jueves, 16 de noviembre de 2017

Una dosis de realidad

JAVIER FERNÁNDEZ
15 Noviembre, 2017


'Ortega y Pacheco Deluxe, Volumen 2'. Pedro Vera. ¡Caramba! 200 páginas. 24 euros.

A los de muchachos de ¡Caramba! habría que ponerles un piso, o algo. Tras rescatar del olvido y salvar para las generaciones futuras la serie Ranciofacts, de ese paciente cronista de nuestro tiempo que es Pedro Vera, ahora vienen haciendo lo propio con otra de sus grandes creaciones: Ortega y Pacheco. Las historietas del dúo calaveras, termómetros de la cultura (es un decir) popular española, fueron serializadas en El Jueves entre 1998 y 2012, y están siendo ahora recopilada en gruesos tomos Deluxe, de los que acaba de ver la luz el segundo, o volumen 2, con historietas fechadas entre 2002 y 2006. Son casi 200 páginas de verdades como puños, exégesis y variaciones de la realidad que resultan más reales que el original.

Malaga Hoy

Poética de acidez y ternura

JAVIER FERNÁNDEZ
15 Noviembre, 2017



'Archivos estelares'. Flavita Banana. ¡Caramba! 208 páginas. 18 euros.

Colaboradora de medios como Smoda, Orgullo y Satisfacción o Mongolia, la dibujante barcelonesa Flavita Banana ha publicado este año nada menos que dos libros: Las cosas del querer y este rotundo Archivos estelares que recopila sus viñetas más populares. Banana tiene un radar por mirada, un grafismo contundente y una poética que une acidez y ternura con estilo propio, inconfundible. Sobre el presente volumen, dice la propia autora: "Una antología a los 30 años me viene grande, joder. Es como si me hubiera muerto. (…) sin embargo me sacan una antología a mi edad. Así que ya puestos, me he venido arriba". Y tanto que se ha venido arriba. Les confieso que hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una recopilación de viñetas humorísticas, y es que los chistes de Banana son tan frescos como lúcidos, y se benefician de la hermosa edición del sello ¡Caramba!


Malaga Hoy

Criaturas extrañas

JAVIER FERNÁNDEZ
15 Noviembre, 2017




'Mirror, 1. El reflejo de la montaña'. Emma Ríos, Hwei Lim. Astiberri. 232 páginas. 19,95 euros.


Astiberri bucea también en el mercado estadounidense, más concretamente en el catálogo de Image Comics, para ofrecernos dos interesantes volúmenes dentro de la colección Sillón Orejero.

Mirror. El reflejo de la montaña es la primera entrega de una serie regular escrita por la española Emma Ríos y dibujada (pintada sería más correcto) por la malaya Hwei Lim. Se trata de una bella historieta de ciencia ficción, con toques de fantasía, ambientada en el misterioso asteroide de Irzah en el que conviven en difícil equilibrio humanos, animales, criaturas antropomórficas y seres mitológicos, y en el que pronto estallarán los conflictos. La necesidad de un diálogo y una convivencia respetuosa entre los distintos colectivos es uno de los temas principales de la obra, aunque, más allá de su argumento, Mirror brilla por su viva ambientación, su rico elenco de personajes y las sofisticadas relaciones entre estos. Más conocida por su trabajo como dibujante, Ríos había asumido las labores literarias en la extraña distopía I.D. (también traducida al castellano por Astiberri), pero es en Mirror donde certifica que posee una imaginación incontenible. Por su parte, Lim tiene una línea dulce y atractiva que se carga de matices en el coloreado, y las dos autoras demuestran una total sintonía. Este primer volumen recopila los números 1 a 5 de la serie, más un estupendo apartado de material adicional.





Plutona recupera una serie limitada del guionista Jeff Lemire (Essex County, Animal Man, Descender), publicada originalmente entre 2015 y 2016. Lemire colabora aquí con la dibujante Emi Lenox (que también participa en el argumento) y la colorista Jordi Bellaire para narrarnos las tensiones que surgen entre cinco amigos adolescentes cuando, a la salida de clase, se topan con el cadáver de una superheroína en un bosque. Además de la historia principal, Lemire firma en solitario el puñado de páginas que componen La última aventura de Plutona, y el tomo se completa con una galería de bocetos, pin-ups de otros artistas y portadas varias.


Malaga Hoy

El fin de la infancia

El clásico de los 80, que regresa en una nueva edición, traslada al lector a un mundo postapocalíptico cuyos únicos supervivientes son los niños

JAVIER FERNÁNDEZ
15 Noviembre, 2017


'El último recreo'. Carlos Trillo, Horacio Altuna. Astiberri. 128 páginas. 16 euros.

Quizá es usted de esos lectores que le piden al cómic algo más que un rato de diversión. Que aprecian las buenas historias y buscan los mejores dibujos. En ese caso, imagino que tendrá a Astiberri entre sus editoriales de cabecera. Si no es así, permítame que le recomiende tres títulos recientes que seguro que le harán cambiar de opinión.

El último recreo es la obra maestra de los argentinos Carlos Trillo y Horacio Altuna, un clásico de comienzos de la década de 1980 que ahora regresa en una fenomenal edición, de gran tamaño y estupenda calidad de reproducción. El argumento de esta fábula distópica nos transporta a un mundo postapocalíptico sin adultos, en una suerte de cruce de El señor de las moscas con las novelas de catástrofes de J. G. Ballard. Los únicos supervivientes de El último recreo son los niños, y sobre ellos pesa, como una espada de Damocles, la amenaza de la madurez, que equivale literalmente a la muerte. Tierna y cruel, la novela gráfica retrata la dura convivencia de los niños en la urbe, donde no hay otro sistema que la ley del más fuerte y el miedo y la violencia se han adueñado de las calles. Todo ello narrado con la prosa certera e hiriente de ese gran guionista que fue Trillo y el dibujo hermosísimo del maestro Altuna, que brilla aquí a su mejor nivel. Como escribe Antoni Guiral en la introducción: "El último recreo es una historia universal. (…) Sensaciones intensas transmitidas por personajes creíbles y situaciones no por conocidas menos dramáticas. La esencia misma del ser humano".

Sostiene Pereira es la adaptación a viñetas de la célebre novela de Antonio Tabucchi. El reto imposible de adaptarla a viñetas ha sido resuelto con enorme solvencia por el historietista Pierre-Henry Gomont, cuyo trabajo combina una línea suelta y orgánica y un maravilloso coloreado. No en vano, el libro ha merecido este año en Francia el Gran Premio RTL de cómic y ha resultado finalista del Gran Premio de la crítica ACBD. Gomont hace suyo el material literario y desarrolla sus propios recursos para trasladarlo al cómic. En palabras de Gomont, Sostiene Pereira es "una novela cerebral, nada visual, que dejaba el campo libre para el dibujo. La leí cuatro o cinco veces, la cerré y empecé a trabajar, para quedarme con su esencia. Elegí como telón de fondo el café Lisboa donde Fernando Pessoa iba a menudo, ya que él era la figura tutelar de Tabucchi". La magnífica edición de Astiberri se completa con bellas ilustraciones del cuaderno de dibujo de Gomont.



Por último, El largo y tortuoso camino reúne al guionista francés Christopher y a uno de los dibujantes de moda, Rubén Pellejero, quienes proponen una especie de road movie (con banda sonora incluida). El protagonista, un mediocre cuarentón, se ve obligado a viajar a la mítica isla de Wight para esparcir las cenizas de su padre, y claro está que, en el viaje, descubrirá lo poco que conocía a su padre y, lo que es más importante, lo poco que se conoce a sí mismo. Una pasada con el rock y con Borges de telón de fondo.

Malaga Hoy



El amuleto inca

'El ojo mágico de Kelly' es una obra que cuenta con los guiones de Tom Tully y los dibujos del argentino Francisco Solano López. El protagonista es invulnerable si porta la gema

GERARDO MACÍAS
15 Noviembre, 2017





'El ojo mágico de Kelly nº 1'. Guion: Tom Tully. Dibujos: Francisco Solano López. Planeta DeAgostini Cómics, 2010.

La serie británica de historietas El ojo mágico de Kelly fue creada por Tom Tully a los guiones y Francisco Solano López al dibujo para la revista Knockout de la editorial International Publishing Company el día 21 de julio de 1962. Al año siguiente, pasó a la revista Valiant, donde continuó hasta 1971. Se publicaban dos páginas en cada número, siempre en blanco y negro. Relataba las aventuras de Tim Kelly, un joven inglés dotado con el Ojo de Zoltec, un talismán inca que otorga fantásticos poderes.

En 1964, el Ministerio de Información y Turismo prohibía en España la publicación de los tebeos de Superman, Batman y demás personajes de DC, una prohibición que no sirvió para nada, porque estos cómics nos llegaban desde México de la mano de la editorial católica Ediciones Novaro.

Entonces, los lectores españoles descubrieron a través de la barcelonesa Ediciones Vértice lo que podría llegar a ser un sustituto de los superhéroes norteamericanos, los personajes de la editorial Fleetway británica: Flierman, Zarpa de Acero, Mytek, y Kelly Ojo Mágico.

La serie fue publicada en España en varios formatos: quince tebeos de sesenta y ocho páginas en 1965 y siete libros en rústica de alrededor de trescientas páginas en 1971, ambos por Ediciones Vértice y con la distribución de las viñetas alterada; la de Mundicómics, también de siete números, en 1981, y la de Surco en grapa en 1983.

