Estoy convencido de que ni uno solo de los lectores del U de mi generación (o sea, todos aquellos que andan en estos momentos alrededor de los treinta años, lustro arriba, lustro abajo) ignoran quién es Richard Corben y lo que supuso para la industria del cómic español durante los años 80 debido a su abrumadora presencia en las revistas de Josep Toutain, especialmente en 1984 y en su sucesora Zona 84. Gracias a series como la fantaheroica Den, protagonizada por un musculoso guerrero calvo que combatía desnudo contra brujas y monstruos y tenía como rasgo físico distintivo un enorme (y cimbreante) pene, o la magnífica adaptación de Robert E. Howard Bloodstar, épica a no poder más, llena de planchas memorables, Corben se convirtió en una superestrella, un filón de oro que Toutain supo exprimir al máximo.
Aunque ahora resulte difícil de creer, visto lo poco conocido que es por los lectores de hoy en día, lo del filón no era sólo una metáfora. Corben daba dinero, y mucho, tanto que el mismo Toutain llegó a encargarle directamente álbumes que luego eran revendidos a la editorial Warren en Estados Unidos e incluso se le dedicó la mitad (estaban divididos en dos partes separadas por una historieta central) de uno de los fascículos de la Historia de los Comics que, como no, editó también Toutain; un privilegio reservado únicamente a autores de peso incontestable dentro de la historia del medio.
Yo tengo que reconocer que acabé harto de Corben o, más bien, harto de la agotadora propaganda de Toutain, empeñado en venderlo como lo más grande que le había pasado al cómic desde Will Eisner. Quizá fue eso, pero también porque, a que negarlo, con diecisiete años resulta mucho más atractivo ser fan de un ignoto dibujante de vete a saber donde que de un tipo sonriente con aspecto de leñador tejano que ¡horror! parece gustarle a todo el mundo.
Sin embargo, gracias a las historietas cortas que ha dibujado para varias antologías de DC como Batman Black and White o Weird War Tales, he vuelto a reconciliarme con Corben. Su dibujo me sigue pareciendo tosco, sus personajes (esas mujeronas de pechos enormes y esos hombres cabezones), a veces parecen la versión comiquera de los grotescos guiñoles del plus, y no hay duda de que coloreando -sobre todo ahora que utiliza ordenador y no su famosa técnica de colores superpuestos cuya mecánica jamás logré entender-, ha sido siempre un hortera; pero al releerle me han sorprendido varias cosas: que es un narrador de una eficiencia asombrosa, capaz de resolver con soltura el planteamiento más embrollado, y que, con todos sus defectos, es uno de los dibujantes más personales que ha dado la industria del tebeo, tanto que, probablemente, es uno de los pocos al que no puede ubicarse dentro de una tendencia o escuela concreta. De hecho, aunque puedan encontrarse rastros de su influencia en el trabajo de otros amantes de las musculaturas hipertrofiadas como Simon Bisley, la tremenda dificultad técnica de su páginas ha hecho que ni siquiera haya creado dicha escuela él mismo.
Frente al amaneramiento y la "finura" de compañeros de generación como Barry Smith, Kaluta o Wrightson, los dibujos de Corben (y sus violentas historietas) rebosan energía y dinamismo. En sus escenas de acción, milimétricamente coreografiadas, los rostros se contorsionan al recibir el impacto de un puñetazo, los puñales provocan riadas de sangre al clavarse, todo parece contagiado de brutalidad animal. Además, sus mujeres, bastorras, vestidas y peinadas como si hubieran escapado de un casposo casting de serie Z de los años 70, de una agresiva voluptuosidad que las hermana con las rotundas féminas de Robert Crumb, resultan mucho más atractivas en estos años 90 de top models andróginas y superheroínas siliconadas que hace una década.
Incluso su estridente color, una especie de expresionismo policromático dominado por ocres apastelados y tremendos contrastes de verdes y rojos que casi dañan la vista, parecen ahora de una enorme valentía y de una tremenda efectividad narrativa en un momento en el que los colores planos y la contención más "artística" parecen marcar la pauta del coloreado de las buenas historietas. En él todo es hiperbólico, descomunal, visceral, pero, después de digerir una de las minimalistas historietas de Chris Ware o Daniel Clowes, leer a Corben se convierte en un verdadero festín emocional, en un goloso atracón de irrefrenable gula visual.
