Fantastic Four #29
(Agosto 1964)
Fantastic Four #6
(Sep. 1962)
Fantastic Four #8
(Nov. 1962)
Fantastic Four #43
(Oct. 1965)
Fantastic Four #77
(Agosto 1968)
Fantastic Four #73
(Abril 1968)
Fantastic Four #97
(Abril 1970)
Fantastic Four #53
(Jul. 1966)
Fantastic Four #56
(Nov. 1966)
Fantastic Four #49
(Abr. 1966)
Fantastic Four #68
(Nov. 1967)
Fantastic Four #46
(Enero 1966)
Fantastic Four #90
(Sep. 1969)
Fantastic Four #87
(Jun. 1969)
Fantastic Four #86
(May. 1969)
Fantastic Four Annual #7
(Nov. 1969)
Fantastic Four Annual #6
(Nov. 1968)
Fantastic Four #85
(Abr. 1969)
Fantastic Four #37
(Abr. 1965)
Fantastic Four #82
(Ene. 1969)
Fantastic Four #39
(Jun. 1965)
Fantastic Four #35
(Feb. 1965)
Fantastic Four #69
(Dic. 1967)
Fantastic Four #75
(Jun. 1968)
Fantastic Four Annual #5
(Nov. 1967)
Fantastic Four #72
(Mar. 1968)
Fantastic Four Annual #4
(Nov. 1966)
Fantastic Four Annual #2
(Sep. 1964)
Fantastic Four #101
(Agosto 1970)
Fantastic Four #99
(Jun. 1970)
Fantastic Four #40
(Jul. 1965)
Fantastic Four #23
(Feb. 1964)
Fantastic Four #100
(Jul. 1970)
Fantastic Four #89
(Agosto 1969)
Fantastic Four #47
(Feb. 1966)
Fantastic Four #98
(May. 1970)
miércoles, 27 de febrero de 2013
martes, 26 de febrero de 2013
Roco Vargas por Daniel Torres
El borrador que es Tritón tiene éxito antes de lo que el mismo autor esperaba (Rafa Martínez, editor de Norma, lo coloca rápidamente en diversos mercados extranjeros), lo cual anima a Torres a insistir con renovada fe en esta serie. Entre el final de Tritón y el inicio de El misterio de Susurro apenas transcurren unos meses. Sin embargo, la distancia que separa ambos títulos es una distancia que la mayoría de los autores tardan años en recorrer. Entre uno y otro, Torres ha realizado el singular álbum Sabotaje, en el que, como explicaría el dibujante, "'Comencé a utilizar el pincel, y a hacer un dibujo más realista'''' (ElMaquinista n° 3, 1991). Pero si en lo gráfico el influjo de Calatayud va quedando atrás a medida que la imagen gana en volumen y textura, en aspectos temáticos y arguméntales y en despliegue de personajes El misterio de Susurro también muestra a un autor mucho más seguro y con un repertorio más amplio. Si bien este álbum podría tomarse como un retorno a territorio ya transitado (la novela negra del primitivo Claudio Cueco), el avance hacia un estándar de
Esa tercera referencia, que resulta ser Saxxon, es algo más que la confirmación de lo apuntado por El misterio de Susurro, es también su ampliación. El Torres de Saxxon, aun cuando él confesaría que sigue en período de aprendizaje, ya no parece titubear ante nada. Por el contrario, se recrea en la grandiosidad de los decorados, se divierte enredando una trama que ya no rinde tributo a esto o a aquello, sino que cambia de nota según la sinfonía avanza, y alterna los silencios con los estruendos, lo íntimo y lo multitudinario, lo frivolo y lo aterrador, incluyendo una escalofriante escena cuando Vargas es tentado por la oscuridad donde descubrimos que debajo de la lacada accesibilidad de su estética laten agrios tumores y se hinchan visceras humeantes. Esa escena ejerce de bisagra para abrirnos la puerta hacia una estancia que hasta entonces Torres nos había mantenido disimulada detrás de los agobiantes decorados, la estancia de los sentimientos. Es la estancia en la que vamos a quedarnos durante el final de Saxxon y durante toda La Estrella Lejana, y es la estancia donde el autor termina de convencernos de su madurez y de que existe en sus complicados montajes técnicos una dimensión que nos interesa como personas. Compárese el tratamiento emotivo que se da a la muerte de Saxxon en el tercer álbum con el que recibe la del profesor Covalski en Tritón. Son de distintas magnitudes, y no porque un personaje pese más que otro -en todo caso, debería pesar más Covalski- sino porque una y otra obra están va a años luz de distancia en planteamientos. La ironía a la que se aferraba Torres -y sus compañeros de generación- para justificar el sobe de tópicos de Tritón, resbala sobre los momentos más acongojantes de Saxxon y La
