Escrito por Álvaro Pons 8 abril, 2026
Hace ya casi una década, en el periódico El País, se publicaba un panorama de la situación del tebeo patrio que generó no poca controversia por su título: “la edad de oro del cómic español”, decía, y se recibió con alegría y estupor a partes iguales, y aunque se consideró en general exagerado, cierto es que muy pocos pasaron del titular para descubrir en el texto que se hablaba de una edad de oro para los lectores y una edad de hielo para la autoría, resaltando el abismo de diferencia que existía entonces entre una calidad creativa auténticamente explosiva en su brillantez y la precaria situación que vivían aquellos y aquellas que querían vivir de las viñetas.
Hoy, por desgracia, el calentamiento global no ha llegado a esa gélida glaciación que viven los autores y autoras de nuestro país, y lo máximo que se ha conseguido es certificar esa dolencia ya como patológica a partir de los pocos datos interesantes que aporta la oportunidad perdida que fue el Libro Blanco del Cómic Español publicado hace un par de años. Síntoma evidente de una industria enferma, pero de la que no se sabe mucho más: la falta de datos reales de facturación, ventas o tiradas no permite pasar de una capa superficial de análisis de la que es poco posible obtener conclusiones. De hecho, los pocos datos que se saben suelen venir de la mano de escándalos con alguna editorial que, según parece por las denuncias que llegan a la prensa, se ensañan con ese eslabón de debilidad extrema que es la autoría.
Los escasísimos datos objetivos de esta industria, los que proporciona el Informe Tebeosfera, hablan de un mercado asentado en una locura publicadora que tímidamente va a menos, pero sigue por encima de 4500 ediciones mensuales cada vez más dominadas por el manga y con una presencia de autoría patria estancada alrededor de un 25% en el que hay mucha presencia de obra indirecta, publicada primero en otros países antes de llegar a España como parte de franquicias superheroicas o traducciones.
Y eso que, supuestamente, la presencia de España como país invitado de nuevo en el festival de Angoulême parecía abrir el año con cierta ilusión. Pero el festival galo ya no era el de aquél 2012 donde nuestro país fue también protagonista, y pese al intento, la ya indudable mala salud de un certamen que cayó en barrena meses después eclipsó en parte el importante desembarco de creatividad hispana que olvidó durante unos instantes la precariedad congelante al sur de los Pirineos.
Sin embargo, hoy resulta difícil no seguir contagiado de ese optimismo al ver los rebosantes anaqueles de las librerías y la incesante actividad del cómic en el mundo cultural. Vaya por delante que, calidad autoral, a borbotones: las listas de “lo mejor del año” que puntualmente acuden a nuestra prensa mucho antes de que acabe diciembre para animar las ventas navideñas se han llenado de obras con acento claramente español, protagonista por cierto de ferias del libro internacionales en Guadalajara o Frankfurt con encendido apoyo institucional. Cada año, esas listas se llenan de nuevos nombres mientras las firmas veteranas siguen manteniendo un ritmo de producción envidiable en equilibrada convivencia: frente a una revolucionaria Natalia Velarde encontramos a Kim; junto a una ya consolidada Ana Penyas, a un chispeante Genis Rigol; mientras María Medem nos deja encandilados con una flor, Paco Roca sigue destilando obras maestras abisales; al tiempo que los premios nacionales apuestan por la modernidad de Bea Lema, Roco Vargas vuelve de la mano de Daniel Torres. No es cuestión de hacer en este limitado espacio un listado exhaustivo de nombres, sirva como ejemplo de esa rutilante presencia de unos y otros, unas y otras, demostrando que esa edad de oro para el lector sigue intacta. La de hielo, también, porque ni la presencia en grandes ferias, ni el desembarco en festivales a golpe de jamón ibérico parece haber conseguido que la situación de los que tienen que dibujar mejore lo más mínimo.
Eso sí, la ilusión, intacta: vean si no la espectacular efervescencia de la autoedición y el fanzinismo, el primero tanto como forma de rebeldía como de supervivencia obligada y el segundo como expresión de libertad creativa que ya no es solo expresión juvenil, sino que atiende a cualquier edad. La multiplicación hasta la saciedad de eventos de fanzines en toda la geografía constata la indudable vitalidad de estos movimientos, que han tenido incluso espacio en un museo como el IVAM, que durante seis meses expuso en las paredes de su galería 6 la muestra “¡Esto (no) es cómic!”, comisariada por Noelia Ibarra y el que esto escribe. Fanzines como objetos de fascinación que se multiplican desde sus ínfimas tiradas que, quizás son también burbujas sostenidas precisamente por esos ecosistemas que se crean alrededor de ellos, pero que resultan en continua renovación del lenguaje del cómic y dan fe de una capacidad de evolución imparable.
Porque lo cierto es que parece que, desde las instituciones, el apoyo está llegando a las viñetas: durante estos años hemos podido ver cómo la academia ha encontrado en el cómic un tema de investigación con la misma pasión que durante años lo ignoró, multiplicando las actividades dedicadas al cómic desde las universidades, desde congresos a tesis doctorales que tienen el cómic como eje principal y aceptando por fin que lo que decían ya en su día gente como Antonio Altarriba o Juan Antonio Ramírez va y resulta que era cierto. Le llevó su tiempo, pero ya se sabe que la comprobación científica requiere de minuciosidad y tiempo.
