El primer Cuento de la selva eléctrica plantea una variante sobre la idea de Asesinos S.L. de Jack London en la que el típico guiño de comedia que suele surgir en la ficción cuando se contrata al asesino para matarse uno mismo, se congela en un rictus hierático y sordo que no deja resquicio alguno para la sonrisa. En éste, como en el clásico de London, el asesino exige, para actuar, una justificación, un requisito moral imprescindible que se convierte en su original pago en especie. Más adelante, en El ojo privado, también el detective contratado acepta sólo el encargo si puede cobrarse en prenda el trabajo solicitado.
Un pesimismo desapegado de gravedad irreductible impregna estos dos cuentos cortos, como también los otros dos que completan el volumen. La fuerza les viene de la original variante ideada por Keko para el tema de London que cubre los dos relatos con una espeluznante pátina de desasosiego: la elección de la prenda o la especie del pago, que es, en ambos casos, algo íntimo. Pero no íntimo como una joya de familia o un anillo de boda. No íntimo por referencia a los otros, a relaciones afectivas, sino íntimo real, íntimo de la soledad del sueño de Conrad.
El detective y el asesino piden lo que, en definitiva, es la esencia de sus clientes. Les reclaman su definición, su ser, su autoestima, lo que les construyó como personajes. Evidentemente, algo que ya han perdido puesto que se trata de historias de punto final. Precio que. por otro lado, da idea de hasta qué punto este asesino sentimental o aquél ojo privado consideran importante lo que se les pide quitar:
Es el efecto, un poco, de estas historietas de Keko aquí reunidas: la cabeza te da vueltas rumiando las implicaciones que rezuman esas frases precisas y lacónicas y esas actitudes serias de muerte. La economía de la narración abre campo a toda suerte de ambiguas interpretaciones sobre la base de meter una sencilla variación en un idea universal.
El hastío de la vida está en la raíz de la búsqueda que emprenden los personajes de Perros y Pistolas, llevados a recurrir a instancias superiores que les aporten la solución definitiva. Ese detective sin cuerpo, que sólo es sombra y tiene sólo un ojo, el ojo de Dios. O ese asesino de alquiler que se alimenta del último hálito de emoción de los hastiados, como si fuera una especie de Galactus con la gabardina de Bogart.
Esta densidad de temática desvía los cuatro relatos de sus fórmulas originales de género negro. La riqueza se gana a través de una intelectualización que va filtrándose también en la parte gráfica hacia las dos últimas historietas, El ojo privado y Marvin lo haría, con la entrada de diferentes texturas de mancha y estilos icónicos, que conviven con el Keko más conocido de los Cuentos de la selva eléctrica. Incluso Marvin... ya se desarrolla en un decorado abstracto, interdimensional, subterráneo y simbólico que recuerda con insistencia la desesperada atmósfera de El Proceso (Welles).
Qué extraño este camino que está explorando Keko y, a la vez. qué ligado a sus preocupaciones de siempre. La convivencia del bruto salvaje con el civilizado urbanita y su irreconciliable alternancia en el dominio de ese animal que es el hombre. Cerebro reptiliano versus cerebro de mamífero. La superficialidad de los afectos y su irresistible necesidad.
Quizá en el segundo cuento de selva electrica tenemos aun esto, rasgos del Keko más antiguo, con la presencia más física de la sangre y la violencia y con la rítmica más mecánica de una historia con trama. Sin embargo, ese poso a inacabado que dejan los otros tres cuentos, con ya otras proporciones de mancha y de luz (hay o más blanco o más negro que la dosis) y esas interpretaciones suspendidas de mil sentidos, anuncian un cambio de dirección, aún no perfeccionado, en la trayectoria singular de este historietista antes tan clásico.
Después de todo, como las lágrimas de Marvin parecen desvelar en ese último relato alegórico del mundillo historietístico local, esas guerras nunca fueron con Keko que siempre quiso partir de cero para explorarse a si mismo.
Enrique Vela
U, el hijo de Urich #9 marzo 1998

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