Justo Navarro
Recuerdo mis primeros libros de bolsillo como recuerdo los juguetes y los álbumes de estampas, las músicas y las películas de la niñez. Y luego, en la adolescencia, apareció la colección de Alianza, que, en cierto modo, vino a ser mi sustituto de los tebeos semanales. Así como viví pendiente de aquellas aventuras gráficas que siempre prometían continuar para alegría de sus lectores y gloria del Capitán Trueno o del Jabato, llegó un día en que me asomaba a las librerías a la espera de las novedades de Alianza. Las aventuras de los héroes del tebeo eran fundamentalmente suyas, de los héroes. Pero fue una aventura personal, mía, descubrir Su único hijo y La Regenta de Clarín, las metamorfosis kafkianas y el planeta del tiempo perdido de Proust, el increíble Molloy de Samuel Beckett. De aquellas andanzas salí transformado, porque las verdaderas aventuras transforman a quienes las viven.
Pero antes de que existiera Alianza ya conocía yo otros libros de bolsillo. Estoy pensando en la novelas policíacas de mi infancia. En la casa de mis padres abundaban los libros de colecciones como GP Policiaca o El Búho, de autores como Peter Cheyney, Graham Greene o James Handley Chase (autor de una de mis novelas preferidas, Al morir quedamos solos, leída a los once o doce años). Y me acuerdo, por el título, de un volumen de cuentos de Dashiell Hammett titulado Los siameses escurridizos. Me imagino esos libros en los bolsillos de los espesos abrigos de película neorrealista que aún se llevaban en los años setenta del siglo pasado. Por aquel entonces, jugando en la plaza de Bib-Rambla, en Granada, niños de mi pandilla, los hermanos Bueso, leían y me dejaron novelillas del Oeste y de crímenes, libros que tenían reglamentariamente 124 páginas, mucho diálogo e incluían en sus primeras páginas una clasificación moral con tres siluetas humana pintadas, de tres tamaños, para menores, para medianos y para mayores.
Aquellos novelones mínimos los firmaban autores como Keith Luger, Lou Carrigan, Silver Kane o Clark Carrados, que en realidad se llamaban Miguel Oliveros, Antonio Vera, Francisco González Ledesma o Luís García Lecha, nombres reales que se metamorfoseaban míticamente en apellidos de resonancias cinematográficas y literarias. Cuando me enteré del verdadero nombre de aquellos autores de firmas fantásticas, pensé en personajes de una novela de misterio que transcurría en tiempos de doble vida, los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, en un mundo suspendido entre el franquismo y el futuro. Bolsilibros les llamaban publicitariamente a aquellas novelas populares que aparecían en los kioscos todas las semanas y que también se alquilaban o intercambiaban a muy poco precio por otras usadas.
Esos bolsilibros parecen demasiado humildes cuando se piensa en lo que años después fue el libro de bolsillo. Cuando apareció Alianza, es verdad que hacía mucho que existía la maravillosa colección Austral. Pero Austral tenía una seriedad de biblioteca universitaria, cara de opositor a los cuerpos superiores de la Administración del Estado, y Alianza llegó con otro físico, otro traje, otra línea. En la segunda mitad de los años sesenta Jaime Salinas y Javier Pradera modificaron con Alianza el libro como objeto. El diseño, las portadas de Daniel Gil resultaron esenciales: no complementaban el libro decorativamente, eran parte de la obra. A la revolución de Alianza, siguieron los años setenta las portadas de Enric Satué para Ediciones de Enlace, y las de Víctor Viano y Neslé Soulé para Bruguera. Entonces lo popular, la cultura de masas, se convirtió en arte pop, en alta cultura.
El diseño y las portadas de los nuevos libros de bolsillo entendían el libro como un objeto bello. Eran los libros objetos bellos y relativamente baratos en los que además aparecían palabras icónicas como Kafka, Proust o Hammett, a quien también publicó Alianza, con prólogo de Luis Cernuda. Mercancía seductora, como las carátulas de los discos pop, aparecieron en las librerías con el fulgor de supermercado y grandes almacenes de las serigrafías de Warhol.
Mercurio Número 139 Marzo de 2012

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