Pero la implicación más esperada era la del ministerio de Cultura, curioso, en tanto las competencias industriales y culturales están delegadas casi en su totalidad a las comunidades autónomas y su capacidad de maniobra es relativamente limitada, pero al césar lo que es del césar: no solo ha incluido al noveno arte en el renovado nombre de la Dirección General del Libro, del Cómic y de Bibliotecas, sino que inesperadamente ha ido más allá del cambio nominal y ha demostrado una clara implicación con la puesta en marcha de una mesa de trabajo que debe aglutinar a todo el sector más allá de la coincidencia, de nuevo nominal, de alguna asociación, recordando que la pluralidad es garantía de ecuanimidad. Y oigan, que sobre la mesa se han puesto hechos como las ayudas a la creación de 25.000 que han llegado a 40 autores y autoras para conformar ese rumboso número de un millón de euros, siempre evocador de fortunas interminables, pero que se queda en evidencia cuando resulta que las ayudas a la cinematografía son de 37 de esos millones y solo a la escritura de guiones de largometrajes, de 8 millones. Que sí, que los números de ambas industrias son incomparables, pero duele, claro, aunque hay que agradecer el intento aunque haya generado no pocas polémicas por sus criterios, pero que seguro que puede ir mejorándose cada año y mejor ese millón con polémicas que nada limpio cual patena de debates.
Veremos si esa inyección en vena creativa se traduce en una ebullición de nuevas obras que hagan de necesaria cardioversión del ceniciento ritmo de la industria del cómic o bien alimenta la larga lista de libros de que no superan los 100 ejemplares vendidos, pero es seguro que ha sacado a la luz a un colectivo callado, y tan callado teniendo en cuenta que están al borde de la inanición, que necesita ese foco de atención. El gesto del ministerio debería ser acompañado por réplicas a nivel autonómico, donde están las competencias, para multiplicar la inversión y realmente poner en marcha ese motor artístico que más que gripado, está completamente oxidado, antes que los webtoons coreanos invadan todos los espacios con alegre aquiescencia lectora a la espera de la serie en Netflix que dé supuesta carta de madurez a la creación en viñetas ya no catódicas, sino de OLED.
Eso sí, recordemos lo de enseñar a pescar o dar peces, que en este caso debe ser entendido como la necesidad de ambas, porque cuando la cosa está tan mal, la ayuda pecuniaria se hace indispensable, pero no está de más mirar al futuro y pensar en acciones que fomenten la lectura del tebeo, que serán también acciones de fomento lector y cultural. No caigamos en el error otra vez de “donde hoy hay un tebeo mañana habrá un libro”, pero reconozcamos abiertamente que el cómic es la mejor puerta de entrada en el hábito cultural. Y ahí la lista de instituciones es amplia, empezando por aquellas dedicadas a la cultura y terminando por las educativas. El éxito de proyectos europeos focalizados en el uso del cómic como herramienta educativa, como el proyecto Erasmus+ CLI-MIC dirigido desde la Universitat de València son ejemplos claros de líneas de trabajo que pueden ser replicados desde las autoridades educativas para aprovechar el potencial del cómic en el aula. Autores como Pedro Cifuentes, pioneros en su uso, están demostrando con sus obras que esa realidad es no solo factible, sino que tiene el apoyo entusiasta del profesorado. De nuevo, la acción de las autoridades para hacer llegar a los docentes la información y las herramientas, así como la decidida labor de las bibliotecas es fundamental.
Quizás, en ese sentido, sea necesaria una mayor atención al público infantil: recordemos que los grandes éxitos de ventas del cómic en España no son exclusivamente series japonesas, sino que autoras como Raina Telgemeir o Dav Pilkey replican en aquí su éxito mundial. Nombres que no parece, ni son, patrios, cierto, pero muchas editoriales están apostando por la producción de títulos para ese rango de edades de lectores ávidos y progenitores desesperados de encontrar libros para su prole, y precisamente están apostando por los artistas de aquí. El brutal éxito del Superpatata de Artur Laperla es un ejemplo, al que hay que añadir el de autores como Jaume Copons y Liliana Fortuny, que encuentra eco por muchísimos países, demostrando que la senda de la creación para los más pequeños de la casa es rentable, exitosa y con muchísimas ventajas futuras.
Una línea que es compatible tanto por la apuesta por la producción cercana a los gustos de la juventud, con el excelente ejemplo de la revista PlanetaManga de series creadas por autores y autoras de aquí como por la necesaria reivindicación de las obras clásicas de nuestro cómic, desde las creaciones de los autores que trabajaron para el extranjero durante la época de las agencias a la apuesta por un cómic de autor que triunfó en otros momentos: ver reivindicados a nombres como los de Alfonso Font o Marika Vila debería ser una realidad constante.
Pero el frío persiste, y el cómic hecho aquí sigue instalado en esa perpetua edad de hielo de la que parece difícil salir. Queda mucho por hacer, y todos podemos poner nuestro granito de arena: sigan el ejemplo iniciado por @AspirinaWoolf en redes y compartan viñetas de su lecturas patrias, alentando y contagiando el placer de leer tebeos. Y si encima son de aquí, mejor.
Revista Mercurio (Jot Down)

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