jueves, 8 de octubre de 2015

Sesenta años del mejor fotoperiodismo


Un libro resume por primera vez la historia de este oficio a través de sus grandes galardones

DANIELA SÁNCHEZ MARTELO Madrid 7 OCT 2015

En esta imagen, vencedora del premio Eugene Smith en 2008, cinco presos abrillantan el suelo de la cárcel de Pollsmorr en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) durante una ceremonia de limpieza acompañada de cantos tradicionales del siglo XVII.

MIKHAEL SUBOTZKY (MAGNUM PHOTOS)

Una imagen de un grupo de hombres cargando en sus brazos los féretros de dos niños pequeños, cuya inocencia contrasta las caras de rabia y desgracia es muy poderosa. Dentro del contexto de Gaza en 2012, cuando bombardeos israelíes mataron a 150 personas, la foto se convierte en una historia. El volumen The Gold Medals (Lunwerg) resume los últimos 60 años de la historia del fotoperiodismo a través de los cinco galardones más destacados en este oficio. Pobreza extrema, terrorismo, injusticia, enfermedades devastadoras y escenas de guerra no son los únicos temas que recoge, también se percibe una permanente búsqueda de la sensibilidad humana. En cualquier caso, resumir un libro de fotos es imposible, hay que verlo.

Entre 1955 y 2014 la fotografía ha cambiado radicalmente. Se democratizó a través del acceso a talleres fotográficos y el aumento de los fotógrafos tanto consagrados como jóvenes que se trasladan a zonas de conflicto. La digitalización también propició un cambio fundamental y a la hora de premiar las mejores fotos, los jurados tuvieron que alterar sus parámetros para confirmar la autenticidad de lo que tenían ante sus ojos.

Este libro homenajea a los ganadores de los grandes premios del fotoperiodismo: el World Press Photo, desde su nacimiento en 1955, afirma la función de esta disciplina como instrumento de conocimiento; el Robert Capa Gold Medal, premia al mejor reportaje que exija dotes de valor y audacia excepcionales; el galardón W. Eugene Smith Grant se concede a fotógrafos que demuestren un compromiso y dedicación en la documentación de la condición humana; Oskar Barnack Award es el nombre del reconocimiento otorgado a un reportaje de 10 o 12 imágenes centrado en la relación del hombre con el ambiente que lo rodea y, por último, Visa d’Or Feature Award, concedido en el festival Visa pour l’Image, en Perpiñán, Francia, selecciona reportajes gráficos tanto publicados como inéditos. Por primera vez, un libro reúne todas las imágenes ganadoras de los premios desde 1955. Agrupado por décadas, este permite examinar los diferentes estilos y acontecimientos de cada una.

Tres imágenes a tener en cuenta

La foto que tomó Michael Subotzky en la cárcel de Pollsmoor de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) ganó la medalla W. Eugene Smith en 2008. No sabemos si se inspiró en Los acuchilladores del parqué (1875) del pintor francés Gustave Caillebotte, pero su similitud llama mucho la atención. Subotzky, sudafricano de origen, centra su trabajo en su país y apunta a los centros penitenciarios y otras instituciones sociales, reflexionando sobre los establecimientos que administran la seguridad y el castigo en una sociedad. Aquí, la sabia composición nos permite entrar en el pasillo de la celda y trascender la posición de los presos.

Mads Nissen acaba de ganar el World Press Photo con una escena íntima de dos hombres en Rusia, donde desde 2013 se aprobó una ley prohibiendo la propaganda y el activismo de relaciones no tradicionales y legitimando la homofobia estatal. Nissen afronta la lucha por los derechos humanos y cuestiona la vida del amor prohibido en la Rusia contemporánea.


Galardonada con el premio Oskar Barnack 2011, esta foto formó parte del reportaje que hizo el danés Jan Garnup para la revista 'Time' de las consecuencias del terremoto devastador de Haití.

JAN GRARUP (LAIF)


Una foto en blanco y negro de las secuelas de un terremoto fue premiada el Oskar Barnack en 2011 por la forma en la que un marco reúne en un mismo instante tanta tragedia, tanto dolor. Jan Grarup cubrió para Time las consecuencias del desastre natural de Haití, el país más pobre de América, la hambruna, la corrupción, la pobreza y la catástrofe que estas implican.

El lado más amable de la vida

La comisaria y autora del libro, Elisabeth Biondi, antigua editora visual de The New Yorker, comenta: "No todas las imágenes premiadas muestran el lado oscuro de la vida, todos los años también se premian estampas que nos muestran un lado más amable de la vida". Para ella, el factor determinante para ganar un premio es la emoción que trasmite. Entre las imágenes más  "ligeras" esta una del reconocido fotógrafo de moda Jean Paul Goude de 1996 en la cual modelos de diferentes orígenes recrean una carrera sobre una pista de atletismo.

Roberto Koch, fotógrafo, director y fundador de la agencia Contrasto, describe el libro en el prólogo como "una especie de atlas histórico ilustrado (…), una ocasión para comprobar la manera cómo la documentación fotográfica ha cambiado a lo largo del tiempo". También es un homenaje a la figura del reportero gráfico, "cuya valentía y coraje nos han traído la realidad del mundo".

Los premios en The Gold Medals son importantes de cara a la fragilidad de la profesión del periodista gráfico, cuyo futuro financiero es incierto. Además de crear una mayor consciencia al público acerca del estado del mundo, brindan reconocimiento al trabajo de estos profesionales.

El más reciente ganador de World Press Photo, Mads Niessen, retrató un momento de intimidad de dos hombres en San Petersburgo (Rusia), donde una ley del Gobierno contribuye a extender la homofobia por todo el país.

MADS NISSEN (SCANPIX/PROSPEKT)

 Esta imagen narra el ataque terrorista al centro comercial Westgate en la ciudad de Nairobi (Kenia). La foto ganó la medalla de oro Robert Capa en 2013, uno de los premios más prestigiosos de la fotografía.

TYLER HICKS (THE NEW YORK TIMES)

 Premiada con el World Press Photo 2007, este retrato transmite el agotamiento de un soldado de una compañía estadounidense después de un día de combates en el valle de Korengal, Afganistán, epicentro de los enfrentamientos entre los combatientes islámicos y el Ejército de Estados Unidos.

TIM HETHERINGTON (MAGNUM PHOTOS)

 Distinguido con el Robert Capa Gold Medal 2006, Paolo Pellegrin documenta los bombardeos israelíes en Beirut, un conflicto que en solo 36 días transformó el sur del país en escombros.

PAOLO PELLEGRIN (MAGNUM PHOTOS)

 Esta imagen forma parte de un grupo que recibió el Premio Visa d’Or en 1997. Documentan historias reveladas por la Truth and Reconciliation Commission en Sudáfrica acerca de las atrocidades e injusticias cometidas durante el régimen de 'apartheid'. En esta toma, una madre enseña el pelo de su único hijo, detenido, torturado y envenenado por las fuerzas de seguridad sudafricanas en 1982.

