martes, 19 de mayo de 2026

Steam Detectives Kia Asamiya Planeta-DeAgostini



Hay una particular fascinación en la moderna ficción por la imaginería victoriana que entronca seguramente, con una cierta aproximación nostálgica a géneros pretéritos como el folletín más rancio o a la figura del detective infalible y su invencible némesis. La pervivencia de la sombra de Holmes (pero también de Lupin, no lo olvidemos), las cíclicas revisitaciones de los sucesos de Whitechapel o el rescate inminente de Fu-Manchú son síntomas de una sensibilidad que se resiste a desaparecer con el inminente cambio de siglo, una sensibilidad que ha generado una cierta variante en el amplio corpus de la ciencia-ficción contemporánea que ha dado en llamarse, no sin cierto deje de ironía, steam-punk. Las obras adscritas a esta corriente recuperan algunas constantes de la vieja tradición de la ucronía y se aplican a la reinvención de una Inglaterra victoriana alterada por adelantos científicos inéditos, en un ejercicio que tiene mucho de lúdico y de pirueta estética. Son trabajos en los que pesa especialmente la reconstrucción de una atmósfera y de una manera de narrar, amén del ingenio a la hora de abordar asuntos contemporáneos con una mirada de otra época (o viceversa).

Kia Asamiya, autor conocido por los mangakas españoles gracias a trabajos anteriores tan relevantes como Compiler, se adentra en los brumosos territorios del género con un correcto equipaje en el que se codean el detective de Baker Street, la sombra de Erik (también llamado el Fantasma de la Opera) y un espíritu gótico más cercano al Batman post-Miller que a las andanzas del Destripador, pero que no desentona en un relato claramente destinado a la conquista del mercado occidental, me parece (más concretamente, el estadounidense, si se me permite una presunción sin más pruebas que mi mala fe y un superficial análisis de este primer volumen de Steam Detectives). La consciente simplificación del dibujo, reducido en ocasiones a mera caricatura, la liviandad del relato y la discutible asimilación de las constantes más superficiales del universo plástico de Mignola, por citar el préstamo más obvio, definen una obra que fracasa, a mi juicio, en lo fundamental: la creación de una atmósfera. El universo en que los personajes se desenvuelven parece una acumulación de lugares comunes a los que apenas se hace mención ocasionalmente (utilizando, además, el texto de apoyo): el vapor de agua que enrarece el paisaje urbano (eso se nos dice, al menos; de hecho, es lo único que se nos dice), el viejo policía entrañable, el joven policía patán, la joven ayudante con tendencia a rasgarse el perenne uniforme de enfermera (¡!) y un protagonista de irritante aire adolescente y diseño inverosímil. Que la tecnología tenga su base en la venerable máquina de vapor justifica, supon-go, el detalle de la niebla perma-nente, y quizá el aire victoriano del vestuario. Por lo demás, la peripecia podría desarrollarse en cualquier otro ambiente. Un equi-paje, pues, correcto, y un libro de estilo lleno de citas convenientes, pero un conjunto excesivamente desangelado, me parece, apto sólo para seguidores del autor.

Mención aparte merece el envoltorio. Presentado en el agradecido formato de la Biblioteca Manga, Steam Detectives se beneficia del impecable diseño de producción de la pareja Ruiz/ Sempere, de cuyo buen gusto sería redundante hablar a estas alturas (o acaso no lo sea tanto: no es habitual comentar las ediciones en que se nos venden los manga, no se lee a menudo que tal título no parece escrito en castellano o que tal otro parece rotulado con los pies, así que a lo mejor convendría ir rompiendo lanzas en favor de quien sí hace las cosas bien, e incluso muy bien, como es el caso). En realidad, el librito es tan atractivo que a uno le tienta la idea de conservarlo, a pesar de lo insustancial de su lectura.

(Para leer un par de buenos ejemplos de steam-punk, los anglófilos pueden buscar The Diference Engine, una notable novela escrita mano a mano por Bruce Sterling y William Gibson, o bien inclinarse por la estupenda Antihielo, traducida por Ediciones B, un pastiche a la manera de Julio Verne firmado por el hiperactivo Stephen Baxter. Para comprobar cómo trabajar de verdad una atmósfera y convertirla, además, en artefacto narrativo, nadie como el ya mencionado Mignola o el muy eficaz Guy Davis, responsable de Sandman Mistery Theatre y de la seminal Baker Street, una recuperación mucho más punk que steam del mito de Holmes.)

francisco naranjo


U, el hijo de Urich #14 enero 1999


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