Para rematar la serie, La Estrella Lejana cambia completamente de tercio, alejándose desconcertantemente de la confiada efectividad de Saxxon para probar una nueva audacia, un vastísimo flashback salpicado de flashbacks menores en el que conocemos no tanto el pasado como el interior de los personajes. Si en los títulos anteriores habíamos asistido a las peripecias más o menos despendoladas de un grupo de variopintos aventureros, aquí se trata de hacer acopio de los pasajes decisivos que les han dado motivación. Ya no importa tanto la Aventura, importa más la vida. Por eso el tono nostálgico, la melancolía del decorado nocturno y lluvioso sobre el cual Roco relata su historia, imaginamos que con voz queda y pausas de plomo. Al final, Vargas ha hecho las paces consigo mismo. Ha pasado una crisis de madurez.
Y es que los períodos de crisis son los que parecen atraer al narrador Torres como la luz a la polilla. Es algo que resulta palpable en obras posteriores como El Octavo Día y que también se revela en Roco Vargas. Torres imagina una ficticia historia solar que corre paralela a la historia que conocemos, y hace a los Chicos Siderales y el Doctor Covalski actores privilegiados del drama de las grandes crisis coloniales y las guerras imperalistas entre los distintos planetas que, inmaduros, tratan de ajustarse violentamente a la difusión de la tecnología (especialmente la de transportes) y, por lo tanto, a la convivencia con el vecino, con el otro. A pesar de los préstamos superficiales de Flash Gordon en Tritón, considerar al personaje de Raymond modelo de Roco Vargas conduciría al error. Flash Gordon se enfrentaba a un gran enemigo, a un supervillano, Ming. En el sucinto Tritón, Torres prueba a parodiarlo con Mung y rápidamente lo desecha. Para él no tiene interés. Él no quiere plantear historias de buenos contra malos. Roco se parece más a Tintín, un hombre (o un grupo), manteniéndose a flote en mitad de las corrientes de la historia, de los grandes acontecimientos, de conflictos políticos y bélicos en los que se cierran etapas universales para dar paso a períodos nuevos v desconocidos.
Vista la obra en conjunto desde nuestros días, asombra cómo Torres ha conseguido recrear, él solo y en apenas cuatro historias, el ciclo histórico del cómic de género comercial. Tritón representa la Edad de Oro, los argumentos lineales y los dibujos caricaturescos e inseguros; El misterio de Susurro y Saxxon, la confirmación de los resortes convencionales y la deriva hacia el realismo; La Estrella Lejana, la reinvención de los tópicos y la desactivación de los lastres acumulados en la etapa anterior. Lo mejor de todo es que tal representación se percibe instintiva, en absoluto producto de un engorroso plan maestro para plantear un estéril ejercicio de semiótica académica. Sí, es cierto que Torres ilumina toda su obra con el faro de la ironía, pero a veces esa ironía está más en la mirada del autor hacia sus páginas que en el mismo contenido de éstas.
El rescate de Norma de esta obra magna del cómic español que ya ha cumplido los diez años sirve para comprobar cómo ha sobrevivido al más duro de los exámenes: la prueba del tiempo. De propina, nos trae páginas de bocetos y textos adicionales firmados por Torres y por el mismo Vargas. Quizás sea el momento de que alguien emprenda el examen a fondo de esta densa saga que requiere ser observada desde diversas perspectivas (temas, guión, ilustración, arquitectura, artes decorativas, etc.) para revelar todos sus secretos.
