lunes, 15 de junio de 2026

HEPTAMERON María Colino Ediciones Ponent


Conocí a María Colino hace un buen puñado de años, tantos que ni sabría decir la fecha. Ella iba como de Primera Comunión, con el pelo largo y un poco ondulado y una carpeta llena de dibujos espectaculares, balbuceantes aún pero llenos ya de fuerza. Miraba con unos ojos redondos y un poco desafiantes, pero en general se la veía perdida. Por supuesto, ella no recordará aquella tarde, pero el caso es que a mí se me quedó grabada la frescura de su trabajo, unas ilustraciones elegantes y sinuosas que no se parecían a nada que uno pudiera esperar de alguien que estuviera empezando. La energía de sus lápices sólo era comparable al afán de búsqueda que se adivinaba en algunas de sus composiciones. Aún hoy, riesgo y fuerza son dos palabras que definen como ninguna otra su estilo.

En 1991 apareció su primer libro, un pequeño volumen titulado Margarita que editaba Horas y Horas. Era un trabajo que hoy se contempla casi con ternura, una colección de historietas en torno al personaje del título (una quinceañera radical, casi un avatar grunge de Mafalda, que a pesar de todo acababa por caer simpática), que ilustraban un buen montón de lugares comunes del feminismo militante más dogmático. La gracia del trabajo de María, afortunadamente, salvaba el escollo de la demagogia, y todavía es de admirar el arrebatado entusiasmo que se desprende de muchas de sus páginas. Un entusiasmo (y un arrebato) que será auténtica explosión en Rabia Máxima, su siguiente título (Under Comic, 1997). Ha pasado el tiempo y María Colino ha terminado Bellas Artes, ha colaborado en diferentes publicaciones, ha vivido en Londres y ha desarrollado un particular estilo plástico, tremendamente eficaz y atractivo. Las historietas agrupadas en Rabia Máxima son un buen resumen de su trayectoria, y también una excusa excelente para señalar sus problemas a la hora de abordar la escritura: en el mejor de los casos, la anécdota queda muy por debajo de la espectacular plasmación gráfica. La mayor parte de las veces, el interés de lo que se cuenta brilla por su ausencia, tanto como brilla el estilo, el buen hacer de una ilustradora extraordinaria que parece atrapada por el derroche de su propio y espectacular talento.

Apenas dos años después, para sorpresa de propios y extraños, aparece este libro exquisito bajo el mecenazgo de Camarasa y MacDiego, un título más en una colección, Mercat, que resulta imprescindible ya a la hora de analizar la historieta de los años 90. En Heptamerón, María Colino aborda la adaptación de algunos cuentos del clásico de Margarita de Navarra con un talante sobrio y meditado que resulta especialmente estimulante. Hay en el tratamiento de cada narración una distancia irónica que se añade a la ya considerable carga de malicia del texto original y que propicia una propuesta hasta ahora inédita en la carrera de la joven ilustradora, un despojamiento gráfico que refuerza su vena más expresionista (oculta hasta hoy en la recargada jungla de un virtuosismo formal que amenazaba con sepultar su indudable talento en el manierismo más forzado), y que la confirma como uno de nuestros talentos más inquietos, una exploradora nata de aguas profundas que ha perdido por fin el miedo a adentrarse mar adentro.

Personalmente, debo admitir que tengo algún problema con el género histórico. Cuando el mérito de una obra reside en la reconstrucción de una particular época, sus usos y costumbres, su moda, sus objetos cotidianos, incluso sus modismos verbales, reconozco que mi reacción suele ser de puro aburrimiento. En la ficción, lo que de verdad me interesa son los personajes, su paisaje interior, sus relaciones, su corporeidad emocional, independientemente de los anacronismos en que puedan incurrir. Cuando la anécdota es suficientemente dinámica, cuando los actores despliegan suficiente capacidad de fascinación, el decorado pasa a segundo plano y el relato adquiere toda su fuerza. En ese sentido. Heptamerón no constituye una obra histórica al uso. Lo que a la autora le ha interesado es contarnos un mundo partiendo de las mínimas anécdotas que afligen a sus habitantes, un mundo de mujeres inteligentes y cálidas, de clérigos rijosos, un mundo de astucia y perfidia en el que los personajes, autoconscientes, juegan sus rígidos papeles sin renunciar al civilizado barniz de la ironía, y los conflictos se resuelven con la limpieza retórica de una jugada de ajedrez. El libro de María Colino constituye, así, una propuesta sin duda arriesgada (como corresponde a una colección que se mueve en el peligroso terreno de la vanguardia más exigente), una apuesta de la que la autora sale bien parada gracias al rotundo cambio que en su manera de hacer se ha verificado a lo largo de los últimos años. Un cambio que pasa, ya está dicho, por la desnudez. del trazo y la mancha, por la expresividad hiriente de una línea rota que nunca hasta ahora se había mostrado tan audaz, tan sola, tan eficaz.

María ha adquirido ya una madurez gráfica que otra gente tarda casi una vida en alcanzar, y esta vez ha sabido ponerla al servicio de un trabajo personal y palpitante. Confiemos que no sea un espejismo: hacen falta más voces turbias y emocionantes, más obras inteligentes. Bienvenida a la Primera División.

FRANCISCO NARANJO

U, el hijo de Urich #18 Diciembre 1999


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