viernes, 24 de abril de 2026

El ángel de Notre-Dame Daniel Torres Norma


Para empezar, debo declarar que para mí esta obra supone un redescubrimiento de Daniel Torres, puesto que de sus anteriores álbumes, los dos volúmenes de El Octavo Día, tengo un conocimiento escaso. Así las cosas, mi primera reacción al hojear el primer tomo de El Angel de Notre-Dame fue de sorpresa, y de decepción al no encontrar en sus paginas la impronta visual que esperaba. Por alguna razón...no, mejor dicho, por la razón irresistible del recuerdo de pasados momentos de enorme gozo, esperaba volver a encontrame con el Torres de La Estrella Lejana, con la preciosísima claridad de su línea, el barroquismo decorativo de su puesta en escena y la solidez y compactación de su concepción de la página. Todo lo cual brilla por su ausencia en El Angel, o al menos puede parecerlo en un contacto inicial. Desde luego, esperar reencontrarme con un Torres inalterado a pesar de haber transcurrido más de diez años, supone una ingenuidad por mi parte, en la que no habrán incurrido quienes hayan seguido más de cerca su evolución posterior, sobre todo a través de los experimentos formales y temáticos de El Octavo Día. Sin embargo, incide otra circunstancia en el hecho de encontrarnos ante un Torres diferente al esperado, aparte de la evolución del autor, y es la evolución del resto del mundo. Pasó el tiempo para el autor y pasó también para los lectores, para el mercado. Y Torres es uno de los pocos historietistas, de entre los nuestros, que no han renunciado al mercado. Y el mercado, hoy, ya sabemos lo que pide.

Con el mercado en mente, pues, decide americanizar su obra, elección comprensible, dado que las otras opciones serían un mercado franco-europeo anquilosado y chauvinista, y el caprichoso emporio japonés, cuyo momento de mayor apertura parece que ya pasó. Y bajo esta perspectiva me parece que conviene analizar la obra. El Ángel fue concebido inicialmente, según el propio autor, para el formato comic book (aunque finalmente, al menos en nuestro país, haya aparecido como álbum). No es preciso más que echar un vistazo a las páginas para constatar que a la hora de afrontar este nuevo formato, Torres lo hizo de forma reflexiva, como es marca de la casa. No se trata de hacer las cosas a tu aire y reducir luego las páginas un poco más que de costumbre. No conviene pensar únicamente en el tamaño de la página, sino también en las particularidades del formato y del público al que va dirigido. Hete ahí, que surge la conveniencia de variar el grafismo, de perder preciosismo y limpieza en orden a procurar un cierto aspecto más naturalista en el trazo y en la iluminación. De descargar la puesta en escena, de dar primacía a la figura (y aún más a los rostros) frente al escenario. De aligerar la página de viñetas y de jugar continuamente con su disposición. De simplificar incluso la coloración. De restar, en resumen, las diferencias entre el concepto visual clásico del álbum europeo y el del comic book. Pero esto es sólo el 50% del trabajo, porque nos falta la historia. Con El Ángel, Torres retorna a los terrenos de la aventura y de la space opera. Retoma también la imaginería futurista y fantástica con base en un momento histórico real. Si en la saga de Roco Vargas el trasfondo escenarial era un conflicto intergaláctico, trasunto de "nuestras" dos Grandes Guerras, aquí Torres parte de una recreación del final del zarismo ruso y de su iconografía de engalanaduras militares, popes, casacas, bayonetas y gorros de astracán como punto de arranque de esta historia de una princesa enviada al futuro para escapar de la muerte y que logra reinstaurar, 300 años después, su poder dinástico, gracias a la intervención del misterioso individuo conocido como El Mecánico del Tiempo. Una historia sencilla y lineal, - excepto por el mencionado salto temporal, que puede resultar un tanto desconcertante hasta que se lee el segundo tomo-, sobre todo en comparación con la sofisticación argumental y la variedad de matices referenciales y tonales de las andanzas de Roco.


De nuevo, la simplificación. Simplificación de la trama y de la caracterización. Las noventa páginas de la historia apenas sirven de presentación de los personajes, siendo el personaje nominal de la serie, el Angel/Mecánico, el que resulta más desdibujado, sin que sepamos ni de sus orígenes, ni de sus motivaciones. Por contra, le basta a Torres con una imagen del pirata Lightfoot, la de su entrada en escena -brazos en jarras y atuendo de corsario hollywoodiense- para que reconozcamos en él a un cruce de Han Solo (acompañado de dos geniales Chewbaccas de piedra que parecen servir de referencia tanto a Lucas como a Kirby) y Errol Flynn, que se hace simpático desde el primer momento, aunque luego resulte más bien desaprovechado. La adecuación a los nuevos tiempos y a los nuevos lectores podrían también explicar el recurso a elementos netamente fantásticos, por los que hasta ahora Torres no se había mostrado interesado, en especial los "poderes temporales" del Mecánico. Todas estas concesiones no resultan, sin embargo, en una obra fallida. Al contrario, El Ángel de Notre-Dame es un tebeo imperfecto, pero estupendo, con momentos muy bonitos y de lectura más que agradable. Se que la siguiente no es una idea muy original, pero es absolutamente cierta: incluso las obras menores de un artista de los grandes (y Torres es uno de los más grandes), superan con creces a lo mejor que puedan ofrecer la legión de medianías que imperan en el medio. En este tebeo hay buenas dosis de genio de un creador que sabe como pocos de cosas que se están perdiendo: el poder de una frase de diálogo, el valor de la elegancia y el buen gusto, el latido de la aventura clásica... Cosas que, no sé a ustedes, pero a mí se me antojan imprescindibles.


U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998


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