Un último apunte: cuando inició Roco Vargas, Daniel Torres tenía 24 años. Lo que para él, evidentemente, era una promesa de futuro, para la mayoría de nuestros jóvenes autores es sólo una excusa
Trajano Bermudez
Revista U#9 marzo 1998
YANN: UN GUIONISTA CON GENIO Y OFICIO
Es el guionista por excelencia de la historieta francobelga actual. Polifacético, pero no metamórfico. Trabaja en cualquier género y nunca deja de ser él mismo. Es provocador, cínico, docto y trágico a la vez. Su trabajo ha enriquecido el medio y nunca deja indiferente.
Yann visto por Chaland
Hay encargos que lo cogen a uno a destiempo. «Venga chicos vamos a sacarnos una espina. Acabemos de una vez el número que dejamos inconcluso de Krazy Comics.» Cuando Tino Reguera, muy eufórico y animado, pronunció estas palabras yo debería haber cerrado mi bocaza. Fue un error mostrar públicamente mi ingenuo entusiasmo. «Tenemos que completar y actualizar el número. A ver Josep.¿Que te parece dedicar algo de sitio a Yann?Se están publicando cosas suyas y merece que le prestemos algo de atención» Pobre de mi. En que lío me había metido. Yann es una máquina, un ordenador, una cadena de montaje de historietas. Tengo que reconocer que seguir la pista de su trabajos ha sido una gesta imposible. Mi objetivo inicial era presentar a este guionista y su obra, pero la lectura de parte de sus álbumes se ha comido casi todo el tiempo destinado a escribir esta crónica. En fin, espero que estos comentarios sirvan al menos para despertar la curiosidad de algún lector.
Revulsivo de Spirou
Nacido en Marsella en 1954, entró en el mundo de la historieta a través de la revista Spirou y llegó a ser uno de los jóvenes leones que aparecieron en los años 80, cuando la veterana revista buscaba nuevas fórmulas para rejuvenecer la plantilla y los viejos laureles. Yann formaba equipo con Conrad, un conciudadano marsellés con raíces franquinianas. El tándem abrió brechas en la editorial Dupuis. Yann y Conrad parecían el dúo dinámico. Eran inseparables. Durante unos años compartieron largas temporadas en la redacción de Spirou, se quedaban a dormir en una habitación destinada a los autores de visita. Por las noches revolvían los archivos de la editorial en busca de chismes y anécdotas para realizar las parodias que publicaban como cabecera, hauts-de-page, de alguna sección
Freddy Lombard, peleando con su pasado, al rescate de Salambó. Sueño 1(EI Cometa de Cartago).
La profesionalización como guionista
Suele decirse que el roce desgasta y así fue en el caso de Conrad y Yann. La rotura llegó tras publicar un par de álbumes sobre Les innommables, un folletín de aventuras absolutament delirante y cargado de mala leche, y un par mas sobre Bob Marone, una parodia del popular Bob Morane, Infatigable héroe de la literatura y la historieta popular en Francia que en manos del dúo de Marsella se convirtió en el primer aventurero gay del comic francobelga. Tras la separación, Yann se vio muy solicitado e inició una carrera profesional que lo ha convertido en el heredero de Goscinny, Charlie o Greg, los incombustibles guionistas profesionales de los años setenta. Su capacidad para enfrentarse a cualquier género y la calidad de sus guiones han hecho del marselles un escritor imprescindible y polifórmico.
El estilo de Yann
No me parece muy correcto hablar de estilo en el caso de un guionista, sobre todo si su capacidad de trabajar en cosas muy diferentes es grande, pero existen en Yann unas constantes destacables. Los tres pilares presentes en casi toda su obra son: el humor, la tragedia y la historia. Los personajes nunca tienen una vida afectiva feliz o estable. La ideología, el carácter o los conflictos históricos tienden a separar a los amantes. En las tragedias como Sambre los sentimientos y las actitudes de los personajes rozan la pantuflada. La historia está presente en La patrouille des libellules (la ocupación alemana), en Freddy Lombard (las revueltas antisoviéticas de Budapest en 1956), en Sambre (la Comuna de París), en Célestine Speculoos (los años 60), en Tako (las guerras feudales japonesas) y en Nuit Blanche (la guerra civil rusa de 1918). Según el propio Yann la historia, y especialmente los momentos de crisis y tensión son muy interesantes para un guionista: «Destinos excepcionales pueden desinflarse como un globo y pillos convertirse en generales...» (1).
