edad de 11 años, Julio Verne se escapó de casa para colarse en un barco que había zarpado con destino a tierras americanas. Pierre Verne tardó un par de horas en interceptar a su hijo, y Julio recibió un castigo que no le quitó las ganas de seguir soñando con territorios desconocidos. Nacido en Nantes en 1828, la infancia de Julio Verne transcurrió en el seno de una familia ilustrada y pequeño burguesa. El padre, Pierre Verne, era procurador. La madre, Sophie, una mujer entregada a sus cinco hijos. Julio crecía leyendo novelas juveniles y demostrando un interés desmedido por la geografía y la lectura de boletines científicos. Tenía como compañero de juegos a su hermano Paul, y juntos imaginaban travesías marítimas y encuentros con mundos lejanos.

La pubertad no fue generosa con Verne. La apostura que del autor revelan los retratos llegaría con la madurez. A su escaso atractivo físico se unía la certeza de la precaria situación económica familiar, y sus primeros escarceos amorosos acabaron en fracasos. El joven Julio intentaba paliar sus carencias con alardes de ingenio, y enviaba a las jovencitas encendidos poemas de amor que no hacían sino provocar la rechifla entre sus adoradas.

A instancias de sus padres, Verne se trasladó a París para estudiar derecho. De esta etapa nos ha llegado abundante correspondencia del autor, aunque la mayoría de sus cartas son auténticas jeremiadas: Julio no hace más que quejarse de lo cara que es la vida en París, de lo mal que come por falta de dinero... y de toda una batería de problemas gastrointestinales que hacen de sus misivas verdaderos monumentos a la escatología.

Ya entonces había decidido el joven Verne que le importaban más las letras que las leyes. Al margen de los poemas de juventud, a los 20 años había escrito un par de obras teatrales y una novela de 200 páginas titulada Un sacerdote en 1839. En París, la ciudad convulsa que vivía la revolución de 1848, cuya culminación serían las elecciones que elevaron a presidente de la República a Luis Napoleón Bonaparte, siguió escribiendo de forma febril. Pese a que pasaba mucho más tiempo dedicado a la literatura que al estudio, consiguió acabar la carrera.

A pesar de la falta de dinero (Pierre Verne escatimaba cada céntimo que enviaba a su hijo), Julio se las arreglaba para sostener los gastos de un aprendiz de literato: compraba libros, se dejaba ver en los cafés y en los estrenos teatrales... Es en estos días cuando traba amistad con los Dumas, padre e hijo, quienes alentaron su carrera como escritor. El autor de El conde de Montecristo le ayudó en la escritura de una pieza teatral titulada El envite, que se representaría en pequeños teatros, suponiendo para Verne unos mínimos ingresos. Y mientras su padre insiste en que regrese a Nantes para ejercer como abogado, Julio dice que permanecerá en París: "Me dedico a escribir, y si mis obras no dan fruto ahora, esperaré".

En 1851, Julio Verne publicaba por primera vez una obra en prosa: el relato Los primeros barcos de la marina mexicana aparecía en la revista Musée des Familles, que editaría otros cuentos suyos. Y mientras Luis Napoleón da el golpe de Estado que le convertirá en emperador de Francia, Verne escribe una novela que será publicada con el título de Martín Paz. En esta obra revela el autor sus sentimientos antisemitas: uno de los capítulos se titula 'Un judío siempre es un judío', y en él el personaje del usurero Samuel se descubre en toda su antipatía. En otra obra, Héctor Servadac, el autor insistiría en su antisemitismo, que no manifiesta en su correspondencia ni en las entrevistas que concedió. La carrera de Verne va tomando forma. Estrena varias piezas dramáticas, y su novela Un invierno entre los hielos tiene bastante éxito. En esta etapa, Verne demuestra una verdadera obsesión por encontrar esposa. Casi todos sus amigos se han casado, y él (que junto a un grupo de camaradas solteros ha fundado la sociedad "de los vírgenes necios") pide a su madre que le arregle un matrimonio con alguna joven adinerada. Finalmente, Verne no necesitó el concurso materno para casarse: en la boda de un amigo fue emparejado con una viuda reciente, de nombre Honorine Deviane, que reunía todos los requisitos para convertirse en madame Verne. Discretamente bonita, todavía joven, próxima a heredar una pequeña renta, su único defecto era el tener dos hijas de su matrimonio..., del que también conservaba una pensión. La boda se celebró en 1857 sin pompa alguna por deseo de Julio. Es posible que esta feroz intención de matrimoniar y su convencimiento de que la vida en pareja era la solución a todos los males supusiese el principio del sentimiento de infelicidad que marcaría a Verne. Había corrido en busca del matrimonio como forma de vida, dejando de lado todo impulso romántico e incluso cualquier motivación pasional. Más tardó Julio en encontrar esposa que en hartarse de la vida familiar. El haberse casado con una mujer con dos hijas y el convertirse en padre no ayudaría a mejorar la situación. Acostumbrado a vivir solo, a disponer de su espacio y su tiempo, Verne aprendió lo difícil que es trabajar en una casa donde hay niños correteando, donde se escuchan chillidos y llantos de bebé o reprimendas maternas. La existencia burguesa de una familia de clase media, con almuerzos ruidosos y juguetes en el suelo, era todo lo contrario de lo que el señor Verne necesitaba. Empezó a aislarse, a construir un mundo ajeno del que no quería ni podía salir. En este sentido, Verne nos recuerda al misterioso personaje del capitán Nemo.