En esta serie nos encontramos con Tim Kelly, un rico heredero bonachón y fanfarrón que viaja hasta Sudamérica para reclamar la fortuna de su tío. Una vez allí, es capturado por un policía corrupto que pretendía venderle como esclavo. Consigue escapar de sus captores y durante su huida salva la vida a un anciano indígena que en agradecimiento le muestra el templo de Zoltec. Allí encontró una enorme escultura cuyos ojos eran dos gemas, los ojos de Zoltec. Uno de ellos proporcionaba a su poseedor la invulnerabilidad absoluta, mientras llevase el ojo encima nada ni nadie podría hacerle daño.

En 1969 regresaron a España Batman y Superman, y la misma Vértice que nos trajo los personajes de Fleetway, nos traía a los superhéroes de Marvel... pero eso ya es otra historia.

Armado con la mística gema Kelly se dedicó a viajar por el mundo viviendo aventuras al estilo de la época. Luchaba contra cultos selváticos, malvados piratas, monstruos... Entre estos adversarios destaca Diablo, quien posee el otro ojo de Zoltec. Éste, a diferencia del que posee Kelly, otorga a su propietario el poder de controlar las mentes de humanos y animales. Cabe preguntarse por qué el indio que llevó a Kelly hasta la estatua de Zoltec no le advirtió que cogiese los dos ojos…

En octubre de 1966, Tim Kelly conoció al Doctor Diamond, un excéntrico anciano con una peculiar forma de vestirse y que había construido una máquina del tiempo con la que podía viajar tanto por el tiempo como por el espacio y que estaba camuflada como un objeto cotidiano, en este caso un reloj de péndulo. De este modo, Kelly se convirtió en acompañante del Doctor Diamond, viajando por el tiempo para luchar contra todo tipo de amenazas al más puro estilo de lo que se que llevaba haciendo tres años en televisión con bastante éxito en Doctor Who.

Un tebeo de Tom Tully y Francisco Solano López que en estas primeras entregas recopiladas en el volumen editado por Planeta DeAgostini acusa demasiado su espíritu original. Por mucho que se intente contextualizar en su momento de publicación, la serie resultaba en sus inicios tan ingenua que rozaba lo simplón y previsible, a lo que hay que añadirle que la labor del dibujante argentino Francisco Solano López está muy lejos de la que pudimos admirar solamente tres años antes en las páginas de su obra cumbre, El Eternauta.

Lo cierto es que, a medida que iba avanzando la serie, comenzó a ganar interés: por un lado, el catálogo de enemigos de Kelly se convirtió en una especie de locura a la búsqueda del antagonista más estrafalario e inverosímil. Por otra parte, la invulnerabilidad de Kelly, que en sus inicios se restringía a sobrevivir a balas, caídas y explosiones, fue poniéndose a prueba de las maneras más increíbles, ya que poco a poco, el guionista hizo padecer a su personaje barbaridades y tropelías inimaginables en las primeras entregas.


Malaga Hoy


miércoles, 15 de noviembre de 2017

El espejo del Preste

El dúo formado por Díaz Canales y Pellejero crea un relato emocionante y evocador con todos los ingredientes de la receta original de Hugo Pratt

JAVIER FERNÁNDEZ
08 Noviembre, 2017


'Corto Maltés: Equatoria'. Juan Díaz Canales, Rubén Pellejero. Norma Editorial. 88 páginas. 19,50 euros.


Que Corto Maltés es un viajero incansable lo sabe todo el mundo, y así se declara en Equatoria. "¿Dónde irás en cuanto desembarques?", pregunta la isla de Malta, a lo que el marino responde: "¿Quién sabe? A cualquier lugar menos a Ítaca".

Pero Corto no es un viajero corriente; su movimiento nos mueve. En palabras de François Busnel, que firma el tercero de los tres prólogos del libro de Norma Editorial: "A la vez baúl del tesoro y botiquín, las aventuras de Corto Maltés, por su muda presencia, expandían mi vida. Leí aquellas historias como si fueran la única manera de salir de una antigua existencia. Bajo el cielo bajo y pesado de mi suburbio, donde no había sol ni alegría y todo me parecía confinado en el hastío y la mezquindad, creía estar solo y detestaba el mundo, y de repente, el mundo recobraba sus colores. [Los libros de Corto] engrasaron los engranajes de mi imaginación. (…) Quise descubrir ese mundo del que Corto me había abierto las puertas. Ya no me bastaba con saber que la tierra era enorme, necesitaba experimentarlo".

Dice Benoît Mouchart, por su parte, en el primero de dichos prólogos: "Todos los exégetas de las aventuras de Corto Maltés saben que ese caballero de fortuna es un aficionado a las historias y que estas se alzan sobre el cuento, la fábula o la Historia. Los relatos que le apasionan pertenecen a ese territorio particular de la memoria de los Hombres donde la leyenda y la realidad parecen confundirse para formar los contornos de la dimensión del mito. Su tierra natal, la isla de Malta, ¿no es acaso el lugar en el que Calypso prometió a Ulises la inmortalidad o en el que San Pablo naufragó antes de ser juzgado y decapitado en Roma? Familiarizado con la cábala y curioso respecto a todas las mitologías, Corto se esfuerza en considerar las historias seriamente porque ellas le inspiran, más allá de la propia fantasía, diferentes interpretaciones que le conducen a explorar otros niveles de conocimiento y de consciencia, es decir, de sabiduría. No importa cuál sea el destino al que le conduzcan sus pasos, cuáles sean los paisajes donde se pose su mirada, nuestro aventurero filósofo no ignora que los verdaderos viajes son siempre interiores".

Movimiento perpetuo y viaje interior, estos son los dos polos de la fenomenal creación de Hugo Pratt, y sobre este mismo eje se articula el trabajo de Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Como si fuese sencillo, como si tal cosa, el dúo se apropia de las características formales de la serie y nos regala en Equatoria un relato emocionante y evocador con todos los ingredientes de la receta original: la búsqueda del tesoro (el mítico espejo del Preste Juan), los ambientes exóticos (Venecia, Alejandría, Zanzíbar), cameos de personajes históricos (Winston Churchill, Constantin Cavafis, Ferida Schnitzer), un elenco de inolvidables secundarios (que, en Equatoria, son casi todos mujeres: la reportera Aïda, la hermana Lise, la esclava Afra) y, cómo no, Corto Maltés, el testigo curioso, el soñador, el viajero. El que nos invita al viaje.

Malaga Hoy


Recopilación de joyas



JAVIER FERNÁNDEZ
08 Noviembre, 2017


'Los archivos de The Spirit, 26'. Will Eisner. Norma Editorial. 256 páginas. 38 euros.

Ahora sí, con el volumen 26 de Los archivos de The Spirit culmina la recopilación de la obra maestra de Will Eisner, un sueño hecho realidad para cualquier aficionado a la historieta. Este último tomo incluye cómics, bocetos, páginas de guión, portadas, ilustraciones promocionales y otros dibujos de distinta procedencia, algunos inéditos, firmados por Eisner tras el cierre de la cabecera del personaje en 1952 y hasta su fallecimiento en 2005. Es un conjunto soberbio, en el que destacan joyas como el Portafolio de Spirit, diez láminas publicadas por Collector's Press en 1977 que se acompañan del texto introductorio original, las portadas de las reimpresiones de Kitchen Sink, muy especialmente las veinticinco del magacín que vio la luz entre 1977 y 1983, y, claro está, el puñado de historietas dispersas, la última de las cuales está fechada en 2004.



Malaga Hoy

Un clásico del terror



JAVIER FERNÁNDEZ
08 Noviembre, 2017




'Hellboy. Edición integral, volumen 2'. Mike Mignola y otros. Norma Editorial. 640 páginas. 39,95 euros.

Norma Editorial ha reimpreso en estos días el segundo volumen de la edición integral de Hellboy, clásico moderno del cómic de terror que, en palabras de Alan Moore, "te transporta a un rincón del cielo de los cómics de donde nunca querrás marchar". El grueso tomo compila los libros El gusano vencedor, Lugares extraños, La bruja troll y El hombre retorcido y otras historias, lo que da un total de trece aventuras, unas más largas que otras. Al sensacional trabajo de Mike Mignola, que firma los guiones y la mayoría del dibujo, se suman aquí páginas de figuras como Richard Corben, Duncan Fegredo o P. Craig Russell. Van también introducciones, comentarios sobre las distintas historietas y un nutrido apartado de material extra.


Malaga Hoy

Martillos y Escudos

Jack Kirby regresa a las librerías con dos magníficos volúmenes que recopilan parte de su trabajo para Marvel


JOSÉ LUIS VIDAL
08 Noviembre, 2017





Estoy casi seguro que a aquel jovencito llamado Jacob, mientras correteaba junto a sus amigos en las calles del Lower East neoyorquino, no se le pasaría por la cabeza que, pasados los años, sería uno de los principales protagonistas de la llamada Edad de Plata de los cómics norteamericanos. Su larga carrera comenzaría en los años treinta y terminaría cincuenta años después, siendo coronado por lectores y profesionales del medio como "El Rey" de los comic-books.

Continuando con la celebración de los cien años de su nacimiento, Panini Comics publica dos nuevos tomos Omnigold con un contenido de lo más interesante y que, curiosamente, nos muestran dos etapas muy diferentes de la obra de Jack Kirby.

El primero de ellos está protagonizado por el rubio Dios del Trueno que estos días estrena nueva película en los cines, El Poderoso Thor. Bajo el ominoso título Y ahora… ¡Galactus!, como podréis suponer, el habitante de Asgard se va a ver metido de cabeza en una aventura espacial.