Referencias literarias
La influencia mas notable y querida por Yann es la que ha recibido del genial Tillieux y su Gil Jourdan. Es una influencia muy sana que permitió al joven guionista desarrollar dos habilidades propias del viejo maestro: una narratividad hiperdinámica, el uso abundante de gags basados en el diálogo y el recurso a la elipsis para generar muchos golpes de efecto. Pero también existen influencias literarias en la obra del marselles. En Mane Venté, el tercer álbum de las aventuras de Theodore Poussin, las referencias al mundo literario de Joseph Conrad son abundantes. Los
Theodore Poussin rebusca en la infancia las claves de su futuro. Sueño 2 (Marie Venté).
Tako, el pulpo, peleando por la consecución del destino. Sueño 3.
personajes se debaten entre sentimientos contradictorios y dan muestra de una violencia injustificada bajo la presión de la naturaleza salvaje de los Mares del Sur. Theodore recuerda a Lord Jim y a Axel Heyst, el protagonista de Victoria. Es un solitario que al intentar comunicarse con sus semejantes exacerba la violencia de los demás y ésta acaba con sus buenas intenciones. Kalitzine, el ruso blanco e idealista que protagoniza Nuit Blanche, comparte los rasgos de Theodore en Marie Venté. Es bien intencionado, pero sus intentos de salvar un mundo en descomposición, el suyo, el de la Rusia zarista, sólo conducen a una violencia sin sentido que va a acompañarlo toda la vida. Hasta en París, donde ejercerá de taxista. Kalitzine está enamorado de una mujer a la que también ama su hermano, un ruso rojo tan idealista como él, un comunista ex-aristócrata, su alter-ego. Nuit Blanche parece un homenaje a Dostojevski. El título hace referencia a Las noches blancas, una de las primeras obras del genial ruso, y el vínculo familiar de los Kalitzine recuerda el espíritu de Los hermanos Karamazov. Pero Yann sólo recoge una impresión, una manera de trabajar con los personajes , un aire. No utiliza los argumentos. El cometa de Cartago es su obra mas «posmoderna».Y pongo posmoderna entre comillas porque valdría la pena comentar mas a fondo este álbum realizado con el malogrado Chaland, cuya estructura narrativa y argumental es absolutamente atípica e imposible en cualquier historieta anterior a los años 80. Aquí Yann nos regala con una pincelada dedicada a Salambó de Flaubert, que parece un guiño al sentimiento de catástrofe que impera en la novela y que en la historieta viene dado por la presencia misteriosa del cometa destructor. Freddy Lombard se ve catapultado por un sueño a Cartago durante la guerra de los mercenarios posterior a la primera guerra púnica. Precisamente los sueños son uno de los aspectos mas curiosos de la obra de Yann. Tanto en El cometa de Cartago, como en Marie Verité o en Tako, aparecen sueños en rojo, el color fetiche de Sambre. ¿Pudiera ser Sambre una historieta-sueño, una pesadilla romántica? Lo cierto es que el guionista marsellés da a los sueños un aspecto jungiano. Según Jung el sentido de un sueño se puede buscar hacia adelante. El sueño "como todo proceso vivo, no es solamente una sucesión casual, sino también un proceso orientado hacia un fin..." (2). Los sueños de los personajes de Yann son una premonición de lo que va a suceder. «Un boceto a grandes rasgos, un proyecto de plan ejecutorio» (3) expresado en forma de símbolos. Y el rojo, el color de los sueños de Yann, es el color del fuego y de la sangre. Un color de significado ambivalente.
En Sambre, la primera obra seria de Yann, el cinismo habitual parece mitigado por el hecho de escribir un melodrama, pero si todo es un sueño es fácil relativizar su contenido e incluso tomárselo a broma. Como señala Tino Reguera en esta obra hay gestos, detalles, homenajes a Stendhal, Hugo, Balzac y otros (4), pero no hay pretensiones y sí muchas ganas de poner el listón alto y marcarse dificultades a superar. Una característica de todos los trabajos de Yann. Me parece que tiene cuerda para rato.
