El Faro del Fin del Mundo / Jacinto Antón
Misterioso, desconcertante, genial, sabio, estratega, romántico, escritor, inconformista, visiona-rio, arrojado, profundamente contradictorio...". Leía y releía como una letanía febril las palabras del prólogo de la biografía de Lawrence de Arabia de Richard Perceval Graves, el sobrino de Robert Graves, haciéndome la vana ilusión de que se referían a mí, mientras atravesaba el parque del Retiro por su parte más soleada y con 35 grados a la sombra. Era como cruzar el desierto del Nefuz y no tuve pudor en sacar de la bolsa el salacot que me había llevado de casa para firmar en la Feria del Libro de Madrid y encasquetármelo a fin de protegerme de la que estaba cayendo. La gente me miraba, pero yo me limitaba a soltarles unas frases sentidas de Los siete pilares de la sabiduría, que también cargaba por si a alguien le sabía a poco que le firmara mi libro, rematadas por el inexcusable -si portas salacot- "doctor Livingstone, supongo".
Llegado como pude al recinto ferial, la primera firma fue de 12 a 2 de la tarde, una franja horaria ideal para beduinos, en la caseta de Visor. Me trataron muy bien, me abanicaron y me devolvieron a la vida con largos tragos de agua. Observaron con cierta sorpresa cómo desplegaba en el mostrador que me habían reservado el salacot, algunos talismanes y unas fotos de mis héroes, exploradores y aventureros favoritos. Para mi sorpresa empezó a aparecer gente para que les firmara. Algunos hasta me traían regalos como si fuera el niño Jesús. Un joven que se plantó ante mí me entregó un pequeño trozo de hierro oxidado. "Es un clip de sujeción de los railes del ferrocarril turco de Medina a Damasco, la antigua línea del Hejaz que atacaba Lawrence, del tramo de Abu Na'am", me dijo el joven, Álvaro García Ruano, mientras yo ponía ojos como platos. "Lo he encontrado yo mismo", continuó. No me había repuesto aún de la sorpresa cuando una visitante me pidió que le dedicara un ejemplar a su marido, Enrique, que no había podido venir él mismo pero me enviaba saludos y unas fotos que había tomado en la Antártida. Pasé a la caseta de la librería La Lectora Infiel y apareció Ángel Carlos Pérez Aguayo, que me traía un sobre con arena de la tumba de Akenatón y un fragmento de pizarra del tejado de la casa natal de Lawrence de Arabia en Tremadoc, Gales.
Pero con todo y tantas visitas y sorpresas (el domingo en Sin Tarima una chica me pidió que le firmara El extranjero de Camus, confundiéndome con el autor), lo más emotivo fue el recuerdo de su padre que me dejó Teresa Jiménez Tostado. Me preguntó si por casualidad no habría conocido al teniente Eduardo Jiménez Tostado. ¡Por supuesto! Era uno de los dos con los que fuimos la Compañía número 1 de Policía Militar la noche del 23-F al Congreso: también fueron arrastrados a aquella parda aventura sin saber a dónde iban.
Recordé al teniente, bajito, con gafas. Me encontré hablándole bien a su hija del viejo soldado. Ella me explicó que había muerto, que había alcanzado el rango de comandante y que siempre se llevaba las manos a la cabeza cuando recordaba el 23-F y lo que vivimos. Se le humedecieron los ojos y compartimos un extraño momento de intimidad, entregados ambos a la nostalgia de nuestros recuerdos.
Partí de vuelta a Barcelona cargado de experiencias y objetos variados, como un viejo mercader del clan de los hariz. Acomodado en el tren y mientras con un ojo vigilaba nuestro progreso y que no hubiera algún árabe con gelignita agazapado junto a las vías, abrí al azar Los siete pilares y leí, adormilándome, con el deber cumplido: "El Rum era vasto, resonante y casi divino, y el insondable silencio de Azrak estaba embebido del saber de poetas errantes, de adalides, de reinos perdidos, y de todo el crimen, la caballerosidad y la perdida magnificencia de Hira y de Ghassan".
El Pais Sábado 6 de junio de 2026

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