JILLIAN EDELSTEIN (CAMERA PRESS)

 Tomada por el fotógrafo español Samuel Aranda, esta fotografía fue distinguida con el World Press Photo de 2011. La imagen documenta un herido en las revueltas de Yemen que es abrazado por una mujer con velo cuya composición recuerda a la escultura 'La Piedad' de Miguel Ángel.

SAMUEL ARANDA (EFE)

 Este cortejo fúnebre de dos niños en la Franja de Gaza en 2012 fue reconocido como la foto del año en el World Press Photo.

PAUL HANSEN (P. HANSEN / WORLD PRESS PHOTO)


En Vietnam en 1972, Nick Ut capturó lo que se convertiría en el símbolo universal de la atrocidad humana con esta ganadora de la medalla de oro del World Press Photo y el Pulitzer. Todas las fotos del libro 'The Gold Medals' se presentan en este formato, con un texto explicatorio que también habla de la trayectoria del fotógrafo.

NICK UT (LUNWERG)


El Pais

miércoles, 7 de octubre de 2015

‘Las meninas’ y Jacobs por Antonio Muñoz Molina


El escritor se sumergió en el cuadro y en toda la literatura abrumadora que existe sobre él, y debió de dejarse llevar por una intoxicación gozosa

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 19 SEP 2015

'Las meninas', de Velázquez, forma parte de la colección del Museo Nacional del Prado.


En la última frase de su libro inacabado sobre Las meninas, Michael Ja­cobs empuja una puerta hacia el interior de un palacio. Ha llegado a él después de una caminata por el Madrid contemporáneo y sombrío de los peores tiempos de la crisis, pero en el relato no acaba de saberse si el palacio al que entra es el de Oriente o el antiguo alcázar que ardió en 1734, porque lo que va buscando es una sala que ya no existe, la Sala del Príncipe, donde sucede el cuadro, y donde parece ser que estuvo colgado durante muchos años. Michael Jacobs, escritor de viajes, es más que nunca en este libro escritor de viajes en el tiempo. Lo empezó un poco antes de cumplir 60 años, convencido de que en él podía resumir una fascinación de toda su vida por Las meninas y algo parecido a una autobiografía, al relato de su propia educación, que fue la del estudio de la Historia del Arte y el descubrimiento de España, a la manera de los viajeros británicos del Romanticismo y más allá: los viajeros más sobrios, los dotados de una mirada lúcida y cordial hacia el país, tan empeñados en contar su realidad y comprender su historia como en desacreditar estereotipos que muy probablemente ya son indestructibles. Jacobs se sumergió en el cuadro y en toda la literatura abrumadora que existe sobre él, y, como suele ocurrir cuando alguien muy apasionado estudia en profundidad un asunto, debió de dejarse llevar por una intoxicación gozosa, tan excitante por los nuevos detalles que iba descubriendo como por las zonas de misterio que no aminora ningún documento y que parecen volver superflua o arbitraria cualquier interpretación.

Hay libros o cuadros que lo acompañan a uno durante toda la vida y no dejan de alimentarlo y de maravillarlo, convertidos en elementos cruciales de su biografía. Leerlos una vez más, mirarlos de nuevo en la misma sala del museo en la que siempre parecen estar esperándolo, es verse confrontado con la experiencia entera que uno ha ido acumulando, con la interrogación permanente que no apacigua la familiaridad. La obra te conduce a ti mismo y te saca de ti mismo. Descubres cada vez en ella pormenores nuevos que provocan gratitud, una alegría íntima y a la vez impersonal, porque te limpia de ese egocentrismo mórbido que a veces se confunde con la vida interior. A los 60 años, volviendo al Prado para mirar de nuevo Las meninas, Michael Jacobs se acordaba de su primer viaje a Madrid y su descubrimiento del cuadro, al final de la adolescencia, cuando su vocación no estaba definida, cuando España era todavía un país atrasado y exótico sometido a una dictadura.

Los libros se sueñan, gradualmente y también de golpe, antes de escribirlos. Michael Jacobs vería ante sí un libro que tendría en su centro Las meninas, pero que se expandiría en direcciones cambiantes, manteniendo una suprema unidad sin esfuerzo, de un modo parecido a como el propio cuadro tiene en su centro a la infanta Margarita y sin embargo va cambiando su perspectiva y sus puntos de fuga según uno lo mira, según se acerca o se aleja o cambia el ángulo de su visión.


Sería extraordinario lograr una impresión en un libro: seguir los episodios de la propia vida asociados con el cuadro; viajar imaginariamente entre el Madrid de ahora mismo y el de Velázquez, y el de los viajes sucesivos de Jacobs, desde el final de la dictadura y el tránsito hacia la democracia y el fervor de las libertades y los espejismos de la prosperidad y el derrumbe agravado por la corrupción y la incompetencia política. En 1656, para Velázquez, pintar el cuadro habría sido una manera de aislarse de la quiebra del país y de la monarquía, arruinada por guerras y despliegues insensatos de lujo barroco. En un Madrid del que se levanta el clamor de las marchas multitudinarias de protesta y del campamento de amotinados en la Puerta del Sol, Jacobs vuelve al Prado y lo encuentra casi desierto, porque hasta los turistas han dejado de venir: pero allí está, en la misma sala, aguardando, la mirada de Velázquez; la de la infanta, con su altanería de niña mal criada; los ojos guiñados y soñolientos del perro tumbado, las manchas espectrales de los reyes en el espejo, y esa puerta del fondo por la que entra la luz exterior, con la figura del aposentador que parece recién llegado o a punto de irse, que va abriendo camino a los que se marcharán tras él o contempla a los que uno por uno ha dejado pasar, la extraña procesión como de freaks de Tod Browning: la infanta y sus camareras y servidores y bufones y el perro.

En el libro que Jacobs planea estarán las sucesivas interpretaciones del cuadro, su historia desde los años en que estuvo colgado en un despacho particular del rey, el enigma de la obra maestra que no ve casi nadie. Y luego los desastres: el incendio del alcázar, del que se salvó de puro azar; los bárbaros bombardeos fascistas en el primer otoño de la Guerra Civil; los viajes en camiones por carreteras a oscuras, primero a Valencia, luego a los sótanos del castillo de Perelada, luego a Ginebra; por fin el regreso en un tren que atraviesa Europa cuando está empezando otra guerra más destructora todavía, un cuadro grande y frágil que podía haber ardido o ser destrozado y haber desaparecido para siempre. En Madrid, en 2013, Michael Jacobs conversa con un anciano trémulo de 92 años que es el único superviviente del grupo de técnicos que acompañó a Las meninas en su viaje de vuelta.


