viernes, 18 de septiembre de 2015

Josef Koudelka


 Josef Koudelka: “Una buena foto es la que no puedes olvidar”

Legendaria figura de la historia de la fotografía en el siglo XX, el checo habla a fondo de su trayectoria con motivo de la retrospectiva que le dedica la Fundación Mapfre.

ANDREA AGUILAR 18 SEP 2015


Josef Koudelka. / ANTOINE D'AGATA / MAGNUM


Una llamada en medio de la noche le despertó. Tal era la agitación de la voz al otro lado del teléfono que Josef Koudelka (Boskovice, actual República Checa, 1938) pensó que su amiga estaba borracha. Cuando comprendió lo que sucedía, agarró su cámara Exakta Varex y se tiró a disparar a las calles. Era agosto de 1968, y los tanques soviéticos ponían un violento fin a las reformas aperturistas que había emprendido Alexander Dubcek durante la Primavera de Praga.

Varias décadas después, el fotógrafo británico Ian Berry recordaba haber visto entonces a un joven temerario que disparaba cara a cara a los tanques, y a la multitud que se plantaba pacíficamente ante ellos. Berry pensó que se trataba de un loco o de un valiente. Y lo cierto es que parte de esa aura aún rodea la legendaria figura de Koudelka: el hombre que durante décadas se escondía bajo las iniciales P. P. (Prague photographer, fotógrafo de Praga), con las que fueron firmadas las instantáneas de aquel 1968 cuando finalmente fueron publicadas en Occidente; y el mismo que como exiliado se paseó por medio mundo con un salvoconducto británico que rezaba "nacionalidad dudosa" (nationality doubtful). La vida nómada que Koudelka eligió desde que abandonó Praga en 1970, su afición a dormir en el suelo —a menudo al raso— y su terca resistencia a aceptar encargos periodísticos o comerciales alimentan el mito de este auténtico romántico, que como escribió Henri Cartier-Bresson, "lo único que tiene es su talento, su cámara y su tozudez".

Pasaron varios meses hasta que aquellas imágenes de la invasión de Praga fueron revelándose. Eugene Ostroff, conservador de la Smithsonian Institution de Washing­ton, consiguió sacar del país unas cuantas copias aquel invierno y se las pasó a Elliott Erwitt, entonces presidente de Magnum. Más adelante convencieron al fotógrafo de que mandara los negativos, las fotos fueron distribuidas por esa agencia en 1969 y se publicaron aquel verano, al cumplirse el primer aniversario de la entrada de los tanques. Koudelka las vio en The Sunday Times Magazine unos meses después en un viaje a Londres y en 1970 abandonó definitivamente Checoslovaquia. Pasó las dos siguientes décadas vagando literalmente por el mundo. En 1971 se incorporó a Magnum, donde sus colegas le apodaron "san Josef" por su "pureza", según Erwitt. En los noventa plantó su base en Praga, pero todavía hoy mantiene una apretada agenda de viajes. Sigue disparando por los países de la cuenca mediterránea en un nuevo proyecto, Ruins, que presentará en París en 2017.

Casi medio siglo después, con el muro caído y Checoslovaquia escindida, la carga emocional de aquellas fotos de Praga se mantiene intacta. Ahí está el impetuoso joven que se abre la chaqueta y ofrece su pecho al soldado armado con una ametralladora montado en un tanque, y el tiempo detenido en un reloj de muñeca con una calle desierta al fondo —la imagen favorita de Bill Brandt por su "carácter surrealista"—. Un par de décadas después, ya instalado de vuelta en Praga recibió otra llamada: al otro lado del teléfono alguien le decía que su mano y su reloj eran los de la fotografía. Solo le creyó cuando su interlocutor le dijo que él a su vez tenía una foto de la muñeca y el reloj del propio  Koudelka. "No es importante si son rusos y checos, es un símbolo de las protestas de un pueblo que quiere libertad y otro que lo oprime. Yo escuchaba esos días la radio rusa y las noticias eran totalmente contrarias a lo estaba pasando; en las calles vi el milagro o la fuerza de la unión de un pueblo", reflexiona mientras pasea por las salas de la Fundación Mapfre, donde trabajaba la semana pasada en la instalación de una gran muestra retrospectiva.



Praga, Agosto de 1968. Las tropas del Pacto de Varsovia invanden Praga.
El reloj de muñeca con el fondo de una avenida vacía es una de las imágenes más icónicas de Koudelka. El británico y también fotógrafo Bill Brandt la seleccionó como su favorita dentro del archivo del Victoria Albert Museum, por su "carácter surrealista". En 1991 cuando regresó a Praga, Koudelka recibió una llamada de alguien que le dijo que la muñeca y el reloj eran suyos. Solo le creyó cuando le aseguró que tenía una foto similar con la muñeca y el reloj del propio Koudelka que le sacó ese mismo día.
JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)

Cabría pensar que aquella llamada en la madrugada de agosto de 1968 arrancó una de las historias más personales y míticas de la fotografía contemporánea, pero el idilio de Koudelka con la cámara y su inconfundible forma de ver y entender el mundo habían arrancado años antes. Como estudiante de ingeniería aeronáutica en los cincuenta se apuntó a un photoclub, empezó a frecuentar círculos artísticos y montó su primera exposición en 1961 en el vestíbulo de un teatro. Koudelka recortaba entonces sus imágenes para entrenar su ojo, las pegaba para crear panorámicas, experimentaba con el medio y publicaba su trabajo en Divadlo, revista vanguardista especializada en teatro. Trabajó con varias compañías disparando entre los actores que representaban obras de Ionesco, Beckett y Jarry; retrató un montaje de El rey Lear de Peter Brook. Finalmente, abandonó su trabajo como ingeniero y se entregó al proyecto de fotografiar a la comunidad gitana, algo que quizá vaticinaba su futuro nómada. Las portadas y los cuadernos de trabajo de aquella época forman parte de la exposición que llega a Madrid, tras su paso por Chicago y Los Ángeles.

El fotógrafo errante pasea recto y enérgico por la sala mientras sus fotos van saliendo de las cajas de embalaje. Viste una camisa militar, vaqueros y una gorra algo desvaída. Le acompaña su hija Lucina, que rueda material para un documental. Koudelka se maneja en seis idiomas, con una expresividad a prueba de acentos, y no renuncia a la exactitud de sus palabras. Desconfía del lenguaje, quizá algo que le quedó de aquella propaganda comunista que escuchó de pequeño, y rara vez concede entrevistas. "Uno tiene una serie limitada de cosas que decir y no me gusta repetirme", explica. La reiterada y paciente búsqueda "del máximo" —ese "dar lo más que puedas, tú, los actores, la situación"—y, una vez que esa meta se ha alcanzado, la no repetición son dos de los principios que han regido su trabajo, una obsesión que le mantiene alerta: ahí se encuentra la clave de sus cambios de objetivo, del gran angular a las cámaras panorámicas que hoy emplea, concretamente un modelo digital especialmente diseñado para él. Y ¿qué opina de la explosión fotográfica en el mundo contemporáneo? "Es algo positivo que la gente pueda visualizar, pero no creo que cualquiera que apriete el disparador sea un fotógrafo, como no es un escritor quien sabe firmar".

