jueves, 1 de octubre de 2026

Pirámides, tumbas y Skorzeny

 EL FARO DEL FIN DEL MUNDO


Las exitosas excavaciones del catalán Josep Cervelló en Saqqara conducen a un electrizante ‘thriller’ de la Segunda Guerra Mundial con nazis y egiptólogos


La pirámide escalonada de Zoser (2646 antes de Cristo), en Saqqara, es la más antigua de las 120 pirámides de Egipto.

Philippe Body


Jacinto Antón

19 SEPT 2026 

De lo sorprendente que puede ser la egiptología, da fe que entras en un sesudo encuentro de la especialidad y acabas en una historia con paracaidistas nazis tratando de matar a Roosevelt y a Churchill en 1943 junto a las pirámides. A ver, no es que en el VIII Congreso Iberoamericano de Egiptología, celebrado en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) del 7 al 9 de septiembre, no pasaran cosas emocionantes: hasta hubo cocodrilos, misterios y sexo (antiguo). Pero nunca hubiera pensado que unas excavaciones presentadas allí me acabarían llevando a un entretenidísimo thriller con pirámides, tumbas y los comandos del coronel de las SS Otto Skorzeny.

Uno de los grandes momentos del congreso fue la ponencia inaugural del catalán Josep Cervelló sobre los trabajos de la misión que dirige en Saqqara, 30 kilómetros al sur de El Cairo, la necrópolis más grande de Egipto y de más largo uso (de la dinastía I a época copta). Presidida por la extraordinaria pirámide escalonada de Zoser, de hace 4.650 años, la necrópolis, cuyo nombre deriva del árabe sakhr, piedra, roca, y se la ha llamado “la planicie de las momias”, es en realidad un enorme conjunto de cementerios que se extienden por 10 kilómetros cuadrados de puro desierto. Mucho menos turística que Giza, recorrerla es una de las experiencias más fascinantes y auténticas de Egipto: la soledad, la percepción de inmensidad del espacio y el tiempo, los monumentos como el muro y la columnata del recinto de Zoser, las pirámides con textos, el Serapeum con sus momias de toros, la sensación de que bajo tus pies se esconden todavía tantos secretos y maravillas… Paraíso de los ladrones de tumbas, Saqqara, que lleva en su mismo nombre la raíz del saqueo, ha sido tradicionalmente uno de los lugares arqueológicos más depredados de Egipto.


Pinturas en la mastaba excavada por la misión hispano egipcia que dirige Cervelló en Saqqara.

Ministerio de Antigüedades de Egipto (EFE)


El veterano Cervelló, que cumplía 65 años, nos introdujo en ese mundo de arena, sacralidad e inmarcesible belleza con una emoción que desbordaba el relato científico. Evocó de manera irresistible (incluso en una mañana de lunes en una sala de actos con vistas al campus y con el cuerpo suplicando por un café) lo que es Saqqara, su magia, y cómo al excavar —ellos lo hacen en el cementerio de Mariette, al norte de la pirámide escalonada, donde se enterraron en el Reino Antiguo los sumos sacerdotes menfitas de Ptah— van apareciendo los muros de las mastabas, de sus capillas, de sus cámaras funerarias y de almacenaje. Describió lo que es ver surgir progresivamente de la arena las estelas de falsa puerta, los dinteles, los jeroglíficos, las pinturas con escenas cotidianas de un mundo desaparecido hace cuarenta siglos, como las de, se emocionó, “los burritos cargados” que conservan los colores originales.

El maduro egiptólogo, con los ojos enrojecidos como si le soplara en la cara el simún o el khamsin, materializó con sus palabras los restos de ataúdes y de momias extraídos de los profundos pozos y unos pequeños vasitos de alabastro, tan hermosos como perlas traslúcidas al alba. Y nos regaló la noticia de un descubrimiento excepcional en la última campaña concluida en junio: un conjunto de tres mastabas inéditas de finales de la quinta dinastía (hace cuatro mil años), una de las cuales es insólitamente doble y perteneció al importante funcionario real Yunmin, un juez, y a su padre, Iti.


Mastaba de de Mereruka, en Saqqara.

Isidoro Merino

Saqqara, en la que resuena el recuerdo del esquivo Imhotep, el genial arquitecto de Zoser devenido divinidad él mismo, ha sido tradicionalmente un predio francés, sobre todo por el devoto trabajo del gran Jean-Philippe Lauer (1902-2001), que consagró, viviendo en una pequeña casita en el yacimiento (tenía un teléfono con el número 1), más de 70 años de su vida a estudiar el lugar, que le cautivó desde su llegada como joven arquitecto en 1926. También hizo de cicerone para gente tan insólita como Ho Chi Minh y el general Giap. Durante la II Guerra Mundial, movilizado en Francia, le dedicaron, a él que se pasaba la vida desvelando cosas, a labores de camuflaje de todo tipo de instalaciones (pistas de aterrizaje, blocaos, puestos de artillería) en el Cuarto Ejército hasta la rendición. Lauer consideró casi de su propiedad Saqqara, y llegó a sentirse poseído por el gigantesco puzle a cuya resolución consagró su vida en, escribió, “un casi delirante estado de exaltación”. Sentía, dijo, “una irresistible afinidad, una repentina fascinación y una inmensurable curiosidad”.

En Saqqara han excavado, sin embargo, alemanes, como el general prusiano Von Minutoli, que en 1821 hizo la primera exploración de la pirámide escalonada, o Lepsius, que catalogó los momentos de la necrópolis. Y en abril de 1939, Joseph Goebbels visitó el yacimiento. Cuando Spielberg inventó su aventura de Indiana Jones y el arca perdida, colocó las excavaciones nazis en Tanis. Es cierto que era mejor buscarla allí que en Saqqara.