Todo comienza cuando Tana Nile solicita la ayuda de Thor, debido a la inminente llegada del Devorador de Mundos a su planeta. Y todos sabemos lo que ocurre cuando Galactus tiene hambre…

Un cataclísmico combate con Ego, el planeta viviente y otro en el que gracias al poder del Mjolnir, el martillo de Thor, harán que el ciclópeo y hambriento ser abandone su plan.

Pero como ya sabéis, la vida del héroe es dura y deberá enfrentarse a más retos, entre los cuales estará vencer a las hordas de Plutón junto a su amada Sif; Un peligroso personaje surge de un capullo, y su nombre es "Él"… Y así, páginas tras página, con los guiones de Stan Lee, llegaremos incluso a conocer el secreto origen de Galactus, en una saga imprescindible para los marvelitas de pro.

Mientras, en paralelo, el bravo asgardiano Balder sufrirá mal de amores y no podrá evitar caer en las maléficas redes de la Reina Norna, Karnilla…

Seguro que echáis de menos a Loki, ¿no? Tranquilos, como siempre el taimado hermano de Thor maquina un plan. Y en este caso tiene mucho que ver con el bastón que se transforma en el martillo Mjolnir; Además contemplaremos atónitos la amenaza que supondrá para Occidente la creación de El Hombre Térmico.

Y así, muchas más historias geniales, épicas, en una etapa que supondría la última antes de que Kirby abandonara la editorial Marvel. Era principios de los años setenta y justo en este volumen veremos como otros dos grandes de la viñeta, John Buscema y Neal Adams recogieron el testigo, dejando el pabellón muy alto.

Como os decía anteriormente, estos dos tomos recopilan dos etapas muy diferenciadas de la obra de Kirby en Marvel, y el segundo de ellos del que quiero hablaros, protagonizado por El Centinela de la Libertad, el Capitán América, es buena prueba de ello: Mediados de los setenta, tras una temporada en la distinguida competencia (léase DC Comics), Kirby regresa a Marvel y solo lo hace bajo una serie de condiciones. La principal de ellas es que él mismo se escribirá los guiones. Los gerifaltes de La Casa de las Ideas le abren los brazos y aceptan. Y de ese acuerdo nace la saga incluida en este nuevo tomo Omnigold. La era de la bomba loca es su título y, además de ésta, se abre con un anual en el que Jim Hendricks alerta al Capi de la presencia de un OVNI cerca de su granja. Cuando el héroe llega al lugar se va a encontrar con algo que no esperaba, un prisionero que tal vez no sea lo que parece…




Pero la importancia del contenido de este volumen empieza justo al terminar esta aventura. Y es que, a raíz de la celebración del Bicentenario del nacimiento de los Estados Unidos, en Marvel decidieron hacerlo a su manera y para ello, Kirby hace que el camino del Capitán America se cruce con un curioso y místico personaje, Mister Buda (¡Vaya nombrecito!). Gracias a éste y una arcana marca en su mano, comenzará un viaje en el tiempo que lo va a llevar a través de la historia de su país: Desde la Segunda Guerra Mundial y Hitler, conocerá a Benjamin Franklin, observará atónito la pobreza de los años 30, junto al nativo Gerónimo contemplará un ataque del ejército yanqui, volará en un biplano de la primera gran contienda… Y así seguirá en un alucinante viaje que le enseñará los valores del pueblo norteamericano.

Y ya en la otra saga incluida, la de la Bomba loca, Steve Rogers y su compañero de fatigas, El Halcón, deberán desbaratar los temibles planes de un grupo de terroristas que pretenden extender la locura por todo el país y regresar a una época lejana, cuando aún los británicos eran los dueños de aquellas tierras. Una aventura apasionante que solo es el comienzo de muchas otras, en las que el protagonista se cruzará con multitud de villanos como Arnim Zola, el regreso de Cráneo Rojo y el Amo del Magnetismo, Magneto.

Dos magníficos tomos estos, trufados de extras e interesantes textos. Dos velas más que añadir a la celebración del centenario del nacimiento de este genio de las viñetas, ¡el Rey Jack Kirby!


Malaga Hoy


Antes de Drácula

El guionista Robin Wood y el dibujante Alberto Salinas muestran a un personaje que narra su propia historia dentro de un mundo en el que las atrocidades son moneda corriente

GERARDO MACÍAS
08 Noviembre, 2017


'Biblioteca Robin Wood: Drácula'. Guion: Robin Wood. Dibujos: Alberto Salinas. ECC Ediciones, 2012.

Vlad Tepes III (1428-1476), príncipe valaco, fue conocido en vida por dos apodos. Se le llamó El Empalador, por su manía de atravesar con un palo -desde el coxis hasta la nuca-, a sus enemigos y a quienes él consideró culpables de algún delito. También se le llamó Drácula, en rumano "hijo de Dracul". El origen de este término es el emblema de su blasón familiar, ya que su padre Vlad II pertenecía a la Orden del Dragón, fundada en el siglo XV para luchar contra el invasor turco. Pero dado que drac en rumano significa "diablo", también podría ser "hijo del demonio", ya que su padre se ganó el sobrenombre de "diablo" por sus maniobras políticas.

Consiguió reinar tres veces en Valaquia, un pequeño estado al sur de Rumanía, independiente hasta la invasión turca. Fueron éstos quienes consiguieron abatirle al fin en una emboscada a finales del mes de diciembre de 1476.

A pesar de las atrocidades que cometió, en vida jamás se le asoció al vampirismo. Ese dudoso honor se lo debe al escritor irlandés Bram Stoker, que en 1897 le convirtió en protagonista de su novela Drácula. Y aquí empieza la leyenda.

Pudo influir en Stoker la existencia de Elizabeth Bathóry, una pariente lejana de Vlad que vivió en el siglo XVII y recibió el apodo de la condesa sangrienta porque, al parecer, acostumbraba a degollar a muchachas vírgenes para bañarse en su sangre, en la creencia de que así prolongaría su vida y juventud eternamente.

La novela de Stoker está ambientada en los Cárpatos de Transilvania, territorio en el que durante la Edad Media se propagó la leyenda sobre seres capaces de sobrevivir a la muerte a base de succionar la sangre de los vivos durante la noche. Allí, el único personaje histórico con un perfil que le convertía en candidato natural al vampirismo era Vlad Tepes.

Stoker también pudo inspirarse en El vampiro (1816), de John William Polidori, que se basa en una antigua creencia griega -citada por Esquilo y Eurípides-, según la cual los espíritus de personas muertas de forma violenta regresaban para causar daño a los vivos. Por tanto, no es casual que Polidori situara la acción de sus vampiros en Grecia.

En 1991, se publicó originalmente el cómic Drácula, de Robin Wood y Alberto Salinas, en la revista italiana Skorpio. El paraguayo Robin Wood fue durante años el principal escritor de la editorial argentina Columba, hasta el punto de que tuvo que surtirse de seudónimos para ocultar que la misma persona escribía la mayoría de los guiones. Entre sus series: Nippur de Lagash (1967), Jackaroe (1968), Gilgamesh el inmortal (1969), Dax (1978) y Dago (1981). En 2016, Robin Wood anunció su retirada profesional por problemas de salud.

Wood se centra en el protagonista y a él supedita todo lo demás, la única voz de la historia es la de Vlad contándonos su vida, de hecho la está narrando a un escribano ante su previsible derrota y muerte. Wood pretende proporcionarnos una visión neutra del personaje. Nos cuenta sus atroces crímenes sin tratar de infravalorarlos, pero también nos muestra que vive en un mundo donde esas atrocidades son moneda corriente y pretende presentárnoslo como un personaje que las utiliza como arma a falta de otras mejores.

El Vlad Tepes de Robin Wood es leal a quienes le son fieles hasta extremos inusuales en la época y siente un sincero amor hacia su familia, que incluye incluso a su hermano Radu, su eterno rival. Este amor sólo es superado por el que siente hacia su propia patria, a la que sueña con ver unida y libre de injerencias extranjeras. El problema de Vlad es que ama a su tierra pero no siente simpatía por sus moradores, a los que ve como un estorbo.

No sólo el personaje de Vlad Tepes está bien construido, sino que Wood se esmera en los secundarios. Su hermano Radu, su fiel criado y consejero Vasili, su esposa, inicialmente atraída sólo por morbo y luego enamorada de él, y todo un largo plantel de personajes históricos. Wood rehúye el elemento fantástico y lo reduce a pequeños detalles anecdóticos.

Y llegamos a la parte gráfica. El dibujante argentino Alberto Salinas (fallecido en 2004) es hijo del gran José Luis Salinas. Alberto Salinas realiza un trabajo más que correcto, con una buena caracterización de los personajes y una convincente recreación histórica.


Malaga Hoy

jueves, 9 de noviembre de 2017

MÚSICA SALVAJE ENTRE MAGNOLIAS Y COYOTES Por Iñigo Domínguez


La música ya es como la ropa, un hábito adquirido, y es difícil abstraerse de la rutina para recordar que, en su origen y en esencia, es un tipo arrancando sonidos a un objeto con un sentido inesperado. Algo muy primitivo. Basta pasar de escucharla en casa o con los cascos a un concierto en vivo, pero pequeñito, o simplemente mirar a alguien que sepa tocar algo y es una experiencia completamente distinta. El vértigo ya es antropológico, de emoción arqueológica, si se excava en las más viejas grabaciones norteamericanas, donde nacen las raíces del rock. Y no es lo mismo que escuchar un disco de Mozart, porque no es el propio Mozart quien toca y descubre en ese momento, contigo, lo que sale. Es difícil de explicar, y por eso me pongo. Produce unas sensaciones profundas, conmovedoras, y comprendo muy bien al dibujante Robert Crumb, a quien le dio por dibujar retratos de aquellos pioneros, inspirándose en las escasas fotografías conocidas, en un libro editado en España por Nórdica Cómic. Se llama Héroes del blues, el jazz y el country.