De carcajada fácil y sensibilidad cercana, con una particular calidez eslava, el fotógrafo proyecta un aire de férrea resistencia: él no ceja en su empeño de seguir investigando, de plasmar su poesía, siempre a su manera, en blanco y negro. Sigue sin llevar teléfono —"una libertad"— y sigue rechazando propuestas, la última una invitación a participar en una colectiva en el Barbican —"me llaman Mr. No"—. Pero él resta importancia al aire romántico que rodea su trayectoria: "Dormir en el suelo no es una condición para tirar buenas fotos, duermes así porque haces un determinado tipo de foto; pasé años fotografiando a gente que tenía menos dinero que yo, pero vivían mejor. Era mi decisión, no he hecho sacrificios sino simplemente lo que quería hacer". ¿Aún duerme en la sede de Magnum en París, como cuenta la leyenda? Dice que sí, la última vez la semana pasada, y alega que es cómodo tener ahí mismo la oficina. Por si faltara alguna prueba, el catálogo de la exposición en Mapfre se abre con un mapa de las constelaciones que marcó a lo largo de 2010 en sus viajes.

Cuando accede a dar una entrevista, Koudelka se aplica a la tarea con meticulosa precisión y entrega. Esta charla se celebra a lo largo de tres días y en cada encuentro suma capas a la estampa. Uno de los lemas que le gusta repetir: lo que se hace con tiempo, el tiempo lo respeta.



Francia, 1976.
"El viaje es una pregunta constante, descubrir quién eres se vuelve más fácil, es una cuestión de higiene mental", explica Koudelka. Él pasó 17 años vagando literalmente por el mundo y aún mantiene una apretada agenda de viajes. "No he hecho sacrificios, sino simplemente lo que quería hacer".

JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)

PREGUNTA. Trabaja de forma exhaustiva la composición de sus libros. ¿Ocurre lo mismo con las exposiciones?

RESPUESTA. Hay que olvidarse del ego y trabajar con el espacio, cada lugar es distinto. He montado hasta cinco retrospectivas de mi obra, y esta es la primera que hago con un comisario, Matthew Witkovsky. Vi un catálogo de una exposición que él montó de fotografía centroeuropea de entreguerras y pensé, ¡al fin un americano que sabe algo de Europa! Le propuse colaborar en algo.

P. Ni encargos periodísticos, ni trabajos publicitarios, lo cierto es que siempre ha evitado trabajar con o para otros. ¿Qué tal le ha ido esta vez?

R. Una vez en el MOMA, John Szarkowski [director del departamento de fotografía durante 30 años] me dijo que el artista tiene un gran ego, pero que el comisario tiene uno aún mayor. Con un comisario tienes que aceptar que tiene ideas distintas, pueden ser buenas o malas, pero son suyas. Yo sabía que el trabajo de Witkovsky tenía calidad y he aprendido mucho. Si yo monto una exposición trato de usar las fotos para contar algo. Al comisario le interesaba más el propio medio fotográfico, los cambios, la evolución. Se van poniendo a prueba las ideas, como el orden cronológico y verificas que no funciona. Y tanto los comisarios como los coleccionistas se vuelven locos con las copias vintage, pero a veces estas no son las mejores reproducciones, aunque evidentemente tienen valor histórico.


P. ¿Y qué es una buena foto?

R. Me gustan muy pocas. Para mí se trata de una imagen que cuando la ves no la puedes olvidar, que permite que quienes la miren inventen diferentes historias, que los espectadores proyecten. No se trata de reportajes, sino de una única imagen que se te queda dentro. Tampoco creo que haya grandes fotógrafos sino grandes fotografías, que son un tipo de milagro, algo que ocurre muy pocas veces.

P. ¿Por eso se mantuvo lejos del foto­pe­rio­dismo?

R. Cuando le mostré mis fotos de los gitanos a Cartier-Bresson me dijo que tenía ojo de pintor, pero me advirtió que podía perderlo y que no debía ni tocar el fotoperiodismo. Él tuvo una enorme importancia, aunque no me influyó fotográficamente, me enseñó la ética de la vida y de la fotografía. Cuándo decir sí y no. Su libro El momento decisivo no era mi biblia, como les pasaba a otros. El propio Bresson me pidió que eligiera las que me gustaban y elaboré una lista que aún tengo guardada.


Koudelka ha llevado un estricto diario y concienzudas notas que ahora le permiten precisar su historia sin tener que fiarse de la traicionera memoria. A su gran amigo Cartier-Bresson le conoció en Londres al poco de llegar como exiliado, cuando acampaba en el estudio del galés David Hurn. Tras la inauguración de la primera galería de fotografía de la ciudad con la exposición Concerned Photographers, montada por Cornell Capa, Koudelka fue a la cena organizada en un restaurante de moda, al que no le dejaban entrar. El francés acabó por salir y enfrentarse al portero. Fue la primera de las muchas veces que dio la cara por él; cuando unos y otros trataban de que aceptara encargos comerciales. Meses después Koudelka le visitó en París y le mostró su trabajo de los gitanos, Cartier-Bresson se quedó con dos copias —que siempre tuvo colgadas en la pared de su apartamento— y le presentó al editor Delpire. "Los fotógrafos viajamos mucho y pasas largas temporadas sin verte, pero siento su pérdida cuando quiero comprar una postal para mandársela", dice Koudelka.

P. La pintura tuvo gran influencia en Cartier-Bresson. ¿También en su caso?

R. Él llegó a la fotografía a través de la pintura, y lo mío fue al contrario. Realmente descubrí la pintura en Granada, en 1971, cuando visité la capilla real y vi a los primitivos flamencos; Membling me pareció lo más. Luego descubrí a muchos otros pintores. Esta semana nada más llegar fui al Prado a ver El jardín de las delicias, uno de mis favoritos. El arte tiene que ver con la emoción y con nada más.