Cuanto más escribía e indagaba, más cosas necesitaba escribir. El libro era una culminación y un punto de partida. Un dolor persistente en la espalda le hizo ir al médico. Había imaginado que sería lumbago: era un cáncer renal. Los médicos pronosticaron que podría vivir unos tres años. Quizá con uno le bastaría para terminar el libro. Pero la enfermedad se aceleró y a los pocos meses ya estaba claro que iba a morir. En la cama del hospital le seguía dictando a un amigo, Ed Vulliamy, que ha dado forma al libro inacabado, Everything is Happening: Journey into a Painting. Según la vida se le iba acabando, Michael Jacobs intuía que una parte del misterio de Las meninas está en el tránsito del tiempo: ese instante detenido o congelado se disipará un instante después, cuando las doncellas terminen su genuflexión, cuando el pintor absorto dé una pincelada, cuando la infanta tome en su mano tan blanca el búcaro de arcilla roja. De pronto esa figura del fondo se convertía para él en el centro de la pintura. Al hombre a punto de morir le parece que el aposentador vestido de negro le está indicando con un gesto que le siga, que le mostrará algo que no ha visto nadie, el secreto último del cuadro, o el de una vida completa y detenida para siempre, cerrada por la muerte, como se cierra la puerta de una habitación. Las meninas es una cripta del tiempo.

Everything is Happening: Journey into a Painting. Michael Jacobs. Introducción y epílogo de Ed Vulliamy. Demy HB. Londres, 2015.


El Pais Babelia 19.09.2015

martes, 6 de octubre de 2015

El reto de un nuevo mundo por Alvaro Pons





Ilustración de Jim Kay para 'Harry Potter y la piedra filosofal'.

Aunque el encargo de ilustrar una nueva edición de Harry Potter pueda parecer a ojos profanos lo más parecido a ganar el gordo de la lotería dentro del mundo de la ilustración, la realidad esconde una lectura mucho más perversa. Lo que puede entenderse como la posibilidad de llegar a millones de lectores es también un pedido envenenado con la más mortífera de las toxinas: la entregada pasión del fandom. Jim Kay, elegido para dar forma gráfica a la nueva y exquisita edición de las aventuras del joven mago, tenía ante sí el reto apasionante de un texto dado al virtuosismo gráfico más elaborado y al delirio, capaz de mezclar desde referencias de costumbrismo casi dickensiano a la fantasía más desatada.

Pero también debía lidiar con dos pesadas losadas: por un lado, la imagen persistente en las retinas de los lectores de las portadas de Cliff Wright, responsable de esa imagen de joven despierto de gafitas redondas que acompaña inexorablemente cualquier intento de imaginar al personaje fuera de las páginas escritas (para desesperación, todo sea dicho, de los aficionados al cómic, que siguen viendo en la imagen de Harry Potter un remedo de Timothy Hunter, el personaje protagonista de Los libros de la magia, una miniserie de Neil Gaiman y John Bolton creada casi un lustro antes de la aparición de la primera novela de Rowling). Por otro lado, la aplastante y omnipresente imaginería derivada de las adaptaciones cinematográficas, que han fagocitado cualquier intento de generar una desviación del canon de la gran pantalla.

La respuesta de Kay ante las dificultades ha sido, hay que reconocerlo, pragmática. Sus trabajos previos revelan un dibujante que es capaz de mostrar desde la radicalidad de un Ralph Steadman hasta la relajante sencillez de Eric Ravilious, una plasticidad que le permite realizar un trabajo eficaz en el que opta por diluir toda personalidad propia: las nuevas ilustraciones de Harry Potter tienen ese punto de déjà vu que tranquilizará al fandom más conservador de las místicas esencias con ecos del ya mencionado Wright, pero en el que se reconoce también sin problemas la influencia de los diseños cinematográficos, se supone que para acercar a los libros a aquellos que quieran hacer el poco habitual camino inverso de la pantalla al libro. E incluso, si se quiere, se puede descubrir hasta un puntito de John Bolton y Dave McKean en la única rebeldía que parece permitirse el autor.

Con el poco espacio que le quedaba a Kay para la creatividad, poco más se le podía pedir.

El Pais 05.10.2015

Harry Potter se reinventa para nuevos lectores


Una edición ilustrada por Jim Kay de la multimillonaria serie creada por J.K.Rowling llega hoy a las librerías de todo el mundo en 26 idiomas

WINSTON MANRIQUE SABOGAL Madrid 6 OCT 2015

Ilustración de Jim Kay para 'Harry Potter y la piedra filosofal'. / BLOOMSBURY PUBLISHING PLC, 2015

La llamada del tren que busca recoger una nueva generación de lectores rumbo al mundo de Harry Potter suena hoy en 26 idiomas, del inglés y el español al turco o el japonés.

Las aventuras del niño mago, creadas por J. K. Rowling en 1997, vuelven a las librerías en un diseño acorde a los tiempos: una edición ilustrada en formato álbum. El elegido por su autora, entre más de 300 ilustradores, ha sido Jim Kay. Sus manos han creado un universo menos sombrío y temeroso que el del cine. Busca un aire más clásico, con imágenes y detalles en todas las páginas. El primero de los siete libros, Harry Potter y la piedra filosofal (Salamandra), llega de manera simultánea en esos 26 idiomas, con una millonaria tirada inicial, aunque desconocida. En español sumará 50.000 ejemplares. Una prueba del impacto de una serie que ha vendido 450 millones de volúmenes.


Aquel duelo renovado entre el bien y el mal o, mejor, del aprendizaje del bien (Potter y sus amigos Hermione Granger y Ron Weasley) y del mal (en manos de Lord Voldemort), dirigido a niños y jóvenes del presente, regresa 18 años después de haber empezado. Cuando las entregas de los libros terminaron en 2007, ya era la serie literaria más exitosa del mundo contemporáneo. Ahora, cada año, como en su estrategia original, saldrá un nuevo título en este formato que busca acompañar a los niños en su paso a la adolescencia y convertirse en colección para sus aficionados.


La nueva representación de las fuerzas desatadas en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería ha encantado a Rowling (Yate, 1965): “Las ilustraciones de Jim Kay me emocionaron profundamente”, reconoce la autora en la presentación del libro. Un proyecto que la escritora ha seguido muy de cerca, según Sigrid Kraus, editora de Salamandra, su sello en España y Latinoamérica: “Es una obra más seductora y accesible que sirve de contrapunto a la versión cinematográfica”.


Jim Kay era fan de la serie y este encargo se convirtió en el más importante de su vida: “Todo el mundo tiene una opinión sobre Harry Potter, y eso es genial, pero por eso es un reto”, dijo el ilustrador en una entrevista a Bloomsbury, el sello inglés de Rowling.


Imaginar Hogwarts fue uno de sus principales desafíos. Hizo muchos dibujos de las diferentes plantas y espacios del colegio, visualizó su arquitectura, hasta que realizó un modelo “como cuando de niño construía cosas en Lego, con el fin de calcular la iluminación y la forma en que los edificios se relacionaban”, cuenta Kay. El ilustrador no puede trabajar en silencio, así es que puso como sonido de fondo el de las tres películas de El señor de los anillos, de Peter Jackson.


