Si trazásemos un mapa de Palomar (el mítico pueblo centroamericano en que Beto Hernández ha situado el grueso de su producción), tendríamos que disponerlo en torno a Luba, un centro telúrico, volcán en perpetua, lenta erupción. Luba, que durante años dirigió con mano de hierro la casa de baños del pueblo (centro de gravedad sexual de toda la región), matrona arrogante y de porte legendario, feroz y firme como las Rocosas, ha sido el personaje alrededor del que Beto ha ido construyendo su obra más importante (en sus páginas más desgarradas y emocionantes está siempre ella, su mirada salvaje, su sombra inmensa). Y Luba es, también, la protagonista de esta última (y definitiva, parece) entrega de la saga de Palomar.
(Ya que estamos con agudas metáforas, si hubiera que elaborar un árbol genealógico de la historieta alternativa norteamericana, sin duda encontraríamos a los hermanos Hernández en un lugar privilegiado, allá al principio de los '80: recogiendo influencias tan dispares como Dan DeCarlo, Kirby o Crumb y convirtiéndose en generadores a su vez de todo un torrente de seguidores que configurarán buena parte del actual paisaje independiente no ya de los USA, sino mundial -ahí están, aquí y ahora, gente como Germán García, del que cabe esperar mucho más de lo que hasta hoy ha ofrecido.
Si no sabes quiénes son Jaime y Beto, si Love & Rockets sólo te suena a nombre de banda inglesa, si nada sabes de Pipo y Luba, de Hopey, de Penny Century... ¿qué haces leyendo esto?)
Así pues, he aquí nada menos que el origen de Luba, la historia de su vida desde su accidentado nacimiento (en realidad, desde unos meses antes ...) hasta que llegó a Palomar por primera vez. Y la historia, también, de su madre. O un intrigante atisbo, al menos. Gilbert Hernández, que siempre ha sido considerado el narrador por excelencia de la familia (quedando para su hermano Jaime la medalla de oro al mejor dibujante), nos ofrece un complejo entramado de personajes en una vertiginosa estructura que en algunos momentos recuerda al mejor Scorsese (Goodfellas; con esto está todo dicho, supongo). Sin concesiones para el lector, que puede llegar a perderse en el carrusel de una narración extremadamente elíptica y poco dada al adorno o al exhibicionismo vacuo. (Es decir, como siempre, pero afilando aún más las transiciones, bordeando a veces el peligroso y árido terreno de la abstracción.)
Una lectura difícil pero, admitámoslo, gratificante. (Y eso que, a título personal, debo reconocer que me ha dejado más bien frío. Primero, no entiendo la necesidad de desentrañar el pasado de los personajes, especialmente de uno tan emblemático y de dimensiones tan míticas: ¿no funciona mejor si no sabemos quién fue, de dónde vino? Es una opinión, insisto, estrictamente personal.
Por otra parte, ya que hemos abierto la sección de reproches, me da un poco de miedo comprobar cómo en los últimos años ese gran caracterizador de personajes que es Beto -capaz de ternuras y crueldades exquisitas, sí- se ha visto más y más atrapado en una especie de dudoso juego de transgresión sexual. Quiero decir, y llamadme algo feo si os parece que saco las cosas de madre, ¿no hay un momento de Rio Veneno en que uno distingue a los distintos personajes únicamente por sus respectivas peculiaridades eróticas?
Puede que en los últimos tiempos sea casi obligatorio fichar, como mínimo, un par de secundarios homosexuales, y en esto también los Hernández fueron pioneros, pero no acabo de asimilar el desfile de fetichismos, pedofilias, masoquismos y mujeres con penes descomunales en que acaban por convertirse las páginas de la historia. ¿Estoy ya muy viejo para estas cosas, a lo mejor?)
Un trabajo, de cualquier forma, imprescindible, modélico en ocasiones, lleno de personajes memorables (y no hablo de sus atributos blandos), como de costumbre, en el que además comprobamos hasta qué punto Beto se ha convertido en un excelente dibujante. Aunque yo prefiera, qué voy a hacerle, entregas anteriores (recuperad, si podéis, cosas como Sopa De Gran Pena o Calor Humano, que publicó La Cúpula en su ya desaparecida Colección Historias Completas). Y aunque la edición de Brut peque, como siempre, de un formato poco adecuado y el encargado de las portadas merezca el destierro.
Francisco Naranjo.
U, el hijo de Urich #6 septiembre 1997

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