Fíjense en las manos de Max Fridman. En cuanto se produce una explosión (un disparo... o un neumático reventado), más generalmente en cualquier ocasión que genere una emoción violenta, implacables primeros planos ponen al descubierto sus incontrolables temblores de miedo. Al «héroe» no le queda más remedio que intentar, como buenamente pueda, disimular su turbación encendiendo una reconfortante pipa...
Este hombre, más espía por obligación que agente secreto por vocación, pasea su flema desencantada de hombre maduro por el vientre blando de una Europa enferma por el auge de los fascismos. Bien podría pasar por primo de Philip Mortimer: rostro redondo, barba pelirroja, aspecto bonachón ligeramente rechoncho, ropa cálida y acomodada. Pero cuesta imaginarlo enfrentándose a algún Olrik de los Balcanes: apenas responde a los principios heroicos de la acción al estilo de Jacobs, teatral, lírica y maniquea. Fridman sería más bien el Alack Sinner del relato de espionaje...
Si existen correspondencias, hay que buscarlas en las novelas de Graham Greene (El tercer hombre, El agente secreto), así como en El espía que surgió del frío, de John le Carré, autores por los que Giardino no oculta en absoluto su admiración; y aún más en las sofisticadas intrigas de su modelo común, Eric Ambler (La máscara de Dimitrios).
Curiosamente, la serie Max Fridman no tiene ninguna rival en el cómic. Incluso la omnipresente moda del género policíaco ha desdeñado el relato de espionaje en favor de la tradición estadounidense «universalizada» de la novela negra (Sam Pezzo...), cuando no ha sustituido este género, complejo y exigente como pocos, por los viejos cachivaches del folletín conspirativo de color desvaído (1).
En solitario, Giardino ha logrado adentrarse en los tortuosos entresijos de la guerra secreta, con un agudo sentido del relativismo ideológico y un amargo escepticismo que constituyen el sello distintivo de las novelas emblemáticas de la «spy fiction» moderna —y, la mayoría de las veces, inglesa—. O, dicho de otro modo: la novela de espionaje como herramienta de crítica moral y de análisis social a escala planetaria.
...Implacables primeros planos...
Desde luego, no es por casualidad que Giardino haya elegido como telón de fondo para las peripecias de su personaje el período decisivo de la posguerra de Múnich.
Particularmente, la geopolítica enrevesada de la Europa balcánica se presta de maravilla a los enfrentamientos oscuros y confusos; un patio trasero maloliente donde se urden las más diversas intrigas ocultas, poco conocido y ya lejano, por tanto misterioso, el eje Budapest-Estambul puede cargarse a voluntad de un exotismo peligroso sin que el realismo de la acción se vea afectado.
Sobre todo, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial fue testigo del verdadero desarrollo del «oficio» de espía... y, simultáneamente, del de la literatura de espionaje. El «Gran Juego», tan querido por Kipling, deja paso al examen desencantado de ambientes malsanos cuyos peones libran batallas irrisorias entre bastidores de una Historia que supuestamente habría de ser modificada por ellas...
Giardino llevaría a cabo así un doble retorno a los orígenes histórico-geográfico: deja de lado las exigencias de contemporaneidad de sus ilustres predecesores, que describían el mundo tal como podían observarlo en su propio tiempo. Podría especularse largo y tendido sobre las razones de esta elección: ¿inclinación personal? ¿Marcada predilección del cómic por las incursiones en el pasado? ¿Temor a dominar insuficientemente los datos estratégicos, de difícil acceso, de los grandes enfrentamientos del momento?
Ficcional: aquella época fue el marco privilegiado de intrigas ejemplares de las que intentaría hacer una síntesis, reuniendo las grandes reglas dispersas de la novela de «ramificación» en el contexto de los años que la vieron nacer.
De Ambler, Giardino conservaría así las psicologías profundamente trabajadas de personajes para quienes los fracasos y las experiencias dolorosas solo aportan amargura y desilusión: el relato de iniciación... en negativo. Nada de heroísmo, salvo para salvar el propio pellejo: «morir siempre es una estupidez», recuerda Fridman. Búsquedas siempre vanas en relación con los sacrificios consentidos: informaciones fragmentarias o confusas, intoxicaciones y maniobras de distracción; así, la red «Rapsodia» es descabezada con el único propósito de dirigir a los agentes franceses hacia un hipotético cargamento de armas destinado a Franco, mientras en la sombra se prepara el Anschluss...