El ilustrador Jim Kay.

Harry Potter nació en un tren hace un cuarto de siglo. La portada del nuevo libro ilustrado de este personaje recuerda su origen real. En 1990, la entonces Joanne Rowling, de 25 años, esperaba en la estación de Manchester ante el retraso del tren a Londres cuando se le ocurrió la idea. Dos o tres horas después, durante el trayecto, ese mundo empezó a hacerse más visible en su cabeza. En 1995, había redactado ya el primer volumen. Ocho editoriales lo rechazaron. Solo Bloomsbury creyó en el proyecto, y le dio un adelanto de 2.500 libras.


Veinticinco años después de que Rowling recibiera aquel soplo de inspiración, la serie se reinventa con una portada doble donde hay un tren envuelto en su propio humo y la niebla de la estación, mientras, en el andén, un niño de gafas espera subir rumbo a su nuevo destino. Más lectores.


Harry Potter y la piedra filosofal es traducido por Alicia Dellepiane.


 Universo mágico

El primer libro de la serie Harry Potter apareció en julio de 1997 bajo el título de Harry Potter y la piedra filosofal.
La serie terminó en 2007 con un total de siete entregas, precedidas por el nombre del protagonista y seguidas de La cámara secreta, El prisionero de Azcaban, El cáliz de fuego, La orden del Fénix, El misterio del príncipe y Las reliquias de la muerte.
Se han vendido 450 millones de ejemplares.
La serie completa ha sido llevada al cine en ocho películas.
Libros complementarios: Animales fantásticos y dónde encontrarlos y Los cuentos de Beedle el Bardo.









El Pais

lunes, 5 de octubre de 2015

ROGER BRODERS



Autor frances, creador de posters de viaje, promocionando para los primeros turistas muchos destinos, principalmente las playas de la Costa Azul, y los Alpes franceses. Roger Broders (1883-1953), fue un ilustrador que creó un distintivo gráfico muy característico con su trabajo - realizó más de 100 posters- con lineas simples y colores planos. Influenciado por los cubistas, Kandisky, Severini y Delanay, realizó evocativas composiciones. Aún hoy día es un autor popular y sus posters se venden.

























domingo, 4 de octubre de 2015

Lupano & Panaccione Callan las palabras, habla el dibujo

Lecturas no obligatorias por Guillermo Altares





En La última locura, el homenaje de Mel Brooks al cine mudo, solo hablaba un personaje: el mimo Marcel Marceau. La invención de las películas sonoras supuso un cambio irreversible -que se lo digan a Norma Desmond-, pero el cine ha caído muchas veces en la tentación de explotar la fuerza de las imágenes sin palabras en filmes como The artist y Blancanieves. El tebeo, en cambio, apenas había explorado ese camino. Hasta ahora. El guionista Wilfrid Lupano y el dibujante Grégory Panaccione acaban de publicar Un océano de amor (Reservoir Books), una historieta sin un solo diálogo. Solo imágenes. El resultado es una maravilla: sorprendente, divertido, ingenioso, tanto por la historia como por la forma de resolverla gráficamente. Como dice Paco Roca en el prólogo, en el que hace referencia a Buster Keaton y Charles Chaplin, "que callen las palabras y que hable al fin el dibujo".

Lupano (Nantes, 1971) se está convirtiendo en uno de los nombres imprescindibles del cómic europeo actual. Con este volumen, ganó el premio FNAC al mejor álbum de 2015. Además, acababa de lograr varios premios en Angulema con Les vieuxfourneaux, una historia tierna y salvaje a la vez sobre varios ancianos que se dedican a complicar la vida a la sociedad que trata de mantenerlos al margen. Su arma de destrucción masiva es un compañero que tiene la capacidad de vaciar sus tripas donde quiera, un anciano aparentemente indefenso que utiliza su habilidad para sabotear mítines y actos del principal partido de la derecha. Suele esperar al momento cumbre, cuando llegan los discursos, para apretar el botón nuclear.

Un océano de amor tiene un tono diferente, aunque también ofrece unas cuantas cargas de profundidad, tanto a través del guión como de los magníficos, evocadores y originales dibujos de Panaccione. Narra la historia de un pescador que se pierde en el mar y de su mujer que sale a buscarle: en medio, está lleno de ternura, de ideas fantásticas, de imágenes inolvidables. Tiene piratas, pescadores, porquería de plástico ahogando el mar, una gaviota, una visita a Cuba... Es un triunfo del relato más allá de las palabras. De eso, al final, tratan el cine y los tebeos, de pensar y contar solo con imágenes •




Amor y Sal

En 'Un océano de amor', Wilfrid Lupano se planteó dos retos: tejer una historia de amor (no es su género) y hacerlo sin palabras. Solo con las ilustraciones de Grégory Panaccione, que ha trabajado sobre todo en animación y cita como inspiración para este tebeo 'Ponyo en el acantilado', de Hayao Miyazaki, y 'Bienvenidos a Belleville', de Sylvain Chomet.

El Pais Semanal nº2.036 /04.10.2015

Mortadelo y Filemón, oda al humor incorrecto


EL PAÍS lanza el domingo 11 una serie de las mejores aventuras de los agentes de la T.I.A.

ANTONI GUIRAL 3 OCT 2015 -




Decir que la historieta española no sería la misma sin Francisco Ibáñez no es una exageración, sino una constatación. Humorista gráfico que ha dado vida a cientos de personajes, ha sabido imprimir su acerado sentido del humor en todos sus cómics, generando, a gag por viñeta al menos, un corpus historietístico de decenas de miles de páginas. Ibáñez es el creador de cómics español más popular de todos los tiempos. Y lo es no sólo por su prolífica actividad artística o por el personal sello de su obra sino, sobre todo, por que es quien más y mejor ha sabido contactar con la gente de la calle. Guiña el ojo a sus lectores con un humor políticamente incorrecto, que delata las miserias del teatrillo de la vida cotidiana, poniendo en jaque a tirios y a troyanos. Criaturas como Mortadelo, Filemón, Rompetechos, Sacarino, Pepe Gotera, Otilio o los habitantes de 13, rue del Percebe han quedado fijados para siempre en el imaginario popular. Su grafismo, caricaturesco, ágil, muy expresivo en los rostros y los movimientos de sus personajes, ha creado escuela. Tanto entre muchos autores de cómics como entre aquellos aficionados que lo han tomado como referente a la hora de dibujar historietas. Pero también entre un buen número de profesionales de la literatura, el cine o la televisión, que han crecido asimilando todas sus constantes y, posteriormente, las han vertido en sus trabajos.