Si la vida personal de Verne era un desastre, su carrera literaria se afianzó de forma definitiva en 1862 con la publicación de Cinco semanas en globo, que supuso también el inicio de su fecunda relación con el editor Pierre-Jules Hertzel. Fue él, que adivinó en las narraciones de Verne a un autor de inagotables recursos, quien dirigió su carrera, haciendo sugerencias, recomendándole la supresión de un personaje, un párrafo... e incluso de una novela: cuando, en 1863, Julio Verne le entregó el manuscrito de París en el siglo XX, Hertzel le dijo que la publicación de esa historia (donde se anticipa, entre otros, el invento del fax) podía acabar con su buena racha. El público francés no estaba preparado para asimilar un argumento catastrofista: en la novela, el progreso científico ha acabado con el interés por la literatura, las artes y hasta las relaciones humanas. La novela se publicaría muchos años después de la muerte de su autor.

Viaje al centro de la Tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino, Las aventuras del capitán Batieras, Miguel Strogoff, La vuelta al mundo en 80 días... De la mano de Hertzel, Verne se ha convertido en un autor famoso... y casi rico. Habría podido serlo más (La vuelta al mundo en 80 días vendió más de 100.000 ejemplares), pero el astuto editor se llevaba la mayor parte del pastel. Pagaba a Verne 3.000 francos por novela, con el compromiso del escritor de entregar tres libros al año. La extrema fecundidad del autor está directamente relacionada con la insatisfacción de su vida en familia: Verne se encierra a trabajar en su estudio para huir de las veladas con su esposa y de los juegos de sus hijos.

A pesar de la intensidad de sus poemas románticos, las escenas amorosas descritas por Verne en sus novelas son ramplonas y carentes de realismo. En una carta a su editor, el autor reconoce ser una nulidad a la hora de hablar de asuntos del corazón: "Me cuesta hasta escribir 'te quiero". Está claro que le faltaba experiencia en lides emocionales. Parece ser que Verne tuvo alguna aventura al margen del matrimonio, y así lo documenta Herbert Lottman, autor de la más completa biografía sobre el autor. Sabemos los nombres de dos de las amantes de Verne: Stelle Duchesne, muerta en plena juventud y que pudo inspirar el personaje de Stilla, de El castillo de los Cárpatos, y Luise Teutsch, en cuya figura se encuentra el germen de Zircka Klorck, de la novela Claudio Bombarnac.

Las relaciones de Julio Verne con su hijo también fueron complicadas. Michel, nacido en 1861, fue para el autor una fuente de disgustos. En sus cartas, Verne se queja del carácter medio salvaje del chiquillo. Sin embargo, y si recordamos que el crío tenía sólo seis o siete años cuando su padre ya hablaba de él como de un delincuente y que le ingresó en un internado antes de cumplir los cinco, es fácil preguntarse si Verne se tomó alguna vez en serio la educación de su hijo. Lo único que al escritor le preocupaba era no ser molestado cuando trabajaba. Las travesuras de la infancia se convirtieron en gamberradas durante la adolescencia, y llegaron a ser actos delictivos. Michel acumuló tremendas deudas, y es posible que también robase. "Hay en este desgraciado un cinismo indignante que usted no podría creer. Es un pervertido terrible con una dosis de locura indiscutible", escribió Verne en una carta a Hertzel.