Coincidiendo con mi epifanía, la revista americana Heavy Metal ha editado un especial de más de 100 páginas que recoge algunas de las historietas que dibujó Corben para las revistas de la Warren (Creepy, Eerie) y que aquí aparecieron publicadas en su mayoría en las revistas de Toutain, pero también en Vampirella, Rufus o las cutrísimas Delta y Dossier Negro. Curtido en innumerables fanzines, Corben comenzó a trabajar para Warren en los 70. Y se nota. Todas las historias de este álbum, que muestran a un Corben en un momento de transición entre el estilo caricaturista de su época underground y el hiperrealismo de sus trabajos posteriores, tienen un curioso saborcillo a cine macarra setentero, que, pese a deberle mucho en su planteamientos argumentales a los tebeos de la E.C. (abundan las fábulas apocalípticas, los relatos de terror con sorpresa final, y en todas predominan un tono sórdido, fatalista, desesperanzado) son, evidentemente, hijas de su tiempo. Mientras las leía lo que me venía a la memoria no eran las historietas de la E.C, si no las películas de John Carpenter, George A. Romero y Tobe Hooper o las producciones más demenciales de Roger Corman, el rey del pastiche, que, por decirlo de una manera fina, no se cortaba un pelo a la hora de "adaptar" ideas y conceptos ajenos de éxito probado, para, añadiéndoles algún toque personal, llevarlos sin problemas a su terreno. Y eso es exactamente lo que hacen aquí los guionistas de Corben (Bruce Jones, Bil Dubay, Gerry Boudreau y Greg Potter, entre otros): amalgamar ideas recogidas de casi cualquier sitio (Frankestein, El Exorcista, innumerables relatos y películas de ciencia ficción), y esperar que el resultado, una vez "corbenizado" no dé mucho el cante. Si al leer la historia de la chica que no para de crecer, la del Papa Noel asesino o la de la criatura artificial de buen corazón que sólo quiere que le dejen en paz y sin embargo es acusado de crímenes que no ha cometido, os parece que lo habéis leído antes, no os preocupéis, es que probablemente ha sido así. Pero de todos ellos los más interesantes son los guiones de Bruce Jones, que, además, es el autor de una de las pocas historietas cuya lectura ha conseguido siempre darme verdadero miedo.
Abre el álbum, se titula In Deep y cuenta la historia de dos náufragos que intentan sobrevivir en un mar infestado de tiburones. El pausado ritmo de las primeras páginas, con los náufragos pensando en como sobrevivir hasta ser rescatados, agarrados a un salvavidas y flotando a la deriva en un mar de inabarcables dimensiones, ignorantes de la que se les viene encima, resueltas intercalando planos generales y contrapicados con una serie de planos aéreos que cada vez se alejan más de los protagonistas, me sigue poniendo los pelos de punta.
Desgraciadamente, aunque ya digo que el contenido merece la pena, no puedo recomendaros que os compréis este especial porque, no es que la edición deje que desear, es que es sencillamente impresentable: la calidad del papel en el que se ha impreso y de la reproducción es ínfima, con lo que el color de muchas páginas tiene muy poco que ver con lo que pintó realmente Corben e incluso algunas viñetas se han convertido en cuadrados negros en los que no se distingue nada de nada. Pero, lo que ya no tiene perdón de Dios es que falten páginas de alguna historieta y que varias se publiquen censuradas.
Lo que si os recomiendo es que, armandoos de paciencia, os dediquéis a buscar las mismas historietas en sus dignas ediciones españolas. Es más fácil (y barato, al menos en Madrid y Barcelona) de lo que parece. Eso, o tener paciencia y esperar a que algún editor se anime a publicar de nuevo las obras clásicas de Corben en España. Seguro que para buena parte de la generación treinta y tantos que mencionaba al principio de este texto sería una buena noticia.
David Muñoz
U, el hijo de Urich #14 enero 1999


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