No cabe duda de que su serie más popular es Mortadelo y Filemón. Nacida en 1958 en la Editorial Bruguera, continúa muy viva en la actualidad. Casi sesenta años después, Ibáñez sigue provocando la hilaridad con argumentos muy conectados con la realidad. Los agentes de la T.I.A. empezaron a ser célebres a partir de la aparición de sus aventuras de larga extensión, concretamente con El sulfato atómico en 1969. Desde entonces, Ibáñez ha realizado más de 200 álbumes de esta serie.

De alguna manera, la trayectoria de Mortadelo y Filemón está asociada a nuestra propia historia. Porque con sus divertidas referencias al mundo del deporte, de la sociedad, de la economía y de la política ha sabido reírse socarronamente de todo aquello que nos toca de cerca. Todos los españoles hemos leído en alguna ocasión al menos una de sus aventuras. De hecho, en las largas colas para firmar ejemplares de su obra, podemos observar a miembros de hasta tres generaciones distintas. Siempre es bueno recuperar la lectura de Mortadelo y Filemón. A los lectores más maduros les recordará su infancia; a los más jóvenes les descubrirá un universo del que no podrán desengancharse.

Antoni Guiral es crítico, editor y guionista de tebeos español. Recibió el premio a la divulgación del Salón del Cómic de Barcelona del año 2007.


Una edición especial de coleccionista

El PAÍS ofrece desde el próximo domingo 11 una selección de coleccionista de las aventuras de los agentes de la T.I.A. 40 entregas con tres títulos cada una. La primera semana con precio especial, 1,95 euros, y a partir de la segunda por 9,95. Entre los números destacan ‘Magín el mago’ (1971), ‘La máquina del cambiazo’ (1971), ‘Mortadelo de la Mancha’ (2005), ‘En Alemania’ (1982), ‘El Quinto Centenario’ (1992) y ‘El sulfato atómico’ (1969).


El Pais

Caminos y espejos de Koudelka por Antonio Muñoz Molina


Los fotógrafos, como los escritores en prosa, tienden a especializarse en alguno de los muchos campos que permite su oficio

ANTONIO MUÑOZ MOLINA    2 OCT 2015

Fotografía del municipio granadino de Guadix, en 1971.  / JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)


Aparte de la escritura en prosa no hay otro arte que abarque tanto y ofrezca posibilidades expresivas tan variadas como la fotografía. Pero quizás instrumento o herramienta es una palabra más adecuada que arte. Desde que Herodoto la inventó, la prosa ha servido igual para relatar el mundo que para inventarlo o desmentirlo, se ha ceñido a la literalidad del informe y la crónica o se ha expandido en los despliegues imaginativos de la fábula, la narración mitológica, el folletín sentimental, la novela de aventuras. La prosa, como la fotografía, es un instrumento muy adecuado para examinar lo concreto, y quizás es ese rasgo el que las une más profundamente, lo que mejor saben hacer las dos. Lo opuesto de la prosa no es la poesía, sino el verso, porque escribiendo en prosa se pueden lograr intensidades de expresión tan altas como las de un poema. Y algo parecido sucede con la fotografía, que comparte con el haiku el misterio de la instantaneidad. La fotografía sirve igual para dejar constancia en una ficha de la cara de un criminal que para atestiguar un momento histórico o un hecho cualquiera, o para ilustrar la portada de un periódico con una imagen de la que no quedará rastro al cabo de tan solo unas horas.

Los fotógrafos, como los escritores en prosa, tienden a especializarse en alguno de los muchos campos que permite su oficio. Hay un talento en la concentración, una belleza en la perseverancia de lo mismo, pero también hay talento y belleza en los impulsos volubles, en los cambios súbitos de dirección y de interés. El mundo es misceláneo, un mareo incesante de posibilidades, y la escritura en prosa y la fotografía son los instrumentos más adecuados para las personas urgidas por la vocación de dejar constancia de esa jubilosa y desconcertante variedad. En Rojo y negro, Stendhal dice célebremente que una novela es un espejo que se pasea por una carretera, una "grande route". Con menos frecuencia se cita lo que viene a continuación: que el espejo refleja unas veces el azul del cielo y otras los barrizales del camino, y que al hombre que lo lleva lo acusan de inmoral por mostrarlo todo: "Su espejo muestra el fango, y vosotros acusáis al espejo".

Quizás los caminos embarrados hicieron que me acordara de Stendhal viendo las fotos de Josef Koudelka: los caminos rurales del centro de Europa por los que viajaba junto a los gitanos, nómadas sospechosos entre los sedentarios, gente apartada y regida por su propia ley en medio de la regularidad penitenciaria de Checoslovaquia y Rumania en los años del comunismo. Koudelka iba con su cámara como Stendhal con su espejo ilusorio, y con una grabadora en la que registraba las voces y las músicas de los gitanos. En las fotos el testimonio documental es tan efectivo como la instantaneidad poética: como en la prosa, el documento está en lo que se muestra y en lo que se cuenta, y la poesía, en gran medida, en lo que se deja fuera, en lo que no llegamos a saber sobre esos lugares y esas vidas. Aparte de un sentido prodigioso de la composición y del espacio, de una capacidad extraordinaria para sugerir con imágenes inmóviles el desplazamiento sin sosiego, lo que nos atrae en Koudelka es su cercanía física con las personas que retrata.

La cámara no se interpone entre el fotógrafo y el modelo; no marca la distancia sino que la anula. El fotógrafo, el hombre de espíritu libre, es un gitano y un forastero en la sociedad totalitaria, un transeúnte en el mundo en el que cada persona está atada y grapada a su lugar obligatorio. En lenguaje taurino, Koudelka se arrima. Pasaba semanas viviendo entre los gitanos, durmiendo al raso, comiendo lo mismo que ellos comían. En sus años de aprendizaje, cuando hacía fotos de espectáculos teatrales, había adquirido una destreza que le fue muy útil después: la de moverse entre los demás, muy cerca de ellos pero sin estorbarles, volviéndose tan invisible para ellos como esos manipuladores japoneses de marionetas que se muestran en el escenario vestidos y enmascarados de negro.

Las fotos de la invasión soviética en Praga parece que las hubiera tomado un hombre invisible. Koudelka se arrima temerariamente al morro blindado de los tanques y a los fusiles de los soldados invasores, se deja estrujar en el remolino de los ciudadanos inermes y valerosos, en un amanecer lluvioso de agosto. Como la memoria es tan insegura hacen más falta las precisiones de la prosa y las de la fotografía: dice Koudelka que con los años se le olvidó que en la mañana de la invasión había estado lloviendo, pero que pudo acordarse gracias a los paraguas y a los pavimentos mojados que se ven en algunas fotos. Aquí el arte es más que nunca documento urgente, prueba tangible que puede ser usada en un juicio, contundente como un informe procesal: y también posee la elocuencia arrebatadora de una gran pintura histórica, estampas de Delacroix en el blanco y negro de Praga, retratos tomados al azar que atestiguan que las monstruosidades de la historia siempre les ocurren a personas concretas, no a masas ni a pueblos. Para que fuera completa la invisibilidad de Koudelka, esas fotos se publicaron en Occidente solo con unas iniciales, P. P. Prague Photographer. Es probable que le gustara ese pseudónimo, que al mismo tiempo que lo borraba le concedía una especie de vasta identidad clandestina: "El fotógrafo de Praga" sonaba a título de película de intriga gótica, como El fantasma de la ópera.