Koudelka habla con cariño de aquel primer viaje a España —la única vez que probó a disparar en color— y de sus muchos amigos españoles, entre otros el general Lister. Cuenta que este país fue el primero en el que se metió a fondo: en Barcelona tomó un curso de español, en Castellón durmió en una plaza junto a una fuente, y en sucesivos viajes por las fiestas populares coincidía siempre con Fernando Herráez, con quien trabó una gran amistad —"nos llamábamos peregrino número uno y peregrino número dos"—, y con Cristina García Rodero. Desde el principio tenía claro que no quería documentar las romerías. Algunas de aquellas fotos que tomó en España se incorporaron a su serie Exilios, resultado de su vida sin residencia fija durante 17 años. Koudelka reconoce que aunque hay algo que le atrae especialmente de España —"la gente disfruta de la vida y se da por hecho que hay que comportarse"—, Italia influyó más en su gusto. Se define como un producto de los países que ha visitado y la gente que ha conocido, pero sus raíces, afirma con determinación, son centroeuropeas.


Dicen que Centroeuropa es el lugar donde al pedir un café siempre te traen un vaso de agua, y Koudelka pide eso mismo en el Café Gijón. Cuenta que en un pueblo del sur de España es dónde encontró la música que más le emociona, la que le remite a aquella que escuchó de joven. También apunta que no descarta reunir sus fotos españolas en un libro. Pero por el momento ahora prefiere seguir volcado en nuevas fotos y nuevos viajes, no en el pasado. "Si siempre viajas no permites que la gente te encasille, al final acaban por aceptarte. Tienes que entender qué eres, qué puedes hacer y en qué eres mejor que los otros. El viaje es una pregunta constante, descubrir quién eres se vuelve más fácil, es una cuestión de higiene mental".

Hay una franca simplicidad en sus palabras cuando afirma que la falta de libertad política en la que creció iba acompañada de una falta de libertad para hacer dinero y que esto los empujó a hacer lo que de verdad deseaban hacer. Marchó al otro lado del telón de acero, pero aplicó un principio de libertad que desbordó los márgenes. "El exilio te destruye, pero si no es así te hace más fuerte. Te llevas dos regalos. El primero es que debes construir tu vida completamente de nuevo, y el segundo es que si tienes oportunidad de regresar a tu país los ves con ojos distintos", dice, recordando el prólogo que Vaclav Havel hizo a su libro.

P. ¿Cómo empezó su proyecto de los gitanos? ¿Fue un gesto de disidencia política?



Eslovaquia, Jarabina.,1963. Reconstrucción de un homicidio. En primer plano un joven gitano sospechoso de ser culpable.
A pesar de que expuso por primera vez las fotos de la serie de las comunidades gitanas en 1967, y preparó una maqueta para la edición de un libro. No fue hasta casi una década después cuando finalmente salió el volumen de fotografías publicado en Francia por Delpire y en EE. UU. por Aperture. Lunwerg editó la versión española.
 
JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)


R. En mi pueblo no había ni gitanos ni judíos, llegué a ellos a través de la música folclórica y creo que fue la música lo que me hizo seguir. Empecé a fotografiarlos y también usaba una grabadora, veían mi interés. Pero mi trabajo no era documental, los gitanos no son solo como se ven en mis fotos, esa es mi proyección. Lo que sí tenía claro es que no quería perjudicarlos. Ellos no estaban en el sistema, pero tampoco en la lucha por la libertad, peleaban por sobrevivir. ¡No imaginas la cantidad de animales en mal estado que comí! Ahora no podría hacer esas fotos, pero entonces tampoco podía hacer lo que hago ahora.

P. Ya no hay gente en sus fotos.

R. Nunca he hecho foto de “gente”, sino de aquellos que tenían que ver conmigo. Creo que lo más importante es hacer fotos y no preocuparme del pasado. Quiero mantener una coherencia, continuar cuan lejos pueda ir, hasta el fin.

Koudelka ha terminado su café y su agua. Antes de concluir esta tercera cita muestra, con cierto orgullo y a modo de confidencia, el calendario que se expande por dos folios y está minuciosamente ordenado por colores y anotado a mano. Allí tiene planificados sus viajes en los próximos meses. Lo guarda en su bolsa de tela, cierra la cremallera y enfila calle arriba.


La maqueta perdida

A. A.
Praga 1967, Josef Koudelka presenta una exposición de sus fotos de la comunidad gitana checa. Al año siguiente preparó una primera maqueta para un libro, y mientras, seguía sacando más fotos, esta vez en Rumania. Dos días después de regresar del viaje estalló la invasión soviética, y la maqueta que la editorial Nová Fronta quería presentar en Fráncfort se quedó en sus manos. En 1969 la mandó a Magnum y la revista Life quiso publicar algunas de esas fotos. Cuando Koudelka salió definitivamente de Checoslovaquia, en 1970 se había perdido el rastro de aquel borrador de libro: nunca llegó de vuelta a París. Con el editor francés Robert Delpire, Koudelka trabajó en una nueva maqueta, y llegaron a tener hasta 23 versiones. Gitans: La fin de voyage salió en 1977 simultáneamente también en EE UU bajo el sello de Aperture. Se ha publicado en siete países incluido España (Lunwerg), pero Koudelka aún se pregunta por la maqueta original, aunque no le cabe duda de que algún día, como la maleta de Capa, aparecerá.


Josef Koudelka. Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 29 de noviembre. El 19 de noviembre Koudelka ofrecerá una charla abierta al público a las 19.30.



 Francia, Hauts-de-Seine, Parque de Sceaux, 1987.
Al bandonar Checoslovaquia en 1970, Josef Koudelka emprendió un largo exilio y estuvo 16 años sin una residencia fija, vagando por el mundo. Fruto de todo aquello fue su libro 'Exilios', en el que presentó su particular viaje personal e inevitablemente fotográfico.
JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)


 República Checa, Moravia, Olomouc, 1968, Carnaval.
Nacido en un pequeño pueblo de la región de Moravia, Koudelka marchó a Praga para estudiar a los 14 años. "Allí a través de un amigo descubrí la Rolliflex y vi una ampliadora", recuerda. Su primera cámara de fotos la había comprado cuando aún vivía en su pueblo, después de ver la que tenía el panadero.

JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)


Irlanda, Peregrinación Croagh Patrick, 1972.
Gracias a su proyecto sobre los gitanos, Koudelka logró un permiso para fotografiar a comunidades romaníes por toda Europa y pudo salir de Checoslovaquia en 1970. No regresaría a Praga hasta después de la caída del telón de acero. Durante años peregrinó por Europa acampando con comunidades gitanas. "No trataba de documentar, los gitanos no son sólo lo que muestran mis fotos, eso es mi proyección, como yo quería verlo", explica.
JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)


 Rumanía, 1968.
Cuando arrancó con el proyecto de fotografíar a las comunidades gitanas en 1961 Koudelka aún trabajaba como ingeniero aeronáutico, pero acabó por dejar este empleo. En 1967 expuso por primera vez 'Gitanos' en el hall de un teatro en Praga y al año siguiente, en vísperas de la invasión soviética, viajó a Rumanía para expandir el proyecto.

JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)



 Checoslovaquia, Straznice, 1966. Festival de música gitana.
Dice Koudelka que fue la música lo que le llevó hasta la comunidad gitana y el motivo por el que siguió adelante fotografiando a este grupo durante varias décadas. "En mi pueblo no había gitanos, ni judíos, no crecí con ellos", explica. En un festival de música folclórica conoció a un grupo, empezó a dispararles fotos y a pasar tiempo con ellos. Siempre llevaba además una grabadora.


 Eslovaquia, Jarabina en 1963.
Casi por casualidad Josef Koudelka acabó comprando una cámara de gran angular de la que quería desprenderse una viuda. Era uno de los pocos equipos de estas características que había en el país, y con él sacó las fotos de su serie sobre las comunidades de gitanos en Centroeuropa. El empleo de este objetivo le permitió ampliar el espacio de sus imágenes que por momentos parecen escenarios.
JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTCATO)


 Praga, agosto 1968. Invasión de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia. En las proximidades de la estación central de radio.
Dos días después de su regreso a Praga procedente de Rumanía, donde Koudelka estuvo tomando fotos para su proyecto sobre los gitanos en Centroeuropa, los tanques soviéticos entraron en la capital checa. Algunas de las fotos que sacó de la resistencia civil ante los soldados fueron distribuidas por la Agencia Magnum y publicadas en 1969 al cumplirse el primer aniversario, pero aparecían firmadas con las siglas P.P (Prague Photographer o fotógrafo de Praga) por temor a las represalias. En 1991 un semanario checo finalmente las publicó en el país donde fueron disparadas.
JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)


 Praga, agosto 1968. Los tanques del Pacto de Varsovia entran en Praga.
El 21 de agosto de 1968 los tanques soviéticos que entraron en Praga pusieron fin al proceso de reformas emprendido aquella primavera por Alexander Dubcek. Entre los cerca de 200.000 soldados que entraron en la ciudad había tropas de la URRS, Polonia, Bulgaria, RDA y Hungría. Desde que sacó las fotos de la invasión soviética en 1968 Koudelka se ha mantenido alejado del fotoperiodismo.
JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)


 Checoslovaquia. Kladno, 1966.
Cuando Josef Koudelka le enseñó a Henri Cartier-Bresson su trabajo sobre los gitanos, pocos después de haberle conocido, el francés se quedó con dos de las fotos que siempre estuvieron colgadas en su apartamento de París. Fue en aquel encuentro cuando el Cartier-Bresson le advirtió a Koudelka que aunque tenía ojo de pintor, podía perderlo.
JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)


 El suburbio palestino Al 'Eizariya separado del Jerusalén Este por el muro.
El libro más reciente de Josef Koudelka, 'Wall' (Aperture) recoge las fotografías panorámicas que tomó de 2008 a 2012 en Jerusalén Este, Hebrón, Ramallah, Belén y varios asentamientos israelíes ubicados junto al muro que separa Israel y Palestina. El fotógrafo explica que se centró en el "crimen contra el paisaje" que representa este muro en una tierra que es santa para gran parte de la humanidad. "Tengo plena conciencia de todo lo malo que ocurre allí y sé que hay cosas más graves que los crímenes contra paisaje, pero hay otra mucha gente retratando eso y lo hacen muy bien", explica. Sus fotografías se engloban dentro de un proyecto más amplio titulado 'This Place' (Este sitio) promovido por Frédéric Brenner, en le que participaron 12 fotógrafos.
JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)







Amman, Jordania.
En 2017 Koudelka presentará en París 'Ruins' una exposición y un libro que reunirán las fotografías que desde 1991 ha sacado en todos los países de la cuenca del Meditarráneo. Ha visitado cada país al menos dos veces y en algunos casos ha realizado hasta cinco viajes. Desde hace más de una década Koudelka trabaja con una cámara panorámica y más recientemente empezó a emplear un modelo digital especialmente diseñado para él. "La técnica que uno emplea influye", explica, antes de señalar que desde los años sesenta cuando sacaba imágenes 6x6 las recortaba y pegaba para tener crear panorámicas.





JOSEF KOUDELKA (MAGNUM / CONTACTO)


El Pais

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Dobles parejas

Planeta enfrenta a Groo y Conan y a Grendel contra La Sombra, personajes icónicos del cómic estadounidense y, a priori, poco posibles.

JAVIER FERNÁNDEZ


GROO VS. CONAN. Varios autores. Planeta. 112 páginas. 14,95 euros.

Entre las novedades de Planeta, destacan dos esperados encuentros entre algunos de los personajes más icónicos del cómic estadounidense. El primero de ellos es Groo vs. Conan, la imposible reunión del bárbaro creado hace ocho décadas por el literato Robert E. Howard y la parodia de este, nacida de la imaginación de Sergio Aragonés en 1982. Como reza la contraportada: "Dos hombres… tres espadas… ¡un solo cerebro! Vale, puede que cerebro y medio, pero siendo generosos. Conan es el guerrero intrépido que todos admiran. Groo es el guerrero inútil que nadie admira. Solo en el extraño cerebro de Sergio Aragonés podrían cruzarse el camino de estos dos guerrero tan dispares".

Supongo que la idea de enfrentar al serio y circunspecto Conan con el desastroso Groo rompe, a priori, todas las reglas de la continuidad y el buen gusto, pero es también una especie de conclusión lógica, una estampa inevitable, que ha rondado la imaginación de los lectores durante años. En su larga estancia en el catálogo de Marvel, al pobre de Conan lo hicieron compartir viñetas con Thor, el Capitán América o Lobezno, o sea que el cimerio ya está acostumbrado a mear fuera del tiesto. La diferencia entre aquellos nefandos team-ups y este que nos ocupa reside en el talento de Aragonés, capaz de convertir cualquier delirio en un tebeo hilarante. Como es habitual en los tebeos de Groo, Mark Evanier participa en el guión (y protagoniza, con Aragonés, las escenas ambientadas en la actualidad), en tanto que la figura de Conan y los personajes y situaciones realistas, que coexisten en la obra con otros paródicos, son debidos a un estupendo Thomas Yeates. Groo vs. Conan compila en un solo tomo los cuatro números de la miniserie editada en inglés por Dark Horse, una jocosa celebración que recomiendo a todos los aficionados a cualquiera de estos dos peculiares bárbaros, así como a todo aquel que tenga ganas de echarse unas risas.








