martes, 21 de abril de 2026

Predicador: Grita la sangre, grita Erin. Garth Ennis/Steve Dillon. Norma



Siempre resulta interesante confrontar un fenómeno sociológico, un éxito, siquiera sectorial, con la situación y la receptividad de las mentes que lo consumen. Puesto que, si hablamos de Predicador, es evidente que lo que supone para la gente que incuba ese virus no se queda en una lectura más o menos entretenida, incluso delirante, y una parafernalia gráfica procaz y epatante. Los consumidores de Predicador no acuden a la llamada del thriller, de los superpoderes o de la violencia gratuita, aunque de ésta última sí, un poco. Está claro que éste es un cómic que se considera significativo, relevante. Uno a cuyos creadores se escudriña, número a número, para confirmar que siguen teniendo el don. No representa sólo la imaginación y la posición de un individuo (Garth Ennis en este caso) sino que existe un tejido social que ha sido tocado en su fibra sensible y ahora lleva veintitantos episodios cantando salmos. Como se suele decir, Mr. Ennis ha pulsado la cuerda correcta. Pero, ¿cuál es la melodía que toca ese instrumento? ¿Al son de qué bailan los seguidores de Jesse Custer?

La serie tiene tres personajes protagonistas, catalogables como "buenos", que reproducen una variante de la fórmula más clásica de la narrativa de aventuras: el héroe, la chica y el gracioso. En este caso, el predicador, su (ex)-novia y un vampiro. Manejándose con estos mimbres, Garth Ennis se da bastante buena maña para desarrollar situaciones de lectura trepidante, lenguaje creativamente soez y para el barajado de opciones suficientes en el tradicional (algunos dirían difícil) arte de interesar. Aparentemente, los personajes tienen voces, tienen cuerpo y se les aparta su parcela de intervención periódica y dosificadamente. Sin embargo, se descubre, al irse acumulando las situaciones, que, básicamente, con matices no demasiado estudiados, a Garth Ennis lo que le interesa es que tengan cojones. Incluso la chica. Esto último es una consecuencia de su forma de hacer comprender a sus lectores que Mr. Ennis no escribe comics machistas en absoluto. Y sí, en cambio, historias no autocensuradas de gente de acción aceptablemente civilizada y con opiniones propias acerca de una serie de temas de la vida y de la cultura de masas.

En esto, la serie va abandonando cada vez más las fulgurantes llamaradas de violencia, riesgo y enfrentamientos para introducir, poco a poco, la caracterización de personajes, es decir, ese rasgo tan independiente y tan moderno en la historieta como es poner a los personajes hablando. Transmitiendo filosofía que, a la vista de las incondicionales y adictivas reacciones despertadas, tenemos que suponer o correcta, o moderna, o revolucionaria, o todo a la vez. Pero el Sr. Ennis, ya lo hemos apuntado, lo que en realidad hace no es expresarse, sino hacer comprender a sus lectores qué está queriendo decir. O, mejor dicho, no es a través de los interludios conversacionales, tan "brillantemente" resueltos por Jesse y Cassidy, como se manifiesta el inconsciente, el artista si lo hubiere, bajo el apelativo de Garth Ennis.

De esos interludios, muchas veces divertidos tanto si te los crees como, mucho más, si no, como de las paletadas de párrafos a granel de los libros de Sade, se deduce lo que los lectores esperan como alimento intelectual entre pelea y pelea, entre orgía y orgía. Ennis estructura su cómic, por lo tanto, a la manera de la Filosofía en el tocador cambiando el porno por la violencia, la chulería y las ansias destructivas de adolescentes reprimido-consentidos, alternando ambos con oficio suficiente para interesar con la acción y pulsar la lira del corazón de sus lectores de manera que estos vean palpablemente justificados los comportamientos de sus ídolos en las fases de destrozos, asesinatos y humillaciones.

En el fondo, esto se le queda hueco al Sr. Ennis porque él, en realidad, no siente la necesidad de predicar filosofía alguna con la más mínima dosis de pensamiento revolucionario, ni independiente ni, desde luego, feminista. Es cierto que, a veces, gasta bromas con ello, pero si se está riendo de algo con esas bromas no es de sí mismo ni de su porción de ideas posiblemente viciadas por su educación, sino de las de la gente que se opone a ellas. Al cabo de cierto tiempo, volver a ver en escena al machito pavoneándose de lo acertado que está, mientras su novia pija le dice que se está pasando (bien mirado, otro halago) y su colega del alma, que hacía el papel de bufón listo, queda como un gilipollas, deja de tener gracia porque se ve que, le dé las vueltas que le dé, el Sr. Ennis no quiere llegar más lejos.

Si hemos de encontrar por qué vías se vierte lo que de personal tenga el trabajo de este autor, hay que recurrir a la estructura. Las relaciones entre personajes, quién es premiado y respetado, quién es humillado o acaba mal, cómo y con qué base se resuelven los puntos planteados. Qué se le ocurre al Sr. Ennis, por ejemplo, para resolver el proteccionismo de Jesse con respecto a Tulip ante la batalla final, justo antes y justo después de los episodios ahora presentados, que corresponderían a uno de los interludios de "rollo" de la estructura arriba comentada. Cómo y con qué acciones y argumentos defiende Tulip su posición femenina y, supuestamente, antimachista.

Un breve análisis que rascara la superficie de ésta y otras pinceladas de Ennis, vuelve a dejar ante nuestra vista una articulación más, enrabietada, amargada y pesimista si se quiere (sería el único terreno artístico del tebeo, la puesta en escena de esos sentimientos), de la forma de pensar dominante de la subraza dominante actualmente en el mundo: el macho adulto occidental y pijo, por clase o por mentalidad.

¡Acabáramos, con qué tejido social en concreto hemos llegado a toparnos! Una consecuencia es que un puñado de ideas que hubieran ofrecido buena capacidad de juego en planteamientos de superhéroes post-Moore, como el uso de "la palabra", se desaprovechan casi totalmente al servicio de la rabieta integrista de Ennis y de un par de guiños simpáticos para los que sí tiene dotes. No explora sus propios hallazgos hasta donde podría.

Pasan de largo episodios enteros y situaciones interesantes sin que se pongan en juego los recursos ideados en el planteamiento, el uso de "la palabra", por seguir con el ejemplo. Unicamente el Santo de los Asesinos recibe su dosis periódica de apariciones bien resueltas: por si había que hablar de a quién respeta, en realidad, el Sr. Ennis.

Grita la sangre, grita Erin matiza el personaje de Cassidy aportando lo que tradicionalmente se llama un origen.

Remanso de paz tras la conclusión, decepcionante y demasiado rápida de la supersaga del Grial, estos dos episodios de personajes hablando se mantienen bastante bien, salvo el exaltado final "I love N.Y.", a la espera de datos "significativos" en la resolución de temas y la impartición de doctrina, que podemos esperar para las próximas entregas. En todo caso, para los lectores más hardcore, avisarles que esto tiene pinta de desarrollar cada vez más charla y menos hostias, lo cual, sinceramente, no creo que beneficie del todo al tipo de productos que escribe Mr. Ennis.

Enrique Vela

U, el hijo de Urich #12 Septiembre 1998

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