Se siente una fuerte empatía con este librito, una simple sucesión de retratos acompañados de pequeños textos de tres expertos, breves pero punzantes semblanzas de músicos, casi todos muy olvidados. Fueron los primeros intérpretes de blues, jazz y country que se conocen, que no quiere decir que fueran los primeros, porque la historia se hace muy borrosa antes de los documentos sonoros. Eran juglares que vagaban por los caminos o eran populares en su condado, pero desaparecieron sin dejar rastro. Muchos eran famosos sin haber grabado nada, una clase de fama, popular, de renombre, sin imagen, que hoy nos resulta difícil de imaginar. Tommy Johnson, por ejemplo, «era un personaje muy conocido en todo el delta del río Mississippi», dice el texto. Luego añade lacónicamente: «Entre 1928 y 1930 grabó once temas». De Peg Leg Howell se lee esto: «Fue uno de los primeros músicos de country blues en ser grabados ». Casi nada, y lo dice así. Cada minúscula biografía, de poco más de diez líneas, tiene frases que podrían hacer arrancar una novela. Howell nació en 1888 y murió en 1966. ¿Cómo vio cambiar el mundo esta gente? Sus padres, sus abuelos, vivieron la esclavitud y la guerra de Secesión, que acabó en 1865. Las cosas que vemos en las películas de vaqueros: la victoria de Caballo Loco en Little Big Horn fue en 1876. Luego conoció dos guerras mundiales, los Beatles. Tres años después de su muerte el hombre llegó a la Luna.
Enseguida aparecen ciegos en esta historia. Un negro ciego tocando blues, quizá junto al río y bajo unas magnolias, tiene algo de misterio insondable en la oscuridad. Como Blind Blake, que «entre 1926 y 1932 grabó casi ochenta temas, para después desaparecer en el anonimato». Vivió y murió en Jacksonville, Florida, quizá nunca saliera de su pueblo. Su página termina así: «Tuvo muchos imitadores, pero nunca llegaron a igualarle». Un genio local que murió sin saber que un siglo después el mundo sabría quién era y lamentaría no saber más. Blind Lemon Jefferson es el más célebre de aquellos negros ciegos, porque fue uno de los grandes, pero su muerte, el 29 de diciembre de 1929, encierra todo ese misterio del que hablo. Miocarditis aguda, dijo el certificado médico, pero nunca se supo bien qué pasó. Se ha dicho que una amante celosa le envenenó el café, que se desorientó en una tempestad de nieve y murió de frío, que le atacó un perro en medio de la noche. También que le asesinó un guía malvado que le acompañó a la estación de tren y le mató para quitarle un cheque que había cobrado.




 El ritmo saltarín de algunos blues es el del vagabundo que recorre los caminos y se topa con aventuras y gente curiosa. A menudo la vitalidad que transmiten supera el dolor que cuentan. Letras que hablan de serpientes y piedras, trenes y bolsillos, de Dios y del diablo, de tumbas y de noches, y casi siempre de dinero, de un dólar, de dos, de tres, pocas monedas, la obsesión por llegar al día siguiente. Lo genuino de estos artistas es que lo eran verdaderamente, algo mucho más difícil hoy, y me explico: no tocaban para ser famosos, tener dinero o pasar a la posteridad, como mucho para ganarse la vida. Hoy es casi imposible que alguien que se dedique a eso no tenga al menos como fantasía convertirse en una estrella. Incluso renegar de eso requiere un esfuerzo deliberado, si no una pose. El mundo ya es de otra manera y no es posible ser inocente. Aquellos pioneros ni en sus mejores sueños habrían imaginado ser millonarios, llenar estadios o que lo que dijeran tuviera la más mínima repercusión. Lo hacían realmente porque les gustaba, y nada más. Ese nada más constituye su pureza. No tenían otras pretensiones que las expresivas, expresar lo que sentían, y con un material que estaban inventando, con muy poco heredado. Las músicas y canciones familiares.

Otro detalle encantador de estos grupos es lo artesanal. Hacían música con lo que tenían a mano: silbaban, tarareaban, soplaban en botellas y construían sus instrumentos con palos, calabazas, peines... ideas heredadas de las costumbres africanas. Whistler and His Jug Band fue la primera jug band que grabó un disco. ¿Pero qué demonios es una jug band? En el dibujo salen unos tipos soplando unas garrafas de vidrio. El prodigio de saltar en el tiempo ya no requiere pasar media vida buscando un disco, basta mirar en Spotify. Lo curioso es que siguen sepultados en el olvido y se puede vivir la misma experiencia exótica y recóndita: he mirado y este canal tiene setenta oyentes mensuales.

En las fichas de muchos artistas impresiona ver lo que pone en el apartado Nacimiento (N) o Muerte (M). Hay muchos así: «N: desconocido» o «M: desconocido», o ambas cosas. Caso extremo es Buddy Boy Hawkins, que no tiene ni fechas ni nada. El texto es melancólico. «Se sabe muy poco de su vida», dice. Cuenta que tuvo un estilo impecable, grabó doce títulos entre 1927 y 1929, «pero sus discos se vendieron mal y desapareció en el anonimato». Te lanzas a Spotify y, como en muchas de estas grabaciones, lo primero que se oye, antes que cualquier nota, es ruido, ese ruido de fondo, que no estorba, sino que es como el sonido de viajar hacia atrás en el tiempo o sumergirse en las profundidades. Le da densidad, suciedad, como una moneda romana manchada de tierra.




Varios de estos músicos, como Ed Bell, o Rubin «Rube» Lacey, dejaron la música para hacerse sacerdotes, lo que da una idea del componente espiritual que tenía lo que tocaban. También hay que decir que algunos hacían el camino inverso —lo cual no hace más que reforzar esta idea—, pues dejaban los hábitos para hacerse músicos, como Son House. Había que buscarse la vida como fuera. Blind Willie McTell «debutó en las grabaciones en 1927 después de haber trabajado como cantante callejero y en espectáculos itinerantes de medicina». La primera mujer que aparece es Memphis Minnie, nacida en 1897, «guitarrista consumada», que con diecinueve años ya hacía giras.

Con todo, esta parte negra de la música norteamericana es algo más conocida entre nosotros, estamos mínimamente familiarizados con su mitología. La otra parte del libro, la blanca, el country —en el jazz se mezclan las dos—, nos resulta mucho más ajena y esconde historias fascinantes. El primer artista que aparece, Andy Palmer, que solo hizo ocho grabaciones en 1932, ni existe en Spotify. Para sentir el primer impacto ancestral de esta música se puede buscar a Eck Robertson, nacido en 1887, que sí se encuentra. Pinchen Sally Gooden, de 1922, considerada la primera grabación de música tradicional norteamericana. Es salvaje, rústica, animal, desbocada. Te imaginas perfectamente que la tocaran en la noche para ahuyentar a los coyotes. A diferencia del blues, nocturno y taciturno, parte de la más remota música tradicional blanca tiene una veta de aventura, de excitación, de gente que está un poco loca en medio de la naturaleza infinita. De Earl Johnson, nacido en 1886 en Georgia, el libro dice: «Puede considerarse el violinista más salvaje que jamás haya grabado». Y eso que, aclara, no era ni una gran violinista ni un gran cantante. En el dibujo, en las fotos, aparece un señor serio con traje y corbata que bien podría ser un empleado de la oficina de telégrafos. Despierta la curiosidad inmediatamente, claro, pero apenas se encuentra nada en Spotify. Pero escuchen «Little Rabbit / Rabbit Where's your Mammy», de los Crockett's Kentucky Mountaineers, y les parecerá ver mapaches corriendo por el salón. O el inquietante violín, un sonido que tiene algo siniestro o de psiquiátrico, de «Indian War Whoop», de Hoyt Ming and his Pep Steppers.



Hay dos grupitos por los que tengo debilidad, solo de mirar sus retratos y lo poco que he leído de su historia. Uno es Burnett & Rutherford. Dick Burnett tenía veinticuatro años cuando empezó a tocar el banjo en serio después de quedarse ciego por un balazo. Poco después tomó bajo su protección a un chaval de catorce años, Leonard Rutherford, que era un genio del violín. El texto termina así: «Pasaron los siguientes treinta y cinco años viajando sin parar y tocando por todo el sur». El otro es Carter Brothers and Son. Se ve a un señor de traje, pero con botas, con un violín y a un niño muy serio de pantalones cortos, sentados en dos sillas en medio del campo. El niño, Jimmie, era «un guitarrista extraordinario», y con el violín alocado de su padre, George, poseían «una desenfrenada exuberancia y un abandono temerario y salvaje». Todo ello se puede comprobar en su glorioso tema «Give the Fiddler a Dram», en el que da la sensación de que al final pueden coger el violín y tirarlo por la ventana. Colofón de su breve semblanza: «En los meses que no se dedicaban a cultivar algodón, los Cárter eran músicos profesionales en barcos de vapor el Mississippi».