El segundo encuentro entre personajes de distintos universos es Grendel vs. La Sombra, escrito y dibujado, cómo no, por Matt Wagner. No hay nada chirriante en esta ocasión, pues las trayectorias del antihéroe (Grendel, en su versión primera) y el justiciero (la Sombra) pueden enmarcarse de algún modo en el género negro, y ambos poseen un tono similar. La Sombra es uno de los muchos vigilantes nacidos en la era pulp, uno de los más ilustres precedentes de los superhéroes, y ha conocido numerosas interpretaciones en viñetas, desde la muy respetuosa de Dennis O'Neil y Mike Kaluta hasta la controvertida, y genial, del iconoclasta Howard Chaykin. Grendel, por su parte, es un villano posmoderno que subvierte los tópicos del género de superhéroes para componer una serie inclasificable y fascinante. Wagner condujo las riendas de Grendel durante sus primeros años y no ha dejado de volver a su creación en proyectos especiales como esta miniserie de tres números, editada por Planeta en un libro recopilatorio. Una vez más, el trabajo de Wagner es ejemplar, y Grendel vs. La Sombra resulta un tebeo delicioso.


Malaga Hoy


Monstruos británicos

JAVIER FERNÁNDEZ





LA SAGA DE LOS BOJEFFRIES. ALAN MOORE, STEVE PARKHOUSE. Planeta. 96 páginas. 14,95 euros.

Publicada originalmente entre 1983 y 1991, en revistas como Warrior, Dalgoda y A1, La saga de los Bojeffries es una divertida gamberrada del siempre reseñable Alan Moore y el dibujante Steve Parkhouse. Se trata de un conjunto de historietas cortas que versan sobre la vida cotidiana de una familia británica poco común, compuesta por monstruos variopintos, entre los que no faltan un hombre lobo, un vampiro y hasta un bebé radiactivo. En palabras del especialista J. J. Vargas, extraídas de su libro Alan Moore. La autopsia del héroe (Dolmen, 2010): "The Bojeffries Saga es a la producción de Moore lo que ¿Pero quién mató a Harry? es a la filmografía de Hitchcock: un pequeño descanso o lujo personal, no del gusto de la mayoría, pero que indudablemente conecta a la perfección con una sensibilidad muy específica, ejemplificada con claridad en las obras de Brian Graham, Pierre Henri Cami o nuestro Wenceslao Fernández Flórez, y con una tradición de humor negro difícilmente exportable más allá del continente europeo". Los monstruos de Moore y Parkhouse se adaptan a la sociedad en la que viven y, en el contraste entre ellos y las personas aparentemente normales que les rodean, surge el humor y la sátira: "racismo, xenofobia, insolidaridad, desinformación sexual, ridículas costumbres seculares y otras miserias de la clase media británica se dan cita en el día a día retratado en estas páginas, apuntando siempre a la inquietante duda acerca de quién es en realidad el monstruo". El volumen de Planeta recupera al completo esta desopilante serie, para disfrute de los numerosos aficionados a la obra de Moore. Tal como señala el propio Parkhouse en su prólogo, el libro compila "desde los comienzos garabateados a bolígrafo, en las páginas de Warrior, hasta las imágenes puestas a punto digitalmente para esta edición". De modo que es la ocasión perfecta para asomarse a un lado menos conocido, pero no menos idiosincrático, de uno de los mejores guionistas que ha dado la historia del cómic.


Malaga Hoy


Un viaje peligroso

JAVIER FERNÁNDEZ




EN LOS CONFINES DEL MUNDO. VV. AA. Yermo. 96 páginas. 24€.

Jaques Malaterre, Jean-François Henry, Herve Richez y Olivier Frazier firman En los confines del mundo, el magnífico recuento de la célebre odisea de Ernest Shackleton y sus hombres publicado por Yermo Ediciones. El sueño, la obsesión de Shackleton era ser el primer hombre en cruzar la Antártida, y su increíble hazaña ha quedado en los anales de los logros recientes de la humanidad. Pero no fue fácil, como ya adelantaba el propio anuncio publicado en el periódico para reclutar a los integrantes de la expedición: "se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo exiguo, frío intenso y días de absoluta oscuridad. No se asegura su regreso con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito". El álbum de Yermo es una gozada, una más de un catálogo de historietas hermosas y apasionantes, ideales para los amantes de la aventura en estado puro.


Malaga Hoy


La vida en el mar

JAVIER FERNÁNDEZ





BELEM. Jean-Yves Delitte Yermo. 192 páginas. 40 euros.

El género marítimo ha dado estupendos cómics, especialmente en lo que a la historieta franco belga se refiere (Los pasajeros del viento, de François Bourgeon queda como uno de los hitos recientes de este género). A la larga lista de títulos imprescindibles, se suma ahora Belem, recopilación en un solo volumen de los cuatro álbumes realizados por Jean-Yves Delitte, dibujante excepcional y especialista en el tema. Belem narra los viajes del barco homónimo, declarado en su día monumento nacional de Francia, y es un compendio de las experiencias de la vida en el mar. Batallas navales, motines, experiencias al límite y paisajes de ensueño se dan cita en esta espectacular descripción de la lucha del hombre contra los elementos.


Malaga Hoy

martes, 15 de septiembre de 2015

Los Heroes del Progreso




No hay datos sobre el autor o autores de los grabados en el libro. Como de costumbre, ilustrar un libro parece un simple anexo, o algo para recrear la vista.

















sábado, 12 de septiembre de 2015

Dibujos, bocetos, ect, ect...



El lápiz azul, me gusta más que el rojo, cuestión de gustos. Lo interesante sería acabarlos, ya saben, tinta, y si se tercia hasta color. Las imágenes proceden de Pinterest, una curiosa página que aglutina imágenes de todo tipo. En este caso, animación.













jueves, 10 de septiembre de 2015

Doblando la apuesta

ECC recupera 'El artefacto perverso', obra de Felipe Hernández Cava y Federico del Barrio premiada en el Salón del Cómic de Barcelona de 1997.

JAVIER FERNÁNDEZ






EL ARTEFACTO PERVERSO. Felipe Hernández Cava, Federico del Barrio. ECC. 64 páginas. 10,95 euros.

La editorial ECC publica en nuestro idioma el fondo de DC, esto es, los cómics de Superman, Batman y compañía, pero ya hace tiempo que viene conformando también un catálogo con buenos títulos provenientes de otros mercados. Como ejemplo de la calidad de su selección de novedades en lo que a tebeos europeos se refiere, les recomiendo hoy la lectura de dos álbumes imprescindibles.