El espejo de Koudelka nunca se quedaba quieto. Había ido por los caminos de los gitanos durante años y no dejó de ir de un lado a otro de Praga en los días de la invasión, desde que lo sacó de la cama una llamada de teléfono a las tres de la madrugada y empezó a oír los aviones que volaban bajo sobre su ciudad y las orugas y los motores de los tanques. En 1970 se fue de Checoslovaquia y vivió el exilio como una dilatada peregrinación que ahora lo llevaba por los países de la otra Europa no encapotada por el despotismo comunista. En una sola foto podía resumir la impresión completa de un país. Inglaterra es el tronco viejo de un árbol retorcido y volcado por el viento a la orilla de una carretera rural por la que no pasa nadie; España, en 1975, una fiesta de pueblo con hombres toscos de trajes oscuros, uno de los cuales acaba de encender la mecha de un cohete; Francia, una hoja doble de periódico y sobre ella, como sobre un mantel, una navaja, un cartón de leche, un vaso de leche, las dos mitades de una manzana. Irlanda es la ondulación débil del mar que deja atrás un barco que se va alejando de la costa.

Misteriosamente, con los años, las fotografías de Koudelka se van despoblando. El espejo de la cámara abarca espacios cada vez más amplios en los que no hay nadie, solo ruinas o huellas de gente desaparecida. Ahora la tarea del fotógrafo es retratar solo ausencia. Para la prosa eso es mucho más difícil.

Josef Koudelka. Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 29 de noviembre.



El Pais Babelia 02.10.2015


sábado, 3 de octubre de 2015

Lecciones de Historia


'La formidable invasión mongola' presenta una serie de episodios históricos en los que Kago muestra su deseo de experimentación gráfica.

JAVIER FERNÁNDEZ



LA FORMIDABLE INVASIÓN MONGOLA. Shintaro Kago. ECC. 192 páginas. 195 euros.

La formidable invasión mongola supone el retorno a nuestro mercado del historietista japonés Shintaro Kago, del que la desaparecida EDT nos había servido sustanciosos delirios como Reproducción por mitosis y otras historias o Cuaderno de masacres. Kago regresa ahora de la mano de ECC, que sigue apostando fuerte por una línea de manga que ya incluye obras de otro maestro de lo grotesco, Junji Ito.

Para el que no lo conozca, aviso de que Kago es un autor muy sabroso, pero no apto para cualquier estómago. Por un lado, el mangaka dibuja como los ángeles y tiene una imaginación desbordante; por otro, su sentido del humor es particularmente perverso y exhibe un gusto continuado por lo escatológico y lo estrafalario. En su obra abundan las vísceras y fluidos, la carne abierta en canal, los órganos cancerosos, las hipertrofias, siempre en un extraordinario equilibrio con la hermosura de sus imágenes y al servicio de argumentos mayormente absurdos, perturbadores y muy divertidos. A esto cabe unir un deseo constante de experimentación gráfica y no poca improvisación, de modo que la lectura de Kago depara sorpresas a cada rato. La formidable invasión mongola presenta una serie de episodios históricos, desde el Medievo hasta la Segunda Guerra Mundial, de una especie de realidad alternativa en la que los mongoles descubren a unos seres gigantes, les cortan las manos y las usan como montura en sus repetidas invasiones. Personalmente, me fascinan estos relatos extremos, aunque confieso que, superado el asombro inicial, echo en falta un mayor trasfondo, un talento narrativo parejo al espectáculo gráfico. En este sentido, y por citar otro autor que lo deja a uno con los ojos como platos, mi favorito sigue siendo Suehiro Maruo, del que todo título publicado me parece poco.

Siguiendo con el manga, ya sabrán que ECC está ofreciendo dos estupendas obras del binomio formado por Kazuo Koike y Goseki Kojima: Hanzô, el camino del asesino y El hombre sediento. Ambas son retablos históricos, con samuráis, ninjas y señores feudales en danza. La primera constará de diez tomos (está por salir el séptimo), y la segunda la forman ocho, bastante más finitos que los anteriores. A la fecha, el último número publicado de El hombre sediento es el sexto, de modo que la historia va alcanzando su clímax. A estos dos mangas de los autores de El lobo solitario y su cachorro se une ahora, también en el catálogo de ECC, una nueva virguería de corte histórico: Kei, crónica de una juventud. En este caso, el protagonista es un joven samurái de finales del periodo de Edo (etapa histórica japonesa comprendida entre 1693 y 1868 dC) en busca de su amada. La recuperación del trabajo de dos figuras de la talla de Koike y Kojima, tanto tiempo olvidado en nuestro país, es una noticia extraordinaria, y el que dispongamos de pronto de tres series regulares firmadas por ellos incita a pensar que los aficionados han recibido la propuesta de ECC con los brazos abiertos. Yo, desde luego, no puedo estar más encantado, pues son tebeos soberbios.


Malaga Hoy


Misterio en África

JAVIER FERNÁNDEZ



KENIA. Rodolphe, Leo. ECC. 240 páginas. 25 euros.

El panorama de la bande dessinée traducida al español se ha enriquecido en los últimos tiempos con la aparición de sellos tan cuidadosos como Yermo Ediciones, empeñado en demostrar que hay vida más allá de lo sobradamente conocido, pero también con el creciente interés de ECC por lo que se publica al norte de los Pirineos. Entre las novedades de esta última editorial se cuenta la reedición de esa maravilla que son las Ideas negras, del genio André Franquin, o dos interesantes títulos del no menos conocido Hermann, Estación 16 y Redención, ambos con guion de su hijo Yves H.

Recientemente, ha visto la luz también el primero de los dos integrales recopilatorios de la fantástica serie Rork, de Andreas, y el tomito Kenia, que ofrece en un solo libro los cinco álbumes de la serie homónima dibujada por el brasileño Leo, con guiones suyos y del francés Rodolphe, y colores de Scarlett Smulkowski.

Como cabe suponer, Kenia está ambientada en África, más concretamente a finales de la década de 1940, y aúna aventuras y ciencia ficción en la mejor tradición de la BD. Según reza la sinopsis: "En las inmediaciones del Kilimanjaro se produce la desaparición de un safari organizado por el escritor americano John Remington, dando continuidad a una serie de incidentes y avistamientos que los lugareños relacionan con viejas leyendas y criaturas ancestrales, misterios que suscitan el interés de las grandes potencias internacionales, sumidas en plena guerra fría". La narrativa ordenada de Leo fabrica una lectura de sabor clásico, en la que puede uno perderse pausadamente, toda vez que se disfruta con la paciente construcción de la intriga y los personajes. Y es que los personajes, comenzando con la protagonista Kathy Austin, una joven y bella profesora sustituta recién llegada a Mombasa, son el auténtico motor de esta serie notable que vio originalmente la luz entre 2001 y 2009. Naves extraterrestres, cristales que sirven de contenedores, dinosaurios y otras extrañas criaturas pueblan la peligrosa e intrigante sabana de Kenia.