Josep Rom
(1). Les Cahiers de la B.D, ns 83, diciembre
1983
(2). Chevalier, Cheerbrant, Diccionario de los
símbolos, Herder 1986
(3). Chevalier, Cheerbrant, Diccionario de los
símbolos, Herder 1986
(4). E.M.M., ns 10, marzo 1993
Paisajes estivales de Klimt
Poco conocidos dentro de su obra, los paisajes que pintó Gustav Klimt son una auténtica revelación. La Ósterreichische Galerie Belvedere expone ahora sesenta obras de este género del pintor austríaco, acompañadas por las de otros contemporáneos como Monet, Van Gogh, Cézanne o Schiele.
F. CALVO SERALLER
Aunque hoy Gustav Klimt (1862-1918) es un pintor muy popular, como lo es asimismo ese dorado momento histórico en el que vivió y creó, la culturalmente portentosa Viena de fines del siglo XIX, es casi seguro que la exposición de la Ósterreichische Galerie Belvedere, de Viena, producirá un estimulante asombro incluso entre los aficionados a su obra, que hasta ahora no han tenido la oportunidad de poder contemplar —o muy parcialmente— esta importante dimensión del artista como paisajista.
En este sentido, hay que felicitar al comisario de la presente muestra, Stephan Koja, no sólo por haber elegido este tema, sino por la amplitud con que lo ha tratado, con casi 60 paisajes de Klimt y una acertada selección de obras de referencia contemporáneas de, entre otros, Monet, Pisarro, Van Gogh, Cézanne, Schiele, etcétera, además de intercalar una estupenda colección de fotografías testimoniales y, en fin, haber dispuesto un adecuado montaje en unas salas, en principio, nada fáciles. Me parece oportuno empezar por este merecido elogio, porque desdichadamente no es hoy corriente encontrarse con exposiciones concebidas y realizadas con tanto criterio en casi ninguna parte.
Es cierto que se sabía que Klimt, un refinado y técnicamente virtuoso pintor, también era el autor, cómo no, de algunos paisajes deslumbrantes, e, incluso, a través de lo realizado en este género, que había influido en artistas actuales, como Lucien Freud o Frank Auerbach, pero seguramente sólo los especialistas conocían la amplitud, la calidad y la riquísima evolución del tratamiento dado al tema por el extraordinario artista vienes, cuyos primeros paisajes datan de la temprana fecha de 1881 y los últimos de casi cuando estaba a las puertas de la muerte. En este sentido, poder apreciar cómo Klimt va transformando su suntuoso y cristalino naturalismo inicial en un tupido tejido de motas de color, entre bizantino y puntillista, es ya un gozoso descubrimiento, así como también lo es verificar su creciente aplanamiento de la perspectiva hasta convertir sus visiones de los caseríos ribereños en un manto de brocado. Desde luego, se puede afirmar que ésta fue la ley que rigió toda su maduración estilística, pero no es lo mismo apreciarla en una falda de una hierática y clorótica dama que sobre la naturaleza desnuda, sobre todo, cuando pensamos que, entre 1860 y 1880, todo lo que se había dicho con interés en pintura tuvo un monográfico acento paisajístico, que, por lo demás, tampoco desapareció entre los posimpresionistas, a cuya generación perteneció Klimt. Por otra parte, ¿no es fascinante comprobar qué hacía un refinado esteta del artificialismo, no con el deseo que exuda sin problemas en medio de dorados salones, sino con la naturaleza pura, ya entonces convertida en melancólico espejo de los autosatisfechos burgueses de civilización urbana? Desde 1897, Gustav Klimt inició su Sommerfrische —su "ruptura estival", su "escapada veraniega"— a orillas del lago Attersee, un maravilloso paraje austriaco. No hay que desdeñar el sentido innovador del Sommerfrische, que tiene su mejor presentación en la estupenda selección de fotografías que hay en la exposición, algunas tomadas por el propio Klimt, pero es lógico que aquí nos centremos en su significación artística. Una primera revelación erudita al respecto es comprobar el intenso diálogo que Klimt mantuvo con algunos de los más imponentes paisajistas contemporáneos franceses. De todas formas, lo más formidable para mí de Klimt como paisajista es la sutil decantación personal a través de todas estas influencias, cómo logra preservar, no digo ya las exigencias de su propio estilo, sino el peculiar espíritu de esa tan exquisita y atormentada cultura con que entonó su canto de cisne el Imperio Austro-húngaro. En los paisajes de Klimt se aprecia, por tanto, los ritmos y la sonoridad de la música de Mahler, compositor también inspirado por el redescubrimiento moderno —agónico— de la vivencia estival de la naturaleza, aunque en ambos la dureza del expresionismo germánico se sutilice deviniendo lirismo.