El primero de ellos es El artefacto perverso, esa maravilla de Felipe Hernández Cava y Federico del Barrio que obtuvo los premios a la Mejor Obra y al Mejor Guion en el Salón del Cómic de Barcelona de 1997. El cómic fue serializado en su día en la extinta revista Top Cómics y, posteriormente, recopilado en libro por Planeta, pero llevaba ya demasiado tiempo agotado, y es una excelente noticia que vuelva a estar disponible para los lectores. La presente edición está encuadernada en cartoné y dispone de una nueva y bella portada de Del Barrio. En palabras del propio Cava: "El artefacto perverso es una suerte de homenaje a muchos de aquellos historietistas de la posguerra, a los que su filiación republicana les apartó de sus inquietudes profesionales y les condujo a encontrar un refugio laboral en este medio de comunicación popular". Y es que el protagonista de esta novela gráfica, Enrique Montero, es un antiguo maestro del bando republicano al que, ya perdida la guerra, le está prohibido dar clase. Montero trata de ganarse la vida dibujando tebeos, y el tema sirve a los autores para establecer distintos niveles de lectura, el de las escenas cotidianas del dibujante (que se verá envuelto en una trama que mezcla política y género negro) y el de los propios cómics que dibuja. Hay más alardes narrativos, como los recuerdos de diversos personajes, que Del Barrio traduce en distintos estilos gráficos, siempre con una elegancia y una fuerza fuera de lo común. Todos estos elementos funcionan a en el sutil mecanismo de El artefacto perverso, y no es exagerado considerar a la obra como una de las cimas del tebeo español.

También excepcional es Ideas negras, la compilación integral de tiras cómicas de André Franquin, uno de los nombres propios de la bande dessinée. Son páginas autoconclusivas publicadas entre 1977 y 1983 en el suplemento Le Trombone ilustré y en la revista Fluide Glacial, y todas y cada una de ellas destilan auténtica maestría. El célebre autor de Spirou hace gala de un humor negrísimo, potenciado por el espectacular uso de la tinta, que no deja de asombrar en ningún momento. Dice Sacha Guitry en la cita que precede al volumen que "cuando, después de leer un página de Ideas negras de Franquin, uno cierra los ojos, sigue viendo la oscuridad de Franquin". Así es, el artista belga logra enraizarse en el lector, al que deja literalmente congelado en una sonrisa. Lo cierto es que hubiese deseado una edición de mayor tamaño para poder apreciar mejor el detallismo y la sofisticación de los dibujos de Franquin, pero, hoy por hoy, me conformo con que Ideas negras hay regresado a las librerías. Es una auténtica joya. 

El 'Hellblazer' de Azzarello


JAVIER FERNÁNDEZ 



HELLBLAZER DE BRIAN AZZARELLO. Brian Azzarello y otros. ECC. 696 páginas. 45 euros.

Tras largas y memorables temporadas a cargo de los guionistas Jamie Delano, Garth Ennis, Paul Jenkins y Warren Ellis (tres británicos y un norirlandés), la serie de Hellblazer recayó en el estadounidense Brian Azzarello. Conocido por su magnífico trabajo en 100 Balas, Azzarello firmó una etapa muy personal, con el investigador de lo oculto John Constantine condenado primero en un presidio y luego embarcado en un alucinante viaje por la geografía de unos Estados Unidos repletos de asesinos, leyendas macabras y brujería. Su intervención contó con los dibujos del gran Richard Corben, al que siguieron dibujantes tan notables como Steve Dillon o Guy Davis. Este grueso y controvertido tomo contiene los números 146 a 174 de Hellblazer (2000-2002), que funcionan como una sola y larguísima historieta, más páginas del 250 y del Vertigo Secret Files: Hellblazer.


Malaga Hoy

Alquimia visual


JAVIER FERNÁNDEZ



GRANDES AUTORES DE VERTIGO: DAVE MCKEAN. Neil Gaiman, Grant Morrison, Dave McKean. ECC. 120 páginas. 13,95 euros.

El ilustrador, fotógrafo y dibujante de cómics Dave McKean saltó a la fama en 1987, en una época en la que otros visionarios como Bill Sienkiewicz, John J. Muth o Kent Williams estaban revolucionando el panorama de la historieta estadounidense con sus técnicas pictóricas y sus experimentos gráficos.

McKean se sumó desde el inicio a la tendencia, con trabajos tan impactantes como la novela gráfica Violent Cases (1987) o la miniserie de Black Orchid (1988), ambas con guiones de Neil Gaiman, aunque seguramente fuera la atmosférica Arkham Asylum (1989), un delirio de la franquicia de Batman escrito por Grant Morrison, lo que terminó de situarlo en el mapa. Ese mismo año, cuando Gaiman comenzó su obra maestra Sandman, McKean fue el elegido para ilustrar las cubiertas. El resto es historia.

La nueva colección de ECC Grandes autores de Vertigo rinde homenaje a un artista poliédrico y genial, cuyo trabajo (con el permiso de Brian Bolland) ha servido para definir la estética del sello más prestigioso del tebeo estadounidense de los 90. Van compiladas aquí un puñado de historietas, todas muy hermosas, junto con las portadas de diversos tomos recopilatorios. Los cómics en cuestión son: Abrázame (Hellblazer 27, 1990), uno de los más celebrados de los realizados con Gaiman; El mago (Hellblazer 40, 1991), con guion de Jamie Delano; Un vaso de agua (Fast Forward 1, 1992), una interesante rareza de Morrison; Muerte habla sobra la vida (The Sandman 46, 1993), de nuevo con Gaiman, en el que Muerte explica a los lectores las ventajas del sexo seguro; y otros dos piezas cortas también escritas por Gaiman: La última historia de Sandman (Dust Covers: The Collected Sandman Covers, 1997) y Un pez fuera del agua (Dream States, 2014). La selección da muestra de la amplitud de registros de McKean, que emplea todo tipo de técnicas, desde la simple tinta hasta la fotografía pintada y manipulada digitalmente, y es una lectura tan estimulante en lo gráfico como en lo literario. Un verdadero regalo para los amantes del cómic.


Malaga Hoy


martes, 8 de septiembre de 2015

Una española en el universo Marvel


Natacha Bustos entra en la mayor editorial de comics de EE UU, donde dibujará ‘Devil Dinosaur and Moon Girl’, las aventuras de una niña afroamericana y un tiranosauro

ENEKO RUIZ JIMÉNEZ Madrid 6 SEP 2015 

La Furiosa de Charlize Theron, protagonista del film, ha sido uno de sus últimos homenajes antes de fichar por Marvel

Marvel tiene nueva dibujante en la oficina. En un par de semanas, Natacha Bustos (Ibiza, 1981) comenzará a entregar páginas a la mayor editorial de comics de Estados Unidos, pero su mesa de dibujo no está en la clásica sede neoyorquina, sino a 6.000 kilómetros, en un estudio barcelonés que es también su casa. A partir de noviembre iniciará Devil Dinosaur and Moon Girl—su primera experiencia con una serie mensual—, las aventuras de un T-Rex rojo y una niña afroamericana, un título que mezcla la moda de los dinosaurios con la diversidad racial. “Este año puede ser la primera vez que diga que vivo del tebeo. Hasta ahora he sido mercenaria”.