Malaga Hoy

Un rito de iniciación


JAVIER FERNÁNDEZ



BATMAN: TIERRA UNO, VOL. 2. Geoff Johns, Gary Frank. ECC. 160 páginas. 16,95 euros.

Han pasado seis meses desde los hechos narrados en el primer volumen de la serie, y Batman ha encontrado aliados en su lucha contra el crimen: el detective Jim Gordon, la nueva alcaldesa Jessica Dent y el hermano de esta, el fiscal del distrito Harvey Dent. Pero la cosa se pondrá complicada cuando surja la amenaza de un mutante llamado Killer Croc y un criminal al que le encantan los acertijos. Batman: Tierra Uno aúna el talento de Geoff Johns, uno de los guionistas más importantes de la DC de los últimos lustros, y Gary Frank, el dibujante con el que revitalizó hace años a Superman. En palabras de Chris Terrio, esta exitosa novela gráfica "presenta el relato del Hombre Murciélago como un rito de iniciación; como un misterio de serie negra; es una historia de venganza y de amor, algo metafísico y a la vez mitológico. Es una lectura de mil demonios".


Malaga Hoy

lunes, 28 de septiembre de 2015

Y el cómic se hizo adulto mirando al mar


ÁLVARO PONS 27 SEP 2015



El guionista Juan Díaz Canales (I) y el dibujante Rubén Pellejero, autores de 'Bajo el sol de medianoche' de Corto Maltés. / XAVIER TORRES-BACCHETTA

Durante los primeros años sesenta, intelectuales como Francis Lacassin, Alain Resnais, Alejandro Jodorowsky o Umberto Eco reclamaron desde la revista Giff Wiff, la expresión escrita del Centro de estudios de las literaturas de expresión gráficala necesidad de una mayor atención al cómic, como arte nacido desde la cultura de masas. Las páginas de la revista apostaban por la reivindicación del cómic americano publicado en la prensa de los años treinta y cuarenta, pero también por la oportunidad de aproximarse a nuevos lectores adultos, animando a los autores a usar el cómic como un medio de expresión que podía y debía escapar de su simple consideración infantil.

La llamada fue atendida por autores como los franceses Jean Claude Forest, Guy Pellaert o el italiano Guido Crepax, pero quizás el que mejor supo canalizar todo el argumentario de este grupo fue Hugo Pratt. Nacido cerca de Rimini pero veneciano de adopción, se trasladó con apenas veinte años a Argentina para trabajar en el pujante cómic de aventuras que se realizaba en aquél país, aprendiendo de maestros del dibujo como Solano López o Alberto Breccia y, sobre todo, con guionistas como H.G. Oesterheld o Robin Wood, que estaban entendiendo ese género desde una perspectiva humanista y adulta alejada del canon tradicional de la historieta.

Pratt volvió a Italia con todo ese bagaje para colaborar en Sargento Kirk, una revista que tomaba como cabecera el título de su famosa creación con Oesterheld. Era el mejor lugar para probar a contar sus propias historias a través de un personaje con el que pudiera plasmar su pasión por autores como London, Stevenson o Conrad, su admiración por las tiras de prensa de Milton Caniff o Roy Crane y el humanismo de Oesterheld. Corto Maltés, el marinero sin barco, comenzó su largo periplo por los mares de papel en 1967 con La balada del mar Salado, rompiendo esquemas tanto por su inusitada extensión como por su decidida apuesta por el lector adulto.

Casi instantáneamente, Corto conectó con crítica y público, convirtiéndose en un cómic de culto en el que Pratt iría vertiendo sus pasiones literarias, su vehemente vitalismo viajero y, también, una afición por el esoterismo y el simbolismo que fue poco a poco monopolizando la serie. El personaje que creó era, más que un protagonista activo, un testigo de las historias, un observador tan descreído como romántico que demostraba que aquella reivindicación de un cómic de autor adulto que firmaban los intelectuales franceses e italianos tenía ya nombre y apellido: Corto Maltés.

En su última aventura publicada, Mu, Corto buscaba el continente perdido donde nació la humanidad y, en su página final, el marinero miraba el océano infinito, planteándose proféticamente que, quizás, era el momento de volver a empezar desde cero. Veinte años después, los españoles Rubén Pellejero y Juan Díaz Canales han tomado el guante de esa propuesta con el reto más atrevido que ha conocido el cómic europeo: contar las historias de un personaje convertido en mito de la cultura del siglo XX.


El Pais 27.09.2015

La segunda vida de Corto Maltés


El legendario aventurero de Hugo Pratt regresa de la mano de los españoles Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero, que asumen el desafío de continuar una de las sagas más influyentes del cómic


TEREIXA CONSTENLA Madrid 27 SEP 2015




Ilustración Corto Maltés del dibujante español Rubén Pellejero. / RUBÉN PELLEJERO


El único que podría haber enterrado a Corto Maltés para siempre le dejó en el aire: Hugo Pratt era tan libertario como su mítico marino. En 1988, en una entrevista con este diario, el autor italiano auguraba: “Habrá un final para Corto, pero no pienso hacerlo yo, porque Corto Maltés encontrará otro dibujante que le dé vida”. Veinte años después de la muerte de Pratt, su vaticinio se ha cumplido. El miércoles 30 se publicará en España (Norma), Francia (Casterman) e Italia (Rizzoli) Bajo el sol de medianoche, la primera aventura de Corto Maltés que no firma el padre de la criatura.

Ese otro dibujante se llama Rubén Pellejero (Badalona, 1952), que un buen día recibió la llamada del guionista Juan Díaz Canales (Madrid, 1972) para proponerle uno de esos proyectos que sólo tienen dos salidas: una catástrofe o un triunfo planetario. Retomar a Corto donde Pratt lo dejó. O más exactamente en algún tiempo vacío porque el italiano nunca publicó las historietas con un orden cronológico, desde que creó a su héroe en 1967 en La batalla del mar salado. “Al principio me lo tomé a broma y después le pedí unos días para pensarlo. Soy consciente de lo que simboliza el personaje”, recuerda Pellejero ahora, en vísperas de un lanzamiento de palabras mayores en Francia (150.000 ejemplares). En España se editarán inicialmente 10.000 libros en tres versiones distintas (castellano, catalán y blanco y negro), según el editor de Norma, Luis Martínez.

