domingo, 17 de mayo de 2026

Memorias de un hombre de segunda mano (1968-1982) Ramón Boldú Glènat




Resulta de lo más adecuado que el diseño de portada de Memorias de un hombre de segunda mano (1968-1982) recuerde inmediatamente al de las novelas de Anagrama. No en vano estamos ante un tebeo más emparentado con la literatura que con el tan sobado referente del cine, y que incluso está más cerca de la ficción en prosa que de la dibujada.

Boldú (1951), con dos álbu mes publicados por La Cúpula (Mario Gamma, el griego, 1991; Bohemio pero abstemio, 1995), hace gala de una muy poco española falta de pudor para contarnos su vida misma, en un ejemplo de cómic autobiográfico puro que, a pesar de las apariencias más superficiales, es muy distinto del practicado por Robert Crumb, Joe Matt o Lauzier, los nombres que primero pueden venir a la cabeza cuando se menciona este género. Un género, en todo caso, cuyo único practicante en nuestras fronteras parece ser Boldú. Desmemoriada que es España.

O tal vez sea que la mayoría de los autores no se atreven a aburrirnos con sus vidas, peligro que no existe cuando la biografía narrada es la de Boldú, un hombre que ha hecho de su existencia un auténtico culebrón lleno de líos matrimoniales. Grafista de Lib, revista señera del destape, Boldú nos presenta en este álbum la experiencia de primera mano de lo que fue una verdadera transición social: la crisis de los valores dominantes desde la posguerra, el redescubrimiento de la libertad (traducido de forma práctica en el redescubrimiento del sexo), el hundimiento de la célula familiar, la difícil búsqueda de la felicidad en un nuevo entorno enmarcado por huelgas y comunas. Boldú no teoriza ni diserta sobre su época, su generación y su ambiente, de manera que lo suyo no son realmente memorias, sino estricta biografía. Es decir, se limita a contarnos únicamente sus peripecias individuales, pero éstas están teñidas del color de la época, como una luz inevitable que señala el camino a seguir por el protagonista.

Despojado de toda retórica, literaria o gráfica, Boldú afronta el recuento de sus experiencias con una sinceridad y una generosidad devastadoras. No hay elaboraciones míticas, justificaciones fáciles ni vistosas teorías explicativas que le sirvan para ponerse a salvo de los más vergonzosos lances. Tampoco una estilización romántica que haga que, al menos estéticamente, el protagonista desempeñe un papel de héroe. Por el contrario, el dibujo sucio y aparentemente descuidado de Boldú, continuamente sepultado por descomunales bloques de texto, transmite una sensación de asfixia, de densidad, de acontecimientos y situaciones incómodamente verosímiles. El refinamiento narrativo más destacado de Boldú está, entonces, en el entramado subyacente a lo que se ve: la estructura, el ritmo, la elección de los momentos, las escenas y el punto de vista con los que se nos comunica la historia. Es la cualidad casi instintiva del narrador eficaz, que tiene mucho que contar y sabe cómo hacerlo, y comprende que las florituras sólo van a estorbarle.

Se podría criticar a Boldú por lo poco historietísticas que son sus historietas. El abuso del texto en detrimento de los recursos narrativos puramente visuales a veces le lleva peligrosamente cerca de escribir meros cuentos ilustrados. Sin embargo, puede ser éste un recurso puramente económico: con este sistema, que ahorra espacio y viñetas, Memorias de un hombre de segunda mano supera las 100 páginas y tarda en leerse muchísimo más de lo que se acostumbra a dedicar a un tebeo. Con una narración más visual y espaciosa, probablemente la obra habría sido impublicable o Boldú no la hubiese terminado nunca

A punto de concluir, no he mencionado que Memorias de un hombre de segunda mano es un tebeo de humor, o eso dicen. Para reírse hay mucho en la obra, pero esto del humor va por talantes, y también hay momentos para provocar compasión y hasta pánico, según sea cada cual. El distanciamiento del autor permite sacar gags de las situaciones más extremas, pero eso tal vez sólo sea una prueba de la crueldad humana

Como dice Boldú en una de las citas publicadas en la contraportada, correspondiente a una entrevista del Diario de Avisos de 1995, "¿Me habéis dado el premio, nada más y nada menos, que al Mejor Guionista de Humor 1994, cuando todo lo que cuento de mi vida va completamente en serio! Es como si os rierais de un jorobado... Meditad eso..."


Trajano Bermúdez


U, el hijo de Urich #14 enero 1999

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