Natural de la isla balear, aunque con un acento malagueño que delata su infancia en Torremolinos, Bustos, de madre afrobrasileña y padre chileno, no tiene un estilo claramente superheroico, sino heredado del manga. “Mi origen es diverso, como gusta allí”, contesta por teléfono.


 
Autorretrato de Natacha Bustos.

Devil Dinosaur and Moon Girl reinventa dos de los personajes más extraños de Jack Kirby, rey de superhéroes y creador de Iron Man o 4 Fantásticos. Su Moon-Boy es hoy una niña negra. Otro intento de Marvel de expandir audiencia. “Hay demanda social global. Puede ser corrección política pero debemos olvidar la raza y centrarnos en la historieta. Son pasos necesarios para llegar a una minoría poco representada. No debería ser cosa de este es negro y este chino”, defiende la dibujante.

Bustos es consciente de que Internet ataca dichos cambios, y que el fan “a veces es conservador”, pero la respuesta que ha recibido también ha sido acogedora. “Hay una necesidad de referentes”, asegura. Solo una semana después de la presentación, le llegaron fotos de niñas negras vestidas de la protagonista, diseñada por la escritora Amy Reeder: “No podía rechazar un personaje como yo. Era personal. Es una nerd, gordita y lejos de estereotipos”, defiende.


La dibujante Natacha bustos. / IVÁN BAYO (EL PAÍS)

A Bustos le tocará dibujar, además, dinosaurios, lo que parece el sueño de todo niño. Repasando los cajones de su infancia ha descubierto, sin embargo, que no era el suyo. “Con nueve años mi hermano dibujaba mucho mejor: Tortugas Ninja, Mario... Yo hacía princesas. Es síntoma de la sociedad. Te influye lo que crees que tienes que ver. Los dinosaurios eran de chicos, una estupidez. Es guay dibujar seres raros”, recuerda. Esos referentes cambiaron cuando con 13 años descubrió el manga. “El primero que leí me volvió loca”. Ahora unas maquetas de tiranosaurios y velociraptores reposan sobre su mesa.
Lo que sí tiene claro es que siempre quiso dibujar: “Intentaba contar comics, pero no sabía lo que eran. A Torremolinos llegaban dos astérix y uno japonés”. Después de probar con diseño gráfico, animación (donde todavía trabaja) e incluso estudios de aparejador, el momento decisivo llegó hace 10 años con Chernóbil, de Francisco Sánchez, que dibujó “mientras cobraba el paro”. El lanzamiento coincidió con la crisis de Fukushima, lo que les sirvió —“maldita casualidad”— para venderlo al extranjero. “Fue Lost in traslation, hablando con periodistas y editores en Japón. Aunque no era mi cómic, me permitió entrar en el mundillo”. ¿Y hay camaradería? La dibujante cree que sí: “Hay muy buen rollo. Me he hecho mi grupito: los pintamonas. Es una profesión agradecida, donde nos respetamos porque sabemos que es muy duro, dibujes donde dibujes”.

Así fue adentrándose en otros mercados. “Internet es básico para mostrarte”. En marzo hizo un especial en DC con el guionista de Devil Dinosaur, Brandon Montclare, que le recomendó a Marvel. Javier Rodríguez, con quien colaboró en Francia, enseñó también sus bocetos para que firmara un número de Spiderwoman. “Es mi Obi-wan. Cuando te ven, existes, y otros te llaman”.

Y, aunque es la última de una larga lista de españoles en saltar a Estados Unidos, Bustos es solo la segunda mujer española, tras Emma Ríos, en trabajar en Marvel. Autores como Emma Ríos utilizaron su lanzamiento en Marvel para luego hacer lo que querían en el independiente. Bustos no lo ve mal. “Cuando tienes tu público vas donde te dejan crear cosas nuevas, tuyas y con libertad. Aunque a mí también me gusta hacer otros personajes. Emma es una artista que hará historia por su manera de contar historias propias. Es un referente”.

Sobre la minoría de mujeres en esta industria, Bustos le resta importancia (en junio eran el 13% de Marvel). “Llama la atención porque somos pocas, pero en España no me han tratado de menos”, defiende. En EE UU, aun así, ya han comenzado a clasificarla por su color de piel: “Estoy en listas de dibujantes afroamericanas y me llaman para entrevistarme. Sin embargo, me siento incapaz de hablar por un colectivo, no soy parte de la comunidad. No quiero meterme en temas políticos y personales”.
De momento desea ponerse a trabajar. “Motiva pero hay mucha anticipación sin ver nada. Es la cultura de usar y tirar”. Ella lo percibe así: “Es un paso para enseñar que aunque en España se edite más, muchos nos vamos. No hay cultura visual. La animación sigue con lo barato: rosa para chicas y zombies y peleas para chicos. La gente ni conoce a Miyazaki”.

 El Pais

domingo, 6 de septiembre de 2015

LA ARAÑA ES BELLA

Todd McFarlane en THE AMAZING SPIDERMAN

a Will Eisner y Jack Kirby

I.- Por qué.
Para ilustrar la fantasía es preciso un dibujante fantástico. Esta aseveración, estúpida o, cuando menos, inconsecuente en primera instancia, es, sin embargo, la formulación de una de las leyes básicas que rigen el Olimpo Marvel. Y sobre ella, inamovible por su mera evidencia, se levanta una Regla de Oro, aún más básica y sucinta, tan trivial como inquebrantable: Lo fantástico no es real. Añadir una ligera matización nos llevaría a inferir que aquello que advertimos como fantástico lo es en la medida en que se escapa de lo que reconocemos como realidad. Procurando eludir cualquier discusión de ánimo teológico, podemos concluir también que la concepción de una mitología entra de lleno, según lo anterior, en el terreno de lo fantástico, si bien conserva siempre una cantidad de rasgos explícitos e implícitos de realidad suficiente para permitir el funcionamiento del sistema de identificaciones del que se generará el tono épico imprescindible. 

Extrapolando de todo esto, tres serían los puntales sobre los que se asentaría el éxito de Marvel como mitología ilustrada: Fantasía en el relato, fantasía en la imagen, y talla épica en lo acontecido. Partiendo de esta esquematización, es sencillo comprobar que los momentos estelares de su historia editorial están inequívocamente imbuidos de esos tres elementos, y muy en particular los pasos más primitivos: Los Fantastic Four y Avengers de Lee/Kirby, y el Spiderman de Lee/Ditko. 

