Existen tebeos, libros, películas, pinturas, esculturas, edificios, paisajes, músicas, situaciones y personas cuya lectura, contemplación, escucha, vivencia o conocimiento quedan grabados indeleblemente en nuestra memoria; que se integran a nuestra persona; que revisitamos continuamente, aunque sólo sea con nuestra imaginación; que, en definitiva, pasan a formar parte de aquello denominado, en forma un tanto cursi y a falta de una definición mejor, "educación sentimental". En mi caso El último recreo es una de las obras que se inserta en esas coordenadas. La primera vez que leí esa historieta era un púber que trataba de librarse, a costa de no poco sufrimiento, del lastre de una educación católica férrea. Por ello no es extraño que en su última página identificara dos personas de mi edad que, tras muchas penalidades, superaban el complejo de culpa programado en sus cerebros y disfrutaban de la fruta prohibida sin ser expulsados del Paraíso. Como prueba de la marca que dejó en mi, y aún corriendo el riesgo de ser calificado como pederasta, basta saber que el físico de mi ideal femenino se aproxima al de las adolescentes que Altuna mueve en sus paginas. Curioso. Nunca he sido amigo de redactar textos que comiencen con notas autobiográficas, pero acabo de darme cuenta de que en ocasiones resulta inevitable.
Puede que mi siguiente apreciación no pase de ser una mala interpretación de la realidad fruto del pesimismo, pero creo que para algunas de las personas que lean estas líneas, a buen seguro aquellas más jóvenes, Carlos Trillo no pasará de ser el guionista de Cibersix y Horacio Altuna ese dibujante de las historietas cachondas de Playboy. Eso sin contar que, no me cabe duda, habrá quien siquiera tenga conocimiento de la existencia de estos autores. Sirvan estas las líneas como presentación de los mismos.
Trillo y Altuna pertenecen a una generación de historietistas argentinos que comenzaron su andadura profesional entre mediados de la década de los sesenta y principios de la de los setenta a la sombra de Alberto Breccia, Gillermo G. Oesterheld y Hugo Pratt y, por ello, sensibilizados respecto a las posibilidades que ofrece ese medio de expresión llamado historieta. La misma generación a la cual tanto la ausencia de mercado interno como una censura que se hacía más opresiva a medida que se sucedían los años de "proceso" militar obligaron a publicar su obra, cuando no exiliarse -como es el caso de Altuna y tantos otros- en el extranjero. Carlos TriIlo fue un periodista que se acercó a la historieta como teórico para acabar convertido en guionista con producción regular desde 1975. Su obra, vasta y diversificada, abarca géneros aparentemente tan alejados como el realismo costumbrista, la trama histórica, la ciencia ficción y el policial. Horacio Altuna, por su parte, es un autodidacta que debutó en la profesión en 1965. Hasta 1982, año en el cual fija su residencia en España, compaginó su trabajo frente al tablero con la secretaria de la Asociación de Dibujantes Argentinos y la docencia del dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Buenos Aires. Su talento gráfico y sus innovaciones en la planificación de la página le hicieron merecer el premio Yellow Kid al mejor dibujante otorgado en el Salón de Lucca de 1986. Ambos empezaron a colaborar en 1975, cuando crearon para el diario Clarín una tira, El Loco Chávez, que fue publicada durante doce años ininterrumpidos (y de la cual se vio una recopilación por estos pagos a Cargo de Norma Editorial, concretamente el número 13 de su colección B/N y en algún número de la revista Cimoc).
A ella le siguieron Las puertitas del Señor López, Charlie Moon y Merdichesky; series cuya calidad y éxito les abrieron las puertas del mercado europeo y que fueron publicadas en España por el malogrado Toutain, quien contrató a Altuna para Selecciones Ilustradas.
Cuando El último recreo vio la luz entre 1982 y 1983 en las páginas de la revista 1984 los tebeos de ciencia ficción se encontraban marcados, como tantas otras cosas, por la Guerra Fría. Más concretamente por el temor a una escalada bélica de proporción planetaria que arrasara con la vida tal como se conocía hasta entonces. Y esta serie de Trillo y Altuna no se substrajo a aquella tendencia. En ella se nos presenta un mundo postapocaliptico que, por una vez, no es herencia del empleo de los arsenales nucleares. sino de la acción de un ingenio muy sofisticado de destrucción selectiva bautizado como "Bomba Sexual".
El estallido de este arma bacteriologica, ideada para aniquilar a todo ser humano que hubiera alcanzado -o alcance mientras duren sus efectos en el ambiente-la madurez reproductiva, dejó como únicos supervivientes a niños y adultos esterilizados. Carlos Trillo supo aportar a este punto de partida cataclísmico, repetido hasta la saciedad en la historieta. el cine y la literatura de la época, un enfoque relativamente novedoso que le permitió exponer sus inquietudes sociales, ofrecer una radiografía de la condición humana y ofrecernos unos guiones sólidos y desencantados.