Si en el blues el instrumento central es la guitarra, emparentada con sus primas africanas, aquí es el violín, traído en las maletas desde Europa y de pasado celta. Los primeros colonos británicos que llegaron a América llevaron consigo seis o siete tradiciones de violín distintas, explica el libro, que en cada lugar se desarrollaron a su vez de forma propia y acabaron generando centenares de estilos diversos en tres o cuatro generaciones. Si el blues es más bien solitario, tiene algo de monólogo y consuelo, el country nace en familia, en la comunidad. Eck Robertson, por ejemplo, que no salió en su vida de Amarillo, Texas, grabó muchas de sus canciones con su mujer y sus hijos. En muchas de estas biografías emerge esa cosa americana de que en cualquier casa hay un instrumento y todo el mundo sabe tocar algo. Por eso estas bandas suenan tan compenetradas, son padres e hijos, primos y cuñados. Abundan retratos encantadores de matrimonios, muy formales en el porche de su casa. Uno se topa con frases que producen vértigo, como que hoy en día nadie es capaz de reproducir algunos de aquellos increíbles sonidos, porque eran virtuosos autodidactas con manías propias y genialidades inimitables fuera de los cánones.

El primer disco de country fue Little Old Log Cabin, de 1922, de Fiddlin' John Carson, uno de los grandes pioneros. Leamos: «Están entre las interpretaciones más emocionantes y deliciosas de la época. Hay unas cuantas grabaciones en las que Carson parece ir bastante borracho, y escucharlas en esos casos resulta gracioso, o triste, según se vea». Creo haberlo detectado en algunas, y al menos para mí es entrañable. Esta gente cantaba porque se lo pasaba bien, está claro, y en algunos casos había encontrado una manera de no trabajar tanto, no deslomarse en los campos o en la fábrica, y eso supongo que proporciona una enorme felicidad. Son composiciones de una fuerza torrencial, y no se debe olvidar que en su mayor parte era música de baile, para correrse juergas o ligar. Tienen un componente rural, vecinal. Era una costumbre familiar y de pueblo, se juntaban los vecinos, de todas las edades, y aliviaban la dureza de la jornada o las penas de la vida con la música. En esos viejos discos se oye lo que tocaban frente a la chimenea o en las sobremesas de los domingos, melodías arrastradas generaciones atrás desde Escocia o Austria, golpeadas y moldeadas por el uso. En los años veinte hubo una auténtica explosión de bandas rurales, formadas por gente muy joven: era el pop del momento, solo que apenas dejaron rastro, fue una diversión adolescente que dejaron para hacer algo de provecho, pocos grabaron discos.

Da Costa Woltz's Southern Broadcasters grabaron dieciocho temas en una sola sesión, el libro los define como magistrales, pero su frase final es lapidaria: «La banda nunca apareció en la radio y estuvieron poco tiempo juntos». Más que los discos, la radio, donde se tocaba en vivo, era el principal medio de difusión musical. Quién sabe si aquel día que pasaron en el estudio les pareció que hacían algo decente, que aquello podía ser arte, una música imperecedera o que caería en el olvido. Seguramente pensarían esto último. En la ficha de los cuatro músicos pone «M: desconocido». Uno de los miembros del cuarteto era un niño de doce años que tocaba la armónica, el ukelele y cantaba. Aparecen otros niños en los dibujos, sentados como uno más entre los adultos. Otro de la misma edad, un tal Mumford Bean, era incluso el líder de su grupo, los Itawambians, con su violín.

En los retratos de Crumb se ve que estas personas se ponían guapas para la foto, de domingo, porque en realidad eran granjeros. Es más, en algunos casos aparecen directamente con el mono azul de trabajar o camisas de cuadros de leñadores. Dock Boggs, que tocaba solo con su banjo y que suena asombrosamente bien, como una especie de blues blanco de rara intensidad, era minero del carbón. Wilmer Watts trabajó casi toda su vida en molinos textiles. Es decir, la mayoría no eran profesionales, la música era esa parte que dedicaban a ser ellos mismos, sin ninguna otra pretensión, y se nota como algo único.

Paradigma y referencia de estos artistas es la familia Carter, origen de una saga y pilar de la música tradicional norteamericana, que dejó casi trescientos títulos y vendió millones de discos de los años veinte a los cuarenta. Es una música más hogareña y pausada, seria y lastimera, de salmo y reunión familiar, con una fuerte impronta coral y femenina, pues, además de las voces, uno de los genios de los Cárter era la guitarrista, Maybelle. Frank M. Young y David Lasky han contado su historia en una novela gráfica, publicada por Impedimenta, donde se relata espléndidamente su pasión por la música mientras sacaban adelante su granja.


El Pais Smart Jot Down Noviembre 2017 número 26


sábado, 4 de noviembre de 2017

JUANJO GUARNIDO. DIBUJANTE. ENTREVISTA

El salobreñero ha recibido recientemente la Medalla de la Real Academia de Bellas Artes de Nuestra Señora de las Angustias y ha participado en un encuentro organizado por Granada Noir

El artista granadino, en una cafetería de París dibujando. ALOYS MAIN



El protagonista de 'Blacksad' junto a otro personaje de la serie de cómic.


ISABEL VARGAS
Granada, 02 Noviembre, 2017

El primer dibujante español en ganar un premio Eisner, los Oscar de la historieta para que se hagan una idea, fue Sergio Aragonés en 1992 con una parodia de Conan El Bárbaro llamada Groo. Hubo que esperar 17 años para que otro español, Salvador Larroca, viera premiada su labor en El Invencible Iron Man. En 2011, el tándem creativo formado por el ilustrador Juanjo Guarnido (Granada, 1967) y el guionista Juan Díaz Canales se impuso en la categoría de Mejor edición norteamericana de material internacional por Silent Hell, cuarta entrega de Blacksad. El dibujante salobreñero se llevó además otro galardón, esta vez el de Mejor ilustrador/Artista multimedia. No fue el último. Un año después, el Estado le otorgaba el Premio Nacional del Cómic junto a Díaz Canales. Si el tebeo entra por los ojos, el dibujo de Guarnido en Blacksad traspasa las retinas de cualquier mortal y las hace sus esclavas. La serie protagonizada por ese elegante gato negro antropomórfico, inspirado en Marlon Brando, engancha al momento. Es una genialidad, un chispazo, la perfecta comunión entre dibujo y guión. Animador en películas de Disney como Hércules (en el personaje de Hades), Tarzán (el felino Sabor y el padre de Tarzán) y Atlantis, el artista vive en Francia desde hace 20 años. Casi los mismos que lleva triunfando en el panorama del cómic a nivel internacional. Este mes, el autor recibió la Medalla a las Bellas Artes de la Real Academia de Bellas Artes Nuestra Señora de las Angustias y acudió a un encuentro en el Festival Granada Noir.

-Ha visitado recientemente el festival Granada Noir. ¿Qué posibilidades le ofrece a un dibujante una serie de género policíaco?

-El género policíaco es como el western. Son transposiciones modernas de la tragedia griega. Ahí encontramos la ambición, el ansia de poder, la avaricia, la lujuria, la rivalidad entre personas, la amistad. Todos son temas viejos como el hombre. Es un género muy dinámico, muy ameno, que te remueve las tripas porque se ven a menudo situaciones violentas, bastantes extremas, y con mucho erotismo. Hacerlo con personajes animales era un acicate a nivel gráfico para mí. Siempre me ha encantado dibujar animales.

-¿Se le ocurrió a usted lo de los animales o al guionista Juan Díaz Canales?

-A Juan Díaz. Él dibujó varias historias cortas en la época que nos conocimos. Él tenía 19 años y gráficamente no estaba maduro. La idea estaba ahí. Al ver aquello pensé que era un traje a medida hecho para mí. Me gustó tanto que se la usurpé a mi guionista (ríe).

-El hecho de que sean animales antropomórficos le imprime un carácter único. Además, se apoya en la psicología de cada animal para dibujarlos.

-Por supuesto, es ese sentido funciona lo que Juan Díaz llama el experimento narrativo de aunar la fábula con un género tan moderno como el policíaco. Ahí había una materia explosiva. O bien reventaba en un fuego de artificio o nos salía el tiro por la culata. Al final todo salió bien (ríe).

-En Artic Nation el secuestro de una niña negra es el catalizador de una reacción explosiva en un suburbio azotado por el racismo. ¿Les daría para un Blacksad una historia ambientada en la Estados Unidos de hoy con Trump de presidente?

-Todos los problemas que trae la actualidad con la presidencia de Trump ya estaban presentes en algunos números de Blacksad. El conflicto de la Guerra Fría con los rusos hoy día se traduce en su enfrentamiento con Corea del Norte. Siempre con comunistas chalaos. Pero precisamente lo que le imprime carácter entre otras cosas es el ambiente de los años 50, que es muy sugerente. Estamos prácticamente viviendo el final de la edad de oro de la novela policíaca clásica. El cine negro acaba, aunque sigue teniendo relevancia hoy, con Anatomía de un asesinato de Otto Preminger -estrenada en 1959-.

-¿Vio muchas películas para inspirarse? El encuadre es puramente cinematográfico.

-Por supuesto. El cine negro es lo primero que tradujo con imágenes la novela. A nosotros nos interesaba particularmente la imagen de los años 50, que no es la década de los 50 a los 60, sino cuando Estados Unidos sale de la posguerra y hay un boom económico, y termina con el asesinato de Kennedy en el 63. Es el momento histórico en que el mundo empieza a parecerse al de hoy.

-De hecho, algunas problemáticas que aparecen en el cómic, como la corrupción y el racismo, parecen sacadas de un periódico de ayer.

