A lo mejor es una mera cuestión de opciones. Quiero decir que, tal como yo lo veo, la vida es un puro amontonar momentos intrascendentes, una inevitable sucesión de insignificancias que van, casi sin que nos demos cuenta, definiendo un cierto paisaje emocional. La voluntad tiene poco que ver, nos guste o no. Otra cosa es que decidamos aceptar las vistas, disfrutar de ellas, incluso, o que prefiramos alicatarnos hasta el techo.
Opciones, en suma. Personalmente, hace tiempo que decidí viajar sin apartar la vista de la ventanilla (los ojos bien abiertos y la lengua fuera, como los perros copiloto) y disfrutar, sin más pudor que el estrictamente necesario, de las mil bobadas con que me gusta ir amueblando mis días: una cancioncilla desvergonzadamente pop, el vértigo de un ombligo entrevisto a la puerta de un instituto, conversaciones alrededor de un buen café, llorar por enésima vez viendo El Apartamento o Desayuno con diamantes, descubrir un nuevo escritor, un nuevo grupo, un tebeo sorprendente... Pero es tan difícil ya encontrar tebeos sorprendentes. Rebuscar entre el mucho papel impreso que ve la luz mes a mes va convirtiéndose en un trabajo agotador e insatisfactorio, especialmente si uno carece de la fascinación general por el máximo común denominador y aspira a descubrir alguna joya atípica que reafirme su fe más o menos inquebrantable en el medio. Títulos norteamericanos como Castle Waiting o Penny Century (Linda Medley y el grandísimo Jaime Hernández, respectivamente), la cada vez más espaciada cita con los exquisitos Dupuy, Berberian y su Monsieur Jean (la última entrega, Vivons heureux sans en avoir l'air, es el mejor álbum que he tenido oportunidad de leer en lo que va de año, como era de esperar), la ocasional recopilación de Mutts o For Better or for Worse, no son más que oasis en un desierto descorazonador.
Estimulantes, sí, pero oasis. Por eso, a la espera de que DC ponga por fin en la calle el nuevo libro de Kyle Baker y mientras The Gotham Adventures continúa, afortunadamente, manteniendo el listón muy alto, el hallazgo de este delicioso fanzine de atmósfera naif y gesto afrancesado constituye, a mi juicio, un auténtico soplo de aire fresco, la sorpresa más agradable de los últimos meses. Un hallazgo que encaja, además, con precisión mágica en mi particular salita de estar emocional.
Explicar qué es Ponette no es fácil, sin embargo. Un fanzine, sí, pequeño y apaisado, de diseño exquisitamente descuidado y corazón adolescente. Una deslumbrante colección de momentos minúsculos atrapados con ternura minimalista por el desarmante buen hacer de Sandra Uve. Una deliciosa antología de romanticismo pop, una radiante sonrisa con sabor a fresa. Una excepción marcianísima en las muy grises mesas de novedades de nuestras librerías.
¿Qué más es Ponette? No hace mucho me contaba una buena amiga, encantadora, de su primer beso: trece años y bajo un paraguas, la húmeda noche se iluminó durante unos segundos con sabor a para siempre, piernas de algodón y un blando aletear de mariposas en el estómago. (Los ojos aún le brillaban de pura magia cuando lo contaba.) Ponette es eso, justamente: el sabor a para siempre del primer beso, el olor a lluvia y caramelo de los trece años.
Excepto alguna colaboración puntual de Raule y Pablo Soler, de Pedro Calleja y Alex Zeta, el grueso del fanzine es responsabilidad de Sandra (Uve) Valencia, una historietista sorprendente que insiste en un miniaturismo elegante y muy eficaz, de grafismo despojado y expresivo. El trazo desgarbado y una intuición brillantísima para el contraste de blancos y negros son quizá sus características más llamativas, pero lo que de verdad importa es el tratamiento del tiempo muerto, la construcción del momento, del silencio. Y la absoluta falta de pretensiones, la ausencia de esa vacía arrogancia tan común entre otros jóvenes historietistas con mucho menos que contar. En Ponette, la ternura y el humor van de la mano en unas páginas equilibradas y cuidadosas que no desmerecerían en publicaciones de mayor ambición y resultados minúsculos.
A pesar de mi entusiasmo, no nos engañemos: no es Ponette bocado para todos los paladares. Si tú que me lees te sientes incapaz de disfrutar de las canciones de Françoise Hardy (incluso en esas tardes lluviosas en las que, seamos serios, qué otra cosa puedes escuchar si no), de Belle & Sebastian, de Heavenly; si prefieres declararte inmune a Audrey Hepburn, incluso cuando susurra Moon River; si en tus tebeos japoneses hay mas peleas y muertes que sonrisas y miradas lánguidas. Si para ti las chicas hablan otro idioma, si una ortodoncia es un mero estorbo donde enganchar la lengua. Si no eres capaz de apreciar las cosas más pequeñas, la belleza tonta de un corazón de peluche, entonces Ponette no es para ti. Date, sin embargo, una oportunidad a ti mismo (nunca se sabe).
francisco naranjo
U, el hijo de Urich #12 septiembre 1998



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