 FAMILIA Y HOGAR. Arriba, la casa de Amiens (Francia) donde Verne escribió la mayor parte de sus obras. Allí murió el 24 de marzo de 1905. Sobre estas lineas, el escritor y su esposa, Honorine Deviane. Ella fue su paciente enfermera y secretaria durante sus últimos años.

FOTOGRAFÍA: BOYER / HARLINGUE. ARCHIVO ROGER-VIOLLET




SUS OBRAS. Edición de 1870 de la novela 'De la Tierra a la Luna'. La ilustración es de Bayard. 'La vuelta al mundo en 80 días', traducida al bengalí en 1970. Los ilustradores de sus libros en todo el mundo se han contagiado de la fantasía de Julio Verne.


El autor intentó enderezar a su hijo: internados, psiquiatras, casas de reposo... Finalmente le buscó plaza en un barco que preparaba una travesía de año y medio, pensando que el contacto con la austera existencia de la marinería podría reconducir al conflictivo Michel. Pero la experiencia marítima del chico no fue la aventura de sacrificios que su padre había pergeñado, sino una etapa de aburrimiento donde tuvo ocasión de demostrar su carácter pendenciero, llegando a agredir al segundo de a bordo. De no haberse apellidado Verne, aquella acción habría podido traer para Michel consecuencias funestas. Más adelante, Michel se casaría con una cantante, a la que abandonaría por una joven a la que había dejado embarazada. Sü padre, mientras tanto, le pasaba una cantidad para que pudiese mantener a su familia.

Pensando en aquel hijo que tan pocas alegrías le había dado, creó Verne el personaje de Dick Sand, protagonista de Un capitán de 15 años. El joven Sand, huérfano y grumete de un barco que se ve obligado a comandar cuando su tripulación desaparece, constituye el alter ego de Michel. Fuerte, valiente, generoso y arrojado, es el hijo que Verne habría querido tener. Sin embargo, en este y otros héroes juveniles creados por el autor, algunos estudiosos han querido ver tendencias pedófilas. Lottman afirma que es posible que Verne mantuviese una relación "extraña" con un joven que se convertiría en político de primera fila y obtendría el Premio Nobel de la Paz: Aristide Briand. No sabemos hasta dónde llegó la relación entre Briand y el escritor, pero sí podemos constatar que Verne mantuvo con él una amistad protectora..., y que llamó Briant al protagonista de su libro Dos años de vacaciones.

Verne acabaría siendo un hombre muy rico. A pesar de que sus novelas no le generaban derechos de ventas, la adaptación de sus textos al teatro le hizo ganar mucho dinero. Mientras el tiempo pasaba, Verne continuaba escribiendo: Las tribulaciones de un chino en China, La familia sin nombre, Las indias negras, El rayo verde... El reconocimiento público de su labor era indiscutible. En Francia se le consideraba una leyenda viva. En sus viajes por Europa se le recibía como un héroe. Las traducciones de sus obras se multiplicaban. Había sido condecorado con la Legión de Honor, y sólo le quedó la espina de no haber logrado un sillón en la Academia Francesa. Recibía a diario decenas de cartas de sus admiradores, y la pasión por sus obras era tan grande que incluso una joven periodista llamada Nelly Blye asumió el reto de Phileas Fogg para dar la vuelta al mundo en 80 días. Blye cubrió el trayecto en menos tiempo, y a su paso por Francia tuvo oportunidad de conocer a Julio Verne.

Verne murió en Amiens el 24 de marzo de 1905. A pesar de que en los últimos años había sufrido todo tipo de achaques y serios problemas de visión, siguió trabajando hasta el último día. La paciente Honorine se había convertido en su escribiente y su enfermera. Aquella mujer que no consiguió ser bien amada por su esposo fue la mejor compañera para el septuagenario de barba blanca que no quería dejar de escribir. A su muerte, Verne dejaría inéditos muchos manuscritos que fueron publicados después. Su hijo, el conflictivo Michel, se redimió trabajando para recuperar los textos paternos (se dice que incluso llegó a rematar y retocar algunos de ellos) y renegociando las condiciones leoninas de los contratos redactados por Hertzel. Hoy, 100 años después de su muerte, cuando hemos visto realizados muchos de los delirios literarios de Julio Verne, sus libros siguen siendo piezas de lujo en la historia de las novelas de aventuras. •

Todos los actos de la celebración del centenario de Julio Verne pueden verse en: www.julesverne.fr.

El Pais Semanal Nº 1.487. Domingo 27 marzo de 2005