-Claro, es que esos temas por desgracia son eternos. El tema del racismo, el maldito Ku Klux Klan, que no lo van a erradicar en la vida, sigue vigente. Creo que es uno de los méritos de Juan: aunar en un guión policíaco una trama puramente de novela negra con un sustrato social e histórico. Es muy interesante. Podría haber sido una química fallida. Me refiero al hecho de mezclar la carrera armamentística, la caza de brujas y el KKK con animales.

-¿Si tuviera la oportunidad de dibujar un capítulo relevante de la historia, cuál eligiría?

-Estoy en ello (ríe). Con Blacksad encontré al personaje de mi vida, pero es que ahora estoy trabajando en otro de los proyectos de mi vida. Quizá inconscientemente pensé en ello. Aunque la idea se materializó cuando lo hablamos el guionista y yo, conjuntamente. Es un cómic muy ambicioso, de 150 páginas. El nivel de lectura es el equivalente de tres álbumes de Blacksad. Es una novela picaresca por resumirlo de alguna manera, ambientada en el siglo XVII, en el Siglo de Oro, donde aparecen personajes históricos muy importantes para la cultura española. Ha sido un disfrute recrear y darles vida a todos ellos. El guión, de Alain Ayroles, es extraordinario. Ocurre en buena parte en ciudades españoles, y sobre todo en las colonias, en las Indias.

-Seguramente le habrán propuesto muchas historias a lo largo de su carrera. ¿Por qué motivos rechaza un proyecto?

-Primero me tiene que motivar. A día de hoy, tengo tantísimos proyectos en los cajones que en el momento que no me entusiasma inmediatamente digo no. Incluso si me entusiasma tengo que considerar si tengo tiempo para incluirlo en mi agenda. Tengo proyectos almacenados hasta 2025.

-¿Le agrada más un protagonista que encarne el rol de justicieros, de persona íntegra?

-Depende de la historia. El personaje de Blacksad es heroico aunque algunos lo consideren un antihéroe, pero para nada. Es un héroe de novela negra, con unos ciertos estándares morales y éticos que acentúan su carácter heroico.

-Hablando de héroes... Llegó a intentar trabajar para Marvel, pero no lo consiguió. ¿Tiene esa espinita todavía clavada?

-No, porque ahora me han ofrecido muchos trabajos. En Marvel y en DC. Me ofrecieron una mini serie de Los 4 Fantásticos, pero no he podido hacerla.

-¿Si tuviera la oportunidad de hacer cualquier de sus personajes, por cuál se decantaría?

-Tiempo. Jajajaja. Les pediría tiempo porque ahora no lo tengo. Cuando termine el álbum ambientado en el Siglo de Oro me pondré con dos Blacksads.

-Me dijo Munuera en una entrevista reciente que "hablar de la industria en España en relación con el cómic hoy en día es ridículo". ¿Qué opina, viviendo en un país, desde hace más de 20 años, donde sí hay una clara industria como es Francia?

-La industria del cómic en Francia y el peso de éste en el sector de la edición en general es incomparable a España. Hay más tradición. La coyuntura que se dio en los años 60, 70, allí permitió que se creara, difundiera y creciera un cómic adulto, que a veces es para todos los público y otro reservado a uno adulto. Eso pasó en Francia y en España no.

-¿Qué ocurrió en este país? ¿El público no respondió? ¿Los autores no estuvieron a la altura? ¿Las instituciones públicas no apoyaron lo suficiente el cómic?

-Ninguna institución pública apoyó el cómic francés. No necesitó ninguna subvención. Aquí la oferta existió, por supuesto. Había una oferta de cómic adulto. Recuerdo la revista Rambla. Era una maravilla. Pero el público no siguió.

-¿Qué tiene que tener España para estar a la altura de la industria del cómic de Francia y Estados Unidos?

-No sirve de nada conjeturar. Lo interesante hoy es constatar que hay mucho más interés por el cómic, que se empieza a hablar de él de manera más seria y que llevamos diez años de premio nacional gracias a Carme Chacón, que en paz descanse. Cualquiera con un mínimo de inquietud cultural le dan ganas de leer tebeos.

-¿Piensa que también ha ayudado que se asiente el término de novela gráfica?

-El término novela gráfica es una chorrada. Una novela gráfica es un cómic. Lo que pasa es que ha surgido un género al que se le separa del cómic para no confundirlo con el cómic de superhéroes o el franco belga. Es un título que le da más nobleza, más empaque intelectual. Como si un tebeo por ser en blanco y negro, tener muchas páginas y corresponder a eso que hoy día se considera formato de novela gráfica tuviera más interés. No es así. Es una sutileza semántica.

-¿Cree que en España, como dijo su compañero Canales, "la mayor parte del público sigue asociando la palabra cómic a lo que leyeron en su infancia, a los tebeos de quiosco y poco más"?

-Eso es una evidencia. La gente no ha vuelto a leer un tebeo desde que eran niños. Siguen pensando que se hace lo mismo, y por la portada tú no puedes saber qué interés tiene eso para ti, qué tipo de narración te presenta o cuáles son las inspiraciones literarias y la calidad gráfica. Es una cuestión de ignorancia. No lo digo en el sentido peyorativo. Lo que necesitamos son nuevos lectores. El público del cómic en España es fiel y apasionado, pero minoritario.

-¿Qué es para usted un tebeo bien dibujado?

-El dibujo debe estar adecuado a la historia que se está contando. Hace tiempo participé en un jurado y le dimos el premio a un cómic donde el dibujo de por sí era feo y torpe. Pero estaba tan perfectamente adecuado a la narración que le dimos el premio.

-Munuera me dio el ejemplo de 'Maus'.

-Es un ejemplo estupendo. Sería una sandez decir que este cómic está mal dibujado. Cuando acabas el libro no piensas que el dibujo es feíllo, sino que has leído una historia genial. El dibujo me ha contado una historia genial. Eso es todo lo que importa.



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Un samurái sin señor

Ambientada en el Japón feudal, en el periodo del Shogunato Tokugawa que acabó con casi un siglo de guerra civil, Usagi Yojimbo narra la historia de un 'ronin' que sobrevive como mercenario

GERARDO MACÍAS
01 Noviembre, 2017




'Usagi Yojimbo: La colección Fantagraphics nº 1'. Guion y dibujos: Stan Sakai. Planeta Cómic, 2017.


A principios de los ochenta, Stan Sakai trabajaba como rotulista de cómics. Influido por el trabajo de Sergio Aragonés y Mark Evanier en Groo el errante (serie donde colabora haciendo la misma función) se lanzó como autor completo con una serie protagonizada por animales antropomórficos y ambientada en la Edad Media, The Adventures of Nilson Groundthumper and Hermy. Para esa serie diseñó un conejo samurái llamado Miyamoto Usagi (en homenaje a Miyamoto Mushashi, guerrero del Japón feudal y autor del tratado sobre artes marciales El Libro de los Cinco Anillos). Miyamoto Usagi acabaría debutando en su propia cabecera en ese mismo año 1984, y se convertiría en la más célebre de las aportaciones de Stan Sakai al noveno arte. Fantagraphics, Mirage y Dark Horse acogieron la publicación de Usagi Yojimbo.

Ambientada en el Japón feudal, en el periodo del Shogunato Tokugawa que acabó con casi un siglo de guerra civil, Usagi Yojimbo narra la historia de un ronin, un samurái sin señor, que sobrevive aceptando trabajos como mercenario.

El clan de Miyamoto Usagi ha sido exterminado como consecuencia de una derrota provocada por una traición. Su antiguo hogar, donde su padre ejercía como magistrado, pertenece ahora a un nuevo señor, al vencedor de su caído amo, que ha decretado la persecución de todos aquellos que aún son leales al antiguo estandarte. El nuevo jefe de la aldea es un antiguo compañero de juegos y rival, que ha contraído matrimonio con Mariko, el antiguo amor de Usagi Yojimbo. Sin hogar y sin bandera, el héroe decidirá convertirse en guerrero-estudiante y peregrinar para perfeccionar su dominio de la espada.

En su búsqueda del camino del perfecto samurái, Usagi Yojimbo emprende un interminable viaje. Vagando por los caminos, encuentra y reencuentra toda clase de personajes: espíritus y fantasmas, gente corriente, mercaderes, artistas o ninjas, amigos, aliados y enemigos. Cada encuentro, cada aventura, añade una nueva pincelada en el complejo retrato del mundo en el que se mueve Usagi, así como de la personalidad del protagonista. Aunque por lo general viaja solo, Usagi también hará algunos amigos y compañeros de armas que se convertirán en personajes secundarios recurrentes que reaparecerán de vez en cuando en sus historias.

Un detalle que a primera vista sorprende es que todos los personajes de la historia son animales antromorfizados, lo que se utiliza para añadir simbología a cada personaje, escogiendo rasgos de un animal que tiene alguna relación con su carácter. De hecho en japonés el nombre del protagonista, Usagi Yojimbo, significa "conejo guardaespaldas" o "conejo mercenario" (sí, el protagonista es un conejo samurái).

En uno de sus primeros encuentros trabará amistad con Lord Noriyuki, jefe del clan Geishu y con la dama Tomoe Ame, samurái de su plena confianza. Una aventura en esta compañía sancionará la condición de yojimbo o guardaespaldas de Usagi, y terminará por sentar las bases de su modus vivendi. El espadachín rechazará la oferta de Noriyuki de servir bajo el estandarte de su clan, pues cada samurái sólo puede servir a un señor en su vida. No obstante, surgirá una amistad que implicará al protagonista de la serie en las intrigas por el poder en el convulso Japón de principios del siglo XVII. En todas ellas, estará siempre Lord Hikiji, el señor oscuro que venciera a Lord Mifune, el antiguo señor de Usagi, y se convierte en archienemigo del conejo guardaespaldas.