Autor y personaje en paralelo

Corto Maltés nació en 1967. Hugo Pratt (1927-1995) tenía 40 años cuando creó al personaje que le colocaría en los altares de la historieta. “Nació en un momento muy interesante, un año antes de la revolución de 1968, cuando todo estaba en el aire”, explicaba Pratt en 1982. En el tebeo Corto nace en La Valeta en 1887 de una gitana de Sevilla y un marino de Cornualles. Su última aventura le lleva a buscar la Atlántida.

Biografías comunes. Autor y personaje comparten rasgos de personalidad y vivencias. Pratt vivió en varios países, desempeñó trabajos dispares y tenía unas raíces familiares tan cosmopolitas como las de su elegante pirata, incluida una abuela sefardí que le aficionó a la cábala.

Si Pellejero se pensó dos veces aceptar el reto, Díaz Canales lo tuvo claro desde que Patricia Zanotti, la directora de Cong, la empresa que posee los derechos de Hugo Pratt, le invitó a dar cuerpo literario a una nueva aventura del héroe. “Me pareció que no se podía rechazar. Corto es un viejo amigo. Leerle en mi adolescencia fue una revelación, ha sido el que más me ha influenciado”.

Así que Blacksad, el gato-detective que arrasa en todo el mundo inventado por Díaz Canales y el dibujante Juanjo Guarnido, está en deuda con Corto. El propio Díaz Canales, por su parte, ya sabe lo que significa crear un icono. “No tengo un sentido tan sagrado de los personajes. Corto es ya un clásico, un poco patrimonio de todos. Generación tras generación, habrá autores que lo irán retomando. Renunciar a esto significaría renunciar a personajes como Ulises, Quijote o Batman. Y por otro lado es poner puertas al mar porque al cabo de unos años dejan de estar sujetos a derechos. Incluso en vida de uno empieza a pasar. Blacksad, por ejemplo, ya está en un juego de rol”, reflexiona el guionista, que cumple años el mismo día que saldrá a la calle el nuevo Corto. ¿El mismo Corto? Sí y no. “No me interesaba hacer una copia exacta. Ir por ese camino era subestimar la obra de Pratt. Había que captar la atmósfera y no el detalle”, señala Pellejero, que en cierta manera había honrado a Corto con su propio aventurero, Dieter Lumpen, que nació en 1981 en la revista Cairo con guion de Jorge Zetner y Astiberri recopiló en un volumen integral en 2014.

Corto y Dieter son descreídos con punto romántico, imanes para mujeres y hombres, fumadores irredentos y ociosos en misión permanente. Se sabe de ellos tanto como se ignora. Y ahí, en uno de esos huecos negros, han situado Pellejero y Díaz Canales su primer álbum en común. Año 1915. Corto está en Panamá y acabará en Seattle. Pasará por Alaska, llegará al Círculo Polar Ártico y el oeste de Canadá en pos de una amante de Jack London a la que debe entregar una carta. Será el principio de una segunda vida literaria. Continuará.


El Pais 27 septiembre 2015

domingo, 27 de septiembre de 2015

Guías de viaje a lapicero



Dibujos y anotaciones realizadas por Miguel Gallardo, ilustrador de prensa y autor de libros como María y yo (Astiberri), durante un viaje a Japón.


POR LUISGÉ MARTÍN

Dibujar una ciudad, dibujar un país, dibujar la historia. Eso es lo que hacen un número no pequeño de novelistas gráficos, de ilustradores o de comiqueros, que encuentran en el lápiz, coloreado o no, la mejor forma de narrar la vida de un paisaje. El precursor -o el más aventajado y constante-es el canadiense Guy Delisle, que, siguiendo a su mujer en su trabajo de cooperante de Médicos sin Fronteras, recorrió el exotismo de Shenzhen (China), Pyongyang (Corea del Norte), Birmania y Jerusalén. De todos esos lugares hizo una crónica dibujada, una especie de memorias de su vida allí, y retrató con humor las costumbres locales, el espectáculo urbano y los hechos pintorescos que fue encontrando durante su estancia.

El español Miguel Gallardo, coautor del famoso Makoki y autor de dos novelas gráficas que retratan la vida cotidiana de su hija autista, publicó un pequeño y delicioso librito -con tamaño y aspecto de pasaporte- que lleva por título Tres viajes: TelAviv, Buenos Aires, Turín. En él, a través de viñetas de aire naíf, nos guía por las tres ciudades, por sus tópicos, sus tradiciones, sus monumentos y hasta sus comidas. "Siempre que viajo dibujo, es una costumbre que adquirí en el viaje a Israel. Dibujo en aeropuertos, en trenes, en hoteles, en la calle... Es algo que me proporciona una diversión asegurada". Gallardo cree que los ilustradores tienen unas capacidades especialespara llevar al lector de viaje: "Nosotros escribimos con imágenes, somos buenos observadores. No solo de lo que vemos, sino de lo que oímos, olemos y sentimos, así que para un lector es una buena información de los sitios que van a visitar, información que no es la que sale en las guías ni se ve en las fotos".

Pero hay muchas formas de acercarse a los lugares y de tratar de entenderlos. La novela gráfica también ha entrado fructíferamente en los países en conflicto para tratar de explicar qué es lo que ocurre en ellos y cuáles son las claves fundamentales que hay que descifrar. El primer éxito global fue tal vez Persépolis, de Marjane Satrapi, que fue contando la historia del Irán contemporáneo -y su vida cotidiana real- a través de su propia historia. Joe Sacco ha visitado Gaza y la Yugoslavia en descomposición y nos ha dejado la mirada seca y dolorosa de sus guerras, pero no pintadas a través de los grandes acontecimientos, sino a ras de suelo. Los ojos de las gentes, los recovecos del corazón humano, los contraluces del paisaje. Los novelistas gráficos son dibujantes, pero son también periodistas, historiadores y escritores.

"La historieta es todavía un medio por descubrir", dice Miguel Gallardo. "Un medio muy caliente porque es artesanal y depende mucho del que lo hace. Si viajas a los sitios de conflicto, tienes que arremangarte, meterte en las casas de la gente y, sobre todo, tomar partido". Él nunca ha viajado a una zona propiamente en conflicto, pero ha participado en un proyecto de Oxfam que, bajo el título Viñetas de vida, trata de poner la lupa sobre lugares cuyos problemas permanecen en sordina: Colombia, Nicaragua, Filipinas, Burundi. Él eligió la República Dominicana para contar la mitad que nunca se cuenta en las guías de viaje, la mitad que no tienen resorts ni playas cristalinas. "Tuvimos la oportunidad de ver una parte muy diferente del país, a la que normalmente no tienes acceso a no ser en compañía de locales. La experiencia de hablar con la gente de base y poder oír sus relatos de vida fue un privilegio y una lección".

Dibujar la vida de un lugar. La vida luminosa y la vida oscura. Los monumentos gloriosos y la miseria sórdida. Los paisajes del lapicero.


El Pais Semanal nº 2.035 / 27.09.2015