El álbum se estructura en doce historietas autoconclusivas en aparencia. Cada una de ellas desarrolla una anécdota desesperanzada que muestra la dificil adaptación de unos niños perdidos en un mundo para pero sin adultos, dominado por el caos de la lucha por la supervivencia: la progresiva perdida de inocencia de unas criaturas inmaduras abocadas a reproducir los defectos de la sociedad en cuyo seno nacieron. En sus páginas se dan cita la desorientación, el sentimiento de vulnerabilidad, la cobardía, la vanidad, la desconfianza, los celos, el desprecio, el egoísmo, la avaricia, la insolidaridad, la perdida de horizontes modelos de comportamiento, el abuso de la fuerza. la coacción al indefenso, el apego a lo superfluo... El catálogo de sentimientos y actitudes que, en definitiva, originaron la situación en que se ven inmersos. El conjunto de este anecdotario constituye un todo coherente en cuyo seno avanza una narración recorrida por el temor a crecer que caracteriza todo relato que describa la aprehensión de la realidad conocida como mundo adulto y que en La ciudad muerta adquiere sus tintes más dramáticos. La adolescencia, espada de Damocles que pende sobre los personajes de El último recreo, se erige en metáfora del temor a abandonar la comodidad de la niñez que -quien más. quien menos- todos hemos sentido: de la desorientación a la cual nos somete el encuentro con nuestra sexualidad, sobre todo si habitamos una sociedad en cuya educación el concepto de pecado carnal tiene un peso especifico considerable. Todos los grupos humanos han tenido y tienen (en el caso del Cristianismo, el conjunto de creencias que más de cerca nos toca, son la Primera Comunión y la Confirmación) ritos de paso que marcan el comienzo de la madurez. Caracterizados por simbolizar mas o menos explicitamente la muerte y resurrección del individuo, en ellos el niño da el paso al adulto, al ser completo y preparado para conocer y afrontar los secretos de la vida. A los personajes de la serie que nos ocupa se les escamotea el auxilio de estos mecanismos culturales que suavizan el transito.
Para ellos -como ocurre entre la infancia más necesitada de nuestra realidad- es traumatico, obligado por las circunstancias. Y, en el caso del despertar sexual, de consecuencias fatales.
La docena de historias que componen la obra que nos ocupa pueden dividirse en dos bloques
El primero de ellos presenta la situación de una ciudad, de cualquier ciudad, tras el holocausto.
Los ambientes urbanos opresivos claustrofóbicos. sembrados de cadáveres que pocas veces se muestran al ojo del lector pero cuya presencia se intuye, muestran un deterioro y un abandono que aumentan al ritmo de la mengua de alimentos y esperanza. A los juegos sin cortapisas de padres, maestros o autoridades les sucede la rapma. A renglón seguido ésta es substituida por conatos de organización improductivos, guiados no por la ley de la razón sino por la de la coacción. De forma paralela se presentan los rostros que poco a poco cobran el protagonismo de la serie, un puñado de críos unidos por la necesidad y la marginación por parte del resto.
Cartas de los mayores, constituye un punto de inflexión en esta parte urbana y es, junto a Cosas que quedan en el camino, una de las historietas que mejor evidencia lo que de viaje iniciático tiene la serie. En la primera Rana y Fino, junto a una muchacha sin nombre, terminan de abrir sus ojos a las sombras del estado adulto a la vez que comprenden que su única posibilidad pasa por salir de una ciudad que ya no puede satisfacer sus necesidades primarias. En la segunda los miembros del grupo que se forma en torno a ambos chicos, conforme dejan atrás el asfalto, deben afrontar la renuncia a aquello por lo que sienten mas apego, a objetos alrededor de los cuales habian girado sus vidas hasta entonces pero que obstaculizarían su supervivencia. El hecho de que se trate de juguetes enfatiza el simbolismo de su marcha: el abandono de la urbe es el comienzo del fin de su infancia.