En todo caso, he de confesar que nunca imaginé que los paisajes de Klimt, incluso mucho más que los de su seguidor Schiele, me llevaran hasta los bosques nibelúngicos de Anselm Kiefer, no por las incli-naciones wagnerianas del vienes, cuya sensibilidad tiene siempre un toque schubertiano, sino por el horror vacui, el de hacer que los árboles se transformen en una masa tupida de alineados barrotes.
Pongo, pues, el punto final, pero no sin afirmar, con toda rotundidad, que esta muestra de los paisajes de Klimt es absolutamente imprescindible para cualquier amante del pintor y del arte.
Gustav Klimt: Paisaje». Ósterreichis-che Galerie Belvedere. Viena. Hasta el 23 de febrero.
El Pais Babelia
VIRGIL FINLAY: Pin-ups y Quasimodos
- Parte blanda y pulposa de un cuerpo vegetal o animal, por ejemplo una fruta.
- Cualquier masa blanda o informe.
- Revista o libro impreso en papel barato que contiene historias espeluznantes de poco valor literario.
Normalmente, las definiciones de los diccionarios, en caso de haber varias para una misma palabra, son de aplicación limitada. Casi siempre de una sola de ellas. En el caso de Virgil Finlay y el pulp no es así. Valen las tres. Virgil dibujaba mujeres blandas y pulposas, atractivas pin-ups cuyos rostros oscilaban entre Hedy Lamarr y Betty Grable. También dibujaba masas blandas e informes: sus angustiosos monstruos espaciales, extraños Quasimodos, verdadero preludio de lo que en su día serían los horrores de la serie de películas inglesas del doctor,
A los 10 años de su muerte y a los 45 de la publicación de sus primeros dibujos profesionales en revistas como Weird Tales, el personaje y la obra de Virgil Finlay siguen siendo prácticamente desconocidos exceptuando a quienes siguen la ciencia ficción en todos sus derroteros y a través de todas sus manifestaciones posibles.
La verdad es que la obra de Finlay hubiera merecido un mejor destino. Si sus trabajos hubieran visto la luz pública diez o quince años antes, no hay duda de que hubiera sido un excelente ilustrador de libros. Pero Virgil Finlay fue un producto de la década de la gran depresión americana: sus primeros trabajos se publicaron en 1935 y eso le hizo caer en el mismo saco en el que convivió junto con todos los demás artistas conocidos como pulp-magazine illustrators.
Sus notables trabajos, verdaderas obras artesanales realizadas a punta de plumilla, merecían un trato mejor que el que se les dio en su época, y también una mejor reproducción. El papel de los pulp-magazines era lo que les confería su característica más destacada, pero era el peor enemigo de un artista minucioso como Virgil Finlay, que nunca utilizaba la plumilla para realizar manchas. Sólo dejaba que la punta tocara el papel y la secaba para mojarla de nuevo y dibujar un nuevo punto que formaba parte del inmenso entramado de tela de araña que era uno cualquiera de sus trabajos. Muchos ilustradores de nuestros días, aprovechándose de la semiclandestinidad que fue la constante compañera de los trabajos de Virgil Finlay, han imitado su estilo después de estudiar minuciosamente su técnica y la utilizan ahora adjudicándose la etiqueta de pioneros o vanguardistas de un estilo tan viejo como ellos mismos, o quizá más.