Esta racionalización, sin embargo, no es aplicable a notables éxitos comerciales y/o artísticos surgidos preferentemente en la última década, especialmente a raíz de la irrupción en el medio de Frank Miller. Pero la explicación de esta aparente incongruencia es obvia: La talla épica en Miller se nutre, más que nunca, de la realidad, abandonando así entroncar directamente con la fantasía mitológica Marveliana. Es por ello que en su tratamiento de Daredevil -con mayor acentuación en su segunda etapa- opta por el enfoque realista, con un trabajo gráfico, tanto el propio como el del excelente David Mazzucchelli, apegado a ese realismo. Del mismo modo, su interpretación de Batman en Year One, de nuevo con Mazzucchelli, seguiría los mismos preceptos, en tanto que su labor en Dark Knight correría por derroteros más cercanos a Marvel, con la introducción de un Superman que es a la vez condición y exposición de ésa, si se quiere, "marvelización", ese intento de escapar de la mera fantasía D.C. para acercarse a la mitología Marvel, pues ésa y no otra ha sido la disgresión que ha diferenciado indefectiblemente los méritos de ambas editoriales.

Ellos, los primeros, los creadores, sabían lo que se hacían y, por ello, jamás estuvo entre sus fines el alcanzar un dibujo que les permitiese retratar la realidad, sino uno del que poder servirse para - manipularla. Qué duda cabe que cualquier ser humano que pretendiera emular las poses de los personajes de Kirby debería someterse primero a un proceso de fracturas y distensiones múltiples, y que quien en una pelea adoptara las maneras del Spiderman de Ditko se vería abochornado por las irreprimibles carcajadas de su rival. Pero no es menos cierto que, del mismo modo, alguien que utilizara la retórica prosa y la pompa de algún atormentado personaje de Shakespeare en una conversación telefónica no tardaría mucho en encontrarse hablando solo. Las herramientas son, en efecto, herramientas; normas, métodos, instrumentos válidos en el seno del contexto que los engendra y alberga.

Quizás ahora no resulte tan absurdo retomar el asunto donde lo empezamos: Para ilustrar la fantasía es preciso un dibujante fantástico.

Hablemos de Todd McFarlane.
 II.- Cuándo.
"Siempre puedo encontrar mi camino en la oscuridad". Este escueto texto era todo lo que acompañaba al glorioso pin-up con el que se cerraba el n.° 578 de Detective Comics, el último de la tetralogía Batman: Year Two, iniciada por Alan Davis sobre los textos de Mike W. Barr. McFarlane se había incorporado como su sustituto un par de números atrás, pero lastimosamente lastrado por el nada apropiado entintado de Alfredo Alcalá. No era ésta la primera vez que era víctima de desatinos editoriales semejantes; su anterior y prolongado trabajo en la colección Infinity Inc., también para D.C., ya se había visto empañado una y otra vez por la incompetencia de sus torpes entintadores.



Pero ahora, este número de Detective Comics era como una venganza,-y aquel pin-up, una consagración. La D.C., viendo reverdecer al cansado murciélago señor de la noche, y presionados por la repentina marcha de Davis, le ofreció sin dudarlo la continuidad de la colección. Ofrecimiento que declinó para dedicarse exclusivamente a la otra colección que por entonces ocupaba su tiempo,- ésta para Marvel: The Incredible Hulk. Allí fue quizás donde, ayudado definitivamente por su propio entintado y acompañado por la eficiente labor del guionista Peter David, McFarlane comenzó a adquirir la notoriedad de la que ahora goza. Desgraciadamente, la favorable situación con que contaba apenas duró unos meses; tras encargase personalmente de las tintas en el n° 340, tras diez números con entintado ajeno -se había incorporado en el 330-, se vio obligado de nuevo a recurrir al complemento de entintadores, acuciado probablemente por al barroquismo de su línea y, sobre todo, por su nueva asignación: The Amazing Spiderman. McFarlane compaginó ambas colecciones durante unos meses, empleando entintadores también en Spiderman durante un par de números -298 y 299-, hasta que en el 300, un número doble conmemorando el 25 aniversario del personaje, consiguió hacerse con el entintado de su lápiz. Como en un reflejo de aquel Detective Comics que disparara su eclosión, el número se cerraba con un pin-up que resumía gran parte de su talento. Sin embargo, éste y alguno de los siguientes números aún se resentirían del excesivo trabajo que para un autor relativamente lento como McFarlane suponía encargarse de dos colecciones, con el agravante añadido de la coincidencia de números dobles en cada una de ellas (Amazing Spiderman 300 y Hulk 345) y la periodicidad quincenal de Amazing Spiderman durante los meses estivales. Afortunadamente, The Incredible Hulk cambió de manos en el 347 (tras un 346 en el que McFarlane evidenció su agobiante calendario laboral reduciendo su labor a pobres layouts que fueron terminados por Erik Larsen y Jim Sanders con escasa fortuna), y el cambio no se hizo esperar. Hacia el 306 de Amazing comienza a ser notoria una mejoría progresiva que se extendería a lo largo de varios meses, devolviéndonos a un McFarlane que, pese a todo, no había atravesado indemne todo este proceso.







III.- Cómo.
En la evolución de un autor, sea cual sea el medio en que se desenvuelve, resulta siempre muy difícil, por no decir imposible, llegar a distinguir de modo concluyente el mero cambio del sacrificio. En la mayoría de los casos, y salvo evidencias ratificadas por confesiones del propio autor, la cuestión queda a merced del juicio subjetivo. En esto, McFarlane no es una excepción, pero tampoco se adscribe estrictamente. Tod McFarlane es uno de esos dibujantes que cabría calificar como "de talento no natural"; esto es, el interés de su obra no deviene de una cualidad abstracta y personal, sino que reside de forma concreta en modos de hacer determinados y en cierta cantidad de trabajo. No es un Moebius o un Sienkiewicz, en los que la soltura y la espontaneidad, la falta de intención, constituyen a menudo el mayor aliciente, o, al menos, el más gratificante. Para McFarlane la simplificación es un enemigo. Su dibujo precisa del empleo deliberado de tiempo y esfuerzo, de un propósito para cada trazo,- precisa, en fin, del amaneramiento. Y es una baza arriesgada que juega a todo a nada. La nada es ineludiblemente insípida. Pero el todo... El todo está plagado de miles de trazos que dan textura a las calles, que retuercen la pegajosa tela y al propio Spiderman que pende de ella, que moldean las figuras en posiciones imposibles pero pletóricas de fuerza, que descolocan las viñetas en narrativas gratuitas -que no inútiles- y descabelladas, que interpretan y reinterpretan personajes transgrediendo los indefinibles límites de la caricatura y lo grotesco, como hacían aquellos, tantos y tantos a los que evoca. Aquellos que sabían que la realidad se vive realmente, y que por eso mata.

Aquellos autores que eran fantásticos.

José María Méndez