El segundo bloque se adentra en espacios abiertos, en un mundo rural que no deja de ser claustrofóbico. Quienes huyen de la ciudad han de encontrar un lugar donde establecerse y, para ello salvar las mismas dificultades de las que pretendían evadirse. En el campo continua una lucha por la supervivencia mas ardua día a día, atenazada por la inseguridad de que los efectos de la "Bomba Sexual" hayan prescrito. El desarrollo hormonal sigue su curso y todo esfuerzo puede ser vano. Las pequeñas comunidades agrarias se consolidan, los cielos se despejan tímidamente y dejan paso libre a un tenue rayo de optimismo. La comprensión mutua abre un resquicio a la esperanza simbolizada en la cópula interracial de la ultima página, en el deseo de poder crecer en paz formulado por Rana. Sin embargo. el temor expresado en sus ojos aleja del ridículo a este final apologético del beatum ille, del imposible retorno a la naturaleza. Por ellos sabemos que se ha completado el viaje de iniciación de su poseedor.
Por fin ha comprendido que el ser humano no puede substraerse a su idiosincracia, a sus sombras Y luces: que este aparente nuevo principio no es mas que el prologo de un eterno retorno. La mirada que Altuna tan bien sabe plasmar sobre el papel redime en parte una historia que argumentalmente podría haber soportado muy mal el paso del tiempo.
Cuesta imaginar un dibujante más apropiado para El último recreo que Horacio Altuna. Cuando acometió su realización llevaba siete años colaborando con Carlos Trillo y existía un grado alto de compenetración entre ellos. El resultado es, probablemente, el mejor trabajo de ambos hasta la fecha. Con un estilo definido y reconocible. el historietista argentino ofreció en esta serie una planificación muy meditada, una puesta en pagina ejecutada con sencillez engañosa que recogía todo el saber acumulado en casi veinte anos de practica de la profesión y profundizaba en hallazgos ya presentes en Charlie Moon y Merdichesky. El sentido de la narración gráfica del que hace gala le permite marcar el ritmo de lectura, ora ralentizandola, ora acelerándola, ora haciendo uso del silencio. Cada plano, cada detalle. cada iluminación, cada mirada se alera del erecusino vacuo para ponerse al servicio del relato y contribuir a crear la atmósfera precisa que recree la desesperanza y el pesimismo que tiñen los guiones de Trillo. En los escenarios expresionistas en negro y blanco que nos hace creer reales inserta la figura humana: unos personajes caracterizados a la perfección y dotados de la expresividad corporal y facial precisas para llevar a buen puerto su empresa. Pocas veces se ha visto en un tebeo que no tuviera la firma de Carlos Giménez un retrato tan fiel de la mirada infantil: menos aun unos cuerpos y rostros que con tal economía de trazo, mas bien precisamente gracias a ella, transmitan tantas sensaciones. Sus preadolescentes. sean masculinos o femeninos, sugieren con sutileza la mixtura de sensualidad e inocencia propia de una sexualidad emergente, que intuimos a flor de piel aunque casi nunca se explicite.
!Cuánto podrían aprender de estas páginas algunos dibujantes que, dentro y fuera de nuestras fronteras, se empeñan en hacernos creer que sus figuras hipertrofiadas y de encantos sexuales nada implícitos representan puberes!
Tragaperras, aparecida en las paginas de Zona 84, y la continuación de El Loco Chavez, serie finalizada en 1988, han sido los últimos trabajos de Altuna junto a Trillo. Con Ficcionario iniciaría una carrera como autor completo dominada por un uso brillante del color y caracterizada por una temática de ciencia-ficción con leves tintes sociales que, si bien nunca alcanzo la frescura de El último recreo, se vio truncada por el desplome generalizado que la Industria de la historieta viene sufriendo desde finales de los ochenta. Su facilidad para representar la voluptuosidad femenina le abrió las puertas de la revista Playboy; en cuyas páginas realiza una labor alimenticia que no siempre da idea cabal de sus capacidades como historietista.
Ante una recopilación de las mismas un amigo sentenciaba que "Altuna siempre dibuja todas las mujeres igual" a lo que otro replicó (y perdonad comentario tan machista): "si, pero... ¡Ojalá todas las mujeres fueran igual a las de Altuna!"
La reedición de El último recreo que Planeta-De Agostini nos ha ofrecido con motivo del último Salón del Comic de Barcelona resulta ejemplar. En primer lugar porque facilita el encuentro (que dudo llegue a producirse realmente) de los lectores más jóvenes con una obra que a buen seguro no conocían, alejada de las coordenadas actuales de la historieta española, dividida -como bien afirma Pepe Gálvez desde las solapas del libro- entre el elitismo minoritario y la mimesis de modelos agotados. En segundo término por el cariño y cuidado manifiestos en una labor editorial tan sólo lastrada por ofrecer como ilustración de portada una viñeta ampliada y coloreada con acierto por Jaime Martín. No sabemos los motivos de la ausencia de una producción ex-profeso realizada por Altuna, pero hubiera sido la guinda a tan apetitoso pastel.
Eduardo García Sánchez
U, el hijo de Urich #11 julio 1998



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