De Greene tomaría ese humanismo obstinado que lo llevó a privilegiar las emociones, las dudas y los conflictos interiores que agitan a seres todavía capaces de amistad. Fridman es capaz de implicarse, sin recibir órdenes, en una operación para proteger a un ingeniero soviético disidente, una búsqueda que culmina finalmente con la entrega del perseguido a los servicios de Stalin. Ahí asoma la sombra de Le Carré, que ya no ve en el espía más que a un títere marginado, engañado, manipulable a voluntad, incapaz de alterar ni siquiera de abandonar el universo kafkiano que fundamenta su existencia, pero asesina a sus seres queridos. La realpolitik obliga: «nunca se es tan bien traicionado como por los propios», murmura Fridman como credo de su impotencia.
Ethel: una mujer corriente arrojada a una historia que la supera.
A través de un personaje muy «sintético» se perfila así un panorama de los códigos que definen la novela de espionaje. Contenido: éticas elásticas y verdades inciertas; mentiras y traiciones de múltiples niveles; ambigüedad de los personajes y de las situaciones que los extravían... Tratamiento: neutralidad fría del desciframiento del microcosmos del espionaje; rigor histórico impecable que sustenta una desconfianza hacia los grandes sistemas devoradores de hombres; preeminencia de lo no dicho, que deja entrever la inestable amplitud de unas telarañas cuyas ramificaciones nunca podrían abarcarse por completo.
Imágenes de síntesis, aunque también los retratos de agentes de todas las nacionalidades con los que Giardino salpica su relato. Codiciosos, cobardes o feroces, pequeños delincuentes hipócritas o temibles aprendices de brujo, a veces pobres diablos marginados, estos numerosos personajes secundarios parecen desprovistos de todo poder real, perdidos en los meandros de su cinismo paranoico, incapaces de comprender con exactitud el alcance o incluso el porqué de sus actos. Con sutileza, Giardino llega incluso a sugerir que son víctimas de los conflictos que pueden enfrentar a los distintos servicios rivales de una misma nación.
Imágenes de síntesis también las de esos no profesionales ingenuos, llenos de escrúpulos e ideales, que se ven arrastrados (por amor, chantaje o aburrimiento) a un mundo, en definitiva, aterrador; «son personas corrientes, bastante simpáticas, que se ven arrojadas a una historia que las supera». Este juicio de Hitchcock sobre los personajes de Ambler se aplica a buen número de las figuras (a menudo femeninas) que acaban cruzándose en el camino de Fridman.
Él parece pertenecer al mismo tiempo a esas dos categorías extremas de marionetas. Ni profesional ni aficionado; actor y espectador. De Latimer (el novelista investigador de Ambler) hereda una curiosidad angustiada por un mundo que se precipita a paso acelerado hacia la guerra; de Alec Leamas (el héroe trágico de Le Carré) posee la conciencia de las intrigas de las que quizá sea la primera víctima, pero sin llegar él, eso sí, hasta el suicidio; del «agente secreto» (Greene) conserva la nostalgia de una juventud militante sin componendas.
Con todos ellos comparte la lucidez. Fridman sabe que oficia en una «procesión de necios vanidosos, de miserables canallas» —así califica Le Carré a los espías, «ni santos ni mártires»—. A él le corresponde, por ejemplo, recordar algunas reglas elementales de supervivencia a los inocentes que lo acompañan en los peligros. Precepto n.º 1: «No hay límite ni para la desconfianza ni para la credulidad».
Su pasado solo se deja entrever a retazos. Comerciante de tabaco, judío francés emigrado por oscuras razones a Ginebra, padre de una niña de once años, ex-agente retirado vulnerable a no se sabe qué chantajes que lo obligan a volver al servicio.
Pero Giardino tiene todo el tiempo del mundo. Las manos de Fridman seguirán temblando a lo largo de hazañas que seguirán sin servir para nada, en un lento deslizamiento hacia el gran conflicto.
Giardino ha elegido un camino peligroso dentro del género que cultiva. Porque la novela de espionaje realista se construyó contra los principios del folletín (a menudo emparentados con los que rigen las series) y se ha deslucido por su contacto reiterado con ellos (James Bond y compañía).
Autor de una novela cerrada y que podía permanecer como tal (Rapsodia húngara), Giardino podía enorgullecerse de un brillante éxito. El milagro es que no la haya desvirtuado añadiéndole una continuación.
Les Cahiers de la Bande Dessiné Nº71 Bimestral Sept-Oct 1986


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