Uno de los puntos fuertes de la serie es la ambientación desarrollada por Stan Sakai. Cada entrega de la colección constituye un repaso a algún aspecto de la historia, el folclore, la mitología, las tradiciones y la cultura de Japón.

La variedad de temáticas ha permitido que la serie contenga multitud de géneros distintos: comedia, drama, intriga, acción, terror… Sakai demuestra que conoce bien los mecanismos de cada género. Usagi ha hecho en sus correrías multitud de adversarios y aliados. Muchos constituyen bonitos homenajes a un sinfín de personajes, tanto ficticios como históricos, entre los que destacan los asesinos Cabra Solitaria y su hijo, un trasunto del Lobo solitario y su cachorro de Kazuo Koike y Goseki Kojima (clásico entre los clásicos del manga).

Monitor del club de lectura de cómic

Marco Macías de la Biblioteca Pública Provincial de Huelva


Malaga Hoy


Una serie excitante

JAVIER FERNÁNDEZ
01 Noviembre, 2017

'Tom Strong: Libro 2'. Alan Moore, Chris Sprouse y otros. ECC. 304 páginas. 29,50 euros.

Divertida, imaginativa y muy excitante, la serie de Tom Strong ofrece aventuras, ciencia ficción y fantasía, con un aire pulp (pasado por el tamiz posmoderno) y unas gotas del género de superhéroes. El segundo de los tres tomos de que constará la reedición emprendida por ECC contiene los números 15 a 25 de la cabecera homónima, publicados originalmente entre 2002 y 2004 dentro del sello America's Best Comics de DC. La mayoría de las páginas se deben, cómo no, a los padres de la criatura, Alan Moore y Chris Sprouse, aunque hay aportaciones puntuales de los guionistas Leah Moore, Peter Hogan y Geoff Johns, así como de los dibujantes Howard Chaykin, Shawn McManus, Jerry Ordway y John Paul Leon. Delicioso de principio a fin.


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Una historia iconoclasta

JAVIER FERNÁNDEZ
01 Noviembre, 2017



'Batman: Ciudad oscura'. Scott Snyder, Greg Capullo. ECC. 256 páginas. 25 euros.

Batman: Zero Year es el nombre del evento con el que Scott Snyder y Greg Capullo redefinieron de manera radical el origen del Hombre Murciélago en el entorno de los Nuevos 52. Dejando de lado los tie-ins y centrándonos en los episodios protagonizados directamente por Batman, esta historia espectacular e iconoclasta se puede dividir en tres actos, el primero de los cuales fue recopilado por ECC en el tomo titulado Ciudad secreta. Los actos dos y tres (Ciudad oscura y Ciudad salvaje) están contenidos, a su vez, en el reciente volumen Ciudad oscura, que reúne los números 25 a 27 y 29 a 33 de Batman (2014), con algunas aportaciones del también guionista James Tynion IV y del dibujante Andy Clarke. Historietas tan ricas y sorprendentes como esta han situado el trabajo de Snyder y Capullo a la altura de las mejores etapas de la historia del personaje.

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El Batman de Breyfogle

JAVIER FERNÁNDEZ
01 Noviembre, 2017





'Grandes autores de Batman: Norm Breyfogle - Noctámbulos'. Alan Grant, John Wagner, Norm Breyfogle y otros. ECC. 360 páginas. 33,50 euros.

Cuando uno piensa en los autores que han fijado la imagen de Batman a lo largo del tiempo, los nombres de Dick Sprang y Neal Adams vienen inmediatamente a la cabeza. Pero la lista puede ampliarse con otros como Sheldon Moldoff o Jim Aparo, que matizaron y ampliaron la labor de los antes citados; o Jim Lee, cuya influencia gráfica en el Hombre Murciélago sigue patente en la actualidad. En este selecto listado, cabe citar también a Norm Breyfogle, un dibujante que ayudó a definir el estándar visual de la serie durante finales de los ochenta y primeros noventa.

ECC emprende ahora la recuperación del trabajo de Breyfogle con Noctámbulos, primero de los cinco tomos previstos dentro de la colección Grandes autores de Batman. Van aquí recopilados los números 579 y 582 a 594 de la cabecera Detective Comics (1987-89), más los anuales 11 y 12 de Batman (1987 y 1988), con los que da comienzo una de las etapas más recordadas por toda una generación de aficionados al personaje. En el apartado literario, la nómina de escritores que acompaña al artista es igualmente representativa del momento: Mike W. Barr, Max Allan Collins, John Wagner y Alan Grant (a los que se suman dos historias puntuales de Jo Duffy y Robert Greenberger). Tal como explica Felip Tobar en su introducción: "Si las historias iniciales, con guionistas tan reputados como Max Allan Collins, se decantan por villanos más clásicos, no tardamos en toparnos con un tándem con el que Breyfogle colaboraría a menudo: John Wagner y, sobre todo, Alan Grant. Ambos escribas se mostraban reacios a usar a los grandes rivales de Batman y a la vez querían dejar su huella en tan formidable galería de villanos. Entre los que debutaron en los cómics en este tomo figuran el Ratonero, el Hombre Corrosivo, Cornelius Stirk y un dúo ineludible, el Ventrílocuo y Scarface". Un conjunto colorido y entretenidísimo, en el que tienen mucho peso el dinámico storytelling, la línea angulosa y la variedad gestual de un Breyfogle que se va soltando y creciendo en sus composiciones de página.



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Un país dividido

La obra es un ensayo dramático sobre la vida y muerte del presidente chileno Salvador Allende y el alzamiento y caída de Augusto Pinochet

JAVIER FERNÁNDEZ
01 Noviembre, 2017

'¡Maldito Allende!'. Olivier Bras, Jorge González. ECC. 144 páginas. 19,95 euros.

El tebeo más notable de los publicados recientemente por ECC no pertenece al catálogo de DC. Les hablo de la impactante novela gráfica ¡Maldito Allende!, del periodista y escritor francés Olivier Bras y el dibujante bonaerense Jorge González.

Bras fue corresponsal en Chile para medios francófonos como RFI, Radio Canadá o Libération, y González es uno de los nombres destacados de la nueva historieta argentina, con una trayectoria que incluye títulos imprescindibles como Fueye (2008) o Dear Patagonia (2011). Juntos firman una especie de ensayo dramatizado sobre la vida y muerte de Salvador Allende y el alzamiento y caída de Augusto Pinochet. Contada a través de los ojos de Leo, un joven chileno criado en Sudáfrica, hijo de emigrantes defensores del general golpista, el argumento sigue el despertar de la conciencia del protagonista, que decide investigar la historia de su país cuando Pinochet es arrestado en Londres en 1998. Con intención didáctica, pero sin descuidar en absoluto los aspectos narrativos, la obra muestra la trágica suerte de la revolución socialista en Chile, los conflictos que rompieron el país en dos y crearon un cisma que aún persiste. En palabras de Bras, citadas de la estupenda entrevista que complementa el volumen: "En Chile [a donde fue de vacaciones en 1998 y en donde se quedó de corresponsal tras la detención de Pinochet] descubrí una sociedad muy dividida, con dos campos que no se trataban en ningún término. Fui en busca de pinochetistas para que compartieran su punto de vista conmigo, pero, a menudo, resultaba muy complicado hablar con ellos. Poco a poco, me fui dando cuenta del peso que llegó a tener en el país la herencia de la dictadura. Y estoy convencido de que el arresto de Pinochet hizo que muchos chilenos abrieran los ojos. Hasta ese momento, algunos medios muy influyentes se habían negado a hablar de la represión que tuvo lugar entre 1973 y 1990. Hay que llevar a cabo un trabajo importante de educación e información. La novela ¡Maldito Allende! va en ese sentido".

Esta labor de "educación e información" es la que emprenderá Leo. El viaje intelectual del joven comienza cuando se topa con el último discurso de Allende en el Palacio de la Moneda, guardado en el interior del Don Quijote que le regala una de las pocas visitas que la familia recibe en Sudáfrica. Surgen las dudas y, años después, cuando el padre de su novia francesa le pregunta: "¿Tu familia padeció la dictadura?", Leo, avergonzado por la adoración que su propio padre profesa a Pinochet, guarda silencio. Una creciente desazón lo lleva a bucear en la historia, en los hechos, en la herida.

Termino mi recomendación de ¡Maldito Allende! subrayando el prodigioso trabajo plástico de González, que sostiene el argumento, y lo eleva a la categoría de obra de arte, con una puesta en escena tan radical como hermosa. La mezcla de lápiz, pastel, carboncillo, fotografías y collages otorga a sus páginas un sabor y una fuerza visual poco comunes. La presente edición incluye, además, una galería de bocetos del dibujante.


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RETRATO RECTILÍNEO DE UNA GENERACIÓN MARCIANA Javier Marquina Susín






Materia
Antonio Hitos
Astiberri Ediciones
España
Cartoné
112 págs.
Color

A la larga, el gato de Schrödinger siempre acaba muriendo. Si la caja permanece cerrada el tiempo necesario, lo único que encontraremos al abrirla será el cadáver reseco de un felino. Usar como patrón de nuestra existencia el principio de indeterminación de Heisenberg es una falacia aplicada a una novela vital de la que conocemos perfectamente el final. Podemos elegir el camino que transitamos, la forma en que lo andamos, incluso el calzado que llevamos para recorrer la senda de nuestros años, pero nada impedirá que lleguemos a la meta conociendo la resolución de la historia: palmamos. Pocas cosas hay más seguras que el destino al que nos dirigimos, y esa terrorífica angustia creada por las brumas del mañana no es más que una excusa para ejercer la comodidad que produce el inmovilismo. Ya que crecer es inevitable, deberíamos no limitarnos a envejecer. Sabiendo que, en el fondo, todos vamos a acabar en el mismo sitio, es nuestra obligación esforzarnos por tomar las riendas de la vida y no dejar que el entorno escriba nuestra historia.