Virgil Finlay nació en Rochester, Nueva York, en 1914. Sus primeros intentos serios en el campo de la ilustración se remontan a 1930 y sus primeros trabajos a nivel profesional aparecieron en Weird Tales, en 1935. A consecuencia de estos dibujos iniciales atrajo la atención de gran número de fans y escritores del género, entre los que cabe citar a H. P. Lovecraft, que era uno de sus más entusiastas admiradores»
En aquella época, y en el terreno del pulp-magazine, no había nada ni nadie que se le pudiera comparar.Sus primeros esfuerzos fueron totalmente experimentales, mientras probaba toda clase de técnicas diferentes. A través del,estudio de la técnica de varios dibujantes e ilustradores a los que admiraba, acabó adquiriendo su propio estilo y llegó a realizar obras muy notables, tanto en blanco y negro como en color, antes de la segunda guerra mundial. Cuando pudo recuperarse del paréntesis bélico, sus dibujos se hicieron cada vez más y más minuciosos y detallados, hasta que en 1950 llegaron a un grado de perfección e imaginación que hicieron que su nombre se convirtiera en leyenda dentro de su campo de trabajo.
La difusión de sus obras en esa época se limita a los Estados Unidos, donde se le confiere una importancia bastante notable. Las revistas Famous Fantastic Mysteries y Fantastic Novéis, para las que Virgil realizó algunas de sus más notables ilustraciones, publican tres pequeños portafolios de sus dibujos en los años 40, y Nova Press, de Filadelfia, saca al mercado otro, en esta ocasión excelente, en 1953. Un quinto portafolio, editado por Gerry De La Ree, se publica en 1971, poco después de la muerte de Finlay. Contiene 24 dibujos seleccionados entre los más primitivos y desconocidos del artista.
En la selección que héteos realizado de sus ilustraciones se puede seguir cronológicamente la obra de Finlay, para ofrecer una idea de su evolución artística.
En su obsesivo y constante deseo por alcanzar una perfección utópica, Virgil Finlay llegó a tales extremos de laboriosidad que a menudo olvidaba las fechas de entrega que le marcaban los editores. Sus métodos eran los menos indicados para un artista comercial, pero se vio obligado a mantenerse en constante equilibrio entre sus exigencias personales como ilustrador y las necesidades económicas que condicionan a todo ser humano, por más perfeccionista que desee ser.
Su trabajo como ilustrador de libros fue bastante limitado. Dos de los más conseguidos fueron Roads, de Seabury Quinn, y The ship of Ishtar, de A. Merritt, que influyeron notablemente para que, a finales de las décadas de los años 30 y 40, su nombre se colocara invariablemente en cabeza de los artistas e ilustradores más populares en el campo de la ciencia ficción.
A lo largo de su carrera, Finlay fue uno de los pioneros de la teoría de que el original debía ser siempre devuelto al dibujante, y esa era su primera exigencia cuando comenzaba una colaboración con un editor. Aunque casi todos ellos respetaron el acuerdo, también los hubo que hicieron oídos sordos y se quedaron, revendieron o enmarcaron para su comedor las obras de Virgil Finlay. A pesar, de todo, pudo conservar el grueso de su obra, lo cual le sería de gran ayuda en los años que precedieron a su muerte en enero de 1971.
El cáncer que pocas veces perdona, hizo presa en Virgil Finlay y provocó en él dolorosas crisis que motivaron que su ritmo de trabajo, ya lento y bajo de por sí, debido a su técnica minuciosa, decreciera aún más. Su obra de la década de los 60, si bien es la de más alta calidad, es también la menos abundante. Pero Finlay tenía una casa y una familia que mantener, y se vio entonces obligado a ir vendiendo poco a poco muchos de los originales devueltos por los editores después de su publicación. A pesar de ello, los precios de venta de los originales de Finaly fueron siempre modestos puesto que consideraba que ya habían sido amortizados por el editor.
El nombre de Virgil Finlay ocupa un lugar destacado en la iconografía personal de cualquier buen lector de revistas de fantasía y ciencia ficción, pero en el mundo del arte en general su firma fue prácticamente desconocida y su trabajo poco o nada apreciado, por esa generalizada prevención de los marchantes y artistas "cultos" hacia todo aquello que de alguna manera se relacione con el arte popular. Y los pulp-magazines nunca han entrado en las bibliotecas, de modo que no resulta extraño que las pin-ups y los Quasimodos de Virgil Finlay hayan permanecido siempre en un segundo plano, contemplados un poco por encima del hombro por determinados sectores del ambiente artístico. Si en vez de mirar la obra de Finlay por encima del hombro la hubieran contemplado con una lupa, quizá las miradas de esos sectores hubieran cambiado notablemente de expresión.
Manel Domínguez Navarro
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