El oficial alemán de las SS Otto Skorzeny, en 1943.

Heinrich Hoffmann (Ullstein bild via Getty Images )


Fue escuchando a Cervelló cuando recordé una novela que tenía pendiente desde hacía años, Las arenas de Saqqara, de Glenn Meade (Planeta, 2000). No sabría decir por qué no la había leído, dado que presentaba todos los elementos para interesarme (incluida una portada con una esvástica nazi ascendiendo entre dos pirámides como un Ra blasfemo). El caso es que rebusqué en la biblioteca hasta dar con ella y he de decir que me zampé sus 626 páginas en un santiamén, postergando lecturas mucho más apremiantes y relevantes. Baste decir que la novela es un thriller arqueológico que junta la egiptología con la II Guerra Mundial y en el que aparece no solo Otto Skorzeny, como ya he señalado, sino ¡el conde Almásy!, mencionado erróneamente como “Almaszy”, y a propósito de su osado viaje a través del desierto líbico para introducir a un espía alemán, John Eppler, en el Egipto británico (historia real que detalla otro famoso thriller, La clave está en Rebeca, de Ken Follet). Saqqara, Almásy, Skorzeny… si parecía escrita para mí.

Meade es un escritor dublinés de best sellers nacido en 1957 (como yo), dramaturgo y director de teatro, expiloto comercial de Aer Lingus, experiodista y autor de algún otro libro que tengo por leer, como Brandenburgo. Las arenas de Saqqara trata sobre un supuesto intento de asesinato (operación Esfinge) por parte de los servicios secretos nazis del presidente Roosevelt y el primer ministro Winston Churchill, aprovechando su encuentro para la Conferencia de El Cairo de noviembre de 1943. La trama, asegura el propio Meade, se basa en un plan real, la operación Salto Largo, concebido por Himmler y Walter Schellenberg y preparado conjuntamente por el SD y la Abwehr (siempre a la greña) y que se habría desarrollado de manera muy parecida a la de la novela. En esta, el intento de magnicidio se mezcla con la historia de una amistad de dos hombres y una mujer, involucrados de maneras diferentes (y en campos opuestos) en la conspiración, y que habían coincidido de jóvenes colaborando en unas excavaciones en Saqqara, precisamente. Los dos primeros son amigos estadounidenses —uno con padre alemán— y la chica, de la que se enamoran ambos, la hija de dos arqueólogos alemanes, ella judía y él el director de las excavaciones.

Es 1939, la guerra ha comenzado y una atmósfera de tragedia inminente y a la vez de tristeza por el final de la aventura arqueológica y vital se extiende sobre Saqqara, como si no fuera bastante la melancolía propia del lugar. Se describe la exploración de un pozo y el hallazgo de la tumba “de una princesa relativamente desconocida de la dinastía de Zoser”. Vamos, que estamos en el terreno de Cervelló, nazis aparte. Los chicos organizan una despedida con cervezas en la mismísima pirámide escalonada y uno de ellos graba en la piedra milenaria un grafito de recuerdo con sus nombres (para espanto de Lauer y Cervelló, imagino).


Vista del complejo arqueológico de Saqqara.

Pasan muchas cosas a continuación —como he dicho, son más de seiscientas páginas— y salen Canaris y ese maestro de la doblez parda que era Schellenberg, pero lo más sorprendente es la aparición de Skorzeny, al que le encargan el asesinato de los líderes Aliados, un poco al estilo de Ha llegado el águila, de Jack Higgins, novela llevada al cine muy bien por John Sturges, por cierto. Aquí, por supuesto, estamos en el terreno de la más pura ficción porque la relación de Skorzeny con Egipto fue más bien después de la Segunda Guerra Mundial, al parecer en el contexto de los planes de Nasser de desarrollar la cohetería nazi contra el Estado de Israel.

En todo caso, la trama, llena de espías dobles y triples, femmes fatales y bailarinas de la danza del vientre, Gestapo, peligros y acciones trepidantes, y que suena también a Alistair MacLean, pone al arrogante y escarificado Otto comandando dos aviones Dakota C-47 capturados y llenos de paracaidistas nazis rumbo a El Cairo para perpetrar el magnicidio. Desde el punto de vista de los que conozcan Egipto y disfruten con la egiptología, es muy sugerente que los nazis planeen atacar por un antiguo pasadizo secreto entre la zona de las pirámides de Giza y el hotel Mena House. ¡Lo que nos hubiera gustado ver al enorme jefe de comando de las SS arrastrarse por un conducto faraónico con su Schmeisser y quedar atascado!

En la novela, como se puede imaginar visto el género, hay también bastante sexo que no desmerecería en una conferencia como la que dio en el congreso de la UAB Marc Orriols sobre el papiro erótico de Turín (“ven dentro de mí, Harry”).

La novela concluye, cerrando el círculo, junto a la pirámide de Zoser con una escena que recuerda poderosamente —al menos a mí— a El paciente inglés. Y Meade escribe extrañamente arrebatado: “El lugar era muy hermoso a aquella hora del amanecer, realmente glorioso, cielo y tierra tenían el mismo color de la arenisca rugosa y una luz anaranjada bañaba la pirámide más antigua de Egipto”.

Saqqara, el universo contraído en un campo de ruinas encantadas, como lo describió una vez Lauer. Saqqara, el lugar de los sueños dorados envueltos en el sudario del amor y del olvido. Saqqara.


El Pais Sábado 19 de septiembre de 2026


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