El entorno o los marcianos. Lo que venga primero.

Materia ha sido catalogada, con acierto, como una obra propia del costumbrismo extraterrestre, etiqueta que viene propiciada por muchas de las cualidades siderales que la caracterizan. Más allá de jugar con las abducciones alienígenas como elemento catalizador que revoluciona, trunca o adormece la vida de los protagonistas y de sustituir a los humanos por lagartos antropomorfizados, el incómodo ambiente que se respira en cada viñeta identifica el ideario extraño, frío y desolador con el que juega el autor. El desencanto de toda una generación, las frustraciones que los padres vuelcan en sus propios hijos y el aburrido paso de la adolescencia a una mediocre madurez son los tres temas sobre los que gira un mundo lleno de implantes biónicos, rayos tractores, alienación y vacas. Lo incomprensible no oculta ni suaviza lo depresivo del mensaje. Las desgracias sufridas por anfibios no son menos desgracias. Enterrar un lema incuestionable en un contexto críptico nos hace más susceptibles a la descarga subliminal de una idea poderosa. En definitiva, si esperamos lo suficiente, el gato siempre acaba muerto.

Esta novela gráfica es un perfecto ejemplo de arquitectura pulcra y medida, reflejada en la limpieza y precisión de las líneas y tramas que delimitan un mundo carente de perspectiva en el que se desarrolla Materia. La ausencia de profundidad en los escenarios; el juego de volúmenes que Antonio Hitos consigue con el grosor variable de los trazos; las colmenas de edificios, habitadas pero difícilmente habitables; el simbolismo repleto de máquinas extraídas de las peores pesadillas de Jack Kirby... no hay nada dejado al azar en esta obra compleja, que exige del lector una implicación total en la lectura. Milimétrica, rectilínea como un plano trazado con plóter, el desenlace es un reto que invita a reflexionar; un runrún que te acompaña en cuanto acabas su lectura; una bofetada que, nada más llegar al final, te obliga a volver a la primera página para comenzar a leer de nuevo. Es un rompecabezas que surge del desconcierto y nos consume en una extraña mezcla de sensaciones impropias. Presos de una simetría claustrofóbica, nos debatimos conscientes de esa existencia anodina y llena de sensacionalismo de tienda de electrodomésticos que nos acosa.
Materia es una lección. Un tratado. El libro de estilo de un autor característico, reconocible e indispensable. Una voz nueva y en proceso de consolidación que dará mucho que hablar por lo complejo de su propuesta y la fascinante eficacia de su dibujo. Ciento doce páginas de pistolas de rayos láser, salas de conciertos con suelos pegajosos, sexo en un banco del parque y lobotomías estándar que nos vuelven dóciles y socialmente aceptables.




Obra relacionada:

Inercia
Antonio Hitos
(Salamandra Graphic)
Soufflé
Cristian Robles
(Ediciones La Cúpula)
Aventuras de un oficinista japonés
José Domingo
(Bang Ediciones)
Agujero negro
Charles Burns
(Ediciones La Cúpula)

COMICS ESENCIALES 2016 un anuario de ACDCOMICS & JOT DOWN

BLOCKBUSTER EN CUATRICROMÍA Joel Mercé




Crononautas Mark Millar (guión), Sean Murphy (dibujo) y Matt Hollingsworth (color)
Panini Cómics. Estados Unidos. Cartoné. 120 págs. Color 

Cuando se empieza a leer un cómic de los que últimamente escribe Mark Millar, hay que hacerlo con el mismo ánimo con el que se va al cine a ver el blockbuster de turno: con las palomitas y dispuesto a pasarlo bien. Desde que decidió dejar de trabajar con personajes ajenos y se embarcó en construir su propio universo, el llamado Millarworld, el guionista no nos ha brindado ninguna obra maestra pero todos, absolutamente todos, los tebeos que ha escrito son divertidos e interesantes. Y lo que es más interesante para el autor: los estudios cinematográficos compran los derechos de sus obras para adaptarlas a la gran pantalla. Ya hemos visto las películas de Wanted, Kick Ass o Kingsman y, más pronto que tarde, veremos la adaptación de estos Crononautas de la mano de Universal. Millar ha dado con un tipo de historias y con una forma de contarlas que funciona bien tanto en viñetas como en pantalla.

Lo de escribir tebeos con espíritu cinematográfico le viene de lejos al guionista. Las películas de los Vengadores, esas que han visto millones de personas en todo el mundo, no hubieran sido lo mismo si Millar no hubiera reinventado a los personajes en su serie The Ultimates, que nos contaba la historia de los Vengadores de un mundo paralelo. Marvel le dejó una copia de sus héroes para que hiciera con ellos lo que quisiera y tuvo tanto acierto que la copia acabó convirtiéndose en la versión canónica. No solo eso, sino que, después de leer The Ultimates, a nadie le cabía duda de que era posible hacer una película de los Vengadores. Y se hizo.

Con Crononautas, Mark Millar lo intenta ahora con la ciencia ficción. Aunque sus series de creación propia siguen siendo mayoritariamente de superhéroes, que es lo que mejor se le da, de vez en cuando se atreve con otros géneros, como el thriller de espionaje en Kingsman o la ciencia ficción de esta serie, de Empress o de Reborn. En este caso nos presenta una historia de viajes en el tiempo, protagonizada por dos científicos que han inventado un método para viajar al pasado, en el que acabarán estando más tiempo del que deberían y haciendo cosas que no deberían en épocas que no son la suya.

Cuando nos enfrentamos a historias de viajes al pasado, los autores pueden seguir dos teorías. Algunos defienden que no se puede cambiar el pasado, que cualquier intervención en otra época acabará dando como resultado el mismo presente que tenemos. Si un viajero en el tiempo intenta alterar los hechos pasados, el tiempo acabará corrigiendo la situación para que el presente quede inalterado. Y la otra teoría es la que nos dice que, si andamos trasteando con el pasado, provocaremos desastres múltiples y variopintos: no llegaremos a nacer, se crearán realidades alternativas, mundos apocalípticos y un largo etcétera. O, si hay suerte, evitaremos esos desastres. Este suele ser el escenario favorito de la mayoría de autores, ya que da mucho más juego. ¿Por qué opta Mark Millar? En teoría, por lo segundo, pero digamos que no le importa demasiado. Porque Crononautas no va de teorizar sobre los viajes en el tiempo, sino que es una aventura alocada, gamberra y con mucho sentido del humor que tiene lugar a caballo entre diferentes épocas. A Millar le importa más lo molón que puede resultar ver a un puñado de samurais del Japón clásico montando en un tanque o a un caza enfrentándose a un dinosaurio que teorizar sobre qué consecuencias tiene viajar al pasado y alterarlo.
En cuanto al dibujo, Millar suele acertar bastante con la elección de sus compañeros de viaje. Cierto es que suele elegirlos entre lo mejor de lo mejor, porque no todo el mundo puede contar con gente como Frank Quitely, Greg Capullo o Stuart Immonen para sus proyectos de creación propia. Pero tiene buen ojo para juntarse en cada ocasión con el dibujante que mejor le va a la historia. En este caso, los lápices son de Sean Murphy, que tiene un estilo dinámico y aparentemente apresurado. Su
forma de dibujar casa perfectamente con el ritmo frenético de la acción.

Crononautas es un cómic para divertirse leyendo, no tiene más pretensión que esa. ¿Por qué debería ser eso malo? Y, en este caso, no hace falta que esperéis a ver la película: en las algo más de cien páginas que tiene este tebeo tenéis todo lo que se puede esperar de una buena película de acción. Id preparando las palomitas.

Obra relacionada:

KickAss 
Mark Millar y John Romita Jr.
(Panini Comics)
Marvel deluxe: The Ultimates
Mark Millar y Bryn Hitch
(Panini Comics)
Marvel Héroes: La Patrulla-X: La era de Apocalipsis
Scott Lobdell, Fabian Nicieza, Joe Madureira, Andy Kubert y otros
(Panini Comics)
Marvel Gold: Los Vengadores Costa Oeste. Perdidos en el Espaciotiempo
Steve Englehart y Al Milgrom
(Panini Comics)



COMICS ESENCIALES 2016 un anuario de ACDCOMICS & JOT DOWN

viernes, 27 de octubre de 2017

La oscuridad del macartismo

JAVIER FERNÁNDEZ
27 Octubre, 2017

'JSA: La edad de oro'. James Robinson, Paul Smith. ECC. 200 páginas. 18,95 euros.

Publicada originalmente entre 1993 y 1994 como una miniserie de cuatro prestigios, JSA: La Edad de Oro fue una de las primeras producciones de la línea Elseworlds, y sigue siendo una de las mejores. Narra los oscuros años del macartismo desde el punto de vista de los héroes de la Sociedad de la Justicia de América, y lo hace en el estilo deconstructivista de Watchmen, con un tono duro y realista que resulta hoy tan impresionante como en la década de los 90. El guión es obra del gran James Robinson, quien comenzaría poco después su celebrado Starman, y los dibujos los firma un inspirado Paul Smith, especialmente brillante en el storytelling. ECC recupera ahora esta virguería, en un solo tomo y con una bonita portada nueva.


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